Sandra Quero Alba *
(Alcalá la Real, Jaén, España)

Pesadilla antes del otoño

Pesadillas


Nora ocultaba el rostro entre sus cabellos, el lugar estaba lleno de jóvenes como ella, Jandro no tenía porqué encontrarla allí.
El gentío abrumador la absorbía y la convertía en un elemento más de aquel horrendo botellón, era imposible avanzar entre la gente a una velocidad normal, el humo, el tremebundo ruido, el dolor de pies y el hecho de saber que él estaba allí buscándola iban a acabar con sus nervios. En ese momento solo deseaba desvanecerse y convertirse en un charco más de los que empantanaban el suelo. Si se hubiera dejado caer probablemente toda esa gente borracha la habría aplastado.
Mientras buscaba a sus amigos para escapar a su peor pesadilla, se preguntaba cómo había llegado a esa situación, por más que se planteaba el problema no lo comprendía. Jandro era un total desconocido que había aparecido en su vida casi sin darse cuenta.
Lo conoció aquel día en la universidad, solamente cruzaron un par de palabras acerca de un examen. Nada más.
Con el transcurso de una semana ella recordó tener un teléfono móvil que nunca usaba, sus amigos podían haberle escrito algún mensaje, así que fue a buscarlo para encenderlo. Se sorprendió al ver un mensaje del chico del otro día ... el tal Jandro. Le decía que consiguió su número de casualidad, en un chat.
A Nora le resultó extraño pero como le había parecido simpático, contestó al mensaje. Ella no sintió el fuego que le abrasaba los pies, pero en ese momento se adentró de lleno en el purgatorio que, pronto desembocaría en un posterior y denso infierno.
Siguió andando entre la gente, con la cabeza gacha para ver bien el suelo que pisaba, no quería resbalar con una botella ni rajarse los pies con algún nefasto cristal. Entonces notó la presencia frente a ella, un obstáculo ilógico entre la marea de obstáculos lógicos. Alzó el rostro y clavó sus ojos verdes en la mirada obscura de él.
- Te estaba buscando, hada rocosa- le sonrió con sus temidas paletas montadas.
- Ya, pero es que mis amigos me han llamado para que vaya con ellos y ...-
- no pasa nada, yo te acompaño
Mientraslo seguía entre el mundanal ruido deseaba desesperadamente llegar a la zona en la que le esperaba su salvación. Jandro no giraba la cabeza, pero para Nora ya era suficiente con verle la espalda y con observar su melena negra, un poco por encima de los hombros, tambalearse a cada paso. Quería alejarse hectómetros de él; ese sentimiento vivía en ella desde hacía dos meses, antes de que él hubiera conseguido su número para contactar con ella, ya conocía muchas cosas sobre la vida de su" hada rocosa", como solía llamarla. Lo de hada era por que ella le parecía perfecta, preciosa y natural. Lo de rocosa partía de su carácter, dulce pero impenetrable a la vez, como una roca dura. Sabía que Nora no lo dejaba indagar en su interior, se mostraba ante él con un armazón protector.
Jandro desconocía que ese armazón era el miedo, la fatiga en que estaba sumida tras dos meses de constante acoso por su parte.
Nora se despertaba en medio de la noche, empapada en miedo, llorando al recordar las palabras de él: esto no quedaría así, no iba a aceptar un no por respuesta, no iba a asimilar un rechazo. Ella no sabía lo perspicaz que él podía llegar a ser.
Buscando con la mirada a sus amigos, sentía que la desesperación iba a emanar de un momento a otro, de repente él se giró y la agarró por la muñeca, en un gesto de protección que a ella le pareció tan repulsivo como sus pesados intentos de verla, sabiendo que ella no quería, tan vomitivo como todo Jandro lo era para ella, solo pensar en él o tener noticias de él hacía que se muriera de asco.
Ese fue el instante en el que ella explotó, la pesadez de la rabia salió de su cuerpo y se rompió en mil añicos contra los ojos de su acosador. Se soltó de su agarre coactivo haciéndose marcas en la muñeca, debido a la fuerza con que él trataba de mantenerla, le dijo que no quería volver a verlo, que había cambiado de teléfono y que en cuanto comenzara el otoño se iría a otra ciudad por motivo de sus estudios. Jandro, al borde de un ataque de locura le dijo que nadie jamás la querría como él la quiso y que ahora ella ya no lo merecía. Mirándola fijamente a los ojos le lanzó la última frase que Nora le oiría decir: la vida nos volverá a reunir, ¿o que te creías tú acaso, jodida niña? El mundo es un pañuelo.
Meses después de ese martirio que vivió en absoluta soledad, Nora seguía encontrándoselo sobre su cama cada vez que daba la luz de su mesita, seguía tropezando con él entre la muchedumbre ... él se había convertido en una pesadilla que no acabaría con el comienzo del otoño, solo culminaría con la certeza de no volver a encontrar sus paletas montadas y su melena negra en ningún otro botellón.


