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Mercedes Golvano Muñoz | A. Roa Bastos

LA LUCHA DEL DICTADOR CONTRA LA HISTORIA EN YO EL SUPREMO DE AUGUSTO ROA BASTOS

Por Mercedes Golvano Muñoz [1]


 

    El escritor mexicano Ignacio Padilla cuenta en su prólogo a una edición de Yo el Supremo, que el interés entre los escritores del boom por escribir una novela de dictadores surgió en una reunión múltiple que tuvieron: 

En 1967 el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa invitaron a varios de sus pares a escribir sendas estampas de dictadores latinoamericanos que a la postre formarían parte de un volumen intitulado Los padres de la patria. No sé si por fortuna o por desgracia, aquel proyecto no llegó a feliz término, pero favoreció en cambio que tres de los autores invitados, el colombiano Gabriel García Márquez, el cubano Alejo Carpentier y el paraguayo Augusto Roa Bastos, nos deleitaran más tarde con tres obras maestras de la literatura vigesémica: El otoño del patriarca, El recurso del método y Yo el Supremo, respectivamente. Padilla (2001) 

Estas tres obras constituyen una trilogía de gran unidad de estilo y tiempo: Yo el Supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier y El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez. Por este motivo, la estudiosa Selena Millares las separará de las anteriores novelas de dictadura producidas hasta el momento, como pudiera ser El señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, en el sentido de que en estas últimas la presencia del tirano ha pasado a un primer plano donde es un personaje omnímodo cuya descripción eclipsa por completo a los personajes secundarios y, en general, al ambiente social que se encuentra bajo la tutela del dictador. Es por ello que califica a estas novelas que se sucedieron durante el boom como novelas de dictador, frente a las que denomina novelas de dictadura y que se habían producido hasta entonces. Millares (1995: 390)

Cada una de estas tres novelas representa a su manera una epopeya sobre la descripción física y psicológica del dictador hispanoamericano que se vale de la estilística del realismo mágico, a veces para desprestigiar lúdicamente al sujeto con una imagen paródica y ridícula, y otras para criticar con suma severidad las constantes inmoralidades en las que incurren estos líderes políticos por medio de representaciones de excesiva barbarie y degradación. Se ha señalado en bastantes ocasiones que mientras García Márquez adopta un tono más melancólico, Carpentier deriva hacia el humor y Roa Bastos se centra más en la cuestión del poder. Aún así, lo cierto es que las tres novelas presentan grandes similitudes, no solamente en lo formal, sino también en su argumento, coincidiendo los autores en una serie de obsesiones en torno a la figura del dictador e incluso en su manera de tratarlas.

Centrándonos ya en particular en la obra que trata este artículo, Yo el Supremo del paraguayo Roa Bastos, el estilo serio y gravemente acusador que aún se mantiene en El señor presidente se abandona ahora por uno paródico y bajtiniano-carnavalesco (muy en deuda con el esperpento del Tirano Banderas (1926) del español Ramón del Valle-Inclán), lo cual no quiere significar que haya desaparecido el componente crítico, sólo que este se ve rebajado por las continuas apariciones de hipérboles, paradojas, imposibles y extravagancias propias del realismo mágico; en consonancia con lo que serían las políticas narrativas posmodernistas del pastiche o collage, lo inapropiado, lo no oficial, lo desenfadado o lo despreocupado.

Pues bien, en este terreno de desenfreno y exageración a medio camino entre lo estético-narrativamente sensorial y lo moralmente despreciable, se construye la idiosincrasia de El Supremo. Para empezar, es un hombre paranoicamente obsesionado con sus enemigos y las conjuras contra él, a la vez que no tiene piedad en el castigo contra aquellos que lo traicionan. Su amoralidad egocéntrica llega al punto de celebrar un falso funeral para poder espiar qué harían sus subordinados y, en general, el pueblo al saber de su muerte. También está el asunto del pasquín, que se revelará como escrito por él mismo, lo cual será el colmo de su afán represor al tener que inventarse situaciones para saciar lo que deviene en un vicio persecutorio. Tampoco cree a su médico, al que considera al servicio de algún complot, cuando a su infinitud de años le dice que ya no está en disposición de cumplir de igual manera sus funciones de gobernante. Hasta a su fidelísimo ayudante y compañero de penas Patiño, el cual era víctima de un sentimiento de idolatría hacia El Supremo, llega a acusarlo de conspirador. El resultado de todo este recelo y afán de control será, como aparece en cierto momento escrito en su cuaderno, el “laberinto de su soledad” Roa Bastos (2001: 113).

