Alberto Julián Pérez

Darío: su lírica de la vida y la esperanza


Por Alberto Julián Pérez

Texas Tech University


                                                               

                En 1905 se publica en España Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío. El libro, junto con Prosas profanas, 1896 y 1901, contiene la producción poética más destacada e influyente de su carrera literaria. Darío le encargó la preparación de la publicación a su joven amigo y admirador Juan Ramón Jiménez, como lo ha estudiado con detenimiento José María Martínez (“Para leer Cantos de vida y esperanza” 27). Este libro sobre la vida y la esperanza es también un testimonio del dolor y la duda que asaltó al poeta durante aquellos años. Ese estado espiritual de Darío encontró su reflejo en el estado espiritual por el que atravesaba la patria que sintió más cercana entonces: España.

                Cantos de vida y esperanza, como todo libro de poemas no concebido como obra orgánica, es heterogéneo, y recogió lo que Darío consideraba su mejor producción de la época (Zimmermann 193-6). Si bien incluyó algunos poemas anteriores a 1901, fecha de la segunda edición de Prosas profanas, con sus “Adiciones”, el grueso de los poemas fue escrito entre 1901 y 1905. Durante esos años ocurrieron cambios importantes, tanto en la vida de Darío como en el mundo hispánico. Primero, la desastrosa guerra de 1898 entre Estados Unidos y España terminó la etapa colonial e imperial española en el nuevo mundo, y llevó a ésta última a replantearse el valor y sentido de su historia, y su destino como nación. Sus escritores, particularmente los miembros de lo que se ha llamado la Generación del 98, iniciaron un proceso de análisis espiritual de sus circunstancias, y se preguntaron por el ser español. Darío fue a España enviado por el diario La Nación de Buenos Aires en 1898, y parte de su tarea era observar este proceso y escribir sobre él. Muchas de las crónicas que publica sobre la vida y la cultura española las recoge en sus libros de ensayos: España contemporánea, 1901 y Tierras solares, 1904. Paralelamente, reflejará sus preocupaciones por la situación española en poemas como “A Roosevelt”, 1904, indignada respuesta en defensa de la hispanidad ante  la arrogancia imperialista del presidente norteamericano, y en su “Letanía de nuestro señor don Quijote”, escrita para la conmemoración del tercer aniversario del Quijote en 1905.

 

Darío y España

 

De 1898 en adelante Darío vive en la península ibérica por períodos relativamente cortos, estableciendo su residencia más permanente en París, desde donde viaja a España y otros países de Europa, llevado por sus actividades como periodista corresponsal de La Nación de Buenos Aires y diplomático, ya que en 1903 es nombrado Cónsul de Nicaragua en París (Torres 937-40). Espiritualmente se mantiene muy cerca de España: ve en París a poetas españoles, como Manuel Machado, y se ha unido a una mujer de Avila, Francisca Sánchez, que le dará tres hijos, de los cuales solo uno sobrevivirá (Torres 493-96). La madre patria es el centro de la hispanidad, a la que Darío se propone seducir y conquistar con su talento y su poesía. El crítico español Juan Valera había sido uno de los primeros en aplaudir su arte original e innovador, cuando publicó Azul... Al visitar España en 1892, como miembro de la delegación de su país, Nicaragua, para la celebración del cuarto Centenario del Descubrimiento de América, había conocido a muchos de sus escritores, entre ellos José de Espronceda y Ramón de Campoamor, glorias del romanticismo español. Frecuentó los salones de Emilia Pardo Bazán y Juan Valera, autores reconocidos y críticos de peso en esos momentos; visitó al erudito Marcelino Menéndez y Pelayo y se hizo amigo del orador y político Antonio Cánovas del Castillo (Autobiografía 71-92).