La felicidad huele a naranja

naranjos


Lucia despertó en la mañana con los rayos del sol que atravesaban sus cortinas blancas y acariciaban su frente.
Acababa de amanecer y eran los nervios en el estomago la causa de que se despertara tan temprano. Aún no estaba mentalizada para el paso que iba a dar ese día. Se levantó de la cama estirándose como un gato, y corrió a abrir la ventana ...¡Que día tan hermoso! El comienzo de la primavera es siempre magno. Cuando llegó a la cocina comprobó que su madre había madrugado más que ella y que el desayuno estaba listo, el olor a tostada de tomate y café inundaba la estancia llenando todo de una calidez que la remitía a su infancia. Besó a su madre en la mejilla, y sin que ninguna de las dos mediara palabra, procedieron a desayunar. La deliciosa mezcla de comida y calidez calmó un poco los nervios del estómago de Lucía.
Pronto María apremiaba a su hija para que tomara su baño, Lucía se deslizó sobre la espuma y se dejó llenar por el aroma del jabón y la naranja, frotó bien su pelo y todos los resquicios de su cuerpo. Se finalizaba el baño con un truco de la familia, que venía haciendose por todas las mujeres de las generaciones anteriores, que lo iban transmitiendo a sus hijas, de modo que nunca se perdería , además la familia Rosas mantenía la fama de que sus mujeres tenían la mejor piel del pueblo y alrededores, pero nadie conocía el secreto fuera de los muros de sus casas.
El ritual consistía en aplicar aceite de oliva, en la piel aún húmeda, mediante un masaje circular. El resultado era muy agradable y la piel quedaba en un estado óptimo.
María cepilló el pelo de su hija pacientemente hasta que quedó liso, seco y brillante. El pelo de Lucía era negro ébano, con reflejos azulados, debido a la oscuridad que desprendía, incluso bajo la luz del sol en los días mas asoleados del verano. Llegaba hasta su fina cintura, dándole así un aspecto dulce y virginal, acentuado con una pequeña nariz y uno labios rosados. El pecho pequeño, las manos diminutas y morenas, las piernas fuertes y la fragilidad que desprendía al caminar habían hechizado a Luis desde el primer día que la había visto en el pueblo, la observaba durante años, la veía con seguridad en el mercado, comprando naranjas, pasaba a su lado y él podía percibir su característico olor a naranjas, ella siempre olía a esa prodigiosa fruta cítrica; cuando sus ojos se encontraban Lucía enrojecía violentamente y Luis se quedaba sin respiración, preguntándose que podría hacer para conseguir acariciar su pelo y decirle cuanto la amaba. Se conocieron realmente a los 17 años. Ya habían transcurrido casi dos años desde entonces. Luis era tan tímido que en un intento por hablar con ella consiguió un puesto de trabajo como dependiente en la tienda de frutas; sabía que Lucía iba a diario, así que comenzaba a montar el puesto afanándose en la tarea de buscar las 6 mejores naranjas de todo el cajón que las contenía y esperaba ansioso a que Lucía le pidiera su media docena diaria. Lucía encontraba a su padre en esta fruta, así que la consumía con voracidad y desesperación en un intento inservible de ahogar el dolor del recuerdo en el sabor y el aroma que más le recordaba a él. Al menos lo mantenía vivo en el olor de su piel y el sabor de su boca. Ella no solo bebía el zumo de las naranjas y comía su pulpa, como su padre, sino que además hacía diversos dulces y postres y condimentaba los guisos. Sabía como mezclarla con el jabón del baño ,hacía elementos decorativos con la piel y la introducía en bolsitas del algodón que guardaba en los armarios, consiguiendo así su olor particular en toda la ropa.
El olor se expandía por toda la casa, salía por la chimenea y se confundía con los perfumes del campo.
Así, mediante la venta de naranjas fue como se conocieron realmente. Cada vez intercambiaban más palabras durante la venta, como iba el día, que tal estaba el tiempo o que hermoso era el nuevo vestido de Lucía. Al final acabaron viéndose al finalizar la jornada .
Su amor se había ido forjando a lo largo de esos 24 meses , alimentado con paseos nocturnos en los que se afanaban en contar historias sobre las estrellas, con comidas en el campo enredados en las flores y bañados por el sol, con excursiones a la playa recolectando arena y olas, para guardar por siempre esos recuerdos y poder alimentar su amor, en el caso de que el futuro lo reclamase. Los días se llenaban con sus caricias y sus besos. Aprovechando cada momento para quedarse a solas.
Ahora tocaba vestirse , porque era el gran día, el día de la boda. María la ayudaba a prepararse. Primero se colocó la ropa interior; color de amanecer, luego las medias de seda y el cancán almidonado.
El vestido era precioso, blanco pulcro, con el escote cuadrado y las mangas largas que terminaban en forma de trompeta, como las medievales. La falda larga y sencilla, digno de una ninfa de los bosques del norte. La cabeza coronada por una diadema de flores blancas que flotaban en una cascada forestal y llegaban hasta su cintura, enredándose con el pelo negro abenuz.
La boda era un gran acontecimiento en ese domingo sin nada mejor que hacer. Todo el pueblo estaba ya en la iglesia, saboreando el frescor de la mañana. Luis esperaba al fondo, en el altar, rodeado de flores, con los nervios volviendo sus rodillas de lana. Las jóvenes y las solteras lo miraban exhalando suspiros, pues era un hombre apuesto, alto y moreno, tenia grandes ojos color tierra y un aire de galantería que lo hacía insoportablemente atractivo.
Cuando Lucía entro a la iglesia resonaban los suspiros, pero esta vez, eran de emoción. Luis observó conmovido a ese hada vestido de blanco que dejaba a su paso una intensa esencia cítrica.
