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Adriana Hoyos

La Mirada Desobediente de Adriana Hoyos

Por Carlos Satizábal

Escritor y dramaturgo colombiano


 

La desobediencia femenina es el corazón en el occidente bíblico de nuestro pensar poético y científico y del goce amoroso civilizatorio, el hilo de oro que nos salva de la obediencia adámica; es la fuente del amor y del conocimiento que funda la vida humana y  enerva la ira de la bíblica divinidad patriarcal: Maldita seas por haberme desobedecido. Sufrirás y parirás con dolor, hacia tu marido irá toda tu apetencia y él te dominará. Aplastarás la cabeza de la serpiente y nunca más oirás su voz. Así maldice Jehová a Eva -la desobediente- al expulsarla del Paraíso por Ella probar los frutos del árbol. Su femenina desobediencia es la fuente mítica en que se arraiga el árbol primordial de toda curiosidad, de toda ciencia; del diálogo humano con la naturaleza, de la compresión de las voces y los ritmos de la animalidad, de los cielos, de los mares, de las aguas, de los vientos, de la tierra. La acción mítica en la que se arraiga y crece el árbol de todo amor: el amor por lo sagrado y el amor por el amor y la vida y la familia que nos teje el destino en la red de los lazos de sangre.

Y del orden sagrado de la vida y de la muerte. 

También Antígona, la joven de blancos brazos cargados de flores para el viaje de su hermano muerto, desobedece al strategós, como ella lo llama, al general ahora también rey de la ciudad, al tirano que ha ordenado dejar insepulto a su hermano. No nací para compartir el odio, sino el amor. -Le dice-. Hay una ley superior a la tuya: la ley sagrada de enterrar a nuestros muertos. 

Con Eva en la herencia bíblica y con Antígona en la griega y con las voces de tantas mujeres silenciadas, nuestra era de diez mil años de patriarcas tiene en la desobediencia femenina una fuente de la rebelión que anuncia el fin de la era infame del patriarcado. 

Siento al leer la escritura poética de Adriana Hoyos en La mirada desobediente, -como en sus otros libros- que en su cantar retornan las voces de las míticas mujeres fundadoras de la desobediencia y de la memoria poética de la amorosa rebeldía femenina, en su cantar se aviva la mirada de mujer que desde los ojos míticos de Eva y de Antígona y de tantas otras, viene transmutando la violencia patriarcal, sus maldiciones, su odio sempiterno y el dolor causado por la dominación infame, en rebeldía, en desobediencia al poder y en memoria poética de la rebeldía y la desobediencia, para afirmar la vida, para auscultar los misterios de la muerte. 

Adriana Hoyos ha organizado su libro en cuatro partes que he sentido muy claro y evidente leer desde la visión poética y mítica de la femenina desobediencia. La primera parte -«Descripción del pueblo»- nos acerca a instantes donde la vida se afirma en la vida de la infancia y la poeta canta ese destello, esa iluminación de la vida. Puede ser ella la niña de este pueblo. Pero también a veces es la mujer que entra al paraíso momentáneo y eterno de la felicidad vivida en el instante del abrazo feliz al hijo que llega de la mano del padre. Y ese abrazo condensa la memoria de la vida vivida y de la que hemos de vivir. Así nos lo revela en Luz de este instante, segundo poema de esta primera parte:

 

Luz de este instante

 

De sonidos rutinarios está hecho este día

Este gesto con que quito el polvo

Y resplandece ante mis ojos el objeto

 

En el hogar ellos convocan el fuego

Y el bálsamo aliviana nuestros cuerpos

 

Padre e hijo cruzan el umbral

De un brinco hay un salto al paraíso

Trenes que atraviesan túneles del tiempo

Barcos que zarpan lejos muy lejos

Cargados de tesoros deslumbrantes

 

Tu infancia

Luz de este instante

 