En realidad, se planteen desde donde se planteen todos lo comportamientos de El Supremo, acaban por explicarse a partir de la misma causa: su completa megalomanía. Sufriente sin duda de grandes delirios de grandeza, su ánimo oscila entre el pletórico que proclama haber hecho todo lo que se ha podido hacer en la tierra, al victimista que se siente solo en su trono, y para ambas cuestiones recurre a una demagogia simplona y autocomplaciente. La Megalomanía se observa fácilmente en cómo se compara con Napoleón, desprecia a Simón Bolívar y sus intentos de invasión de Paraguay, niega haber sido engendrado por concurso de varón y hembra como Jesucristo, o confiesa su incapacidad de elegir un sucesor, entre otras cosas. Y es precisamente en la cuestión de la palabra escrita y, más en concreto, en la obsesión de él en torno a los documentos historiográficos que sobrevivirán a su muerte y transmitirán su figura y legado a las generaciones venideras del país, donde sus pretensiones megalómanas se vuelcan con mayor fuerza y la novela ofrece una visión más dilatada de sus accesos de locura y su completa distorsión de la noción de la realidad.

En lo que respecta al análisis del texto, nos encontramos aquí ante una novela que no sigue los patrones narrativos habituales, esto es, una historia lineal (si bien con sus elipsis, analepsis y prolespsis) que conste de principio, nudo y desenlace. Lo que se narra es a la vez mucho y nada, y se trata más bien de una profunda reflexión y deconstrucción sobre la palabra escrita y su relación con las estrategias de poder, en la que la acción real queda relegada a los textos y los recuerdos. Para llevar esto a cabo, el escritor se vale de múltiples intertextualidades, componentes metanarrativos y una coralidad de voces discursivas, que consiguen con su collage global dar la sensación al lector de encontrarse ante un trabajo histórico-académico de compilación y documentación objetiva sobre el dilatado periodo de mandato del Doctor Francia en Paraguay (1816–1840) que se llegó a nombrar dictador perpetuo, pudiendo aquel incluso sentir la confusión en determinado punto de la lectura de no distinguir entre lo real y lo ficticio. No obstante, lo que nos trata de mostrar en todo momento Roa Bastos con la tesis que es este extenso libro y que no es otra que la develación de la Historia como un gran relato ficticio al servicio de las vanidades del hombre, es que su libro es el más ficticio que se pueda haber escrito precisamente por todo lo anterior. Se vale de la ficción para argumentar desde elementos siempre ficcionalizados (aunque tomados de referencias reales y que, por supuesto, quieren dar esta apariencia de realidad, como son esos legajos y testimonios históricos que se suceden a lo largo de todo el texto), que muchas de las cosas que consideramos reales y objetivas, son ficción. En otras palabras, elabora una simulación novelesca con un alto grado de verosimilitud de algo tan absolutamente imbricado con la realidad como es el relato histórico, para poner en evidencia su peligroso poder demagógico y embaucador del que se han servido las autoridades siempre para sus propios intereses, especialmente los caudillos. Y, aunque centre su atención en los relatos narrativos históricos, la reflexión de Yo el Supremo se puede extrapolar además al acto de escribir en sí, el cual implica directamente al oficio del novelista y a la novela.