En este segundo viaje que iniciara en 1898 conocerá y frecuentará a un grupo diferente de escritores: los jóvenes innovadores, los nuevos prosistas y poetas: Valle Inclán, los hermanos Machado, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez, Francisco Villaespesa, entre otros (Autobiografía 124-5). A pesar del apoyo que recibiera de los jóvenes su poesía sólo sería aceptada por una minoría en España, y Darío nos dice, en su “Prefacio” a Cantos de vida y esperanza, que había encontrado la expresión poética “anquilosada” al llegar allí (333). Andrés González-Blanco, que escribiera un excelente estudio crítico de más de cuatrocientas páginas sobre la obra del poeta para la publicación de las Obras escogidas en 1910, cuenta que los principales diarios españoles no aceptaban publicar su poesía durante los primeros años del nuevo siglo, aunque sí aparecían sus colaboraciones en las revistas de sus jóvenes amigos, como Helios de J. R. Jiménez y Alma española, dirigida por Azorín (“Estudio preliminar”, volumen 1: CXCIX-CCII). En 1910 la situación había cambiado, comenta el crítico, la poesía de Darío parecía haber triunfado definitivamente en el gusto del público español y El imparcial y el Heraldo de Madrid publicaban sus poemas.[1]

                En cada lugar en que había vivido Darío había sabido crear relaciones de compañerismo y amistad con escritores y artistas, particularmente en Chile, donde publicó Azul... en 1888, el libro que iniciara el período de su reconocimiento por críticos destacados como gran poeta del mundo hispánico, y en Argentina, donde publicó Prosas profanas en 1896, sobre el que el joven crítico y filósofo José Enrique Rodó, destinado a ser la gran voz continental en defensa de la hispanidad, escribiera en 1899 un ensayo excelente (Rama 105-7). En sus crónicas directamente, e indirectamente en su poesía, Darío observó estas sociedades en las que vivió y trabajó, y reflexionó sobre su grado de modernidad y el estadio de su cultura. El poeta asimilaba con facilidad las influencias más diversas de lugares y de personas. Su relación con estas sociedades no era sencilla: si bien Darío admiró la vocación de modernidad de estos países, criticó en ellos todo lo que consideraba vulgar y antiestético.

 Darío fue a vivir a grandes ciudades, especialmente las capitales, islas de modernidad en un período de grandes cambios. Tanto Chile como Argentina se contaban entre los países más progresistas de Hispanoamérica durante esos años. Triunfaba el positivismo, que celebraba a la sociedad mercantil. El poeta fue testigo del crecimiento urbano de Santiago y Buenos Aires, que de “grandes aldeas” se habían convertido en centros cosmopolitas, algo que él no había podido experimentar en Centro América, cuya sociedad aún no había logrado salir de un estado pre-capitalista de desarrollo. Las relaciones sociales en Centro América respondían a una dinámica muy diferente que la que encontró en Sur América. En Nicaragua la vida cultural se desarrollaba alrededor de círculos muy limitados, controlados por las familias de la oligarquía. No contaba con grandes ciudades ni centros cosmopolitas comparables a los de Chile y Argentina. En Sur América Darío pudo trabajar para grandes diarios, como El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina, que eran líderes del periodismo hispanoamericano (Arellano 25-32). 1898 cambió la historia de los países de lengua hispana. Estados Unidos se perfiló como un poder amenazante para Latinoamérica y la reacción no se hizo esperar. En 1900 Rodó publicó Ariel, que serviría para canalizar todos los temores de la juventud ante el avance imperialista, e inició una reacción “espiritualista” contra el “materialismo” yanqui (Castro 87-90). Hispanoamérica buscó definirse como una “potencia” espiritual y cristiana, “latina”.

                Darío fue reconocido y aceptado por los jóvenes poetas de Buenos Aires, no todos ellos argentinos (como no lo era el boliviano Jaimes Freire) ni capitalinos (como no lo era el provinciano Lugones), como un creador único y una personalidad continental (Autobiografía 110-4). Pronto la poesía de éstos empezó a reflejar muchos de los hallazgos temáticos y formales del nicaragüense (Torres 416-7). Darío predicaba el individualismo y se decía posesor de una estética ácrata, que rechazaba este tipo de liderazgo, pero sus aportes y sus logros eran tantos que era imposible para los jóvenes poetas apartarse de su influencia. Todos los que lo conocieron, tanto en Hispanoamérica como en España, como lo indica Alberto Acereda en su estudio sobre la influencia de Darío en este país, se rindieron ante este superdotado de la lírica, y se mantuvieron fieles a esa amistad a lo largo de los años, reconociéndolo como el poeta mayor del Modernismo (“Rubén Darío en la poesía española del siglo XX” 46-9).