Nos entrega este poema la poética visión de habitar el instante, de vivir nuestra vida en un tiempo que es todos los tiempos, y ese tiempo es el instante vital y poético. La felicidad o un beso o el abrazo extasiado de los amantes en el instante infinito de fundirse en un solo ser en el éxtasis supremo de la pasión, o también el contrario e igualmente inefable abismo del dolor por la pérdida de un ser amado nos dicen que el tiempo está construido de instantes eternos y de momentos que se pierden porque ya no alcanzan el bálsamo musical del poema. Quizá pasa en la vida como a veces sucede en el tiempo del mito y en el tiempo de los sueños: que condesan todos los tiempos vividos para entregarnos la temporalidad de la vida que habitamos en un instante y esa temporalidad inconmensurable del instante es nuestro modo mortal de ser eternos. Un instante cualquiera es más diverso y profundo que el mar, dijo en uno de sus versos memorables el ciego maestro que casi sintió toda la poesía en la sombra de sus instantes creativos. 

La poeta de la mirada desobediente canta también el silencioso e invisibilizado o naturalizado trabajo amoroso de la mujer en su tarea de madre. Es lo que ella llama, en el primer poema de este pueblo de la infancia La revelación de la pequeño:

 

La revelación de lo pequeño

 

La placidez del campo

Los niños en sus juegos callejeros

La madre en la ardua tarea cotidiana

 

Balbuceos infantiles

Una risa a punto de brotar

Onomatopeyas del aire a mediodía

 

Bajo la mimosa amarilla estalla la vida

Su mirada reposa en mis ojos

La olla en el fuego y la promesa del hogar

 

Aprendo así a esperar con paciencia y atención

La revelación de lo pequeño

 

Es una poesía que se detiene a recrear los instantes de la vida en que el tiempo y el pensar se detienen para revelarnos el ser y el sentido del vivir. Es poesía que descifra la vida en canto y pensamiento. Su música es música pensativa. Sus imágenes nos llevan al verso final que nos entrega la revelación: la revelación de lo pequeño. 

La poeta desde los primeros versos de La mirada desobediente se nos revela como una filósofa de la mirada desobediente femenina, una pensadora de nuestra contemporaneidad, de la época que nos ha tocado en suerte. Ustedes sabrán leer mi lectura. Y también la poeta. Y serán indulgentes. Porque al leer es inevitable ver lo que ya veíamos y lo que deseamos ver. La poesía nos seduce a leerla desde el goce. Como decía el epígrafe del bello libro sobre el amor de Sören Kierkegaard: estos libros son como espejos 

La desobediencia de la mujer desnaturaliza la sumisión. El mandato patriarcal de obedecer. El goce de la ética y la estética del cuidado son la promesa del hogar que bulle frente a la olla en fuego. Pero en ese goce hay una espera, que condensa el atento tiempo vivo femenino, una espera atenta en que se dará la revelación. Ese tiempo se ata a la herencia de las mujeres que le preceden, a la madre y a la abuela y a la madre de la abuela. Y la poeta lo revela en su Liturgia de las horas, poema dedicado a su abuela: Verte niña oh abuela / abrazada a tu madre / sobre las piedras del río…

Hay en el corazón de la poesía, en cada verso, en cada imagen que la música de las palabras deja en el oído, una Persistencia de la memoria, como lo llama la poeta, una persistencia plena de delicadas resonancias, de un tiempo o de los varios tiempos de las generaciones de mujeres que giran mordidas por el sol, un tiempo que no estaba perdido porque ese tiempo habita la memoria del canto, del poema, el poema río, que desobedece la orden de olvidar y obedecer. La poesía es el canto de la memoria que florece en la casa de la infancia. Un pájaro fugitivo pasa por nuestra ventana de cada amanecer y ese vuelo nos revela la pequeñez de los actos. La poeta nos deja sentir el sueño del vuelo. En contraste con la quietud de la casa. La casa de la lectura, la casa del gato que sale de la oscuridad a la luz del poema, del pájaro que bebe en la fuente, la casa donde nadie espera. Dice la poeta: ya no me aguarda nadie / el árbol florece de repente.