Toda la novela es un enfrentamiento de Francia o El Supremo con el documento escrito, muy en particular con el documento histórico. Su concepto de hacer historia es sobre el que gira la novela y a partir de la cual surgen los otros conceptos de historia que se exponen en el libro y que sólo tienen sentido como respuesta a este primero. En el ideario de Francia se le concede muy poco mérito a la palabra escrita, pues a esta se le antepone superándola siempre la incontestable verdad de los hechos. Para él, la palabra es propia de sus fracasados opositores, aquellos que han sido incapaces de hacer todo lo que él hizo y como muestra de su frustración se refugian en ella durante su exilio. En definitiva, una muestra de debilidad frente al acto propiamente viril que sólo puede ser el de la acción.

Además, dentro de los términos del realismo mágico, el dictador es un ser plenipotenciario cuyo reinado lo atraviesa todo, incluido el tiempo. En este aspecto, a El Supremo no le bastará con difamar todos los documentos críticos con su dictadura durante esta, sino que también despreciará la historiografía que se hará después, una vez muerto. Todo su razonamiento se resume en que nadie está en disposición de hablar de él y mucho menos mal porque nadie está a su altura, una expresión de su arrogancia y altanería. Siguiendo estos dictados e imitando un conducta típica de tiranos, su afán es quemar y destruir todo documento que considere crítico. Este rechazo se materializará especialmente en la inclinación pirómana del protagonista, que, en una última muestra de su rechazo y vergüenza hacia la práctica escrita, quemará mientras muere el cuaderno privado sobre el que también él cedió al ejercicio de la escritura en sus momentos de debilidad. No obstante, su último designio se realizará a medias, pues el compilador nos mostrará reiteradamente en la obra extractos rescatados pero incompletos de este cuaderno donde se muestra su faceta íntima y desconocida, donde continuamente la narración es interrumpida con anotaciones como “el resto de la frase, quemado, ilegible” o “quemado el borde del folio” Roa Bastos (2001: 18, 48, 162, 209, 412, entre otras).

Por lo tanto, a pesar de todo su rechazo, como dictador que quiere hacer historia, El Supremo no podrá resistirse a ejercer la palabra no sólo en el ámbito privado sino también en el público, y procederá a escribir una historia oficial justificándose en que todos sus conciudadanos tienen el derecho a conocer lo que pasó, y al estar esta escrita por él, será pues lo más cercana posible a la verdad de lo acontecido. Su definición de cómo se debería escribir la historia se la expone a Patiño, su escriba, a quien le recrimina haber caído en uno de los escritos en la ampulosidad y poca contención de palabra típica de sus enemigos charlatanes. Frente a esto contrapone la pureza y la sobriedad en el estilo propia de los hechos y los hombres de acción: “¿[Q]ué significación puede tener en cambio la escritura cuando por definición no tiene el mismo sentido que el habla cotidiana hablada por la gente común?” Roa Bastos (2001: 228). Sus referencias literarias son los grandes pensadores del estado moderno: Jean-Jacques Rousseau, Montesquieu, Denis Diderot, Voltaire; incluso sus lecturas más confidenciales y menos confesables siguen tratando sobre las cuestiones de estado: Discurso sobre la servidumbre voluntaria, El príncipe. Llega a decir lo siguiente al respecto: “Hubo épocas en la historia de la humanidad en que el escritor era un persona sagrada. Escribió los libros sacros. Libros universales. Los códigos. La épica […] No asquerosos pasquines. Pues en aquellos tiempos el escritor no era un individuo solo; era un pueblo” Roa Bastos (2001: 77). La noción, pues, de la escritura en su aspecto relativo a las cuestiones de estado y lo colectivo será con la cual El Supremo justifique el ejercicio que haga de ella.

No obstante, sus circulares informando sobre acontecimientos cuyos logros se atribuye dejarán mucho que desear a este respecto y no serán más que un mero ejercicio de adoctrinamiento, glorificación y demagogia típico de los dictadores más burdos. Ya sea relatando el proceso de la guerra de la independencia contra Brasil, España, Perú y Argentina, o cómo salvó en el último momento la entrega del país a Argentina por parte de la no preparada casta política paraguaya y, en general, de su defensa de la soberanía paraguaya frente a las continuas propuestas de alianzas de países más poderosos, que sólo pretenden aprovecharse del país pequeño y débil. Todo esto para demostrar que su proyecto revolucionario de prosperidad, igualdad y libertad se ha realizado en Paraguay, el país más moderno del continente, frente al atraso en el que aún viven sus vecinos. Bajo la mascarada de la escritura al servicio de lo colectivo y lo público se esconde sin casi disimulo un ejercicio descarado de poder e influencia. Las consecuencias fatales de todo esto serán una idolatría más ciega si cabe entre la población, especialmente entre los niños.

