Es responsabilidad mía, sí. En el siglo veintiuno, mi no autonomía. A mis veintitantos mi tristeza acristalada, mi querer querer, a tantos. Mi melancolía...es reponsablidad mía. Mi no saberme querer, aunque nadie me haya enseñado. También elegirte. No elijo más a un hombre que me mira, y como si nada, que no ve mis debilidades, lo que necesito, lo que me falta, y que sólo espera que lo acune sin abrir para mí sus ramas. Árbol antiguo, y casi yerto, no te echo más agua, porque es responsabilidad mía elegir a quién entrego mi savia. Te has levantado conmigo y no te sé ubicar, ni si eres adaptación o normalidad. Te has levantado, me has dicho: " hoy te va a costar". Organizar la vida, saber por dónde empezar, decidir esto o aquello, saber, hacer, hacerlo, accionar, actuar, el movimiento... Te has levantado conmigo, tristeza, no sé de dónde, o cómo no, o si no he de saberlo, pero te has levantado tú y me has dejado a mí durmiendo. Tengo los pechos blandos de esperarte. Blandos porque tu mano no llega. Blandos porque no hay quién los sostenga. Un hombre que me ponga los pechos duros. Duros como piedra de campo. Efeverscentes de amor, turgentes de besos. Un hombre... Que valga yo para algo, que mi vida cobre sentido, que no muera nunca, que muera mi muerte nueva, trayéndome nueva vida, trayéndome nueva pena. Te busco detrás de las ropas de las tiendas de moda, de los silencios que me encuentro, de los lugares que concurro. Te busco, ¡ te busco! y te busco. Y te huyo, te huyo, te huyo, así que voy esquizofrénica debajo del gorro donde me escondo para que no me vean, para que no entiendan, dándole órdenes al corazón que no entiende ni la cabeza, dejándome llevar por la marea que me marea, por los fallos que cometo, por los cálculos que no realizo, por la no importancia relativa de las cosas. Quiero quedarme en la morriña, llorar hasta perderte, hoy no he segregado endorfinas ni importa lo que escriba. Soy lo que soy. No puedo dar más. He amado tus manos tocando las cosas, llevando las bolsas de la compra. He amado tus manos secas y solas, y todo lo que antes de mí han tocado. He amado tus manos de hombre, las he deseado. Las he deseado encima mío con la misma ligereza y fuerza que sobre las demás que me cuentas. He amado tus manos, hombre, he esperado que me hicieran. Lo que necesito: Un pene de grandes dimensiones sujeto a un hombre de dimensión mayor que me agarre fuerte mientras me dimensiona por todas mis bocas. Lo que tengo: Una líbido cancelada, un billete de vuelta a una vida por confirmar, nadie que me baile el agua, mil cosas buenas que esperan, tu mirada fija en mi parpadear. Lo que deseo: Que seas tu quien me satisfaga, que antes, otros lo hagan, que se haga de piedra terrenal mi castillo en el aire, vivir, ¡ vivir eternamente!, ser amada, y sobre todo, después de esto, poder amar.
Silencios Escucho a oscuras los silencios que has dejado, tan fríos y azulados que se antojan irreales. Silencios que de noche parecen desiguales, silencios alejados, como ecos del pasado. Escucho a solas los compases que hoy no tocas, parecen tristes olas, que añoran sus luceros. Noche-nueva oscura, de semblantes insinceros, quebrantas mi cordura y los sueños desenfocas. Escucho en la noche tus matices inaudibles, redobles que son broche de mágicas canciones; sonidos de antaño, hoy regresan impasibles. Escucho en mis recuerdos rogarte mil perdones, y respondes sin palabras, palabras terribles, palabras que no saben que tú eres todas mis razones. ________________________________________________ Los otros En los océanos de la mentira, donde apenas alcanza la mirada, se encuentra una nave extraviada, repleta de almas a la deriva. El pequeño Hadmed ya no respira, y su madre llora desconsolada. Ojos tibios y expresión helada... apenas una lágrima escondida. Tragedias griegas en el desayuno, noticias que no hablan de nosotros: huevos fritos con bacon y un zumo. Laderas verdes, caballos y potros... Por nacer en el lugar oportuno, casi olvido que soy como los otros. ________________________________________________ Un mar de sueños A veces, cuando no estás, observo esa ventana de añil -ya blanco-, en la que guardas el mar. Y hago como que olvido, como que no existes... que no sé quien eres, ni conozco tus manos. Y en verdad no sé quien eres, no sé, ni si no eres, ni donde estás... si estás. Porque no sé nada de ti. Entonces, lloro a escondidas, porque los días pasan, porque el tiempo se va, y porque me duele la vida. Porque a veces, cuando no estás, oigo cristales que se me rompen y me hieren entre las sombras, a resguardo de mi vergüenza. Entonces, la ventana te añora, y mis lágrimas se mezclan con las del mar... el mar, que tú mirabas. Porque sucede que a veces, a veces, vivir me cuesta tanto, que noto que tu ventana me mira, y sonríe confiada, y me canta: "...Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao; yo miro a Buenos aires, el nido de un gorrión...". Entonces, me acobardo, dejo de llorar, me oculto de mi alma, y aún pienso que... pero no. Entonces, regreso al trabajo, frente al mar -pero sin él-, junto a la vieja ventana, esperando la nada, sentado. Será que lloro para nadie, será que no sé llorar, que la razón no me encuentra y el mar... ¡ah! el mar. Mas, me queda tu recuerdo... y aquel añil -ya blanco- de tu vieja ventana. ¡Casandra de madera! Me quedan las gaviotas -supongo-, y la brea... y me queda la silla, y las paredes oscuras. Y me quedo yo, sin ti; triste, junto al mar triste, porque el mar te echa de menos, como solo el mar puede sentir.
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