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Javier Vásconez | Christopher Domínguez

Vásconez en su soledad

Por Christopher Domínguez Michael

Historiador y ensayista mexicano



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Tres importantes novelas del quiteño Javier Vásconez (1946) bastarían para fijar su lugar en el canon de la literatura latinoamericana contemporánea: El viajero de Praga (1996), La sombra del apostador (1999) y La piel del miedo (2010). En la primera, cumple la fantasía lograda por pocos escritores aunque soñada por una legión, la de lograr que uno de sus personajes se desdoble, más que en Kafka, en Josef K, presentando al doctor Kronz, que junto a Maqroll El Gaviero, de Álvaro Mutis y otro doctor, el Farabeuf, de Elizondo, es uno de los personajes literarios nuestros que con toda seguridad sobrevivirán a sus creadores.

     El doctor Kronz, de Vásconez, cumple, según lo ha dicho Juan Villoro, el estado de perfección exigido por el místico agustino Hugo de Saint–Victor para el hombre que se considera, verdadero asceta, extranjero en el mundo entero. Muy distinta a su sucesora, La sombra del apostador, es una prueba de fuerza que el ecuatoriano se impone a sí mismo: “imitar” en la acepción neoclásica del término y duplicar a la novela negra con una trama hípica que no sé si conozca el filósofo Fernando Savater, nuestro hombre en los hipódromos. Finalmente, La piel del miedo, es esa novela confesional con la que casi todo escritor sueña con coronar su obra. Una verdadera bildunsgroman donde no falta la epilepsia, esa enfermedad de los iluminados, ni tampoco la proverbial violencia latinoamericana.

     Hay países muy extensos, prácticamente continentales, como Rusia, la India o el Brasil que poseen literaturas pequeñas, cuyo repertorio de autores es posible agotar durante veinte años de lectura: algunas son verdaderas meriendas donde sólo se sientan los genios a la mesa y en otras la dimensión de la tierra no equivale necesariamente a la grandeza de su literatura. Están, desde luego, las equívocamente llamadas “literaturas menores”, tras la traducción literal de Kafka. Pour une littérature mineure (1975) de Deleuze y Guatarri, que son sencillamente, las de los países chicos, como ya lo era la entonces aun unida Checoslovaquia cuya figura en el mapa es la sombra de Kafka, como es obvio, desdichadamente turístico. O Irlanda, solar de varios de los grandes poetas de la historia (Joyce, cuyo museo en Dublín es pobretonamente joyceano y Beckett incluidos) o el Ecuador, cuyos pocos escritores trascendentes suelen ser inolvidables pues en ellos se nota la ambición legítima no de representar un país –recuerdo mi sonrisa durante aquella primera visita a Quito en 2004 al ver la ciudad llena de carteles postulando a Jorge Enrique Adoum para el Premio Nobel de Literatura como si en Estocolmo les interesaran las elecciones provincianas al pie de los Andes— sino de encarnarlo desde el silencio, la fama póstuma o el exilio interior, ajenos a la gritería ideológica, ésa sí, escuchada con mucha atención por los piadosos europeos. Ser provinciano, ya lo decía Valery Larbaud, es confundir lo real con lo oficial.

     El Ecuador— esa línea imaginaria inmortalmente fijada por Vásconez en un ensayo célebre— cuenta, al menos, con cuatro  escritores relevantes: Juan Montalvo, Pablo Palacio, Alfredo Gangotena y el propio Javier Vásconez. Alguien añadirá y hará bien, a un quinto, bueno o malo. De los cuatro, acaso el más solitario sea el novelista Vásconez. Montalvo fue un patricio cuyo verdadero público fue la humanidad liberal decimonónica y por ello le fue tan fácil lo imposible: continuar con algunas capítulos, el Quijote. Palacio fue un extraviado o un loco. Vivió y murió rodeado de fantasmas, que siempre son legión, mientras que Gangotena, fue, como Vicente Huidobro, poeta en francés y en español, además de geólogo formado en París y militante de la vanguardia, asociación mundial y delictuosa, acaso secreta, pero abundante en ingenios y catecúmenos. No puede ser un solitario quien recibe en casa a Henri Michaux y lo lleva a conocer el Ecuador.