Interesante es también señalar la escritura puntual que El Supremo practica de la ficción, si bien obviamente en su más estricta intimidad. Por supuesto, todo esto entra en contradicción con sus ideas expuestas hasta ahora y no viene más que a demostrar la debilidad y necesidad incluso en él de practicar ese estilo ampuloso y fantasioso que tanto critica. No obstante, la división que tiene él de estos documentos como absolutamente inútiles para la realidad es muy clara, si bien es cierto que reconoce el ejercicio de esta escritura como una necesidad humana de negar lo vivo para proseguir con el peso de la existencia real. Curiosa concepción de la creación literaria que se describe en un pasaje memorable del libro en el que el dictador de nuevo está aleccionando a su sirviente Patiño, en este caso sobre lo que debe ser el proceso de escritura creativa y ficticia, y que toma tintes parturientes y copulatorios en una gran metáfora explicativa donde es en realidad un dictador convertido en dios quien dirige la pluma del novelista y le hace surgir a este ideas tan sumamente increíbles. Roa Bastos (2001: 69-71)

Frente a esta versión de lo que es la historia para El Supremo, se alzan varias voces dentro del libro en contra como la de los opositores políticos, la de la historiografía contemporánea y futura, o incluso la propia voz de la conciencia del Doctor Francia. En el caso de los opositores, ya hemos visto lo que El Supremo opina al respecto con lo que califica de denuncias que proceden del resentimiento y la incapacidad personal, y los apoda “letricidas” Roa Bastos (2001: 34). Sin duda, son muy justas las exposiciones que estos hacen de las aberraciones que se cometen en el régimen paraguayo, pero, a pesar de ello, parece que Roa Bastos también le da parte de la razón a Francia en cuanto a que deja entrever en el libro cómo estos exiliados se dejan llevar en sus escritos por el componente subjetivo y emocional en su crítica al régimen, lo cual no los vuelve muy fiables, aparte de que sus palabras apenas tienen intenciones prácticas y se quedan casi siempre en una posición de cómoda seguridad. En cierto momento, uno de estos opositores llega a decir lo siguiente sobre la lucha contra Francia, lo cual es bastante denotativo de su carácter poco valiente: “Es hombre de pelea de tejado, que tira cuanto topa en sus accesos de furia. No le tema usted, que lejos de su alcance es como mejor podemos combatirle” Roa Bastos (2001: 79).

La primera noticia que tenemos de un escrito en contra del dictador es el libelo satírico que se encuentra en la puerta de la catedral anunciando una falsa auto-orden de decapitación por parte del mandatario en la plaza pública. Todo el empeño de El Supremo en el libro será encontrar con toda clase de controles de grafía al autor del pasquín (como se ve, gran parte de la acción del libro —tanto la opositora como la del régimen— recae sobre la palabra escrita, muestra de su protagonismo en el libro). Luego se irán sucediendo una serie de extractos de escritos tanto de visitantes europeos al país como de opositores exiliados, a la vez que también de personas dentro de este por medio de los libelos anónimos (aunque naturalmente en mucha menor medida), que darán una versión escandalizada y bien distinta al mensaje triunfalista que el dictador reparte entre su población acerca de la situación del país. Entre otros pormenores escandalosos que son reflejo de la anomalía enferma de ese régimen, unos visitantes relatarán la experimentación con ratas que El Supremo llevaba a cabo como simulación para el gobierno real de sus paisanos.

