SOY ESCRITOR, ¿ESTOY LOCO, DOCTOR?

Por José Luis Vázquez *
(Madrid, España. OM)

¿Hay en la genialidad un punto de germen de locura? ¿Se explora más y mejor en la creatividad humana con un cerebro, digamos, trastornado o alterado? ¿Se obtienen mejores resultados, es decir, una obra más matizada, rica, bella y con más contenido? Si alguien es capaz de contestar sin dudas a todas estas preguntas, concluya aquí la lectura de éste artículo y dedíquese a pensar en ello unos minutos. Luego, por favor, remita a mi correo electrónico el resultado de sus reflexiones e ilumíneme porque yo confieso que sería incapaz de hacerlo.

La lista de escritores con algún tipo de afectación de lo que ordinariamente llamábamos "locura" en sus diversos grados, es enorme. Algunos de ellos, verdaderamente diagnosticados de uno u otro tipo de trastorno; otros alimentando popularmente una supuesta leyenda que se va trasmitiendo durante generaciones hasta hacerse cuasiverdad; y otros con imaginarios trastornos directamente inventados por los autores, sus editores malintencionados o sus representantes comerciales.

Proust

Yo no añadiré ni sacaré ningún nombre de esa lista maldita o charmant, según el gusto o las creencias del lector. Ni deseo ni puedo. Y no lo puedo hacer desde mi afición literaria: sé que con frecuencia el autor resulta ser (en su cotidianeidad) un tipo muy distinto de lo que refleja su obra o imagina un lector y a veces, ¡ay! supone una gran decepción. Tampoco puedo hacerlo desde mi ejercicio profesional como psicólogo clínico: también sé que no hay que colocar etiquetas a las personas y menos sin evaluar técnicamente, que eso no da información real y si pábulo a las fantasías más absurdas de generalizaciones sin rigor.

- ¿Pues vaya un artículo este, que ni da respuestas ni ná de ná? . Se lamentarán algunos lectores, no sin parte de razón.

Un consuelo si Vd. ha empezado a leer esto y tiene curiosidad o tiempo para ver cómo concluye: como no tengo respuestas, al menos puedo idear y lanzar al éter cibernético éste, algunas buenas preguntas.

¿Hubiera sido Balzac más sutil, Poe más opresivo o Proust más amante de las magdalenas de haber poseído menos germen de locura? ¿Y Joyce menos complejo, Cortázar menos cronopio o Keats menos fantasmagórico y envolvente de haber poseído más de ese traído y llevado germen?

¿Y con Borges, Saramago, Queneau o el mismo Shakespeare? ¿qué decidimos?, les quitamos o les ponemos eso que solemos llamar sentido profundo de la existencia, reflexiones que nos iluminan y que, precisamente por eso elige su nombre: lucidez.

O, al contrario, Quevedo, Quiroga, Kafka o Dostoievski ¿habrían dado la misma luz a nuestro entendimiento, de haber sido sensatos Registradores de la Propiedad u opositores a Notarías en lugar de un poco orates? ¿Y al amigo del 4º centenario pasado, en qué lugar de la raya le ponemos: en el del recaudador de impuestos o en el del alucinado Alonso Quijano? ¿Y a Maiakovsky o Larra, que les llevó a "cargar, apuntar y pum", la locura o la lucidez que usaron en sus obras?

Jack Kerouac

Y, si me lo permiten, no hablaremos de otros estados de conciencia mental (en algunos casos, de inconsciencia), esta vez inducidos por sustancias de diverso tipo y no todas legales hoy en día. Que se lo pregunten a Baudelaire, Hemingway, Kerouac o Cela (sí, sí, Cela, ¿o acaso el cocido maragato no puede ser sustancia de abuso?). ¿Podemos considerar que parte de sus obras se deben a haberse pasado de la raya (o de la jarra, o del garbanzo)? Y en ese caso, qué nos han ofrecido: ¿lo mejor o lo peor de sus obras? Porque si la llamó "Las flores del mal" , inocentes clavelitos no serían. Y para escribir "En el camino", ¿usaría Kerouac para hacerlo, pan y vino como en nuestro viejo refrán o recorrería otro tipo de "piedras" manifiestamente combustibles? Escribir bajo el influjo de las drogas, es similar a cuando (otros, no yo ni Vd., por supuesto) estudiaban los exámenes a última hora y con anfetaminas: para rendir óptimamente había que realizar el examen en el mismo estado mental que uno estudió. Así, uno cree que su obra es genial, sólo cuando la relee en el mismo estado mental que uno la escribió.

En fin, pocas respuestas pueden darse sin caer en la demagogia, el tópico o la pedante sesudez.