        Vásconez, en cambio, no por casualidad aparece tardíamente como escritor, en 1982, con los relatos de Ciudad lejana, pues en ese año,  García Márquez gana el Premio Nobel de Literatura. Nada más y nada menos:  el Boom, oficialmente nacido quince años atrás en la oficina de Carmen Balcells en Barcelona, aunque resultado de una acumulación creadora datada, al menos desde Rubén Darío, se convierte (realismo mágico o no), en una de las escuelas literarias mundiales de la más alta alcurnia crítica y universitaria, con vastísimo público internacional y buen dinero en traducciones y conferencias. Se ha escrito mucho sobre lo que pesó el Boom, ese feo anglicismo comercial según Octavio Paz, sobre las espaldas de las otras generaciones. Los nacidos antes, como Carpentier y Asturias, Revueltas y Yáñez, Bianco y Bioy Casares, quedaban en calidad de profetas de la revelación y sólo Rulfo y Borges reinaban intemporales en el feliz purgatorio de los paganos.

       Para los nacidos después, ya fuese en la década de los treinta o de los cuarenta, quedaba o la imitación servil y el ostracismo, o un camino más largo, oscuro y peligroso, que fue el emprendido por los mexicanos Salvador Elizondo, Juan García Ponce o Sergio Pitol, el mexicano y venezolano Alejandro Rossi, los argentinos Ricardo Piglia y César Aira o el propio Vásconez en el Ecuador, entre algunos otros. Se trataba de sacar  beneficio de la oportunidad, lo cual no era gran cosa pues el Boom era un pelotón que no podía adoptar demasiados novísimos ni rodearse de ahijados so pena de disolverse, pero sobre todo, de aprovechar el lugar ganado por los Fuentes y los Vargas Llosa en el banquete de la civilización (Alfonso Reyes dixit) y explorar, desde allí, los numerosos caminos de la tradición de la novela que el propio Boom desechaba, ya fuese por la vía del hiperexperimentalismo o de la innovación retrógrada intentada por un viejo como Manuel Mujica Lainez. Vásconez, como Pitol, votó por la literatura centroeuropea y como es obvio, por Kafka, mientras otros se nutrieron de Joyce (Héctor Manjarrez) o de combinaciones diversas entre el neoformalismo de la nueva novela francesa y la riqueza poética latinoamericana, como Jorge Aguilar Mora. En algunos casos, sin duda, el Boom le tendió, generoso, la mano a un viejo olvidado como fue el caso de José Lezama Lima.

         Vásconez, con El viajero de Praga, su verdadero nacimiento como escritor se busca y se encuentra en Kafka, ya para entonces tan polisémico como Cervantes. Asume Vásconez, según dice una crítica literaria de tan buena pluma como Mercedes Mafla,  que 

“en un país minúsculo como Ecuador, en el cual hay una modesta tradición de novelistas realistas, Vásconez es quizá el único que tiene plena conciencia de que a él— para decirlo en términos de otro checo insigne, el señor Kundera—, la única historia de la novela que le compete es la historia de la novela. No sólo se aparta así de su circunstancia fatal, sino que incluso se aleja del espíritu de los novelistas latinoamericanos.”[1]    

         Mafla se queda corta: inclusive en una literatura multitudinaria como la mexicana no es otra la decisión tomada por Elizondo, García Ponce o Pitol. Huir del inmenso y hollado país de los realistas y su nacionalismo tras los pasos perdidos de Bataille, Musil o Gombrowicz. Ello es notorio si se lee todo Vásconez, que como ocurre con Pitol, en cada libro sigue una huella distinta. Por ello, la publicación en Novelas a la sombra  de cuatro de sus libros (Jardín Capelo, El secreto, El retorno de las moscas, La otra muerte del doctor)  menos conocidas es una buena noticia.

      Jardín Capelo (2007) no sólo alude al “jardín secreto” de la propia biografía de Vásconez, la finca familiar en contraste con la neblinosa capital ecuatoriana. Esta novela, un himno a las ruinas, no hubiera disgustado a Lampedusa y tampoco, curiosamente a un Mujica Lainez menos rococó. Pero me atrevo a suponer que lo mejor de la novela es aquello que no puede ocurrir y sabiamente va posponiendo Vásconez, el encuentro que parecía previsible, aunque fuese imposible, entre el victimado Jordi Sorella y la desaprensiva Manuela. Si yo tuviera que suministrar a un grupo de alumnos una prueba del famoso teorema, a veces atribuido a Hemingway, otras a Pedro Salinas, de la novela como la punta del inmenso iceberg destructor de Titanics que el lector no ve, ofrecería Jardín Capelo como ejemplo. Un libro de no–amor.

      El secreto es un relato de 1996 y el más “adolescente” de los libros de Vásconez. Adolescente desde la óptica dostoievskiana, es decir, universal. El ecuatoriano se atreve a presentar a un hombre del subsuelo que a la vez es un asesino de niñas, un enésimo Raskólnikov que encuentra en el crimen una forma de conocimiento, todo ello armado con una precisión de relojería, como en algunos de los otros relatos recogidos en Un extraño en el puerto (1998).