            En su poesía de los años de Buenos Aires, profana, lúdica, despreocupada, burlona, encontramos el “espíritu” de esa ciudad en esos momentos optimistas en que la expansión económica, acompañada por una vigorosa transformación social, era aparentemente ilimitada. La poesía “modernista” argentina posterior a Darío se desarrolló en gran medida siguiendo sus ideas poéticas, aceptando la asimilación de los modelos franceses, mayormente parnasianos, que el nicaragüense había adaptado a las necesidades del idioma (Pérez 65-75). Su poesía “española”, que escribiera en los años en que se mantuvo espiritualmente cerca de España, a partir de 1898, cuando fue enviado por La Nación a Europa, refleja un cambio de sentir fundamental en relación a la poesía de Prosas profanas (Martínez, Los espacios poéticos de Rubén Darío 32-7). Ese cambio fue una respuesta a la crisis espiritual profunda que Darío observó en España y que lo llevó a replantearse su poética en su ostracismo parisino.

Los poetas españoles que estuvieron cerca de él en esos años, como J. R. Jiménez y los hermanos Machado, observaron en su propia poética un proceso espiritual análogo al de Darío, como queda testimoniado en los libros mayores que escribieron en esa época: Soledades, galerías, otros poemas, 1907 de Antonio Machado, Alma, 1900 de Manuel Machado y Elegías, 1910 de Juan Ramón Jiménez. La clave de la “conversión” poética de Darío, tal como él la plantea en su nuevo libro, Cantos de vida y esperanza, fue un cambio interior profundo que dio a su vida un nuevo sentido cristiano.

 

Crítica e identidad


             En el poema liminar que abre la primera sección del libro, titulada “Cantos de vida y esperanza”, “Yo soy aquel que ayer no más decía...” Darío hace una presentación autocrítica de su papel como “modernista”. Es una comparación entre el poeta que había sido al escribir Prosas profanas y el que era en esos momentos. El resultado es una autobiografía espiritual. Su poesía, dotada de imágenes exquisitas y de un lenguaje de una sonoridad sensual única en nuestra lengua, incorpora fácilmente el análisis intelectual, la crítica literaria y la meditación existencial. El poeta habitaba en “un jardín de sueño,/ lleno de rosas y de cisnes vagos...” Este era el período cuando “la torre de marfil” había “tentado su anhelo”, imagen que muchos tenían de él, como vate “parnasiano” y escapista. Pero nos confiesa que esa imagen es errónea: él es un poeta que siente y sufre; en el pasado había ocultado su alma sensible que, sin embargo, había sido el motor de esa poesía que habían juzgado superficial.

El lector queda convencido de su sinceridad. Darío se muestra como poeta confesional y poeta del dolor humano. El artista, en esta etapa, es una especie de santo laico. Tan dedicado a su arte, se convierte a una nueva verdad: el arte es vida, es esperanza y es también sufrimiento. El centro de este arte es el hombre cristiano del nuevo siglo, el hombre moderno “latino” y “pan-latino”que tiene una sensibilidad diferente. El lenguaje de Darío es más directo, si bien no renuncia a la metáfora original y novedosa. Su verso se vuelve conceptual y explicativo. Habla de cosas presentes, reales, y no meramente de un mundo imaginario: los “cisnes” le sirven ahora para interrogar a la historia, no para huir de ella.

Darío adquiere en esos momentos una nueva conciencia de la temporalidad. Se percibe a sí mismo como un ser arrastrado por la vorágine del mundo, en circunstancias históricas graves que comprometen el futuro. El mundo hispánico parece estar indefenso ante la amenaza del imperialismo norteamericano. En la breve guerra de tres meses entre Estados Unidos y España en 1898, esta última pierde sus colonias. La derrota es rápida y absoluta y los hispanos comprenden que están a merced de los apetitos imperialistas del coloso del Norte. Rodó declara que los “latinos” son superiores porque representan una espiritualidad elevada y un sentido estético de la vida que solo los grandes pueblos pueden tener, y los norteamericanos, a pesar de su poder político y económico, son un pueblo materialista  con un alma empobrecida (Castro 50-8).