Pasando al cuaderno privado de El Supremo, nos adentramos en su intimidad y la pugna que mantiene su personaje público con su conciencia, un doble elemento que no se complementa sino que se enfrenta haciendo de Francia un ser esquizofrénico y con una grave crisis de identidad. Al final del libro, en el monólogo de Francia cuando está siendo consumido por las llamas, el jerarca manifiesta este dualismo en un juego de palabras que hace con el título del libro y que manifiesta uno de los elementos clave en la novela: “YO es ÉL (…) YO-ÉL-SUPREMO” Roa Bastos (2001: 460). Desde esta perspectiva, el libro se convierte en un juego de desdoblamientos de El Supremo en sus más allegados como Patiño o Sultán, o en una alternancia indiferenciada entre el monólogo y el diálogo con estos. Esta dualidad YO-ÉL ha sido muy estudiada por la crítica, como comenta Julio Calviño en su libro: 

En diferentes lugares y tiempos del texto surge, como motivo recurrente, el problema de la doble identidad del Supremo. Ya el motivema del pasquín contiene, según M. Ezquerro, in nucce, la imagen plurívoca de la dualidad (Patiño, la mano correctora, el compilador, el cráneo, etc.). Monique de Lope, por su parte, alude al desdoblamiento de Francia en un Yo nocturno (que escribe el pasquín; que conversa telepáticamente con Bonpland; que apostilla su propio discurso) con un Yo diurno […] El EL aparece como objetivación del personaje político, epifenómeno de la realidad histórica, figura pública que enjuicia, analiza y critica su andadura de hombre de Estado. El YO es el personaje que se autoanaliza desde un punto de vista mutable e irónico centrado en la intimidad subjetiva […] para Raúl Roa <<el YO  es la voz y el EL es la escritura […] de estas dos entidades, la segunda —el EL— es perpetua y la primera —el YO— es perecedera>>. […] El Yo le exhorta para que […] elimine al EL en cuanto encarnación maléfica del Poder Absoluto iberoamericano. (Calviño, 1987: 84-85) 

Tanto lo que le puedan decir su perro Sultán como lo que le pueda increpar su propia conciencia escribiendo al margen de su cuaderno privado con letra desconocida, no es más que la autoconfirmación íntima del fracaso de El Supremo sobre la gran mentira que ha sido la historia triunfalista que él ha pretendido adjudicarse. De nuevo, la clarividencia viene a él de la mano de uno de sus perros, Héroe, que le da la definición de Alfonso X de tirano y que es perfecta para su caso: “aquel que con el pretexto del progreso, bienestar y prosperidad de sus gobernados, substituye el culto de su pueblo por el de su propia persona” Roa Bastos (2001: 149). Y aún siendo ya cadáver sigue estando la voz que le recrimina y le escribe lo siguiente: 

Creíste que la Patria que ayudaste a nacer, que la Revolución que salió armada de tu cráneo, empezaban-acababan en ti. […] Dejaste de creer en Dios pero tampoco creíste en el pueblo con la verdadera mística de la Revolución; única que lleva a un verdadero conductor a identificarse con su causa; no a usarla como escondrijo de su absoluta vertical Persona, en la que ahora pastan horizontalmente los gusanos. Con grandes palabras, con grandes dogmas aparentemente justos, cuando ya la llama de la revolución se había apagado en ti, seguiste engañando a tus conciudadanos con las mayores bajezas, con la astucia más ruin y perversa, la de la enfermedad y la senectud. Enfermo de ambición y de orgullo, de cobardía y de miedo, te encerraste en ti mismo y convertiste el necesario aislamiento de tu país en el bastión-escondite de tu propia persona. Te rodeaste de rufianes que medraban en tu nombre; mantuviste a distancia al pueblo de quien recibiste la soberanía y el mando, bien comido, protegido, educado en el temor y la veneración, porque tú también en el fondo lo temías pero no lo venerabas. […] Tú, ex Supremo, eres quien debe dar cuenta de todo y pagar hasta el último cuadrante. Roa Bastos (2001: 463-464) 

