Madrid era una Fiesta

Por: Ivan Thays

Vestíbulo
Una imagen: la tarde de un domingo, cuatro escritores peruanos se encontraban sentados en las escaleras de un hotel en la calle Preciados, en el cual solo dos estaban alojados, sin atreverse a entrar al vestíbulo y tampoco a dirigirse hacia Gran Vía e iniciar así su primera aventura europea. Se quedaron ahí, mirando a través de un cristal la belleza primaveral de las madrileñas y los precios en euros de los libros de la FNAC. Una metáfora que confirma que la identidad del escritor peruano no pasa por preguntarse quiénes somos sino a qué tenemos derecho.

Bienvenidos
La última semana de mayo en que se organizó un singular encuentro de escritores peruanos en Madrid gracias a la voluntad de la Asociación Mirada Malva, el apoyo de Augusto Elmore y la embajada peruana y la audacia de dos escritores peruanos radicados en Madrid de distinta suerte editorial: Mario Suárez Simich y Jorge Eduardo Benavides. La organización consiguió el doble milagro de repartir boletos de avión y habitaciones (algunas en hotel y otras en casas de amigos) y unir en una sola ciudad a un abanico tan amplio de escritores peruanos que incluían todas las plumas: exiliados, cosmopolitas, andinos, regionales, outsiders y mediáticos, jóvenes y seniors, además de investigadores. Conclusión: la literatura peruana ha dejado de ser -felizmente- una dirección única, ya sea andina o realista, y se ha convertido en la suma de diversas voces y ámbitos, una pluralidad con todos los giros que permite la ficción. Bienvenidos al nuevo rostro de la literatura peruana.

Ficciones
Una argentina de largas piernas era el señuelo que incitaba a entrar a un bar que no pudo tener nombre más apropiado: "Ficciones". Fuimos llegando en grupos luego de la recepción en casa del embajador. Al fin, dos mesas largas en paralelo y sin intersección. En una, los "criollos", en la otra los "andinos" y "regionalistas". Dos grupos de química compleja que no se unieron ese día. Pero de haber ocurrido hacia el final de la semana, sin duda la mesa hubiera sido una sola.

Polémica
Seamos claros, y la dichosa polémica andino/criollo no existió. Apenas unas cuantas voces disidentes aprovecharon el evento para airear tristes querellas. No pretendían discutir posiciones, o comparar estéticas, sino quejarse. Miguel Gutiérrez fue contundente: la literatura se trata de palabras, fustigó, no del tamaño de las fotos en los diarios. Aún así, algunas mujeres se quejaban de que no las tomaran en cuenta, algunos andinos de que los periódicos no publicitaran sus premios y Alfredo Pita de que la literatura de los exiliados no fuera exaltada por la crítica. Pita vive en París.

Jet Lag
En lo que a mí respecta, debo afirmar que mi participación estuvo mediatizada por el jet lag que apenas pude sacudirme hacia el final de la semana, merced a unas botellas de cava compartidas con amigos. En medio de las penumbras del falso sueño me pareció ver: A Miguel Gutiérrez en camiseta junto a su simpática esposa. A Sandro Bossio en rigurosa corbata conversando con un Santiago Roncagliolo más despeinado que nunca. A Patricia de Souza, Grecia Cáceres y Carlos Herrera, llegados de París, vestidos de negro y con lentes oscuros como fans de The Cure. A Alfredo Pita calificar a los críticos literarios de "dogos vigilantes, celosos guardianes de templos patéticamente desolados". Al jovencísimo Daniel Alarcón, recientemente editado por Harpers Collins, lamiendo las cebollas de un plato de lomo saltado. A Ricardo Sumalavia convenciendo a lectores españoles de que sus cuentos están inspirados en haikus. A Fernando Ampuero recitando un poema de Juan Gonzalo Rose. A Walter Lingán, cuya obra admiro pero no se lo dije porque su timidez me intimidó. A Luis Nieto diciendo que es cusqueño y por ello mismo cosmopolita. A Alonso Cueto llegando tarde a las mesas redondas por ver a Durero. A Carlos García Miranda bebiendo vino en el bar donde bebía el Camarón. A Richar Primo sacando de su maleta miles de metros de cinta rojiblanca pedidos por Mario Suárez. A Mazzoti y Paolo de Lima sentados bajo unos almendros, asegurándome que no son parte de ninguna mafia. A De Souza diciendo que odiaba los libros con argumento. A Carlos Herrera graficando con un cubo Rubik la complejidad de la literatura peruana. Al mítico editor Juan Cruz saltándole al cuello a un escritor andino que dijo que Bryce era aburrido. A Jorge Eduardo Benavides sonámbulo, invitando la última copa. A todos, sin distinción de plumaje, pidiéndole el teléfono a una sonriente azafata peruana, que no se lo dio a ninguno. Y a mí mismo dedicando parte de mi ponencia a Dina Páucar (¿?) y calificando de cáscara de nuez al cerebro de un crítico peruano. Todo eso y más vi en medio de mi jet lag. Yo me divertí.

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30 de junio de 2005