Darío hace su defensa poética del mundo hispano en 1904, en su poema “A Roosevelt”, en que el presidente imperialista norteamericano, el “Cazador” que había dirigido la guerra contra España para pasar después a ser presidente de su país por dos periodos consecutivos, aparece como el interlocutor al que apostrofa: “Eres los Estados Unidos,/ Eres el futuro invasor/ De la América ingenua que tiene sangre indígena/ Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español” (360). Darío presenta al mundo hispanoamericano como un mundo ingenuo, donde reina la paz y la poesía. Lo une su lengua, su catolicismo y su identidad mestiza. Ese mundo está indefenso frente al “Cazador” imperialista, y sólo Dios puede protegerlo. El poema queda inscrito, como dice Darío en el “Prefacio” del libro, “...sobre las alas de los inmaculados cisnes” (334). El lector, sin embargo, sabe que el poeta está reflexionando sobre una situación histórica que acongojaba a todos. A pesar de su disculpa es un poema político, comprometido con la sensibilidad de la hora (Ordiz 149-53). La posibilidad de una invasión armada de Estados Unidos a los países hispanoamericanos se había materializado ya cuando este país tomara control de la vida de Puerto Rico y Cuba. ¿Dónde terminaría la osadía norteamericana? ¿Invadirían Centro América o quizá México, arrebatarían su soberanía a los países hispanos? El problema era demasiado grave para que un individuo como Darío, cronista cultural y gran poeta, además de diplomático, pudiera ignorarlo.

            Para Darío, como antes para Groussac y Rodó, Estados Unidos representaba una forma moderna de la barbarie porque, a pesar de su poder político y militar, argumentaba, sus habitantes no habían podido desarrollar una sensibilidad especial hacia el bien y la belleza (Castro 80-83). En el poema que publica al año siguiente, en la sección de Cantos de vida y esperanza titulada “Los cisnes”, y que posiblemente haya escrito también en 1904, “¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello...”, Darío muestra a un mundo hispánico preocupado y angustiado, que se siente impotente ante la ambición norteamericana. Allí plantea otro aspecto del problema: ¿qué ocurrirá con la lengua? Pregunta Darío, “¿tantos millones de hombres hablaremos inglés?” (380). Se temía que Estados Unidos tratara de convertir a los países hispánicos de América en colonias suyas, y que forzara el uso del inglés, perdiéndose el patrimonio espiritual con el que todos los hispanohablantes se identificaban: la lengua hispana. La resistencia era difícil porque la península ibérica, como la describe Darío, era un poder decadente, caduco, había perdido el sentido del heroísmo, y ya no había “nobles hidalgos ni bravos caballeros” (380). ¿Qué quedaba entonces por hacer? Tener fe. Esperar. El poeta confía pasivamente la salvación del mundo hispano a una fuerza superior divina.

A pesar de su visión pesimista de la situación histórica, Darío mantiene su esperanza cristiana. Esta comunión de catolicismo y humanismo da al mensaje poético de Darío una inusitada vigencia. Es un mensaje cristiano y pacifista, expresado en los más altos términos estéticos. Darío considera más auténtica la vocación religiosa del pueblo hispano católico que la del norteamericano protestante. El pueblo al que los norteamericanos menosprecian tiene “sangre indígena”; ya se había preguntado en las “Palabras liminares” de Prosas profanas: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de africa, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués...” (Poesías Completas 546). Darío, aunque se sentía un legítimo representante de la hispanidad toda, tenía que haber experimentado en carne propia, en su país, en Chile, en Argentina, y en España, los prejuicios raciales implícitos en esas comunidades, subestimando a la persona de ascendencia indígena (González-Blanco CLXXXV-VI). La situación histórica había creado una conciencia fraternal entre los pueblos hispanos que no existía antes de la guerra con Estados Unidos, cuando España había estado luchando por años contra los independentistas cubanos, y se aferraba a su superioridad militar para frustrar los deseos de independencia de sus últimas colonias americanas. La derrota de España hizo que cambiaran los sentimientos de los pueblos hispanoamericanos hacia ella. De repente, en lugar de verla como una nación tiránica, descubrieron su aspecto “maternal”: volvió a ser la madre patria, débil, necesitada, y los “hijos” hispanoamericanos compasivamente se le acercaron.