Lo cierto es que se han escrito cientos de páginas repletas de pedanterías, topicazos y frases demagógicas o, en el mejor de los casos, inexactitudes sobre el estado óptimo del cerebro para la creatividad literaria. Se ha desarrollado la creencia de que la rareza es la antesala de la inspiración, y ésta es el núcleo de la creatividad humana. En mi opinión, no podemos definir la creatividad solo como la producción de algo original, novedoso, algo que sobresale por encima de lo habitual y cotidiano. Ser original es francamente sencillo a poco que uno lo intente. De ahí, tal vez proviene el fraude y el mercantilismo. La obra "Pila de platos" de Tàpies, que seguramente alguno conoce, muestra una mirada irónica sobre esta idea de la creatividad en el arte. Se trata de una pila de platos blancos, de loza, igual que los que se muestran en un restaurante de mi barrio, nada del otro mundo. La originalidad del creador, estriba en que el plato superior está roto en dos pedazos, adheridos con una línea de pegamento (supongo que Imedio). Eso es original, pero ¿es creativo? Tapiès a veces hace acompañar esta obra en exposiciones de auténticas obras artísticas. Seguro que dan el pego.

Tapies. Cap i creu, 1995

Crear es ante todo, una forma de cambio, es inventar diferentes posibilidades. A los humanos, los cambios en nuestro entorno o interior, nos atraen tanto como nos alarman. El segundo órgano más importante que tenemos, el cerebro, se constituye creativamente a sí mismo, viene sin programar y ha de hacerlo para sobrevivir y eso puede considerarse el ejercicio de creatividad más significativo. Es creativa la persona que, a partir de un conjunto de estímulos (colores, formas, palabras, ...), ve lo que antes no había visto o lo que nadie ha visto antes.

¿Puede entrenarse la creatividad? Pues sí, todos somos creativos pero hay cosas que pueden hacerse para funcionar con todo nuestro potencial disponible. Según las últimas investigaciones en Psicología Positiva, hay pautas para entrenar esa habilidad humana.

En primer lugar, cultivando la curiosidad y el interés, o sea, asignar atención a las cosas por sí mismas, cuestionando lo obvio y buscando otras posibles explicaciones a la realidad, que las ya admitidas. Todos los días ocurren cosas sorprendentes que merecen ser atendidas y compartidas.

En segundo lugar, ampliando nuestra capacidad de discriminación perceptiva. Lo que un artista, un escritor, un investigador, aportan a su campo de conocimiento, no es la realidad, sino la manera en que interpreta esa realidad. Antes de ver algo que nadie había visto anteriormente (y luego escribirlo combinando las palabras de forma única también), se dan procesos de aprendizaje y vivencias que llevan a percibir innumerables diferencias y matices en los estímulos. Uno puede beberse una copa de vino y percibir que ingiere un líquido rojo que remoja alimentos sólidos y deja manchas en la camisa nueva o experimentar una riqueza asombrosa de sabores, olores y sensaciones. Un catador ha aprendido a ver, saborear y sentir cosas ante una copa de vino.

La creatividad no proviene sólo de la inspiración, ni siquiera del sudor. Aquí cada uno le ponga las horas que crea conveniente. Un escritor creativo va asociado al aprendizaje y al esfuerzo y no podemos decir que no le ha quedado más remedio que serlo porque venía así programado.

En tercer lugar, ejercitando nuestras capacidades de pensamiento lateral. Ese es el tipo de pensamiento que sigue la lógica del deseo y no se centra en lo obvio, lo viable, lo posible, lo establecido. Se sabe que nuestro cerebro tiene, al menos, dos maneras de funcionar: pensamiento lógico y pensamiento creativo. El lógico sigue una especie de carril mental y es útil para sus funciones, pero el cerebro creativo ha de salirse de ese carril y explorar otras posibilidades sin autocrítica. Para que algo tenga la consideración de creativo, no basta con que sea algo original, ha de cumplir también el requisito de que sea útil. En el sentido más amplio posible, no solo en la de su función utilitaria, sino en su funcionalidad, en su potencial de utilidades: ahí estriba en que sirva para algo.

En investigaciones recientes, se ha demostrado que las personas más creativas no solo produjeron más cantidad de grandes trabajos, sino que también produjeron más número de trabajos malos. En definitiva, produjeron mucho y seleccionaron lo mejor.

En cuarto lugar, relativizando la importancia del juicio de los demás, sea estético, ideológico o moral. Crear requiere libertad, al menos inicialmente, y si estamos preocupados por lo que piensan los demás (editores, lectores, "rivales", mercado) es difícil plantearse retos, proponer alternativas, investigar posibilidades, ...

El principal freno para desarrollar la creatividad es creer que uno no puede desarrollarla y es incapaz de realizar algo creativo en cualquier ámbito. Eso y pensar que hay que someter al cerebro a las doce pruebas de Asterix y volverse loco. No hay que olvidar que a los grandes genios no se les recuerda por sus primeros trabajos ni por sus malos trabajos, que también los tienen, sino por lo lejos que llegaron con alguna de sus ideas y cómo nos han servido al resto de seres humanos.

Y ahora, si me disculpan, he de interrumpir este artículo y bajar a la sala de enfermería. Hace una hora que debía haber tomado mis "gotas" que, por cierto, cada vez me hacen estar mucho mejor. Sí, sí, mejor, mucho mejor. ¡Se los juro, amiguitos!

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15 de marzo de 2006

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