Lucía iba dentro de un sueño, caminaba de una forma que estremeció a todos los que la vieron aquel día, era como una aparición que flotaba sobre el mármol. Lucía iba descalza, pero nadie lo apreciaba debido al largo del vestido. De este modo, ella podía sentir el frío del suelo y recordar para siempre esa sensación, mientras avanzaba en silencio hacia el altar, entre las hileras de bancos, envuelta en un silencio espectral, no había marcha nupcial porque le resultaba de mal gusto.
Cuando llegó al altar y se sentó al lado de Luis, sentía el suelo alfombrado .Su cuerpo estaba en ese lugar de mármol junto a su amado de manos fuertes, y voz dulce, pero su mente estaba sobrevolando las vidrieras que pintaban la luz de colores, rojizos y celestes. Ahora compartiría su vida entera con Luis, tenía todo el tiempo para dárselo a él, tenían todo el mundo por descubrir fuera de ese aburrido pueblo. Ya se acababan las explicaciones, podían hacer lo que les apeteciera sin tener que pedir permisos, dormirían juntos cada noche y tendrían niños.
La casa donde vivirían estaba ya lista, a Lucía no le preocupaba mucho eso, lo único que llamaba su atención era que tendría un jardín con naranjos, plantados por Luis para ella, era su regalo de bodas.
La ceremonia transcurría tranquila, el cura movía exageradamente las manos, en un intento por despertar al público, que estaba pensando en el banquete que vendría después.
El momento más esperado era el intercambio de los anillos, sus alianzas eran de plata, que quedaban preciosas en las manos morenas, Lucía detestaba el oro desde pequeña.
Con el beso final y la salida de los recién casados redoblaban las campanas, el arroz blanco se enredaba en el pelo de Lucía que sonreía desvelada por los flashes de las cámaras de fotos.
Pronto recibían las felicitaciones de todos los asistentes, mientras que comían. Las mujeres mas ancianas del pueblo les daban las bendiciones y les deseaban suerte. Los amigos de Luis compraron los puros y regalaron rosas blancas a Lucía. Todo el mundo se divertía, el ambiente estaba cargado de humo, risas y un sólido olor a gambas asadas. Cuando comenzó el baile todos se movían al ritmo del flamenco que les quemaba en la sangre y hacía sonar las palmas.
Pero los enamorados solo tenían ojos el uno para el otro, deseaban que el banquete consumara pronto. Se reían observando como la gente embaulaba el jamón. Luis desenredaba el arroz del pelo de su ninfa, deseaba que el tiempo se quedara congelado justo en ese instante, la esencia de naranja le serpenteaba la piel.
La greguería musical cesó de repente, entonces Ramón, el mejor amigo de Luis, dijo que llegaba la hora de reír de verdad, tenía una "sorpresa" para el novio ... así fue como interrumpieron ese momento estelar entre ellos dos y se llevaron a Luis formando una gran algarabía.
Los dos amigos tenían una complicidad en la que nadie, ni siquiera Lucía, podía entrar. Se criaron juntos como hermanos.
Cuando acabara la broma podían cortar la tarta.
Era costumbre cortar la corbata del novio en trozos pequeños y ponerlos esparcidos en una bandeja, que se iba pasando por todos los invitados, los que querían podían coger un trozo, eso sí, reemplazándolo por dinero, que sería para los novios. La "sorpresa" de Ramón consistía en cortar la codiciada corbata ... con una sierra eléctrica, en realidad todo sería simulado, era solo para animar el día. El resto de amigos de Luis y Ramón salieron llevando una magnífica herramienta en sus manos, era una sierra enorme con proporciones elefantiásicas. El público se asustó, pero vitoreaban a Ramón constantemente.
La sierra estaba en marcha en manos de Ramón, bajo la mirada horrorizada de Lucía y los constantes aplausos de los asistentes.
El amigo acercaba y alejaba la herramienta a la corbata del asustado novio, que deseaba terminar ya este día para poder estar tranquilamente con su amada, la miró fijamente y de repente alguien gritó, todos los amigos, que estaban alrededor de Luis se abalanzaron sobre él, en un descuido la sierra había cortado su yugular.
La vida se le escapó en un torrente que tiñó el suelo de dolor y desesperación.
Los ojos de Ramón se habían asediado en un gesto de horror y salió corriendo del lugar manchado de sangre.
Lucía yacía en el suelo temblando, oía el alboroto como un eco lejano, desde el túnel que la iba transportando, poco a poco, a otra dimensión lejos del dolor. Se perdía en la obscuridad y sintió que el alma le dolía, pues una parte de ella se marchaba corriendo para no volver nunca más, dejándola incompleta para siempre, se iba al mismo lugar donde su padre la esperaba.
Con el paso de las horas se supo que la tragedia aumentaba su escala de espanto porque Ramón se había quitado la vida con la ayuda de su corbata y de un olivo alto, en el que habían jugado los dos amigos en su más tierna infancia.
El dolor pintó el pueblo de negro, durante semanas todo el mundo hablaba en susurros, al menos cuando estaban en la calle o en el mercado. El puesto de frutas cerró durante largos días, pero hubo que abrir pronto porque la gente comenzaba a tener yagas en la boca y resfriados, causados por la falta de vitaminas.
Lucía había perdido el brillo en los ojos y la gracia al hablar. Olvidó el secreto familiar y su piel se agrietó poco a poco, su pelo perdió la fuerza, se veía débil y muerto.
Su alma se había quedado en la dimensión lejana a la que se transportó para no sentir dolor, pero se había perdido en el túnel, así que sentía cada pincelada de dolor pintando su vida, como un puñal en las costillas y una herida quemándole el corazón.
Estaba sola, ya ni si quiera podía ver claramente a su madre, así que no paraba de llorar, y los consuelos se ahogaban en los fuertes sollozos de Lucía.
Con el fin de su felicidad, perdió el aroma a naranja.
La tristeza surcaba su vida, ya no olía a nada.