 

Pesimismo existencial y esperanza cristiana

 

Este sentido de la temporalidad, y de las limitaciones y la finitud de la vida, da un tono marcadamente patético a las poesías filosóficas “existenciales” de Cantos de vida y esperanza. Son un tipo de poesía nueva en la obra del autor. Su verso se aligera de imágenes y metáforas. Darío, tal como lo hacían los Simbolistas franceses, busca la “palabra justa”, el vocablo perfecto que traduzca su sentir sin recargar la expresión. El núcleo del poema está en el concepto, en el pensamiento donde medita sobre el sentido de la vida. El poeta confiesa sus sentimientos y sus verdades más íntimas, revela su mundo interior. Habla de sí como de un ser angustiado, que se prepara a enfrentar el “otoño” de su existencia durante su “primavera”. En 1905 Darío cumplía 38 años; se había abandonado al alcoholismo y siente que ha mermado su fuerza vital. La vida lo golpea con la pérdida del primer hijo que tiene con Francisca, y poco después con el segundo, Rubén, a quien apodó “Phocas” y le dedicó su poema “A Phocas el campesino”; el niño moriría en junio de 1905 (Torres 523-30).

Son muchos los poemas de este libro en que Darío habla de su sufrimiento, del acabamiento de sus facultades, y presiente el fin de su vida, que habría de ocurrir varios años después, aún siendo relativamente joven, en 1916, antes de cumplir los 50 años. Entre estos poemas, que son los que más atrajeron el interés de los lectores durante el siglo XX, se destacan, además del mencionado “A Phocas el campesino”, “Nocturno”, “Melancolía”, “De otoño” y “Lo fatal”. Unos años después de la muerte de Darío, las vanguardias traerían cambios radicales en el lenguaje poético. Los poetas vanguardistas, como Neruda y Vallejo, abandonaron el complejo sistema de versificación que había sido durante tantos siglos la forma fundamental de concebir la poesía en lengua hispana, para reemplazarlo por el versolibrismo. Esta nueva manera de escribir “tocó” estética y emotivamente a los lectores de principios de siglo XX. La crisis política se agudizó cada vez más en España hasta que se desencadenó la guerra civil, de la que los miembros de la Generación del 98, y los poetas modernistas amigos de Darío, como Juan R. Jiménez y los hermanos Machado, serían testigos y víctimas. Estos poemas “existenciales”, que expresaban la angustia del hombre moderno, renovaron su vigencia en esas difíciles circunstancias.

Darío nos dice en esos poemas que el hombre es un ser para la muerte, y que luego de venir al mundo vivimos en medio de una agonía terrible. Toda empresa humana parece fracasar y perder su sentido. La juventud engaña al ser humano, le hace creer que la vida es bella: esos sueños son falsos, y pronto el adulto lo descubre. Así le aconseja a su hijo en “A Phocas el campesino”: “Tarda en venir a este dolor a donde vienes,/ A este mundo terrible en duelos y espantos;/ Duerme bajo los Angeles, sueña bajo los Santos,/ Que ya tendrás la Vida para que te envenenes...(420)”. El hombre se ha transformado en su propio enemigo. Su hiperestesia se vuelve contra él, y le ocasiona dolor. Darío le pide al hijo que lo perdone porque le ha dado la vida (Jrade 110-12).

Para Darío ese sufrimiento no puede redimir al ser humano. Este es consciente de su “humano cieno” y descubre que va a tientas por la vida; dice Darío en el poema “Nocturno”: “...el horror de sentirse pasajero, el horror/ De ir a tientas, en intermitentes espantos,/ Hacia lo inevitable desconocido y la / Pesadilla brutal de este dormir de llantos/ De la cual no hay más que Ella que nos despertará! (400)”. Aún los sueños, la literatura y la poesía no logran mitigar el horror del mundo. La poesía se vuelve su mal. Ha llegado demasiado lejos, ya no puede volver atrás y ser un buen creyente, un hombre simple y sencillo. Dice el poeta en “Melancolía”: “Ese es mi mal. Soñar. La poesía/ Es la camisa férrea de mil puntas cruentas/ Que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas/ Dejan caer las gotas de mi melancolía (437).” Se ha hecho demasiadas preguntas, la poesía se ha vuelto el instrumento de su búsqueda y ahora tiene que enfrentarse al vacío de la muerte.[2]

