CANTINAS MEXICANAS: El hígado no existe


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Photo Number 1Una bicicleta vale más que mil palabras.

Antes de ir a La Fuente se deben saber dos cosas: Que es la cantina más antigua de Guadalajara y la historia de la bicicleta que descansa en un nicho de la pared sobre la barra. El resto de cantinas de esta ciudad tienen, a la vista de sus parroquianos, algún cartel redactado de forma más o menos ingeniosa y que en resumen dicen lo mismo: No se fía. En La Fuente ese cartel no es necesario. Cuenta la historia que un cliente estuvo bebiendo toda la tarde, al llegar la hora de pagar no tuvo dinero así que dejó la bicicleta empeñada con la promesa de volver al día siguiente a rescatar la prenda. Esto sucedió hace 50 años y hasta ahora lo siguen esperando. Desde ese día esta colgada en el mismo sitio.


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Un excusa(do) para conversar por un peso.

Todos los hombres sabemos que las mujeres nunca van al baño solas, sospechamos que aparte del uso al que fue destinado las mujeres lo utilizan como locutorio, pero ignoramos del todo lo que puedan decir entre esas cuatro paredes. Y aunque para conversar ellas no necesitan ningún aliciente, este baño de cantina ofrece la posibilidad de una conferencia para tres.


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Navidad, rubia navidad.

Cada país suele tener algo que se come o se bebe sólo en los días de navidad. Los españoles el turrón o los italianos el panetón. A las cantinas mexicanas llega en esos días la cerveza especial Noche Buena. Fabricada especialmente para la ocasión, esta pilsen rubia, ligeramente turbia, aparece en las mesas desplazando a las marcas tradicionales. Y es que una vez al año, no hace daño.


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El caballero de las cantinas.

Hay muchos cantantes de cantina, pero el Dandy es diferente. Cancionero viviente de guitarra vieja, chalina blanca y negros zapatos de charol, es la primera y única voz de El Barrilito. Su acento camaleónico se arrastra arrabalero en un tango, es sonoro susurro en el bolero y filudo fluido en un corrido. Marca cada canción en un doblez de la servilleta que guarda en el bolsillo como su única factura. Cobra, coge su guitarra y sale a la calle a perseguir la madrugada.


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Solo ante peligro.

En México no estaría bien visto pedir un tercio o un botellín. Sabe Dios lo que pensarían de uno. Lo correcto es pedir una cubeta. Un pequeño balde de latón en el que caben, hielo incluido, diez botellas de cerveza. Cuando se lo sirven y al llegar a su mesa se da cuenta que está solo, tiene dos opciones para elegir: el alcoholismo o la solidaridad.


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La resaca de todo lo bebido.

Curar la resaca aunque empírica, es una ciencia y tiene muchos doctores, cada uno de ellos su librillo. Una de las recetas mexicanas más famosa son las tortas ahogadas. Bocadillos de carne de cerdo asada que, como dice su nombre, se ahoga en una salsa picante. Luego de una noche de tequila, llevarse una torta de éstas al estómago es como invitar al diablo al infierno. Provecho para los que sobrevivan.


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Los sueños cuelgan de la pared.

El diccionario define mutualidad como un régimen de prestaciones mutuas. En consecuencia, no existe mejor nombre para una cantina como el de La Mutualista. A cambio del dinero que entregamos y que es nuestra prestación hacia el dueño, éste nos ofrece la oportunidad de alcanzar nuestros sueños y fantasías acodados a la barra, cerca de Marylin o de Emiliano Zapata. Después cada quien elige entre el amor o la revolución.


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La informatización de la melancolía.

El Barrilito es uno de esos lugares en el que uno cae por error o por que te lleva un buen amigo, de los que no hay que contarle a tu madre que has estado, del que se fanfarronea con los amigos y del que se habla se le habla a las chicas para impresionar. Es la cantina por excelencia. Obviando la descripción del local, sólo diré que es tan pequeño que no tiene espacio para una rocola y una cantina sin rocola es como un burdel sin putas. Pero hay música y de la buena. En el ordenador de la barra, que es también la caja registradora, o en su disco duro para ser exactos, están almacenadas todas las canciones escritas en castellano con la perversa intención de removernos algún recuerdo y en consecuencia hacernos sufrir. Si uno conoce el autor o el título, basta pedírsela a Mario, cantinero, disc-jockey, cocinero y único empleado del local. Si uno no recuerda alguna, le queda la esperanza que otro parroquiano que haya sufrido con ella la pida. Los amigos de cantina y las buenas borracheras empiezan así.






Yendo de cantinas

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15 de enero de 2006

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