Palacio de sirenas

El mar de las sirenas


Aquella noche taciturna de un intenso olor a algas que volvía la atmósfera insoportable, estrenarían la casa que tantas veces Luis había ido a admirar, sin atreverse a caminar muy cerca; por el miedo a lo desconocido, hasta que consiguió comprarla. Venía convenciendo a su esposa, de que debían adquirirla porque era el único lugar dónde podrían hacer sus vidas juntos.
Cuando Alba entró no sintió afecto especial por ese lugar que tanto había capturado a su esposo, ella amaba la ciudad y el alboroto, no sabía hasta que punto existía allí un poder desconocido, capaz de cautivar a marineros como Luis. Con la risa encendida, él recorría las habitaciones con la desesperación de un niño, todo era blanco y vacío, el decoraría esa casa como el palacio de una sirena, como la casa del mar que debía ser. Así que cogió su barco y se marchó a buscar la decoración que merecía. Alba lo buscó incansablemente pero durante 15 años no supo nada de él. Ella envejecía bajo la brisa del mar, había llenado la casa con muebles de diseño, se sentía fuera de ese lugar al que nunca perteneció; siempre deseó vivir en el centro de la ciudad. Una noche con intenso olor a algas, Luis bajó del barco que fue su casa durante tantos años. Entró buscando a su amada con una caja llena de perlas de mar, anclas de nácar y cientos de objetos hechos de conchas; para hacer de su casa un palacio de sirenas. Pero encontró aquel estudio de ciudad artificial y comprendió que ya nunca podría quitar la capa de brisa que cubría a Alba y la hacía inmune a ese lugar, inmune al aroma de algas e inmune a Luis.

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*Sandra Quero Alba. Nació en 1987 en Alcalá la Real (Jaén, España). Allí reside actualmente, a caballo entre esta ciudad y Granada, donde realiza sus estudios universitarios de Pedagogía. Su labor como escritora se recoge en artículos publicados en El Pupitre y cuentos que aparecen mensualmente en la revista El Anuncio.
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Texto, Copyright © 2006 Sandra Quero Alba
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15 de mayo de 2006

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