El hombre moderno, aún el cristiano, no parece tener una fe tan intensa en la otra vida como el creyente de épocas pasadas: lo corroe la duda y se llena de angustia (Acereda, “La modernidad existencial en la poesía de Rubén Darío” 156-60). El mundo moderno debilita y amenaza la fe religiosa. El yo se vuelve la base de su propia espiritualidad, y eso enfrenta al hombre con la inutilidad de la propia existencia. Y ese ser agónico se interroga: ¿valió la pena? ¿No hubiera sido mejor no haberse preguntado nada? El hombre contemporáneo, ¿ no sabe demasiado? El saber parece comprometer la salvación personal. La duda destruye toda certidumbre en Darío. Por eso es justo que haya cerrado este libro con el poema “Lo fatal”, síntesis de su estado de ánimo ante la existencia en esos momentos. Declara: “...no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ Ni mayor pesadumbre que la vida consciente (466).” Y dice sobre el saber y el ser: “Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,/ Y el temor de haber sido y un futuro terror.../Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/ Y sufrir por la vida y por la sombra y por/ Lo que no conocemos y apenas sospechamos,/ Y la carne que tienta con sus frescos racimos,/ Y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,/ Y no saber adónde vamos,/ Ni de dónde venimos...! (466)”. El libro, que se abre con su autobiografía poética y espiritual, termina con esta meditación sobre el ser y el saber, que clausura el saber y le abre las puertas al ser, que bien puede ser infinito, inmortal... Cuando culmina la lucha entre el ser y el estar, el hombre queda a merced de la tentación de la carne y enfrentado al temor del más allá, entre Eros y Tánatos, entre el amor y la muerte. Y quedan sin responder las preguntas sobre el origen y la finalidad de la vida.

Cantos de vida y esperanza es también (particularmente sus poemas existenciales) un poemario sobre la agonía del cristianismo. Qué cerca está Darío de Miguel de Unamuno en esos momentos. Quien empezara a escribir con todo el artificio metafórico y gongorino de un gran renovador de la lengua, queda al final desnudo ante el idioma, confesando la agonía del ser frente al enigma de la vida moderna. El humanismo liberal no ha sido suficiente para Darío. No pudo ser ateo ni creer en la finalidad trascendente de la sociedad laica. Su vida “profana” de los noventa da lugar a la formidable crisis del principio de la nueva centuria. Para expresarla Darío ha tenido que reinventarse como poeta. Y se ha renovado auténticamente, siendo fiel a la tradición poética de su lengua hispana. Si en su poesía de los noventa, aparecía la lección de los grandes maestros franceses del fin de siglo, particularmente Verlaine, en su nueva etapa poética, tan cercana a la sensibilidad peninsular, Darío recoge en su verso la gran lección del renacimiento español: la poesía religiosa y mística de San Juan de la Cruz, la poesía conceptual de Quevedo, entre otros. Darío aúna la lección poética de los franceses con la sabia viva de su propio idioma.

                Prosas profanas, 1896, 1901, y Cantos de vida y esperanza, 1905, son dos cumbres poéticas de la poesía de nuestra lengua y las dos obras mayores de Darío. Uno de los aciertos de Cantos... fue demostrar al lector que el cambio de lenguaje poético correspondía a una auténtica transformación humana. Y no sólo había cambiado el poeta: el mundo hispano había cambiado después del 98. En este libro nos encontramos con un Darío transido por el problema del tiempo, que siente el proceso agónico de la historia, con un filósofo del ser y la existencia. Nos confiesa su decadencia personal, su sufrimiento, sus tendencias autodestructivas. Aparece como ser espiritual y cristiano, que escribe sobre su experiencia personal, sobre su vida. Estoy de acuerdo con Alberto Acereda cuando afirma que Darío inicia la poesía moderna en España y que los hermanos Machado y Juan R. Jiménez escriben a partir del lirismo inaugurado por Rubén (“Rubén Darío en la poesía española...” 47). Para que esta hermandad poética fuera posible, Rubén había bebido antes profundamente del ser hispánico, se había compenetrado del drama y la crisis de España, y la había conocido y reconocido en sus viajes.[3] Gracias a esto pudo ser realmente un poeta de la lengua (a lo que aspiraba) y no meramente un poeta de su patria. Fue el poeta de ese pan-hispanismo que se inaugura después de 1898, y va a crear en los habitantes del mundo hispánico una nueva conciencia de su identidad y del valor de su lengua.

 

 

Bibliografía citada

 

  • Acereda, Alberto. “Estudio crítico”. El modernismo poético. Estudio crítico y antología  temática. Salamanca: Ediciones Almar, 2001. 9-106.