       De estas cuatro Novelas a las sombra la que menos me convence es El retorno de las moscas (2005) porque la entiendo como lo que es: un guiño y un capricho. Me puede gustar una novela de John Le Carré, otra de Raymond Chandler, de Arthur C. Clarke y hasta una, de Agatha Christie, pero anticuadísimo, descreo de las novelas de género. Nunca leería un libro porque en éste se comete un asesinato a descifrar, ni una novela porque ocurre en un futuro monopolizado por la ciencia o un relato donde los soviéticos espían a los estadounidenses en Londres durante la segunda posguerra, aunque desde luego, en cualquiera de los casos, pueden escribirse novelas magníficas. André Gide me hubiera reprobado a mí, no a Vásconez, quien con El retorno de las moscas rinde homenaje explícito a Le Carré. Está en ese momento de plenitud en que un novelista se puede permitir casi todo.

         Finalmente, el plato fuerte del cuarteto es La otra muerte del lector porque reaparece el doctor Kronz para morir simbólicamente, según nos anuncian los editores. Adoro las reapariciones y no en balde al inventarlas, Balzac, pobló un mundo vacío. Esta reaparición del doctor Kronz, que espero no sea la última, hace honor al Times Square pintado por la infortunada Zelda Fitzgerald que le sirve de portada del libro, a petición de Vásconez. Reaparición fragmentaria, esquiva, que nos lleva a un amor de juventud del doctor ante el cual no puedo sino sumarme otra vez al deslumbramiento de Mafla—prefiero siempre la cita que la paráfrasis: 

      “Debo confesar”, dice la crítica ecuatoriana, “la absoluta fascinación que me provocó leerla una mañana de domingo. Aquí estaba nuevamente el doctor Kronz, siempre el mismo, pero admirablemente renovado. Seguramente algo se debió renovar en el propio autor. Le pregunté, en su momento, si escribir esa novela corta le había resultado difícil. Él me respondió que no. Más bien, confesó, había salido con bastante soltura. Yo pensé que quizá comprendía por qué. Isak Dinesen tiene, a propósito, algo parecido a una enseñanza o a una profecía. ‘En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver. Ellas te mostrarán lo que no puedes ver.’ Vásconez es el escritor más fiel entre nosotros a las cosas que puedes ver”.[2]    

          Ser perdido y ávido de permanecer, concluye Mafla, el Doctor Kronz a veces nos espera al doblar una esquina. Sea en Quito o en Nueva York. Desde esa orilla urbana del río Hudson donde este crítico, casualmente, aprendió a caminar, el Doctor Kronz se busca a sí mismo, pero también es requerido por íncubos y súcubos, como si la suya fue una vida casi eterna que no sé porque supongo varias veces milenaria, como si su aspecto “actual”, el otorgado por un escritor ecuatoriano, fuese sólo un avatar del Judío Errante. Javier Vásconez, hijo de un escritor  con quien nunca se entendió  y de una madre lectora que lo empujo a Dante y a Freud, lo ha convertido, al Doctor Kronz, en un personaje constante e imprevisible de nuestra comedia humana. 

                                                          Coyoacán invierno de 2015/2016


[1] Mercedes Mafla, Leonardo Hidalgo, Francisco Estrella, Sergio Ramírez y Javier Vásconez, Travesía novelística. Javier Vásconez 1982–2012, Santillana, Quito, 2013, pp. 9–10.

[2]  Ibid., p. 17.



Christopher Domínguez Michael
(Ciudad de México, México, 1962). Crítico literario e historiador, su obra ha encontrado un sitio destacado en la vida cultural de México desde la aparición de Antología de la narrativa mexicana del siglo XX. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 1993 y en 2006 le fue otorgada la Beca Guggenheim. Participó en el consejo de redacción de la revista Vuelta entre 1989 y 1998. Actualmente es miembro del consejo editorial de Letras Libres y columnista cultural en el periódico Reforma. En 2005 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por Vida de fray Servando (2004), una biografía del fraile y teólogo revolucionario novohispano.
Entre sus libros de ensayos se cuentan La utopía de la hospitalidad (1993), Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V (1997), Servidumbre y grandeza de la vida literaria (1998), La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX (2001) y Toda suerte de libros paganos (2001). En 1992 compiló la Obra selecta de José Vasconcelos y en 1997 publicó una novela, William Pescador.
Fondo de Cultura Económica ha editado Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991) y Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) (2007)

                                  
© copyright Patricio Burbano (fotografía Javier Vásconez)

© copyright Miguel Ángel Meridiano (fotografía Christopher Domínguez Michael)



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        Novelas a la sombra, Javier Vásconez, México, 2016. 
        Publicado por el FCE en México, se puede adquirir en la librería de la editorial 

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