Cada metáfora de La mirada desobediente es una revelación que arroja ojos y oídos lectores a la corriente pensativa de su música y sus instantes de luz. En el poema Sabadell, la casa se abre al pueblo y los cuervos abren el cielo. La poeta habita el río de su escritura y acaricia la corriente de su música a la espera de un signo, pero los signos de la memoria están rayados por las cruces religiosas. La iglesia deja en los habitantes una canto de campanas que se espesa de presagios. Quizá la antigua culpa, el deseo profundo que expresó Ivan Karamazov con una frase inolvidable: ¿Y quién no ha deseado matar a su padre? La iglesia es el templo donde adoramos al padre muerto, al padre que es el hijo, la suma de las generaciones patriarcales muertas por las manos de los adoradores. Templo de los presagios. Templo de la culpa que se levanta en la era patriarcal como el lazo societario que nos ata con sus lazos de sangre. La poeta nos muestra que hay que huir a la isla del verano, que en el cielo claro del verano hay tiempo para amar. No está el tiempo del amor y de los labios a pleno día en las puertas de la iglesia que entornan cautos los fieles mientras ella distante les observa. El ultimo poema de esta primera parte canta la Sierra de Guadarrama, dice:  Por fin el tiempo de la escritura / sobre la piedra ahora / los trazos del destino /  en los labios la palabra y el nombre. 

«El destino a cada paso» es la segunda parte de este libro intenso y revelador de la hondura y de la necesidad constante del canto y de la poética femenina, de su mirada desobediente y de su pensar revelador y musical, para nuestra época en que agoniza la milenaria dominación patriarcal. Aquí retorna el canto del amor, pero ahora en la gran ciudad imperial. Habla la mujer que ama el amor, la poeta que dibuja a memorables amantes que buscan o pierden el amor. 

En un poema ella se aleja de la ciudad al mar, y al despertar la poeta siente, de nuevo, de otro modo, que la memoria son los instantes salvados por el canto y la invención. Que la memoria es invención: No hay memoria / solo una delicada invención que nos salva. 

Me trajo este verso a la memoria la expresión rebelde de nuestra Manuelita Sáenz ante el olvido invencible: qué importa ya, la memoria también se inventa. 

Lo perdido, y los instantes de vida que nos devuelven su huella el recorrer los lugares que hemos habitado, esos espaciotiempos vividos que sentíamos perdidos, la poesía nos concede el don de transmutarlos en memoria poética, bálsamo para interrogar y auscultar los misterios de la muerte. La poeta lo sugiere o lo siente en La Sombra del Espíritu:

 

Necesitada de lugares y memoria

Vuelvo sobre la misma esquina

Camino sobre los mismos pasos

Siento los dibujos de los muertos…

                                                                           

La ciudad es una escritura en la poesía de Adriana que le devuelve lo que la ciudad guarda para que la poeta lo haga canto compartido en su mirada desobediente: para perder el tiempo, para perderse a sí mismo, ciudad desierta secretamente mía, canta en el último verso que abre el camino de la tercera parte de este libro memorable: «La vida a sorbos». Vuelve a insistir que la vida está hecha de instantes que se fugan. Algo de esa huida perenne detiene lo vivido en el poema y lo conserva transmutado en canto. 

Invoca la poeta a amados dioses o arquetipos sagrados de las pasiones que han embriagado el alma creativa de los antepasados: Pan, el dios músico, que, dice ella: conoce los placeres y los tormentos del amor. Y a Baco, dios griego de la embriaguez, de la femineidad festiva y lúbrica y de la errancia aventurera. Otro destructor del poder y de la violencia patriarcal: Ya no regresarás al hogar amado Baco / pero tus ojos habrán visto el arco iris del amor. 

Insiste la poeta en esta parte en el hilo de oro del amor que teje constante los cantos de este libro. Y en el hilo de puntos o instantes sin línea del tiempo, dice:

 

Soy la puerta

Que me contiene

Me expulsa

Me encierra o se abre

Puedo atravesarla

Dejarla la atrás

Al fin y al cabo

Soy solo tiempo.