        ----------. “Rubén Darío en la poesía española del siglo XX (Recuperación de un poeta relegado)”. Letras hispanas Vol. 2 (1997): 46-60.

        ----------. “La modernidad existencial en la poesía de Rubén Darío”. Bulletin of Spanish Studies Vol. 79, No. 2-3 (2002): 149-69.

  • Arellano, Jorge Eduardo. Azul...de Rubén Darío Nuevas perspectivas. Washington: OEA, 1992.
  • Castro, Belén. “Introducción”, José E. Rodó, Ariel. Madrid: Cátedra, 2000. 9-135.
  • Darío, Rubén. Azul...Cantos de vida y esperanza. Madrid: Cátedra, 1995. Edición de José María Martínez.

        ----------. Autobiografía. México: Editora Latino Americana, 1966. 3era. edición.

        ---------. Historia de mis libros. Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950. I:193-224.

        ----------. España contemporánea. Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950. III: 13-373.

        ----------. Tierras solares. Obras completas. Madrid: Afrodisio Aguado, 1950. III: 847-1014.

        ----------. Poesías completas. Madrid: Aguilar, 1975. Edición de Alfonso Méndez Plancarte y Antonio Oliver Belmás. Undécima edición.

  • González-Blanco, Andrés. “Estudio preliminar”. Rubén Darío. Obras escogidas. Madrid: Librería de los sucesores de Hernando, 1910. Volumen 1.
  • Jrade, Cathy L. Rubén Darío y la búsqueda romántica de la unidad El recurso modernista a la tradición esotérica. México: Fondo de Cultura Económica, 1986. Traducción de Guillermo Sheridan.
  • Martínez, José María. “Introducción”. Rubén Darío. Azul...Cantos de vida y esperanzaMadrid: Cátedra, 1995. 11-98.

        ----------. Los espacios poéticos de Rubén Darío. New York: Peter Lang, 1995.

        ----------. “Para leer Cantos de vida y esperanza”. Hispanic Poetry Review Vol. 1, No. 2 (1999): 21-50.    

  • Ordiz, Javier. “Martí, Rodó y la poesía social de Rubén Darío”. Jacques Issorel, El cisne y la paloma. Perpignan: CRILAUP/ Presses Universitaires de Perpignan: 1995. 139-53.
  • Pérez, Alberto Julián. Modernismo, Vanguardias, Postmodernidad Ensayos de Literatura Hispanoamericana. Buenos Aires: Corregidor, 1995.
  • Rama, Angel. Rubén Darío y el modernismo. Barcelona: Alfadil Editores, 1985.
  • Torres, Edelberto. La dramática vida de Rubén Darío. San José: EDUCA, 1982. 6ta edición.
  • Zimmermann, Marie-Claire. “El eclecticismo poético de Rubén Darío: heterogeneidad y unidad en Cantos de vida y esperanza”. Jacques Issorel, El cisne y la palomaPerpignan: CRILAUP/ Presses Universitaires de Perpignan: 1995. 193-212.


[1] Dice González-Blanco: “Si hace poco todavía...¡en 1904!, Rubén Darío sólo tenía un grupito de admiradores y amigos, los cuales se quejaban, y con razón, del silencio de la prensa respecto a las idas y venidas del poeta. Mucho hemos adelantado en cinco años, puesto que este espacio de tiempo ha debido de transcurrir para que los grandes rotativos (El Imparcial y Heraldo de Madrid...) publicasen poesía del lírico de Nicaragua. Así se ha conseguido que lo que hace poco era exclusivo patrimonio de una capillita y de un cenáculo trascienda hoy al gran público... (CCI-CCII)”.

[2] Declara Darío en Historia de mis libros, 1909, con respecto a estos poemas: “Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el pavor de la tumba...En mi desolación, me he lanzado a Dios como a un refugio; me he asido de la plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he examinado el fondo de mis creencias y no he encontrado suficientemente maciza la fe cuando el conflicto de las ideas me ha hecho vacilar, y me he sentido sin un constante y seguro apoyo (Obras completas I: 223)”.

[3]  Sus artículos de España contemporánea, 1901 y Tierras solares, 1904, son el mejor testimonio de sus meditaciones sobre España. 

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