 

Y en esos instantes llegará el último, el inevitable, el que nos da nuestra condición temporal de seres para la muerte, aquel instante en el cual recogerá los pasos y cantará u oirá desde el otro lado cantar la Plegaria de la Ausente. Tampoco faltará en esa hora sin tiempo el amor:

 

El día que yo muera

Haya música klezmer

Y una fiesta y un baile

Como si fuese una boda

 

Hasta alargar la mano hasta tu mano

Entraré en el alba feliz después de todo

Lo inevitable me soborne hasta tu lecho

 

A más de los hilos de la desobediencia femenina y de la filosofía del tiempo poético que le concede el don de la memoria del canto a ciertos instantes vitales -los otros momentos de la supuesta línea del tiempo serían, como diría Virginia Wolf, solo momentos muertos- otro hilo de la urdimbre que atesora estos poemas es el hilo de los territorios habitados por su viaje, los países que los pasos de la poeta han recorrido en su vida trashumante por los exilios elegidos, lugares que retornan a dejar en su oído el rumor de las aguas profundas, los cantos del paisaje, la algarabía de la luz, el cantío de la vida vivida en ellos: Sabadell, Madrid, Menorca, Guadarrama, Paris, Bogotá y tantos otros que palpitan en el silencio. Y los Andes, donde el viaje por el territorio puebla el verso de resonancias del pensamiento mítico indígena, vivo en los nombres de los seres de la selva y en las palabras que nombran los accidentes y las atmósferas del paisaje:

 

Escalé la cima de los Andes

Sentí el resplandor del águila

Atendí el sueño de lo ignoto

 

Caminé en la oscuridad

Tras las huellas del puma

Y el dibujo de la serpiente

 

Ahora en las aguas profundas

Encuentro en mi sombra

Los abismos y el frío del exilio

 

Sentimientos y visiones que abren el camino a la última parte del libro: «Entre la palabra y el olvido», parte que empieza haciendo una loa a la música. La música: materia de cada hilo de la urdimbre que atesora el tejido todo del cantío de este libro:

 

Que la música inocule su pócima en el alma

Para que te salve o te aniquile

¿Acaso no es ella la que puede matar

O hacer cantar al Ruiseñor?

 

Sentido mortal de la Música que me hace pensar en el multifónico canto de la cigarra que a la hora más alta del sol llega a su armónico más agudo y la caparazón de la cigarra revienta. La luz de su canto se dispersa: grillos, oropéndolas, árboles, colibrís, inventan nuevas músicas con los sonidos errantes y la semilla del canto fecunda la tierra y la cigarra renace a la vida con las lluvias y las lunas que tejen otros hilos y motivos de su canto. 

Nombra la poeta en este canto final con gratitud y veneración algunos de los poetas -hombres y mujeres- que son la otredad con la que desea dialogar y dialoga su escritura. Borges, Alejandra Pizarnik, Gimferrer, Ezra Pound, un poeta nacido en Peshawar. Y sin duda, de modo tácito y secreto, Ana Ajmatova. El trabajo milenario de la transmutación del dolor en canto, que desde su nombre mismo -La mirada desobediente- resuena en las metáforas de este libro tan hondamente femenino, la poeta lo celebrará en un poema inédito a su maestra Ana Ajmátova:  

Oh Ajmátova que transmutas el dolor… 

Este libro -La mirada desobediente- que me ha dado la vida y la generosidad y el amor de su autora el placer de comentar, termina haciéndonos una de las cuatro preguntas filosóficas fundamentales en su poema final ¿De dónde vienes? Poema que dice en su primera cuarteta:

 

¿De dónde vienes oh ser extraviado

que cruzas esta vida roto

burlado por el destino

como un nómada del tiempo?

 

 Y termina:

 

Oh hermano sangre de mi sangre

Aleja de mí este cáliz

Aleja esta sombra que borra el color y la palabra

Aparta esta hora en que el poema ni siquiera es plegaria.

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