Tras los remordimientos de conciencia faltaría por examinar la respuesta que le da la historiografía a la versión de la historia de El Supremo. La labor de recolección la lleva a cabo el compilador (aludido irónicamente en el libro como “senhor Roa”) y tampoco es una labor llevada de manera inocente. Sabemos que el compilador en sus comentarios se sitúa en un momento seguro, muchos años después de la muerte de este tirano eterno, con el distanciamiento y la imparcialidad propios del habla retrospectiva de asuntos graves pero desde tiempos ya lejanos. Sus notas a pie de página son continuas y sus comentarios valorando el paso del tiempo de textos escritos tanto durante como después del mandato, son frecuentes. Sin embargo, ya hemos dicho que la labor del compilador no es una llevada a cabo con la objetividad e imparcialidad propias del especialista, sino que arregla su recogida múltiple de textos para elaborar un discurso que responda a sus inclinaciones e inquietudes personales. Como se menciona en el libro de Calviño: “Es necesario que el Supremo esté muerto para que el narrador-compilador pueda hablar de sí mismo como si hablara de El Supremo, invirtiendo los papeles y los signos” Calviño (1987: 137). Este discurso elaborado por el narrador no es otro que el ya expuesto al inicio del apartado sobre la significación y la validez del discurso histórico, verdadero motivo de preocupación del novelista.

La falta de conciencia acerca de lo que fue el personaje del Doctor Francia debido a una mala enseñanza de la historia, se refleja en el último apunte que hace el compilador sobre una noticia actual: la demanda del gobierno de Paraguay de obtener los restos de El Supremo en su país de origen y la incapacidad para encontrarlos debido a distintas posibles causas (todas negativas) como pueda ser, por ejemplo, el saqueo de su tumba. Esta es la demostración de que las grandes figuras, a pesar de lo que los documentos de unos y de otros puedan decir sobre su mandato, serán con el paso del tiempo idolatrados u odiados a la par, sin realizar nadie un examen histórico sustancial sobre su persona para atender únicamente a versiones aisladas y parciales de uno u otro bando. Por ello, parece que en su nota final el compilador secunda de manera más o menos indirecta la idea de Francia de que la verdadera historia la realiza el dictador con sus acciones, mientras que lo que hagan pensadores, historiadores y novelistas con las palabras nunca podrá sobrepasar el ámbito de lo ficticio e introducirse realmente en el de las acciones reales y el discurso colectivo.

 Por otro lado, también parece confirmar Roa Bastos con este desenlace que uno de los legados de una dictadura es que cuanto más prolongada y dura es, la habilidad para poder pensar en libertad de su pueblo se queda más y más mermada, derivando en esa incapacidad que se presenta de los paraguayos al final del libro de pensar de una manera no sesgada y manipulada el pasado dictatorial del Doctor Francia. En otra palabras, es indiferente si es más distorsionada la versión de El Supremo o la de los opositores, sino que esa sea la elección en vez de imponerse una versión más crítica y justa sobre el pasado procedente de la historiografía, y todas las consecuencias que esto conlleva para el tiempo presente.

Esta imposibilidad y paralización que se ve aquí del pueblo paraguayo para poder sobreponerse al pernicioso y embrutecedor legado intelectual de una dictadura, y así romper sus cadenas y progresar como sociedad, recuerda mucho también a lo que les sucede a los personajes que aparecen en otra novela de dictadura escrita bastante posteriormente. Nos referimos a la novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo (2000). Una de las tres historias que se narran, basada en hechos verídicos, es la de los conspiradores que planearon y perpetraron el asesinato al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Ellos son la demostración de que frente a los personajes tan abyectos y cobardes que se sitúan al lado de Trujillo, el hombre sigue queriendo ser libre y luchar por su libertad en situaciones tan extremas Krauze (2008). No obstante, todo este plan se frustrará cuando en algunos de ellos esta llamada a la libertad se esfumará, quedándose paralizados por el miedo que la figura de Trujillo les sigue infundido aún después de muerto a la hora de realizar sus objetivos hasta el final. Otro personaje de la novela, Urania Cabral, al regresar a la isla después de tantos años, también está haciendo un ejercicio de libertad al tratar de enfrentarse de una vez por todas con ese pasado traumático. Aunque ella, como los conspiradores, se muestra bastante insegura en el momento de realizarlo y su éxito en el viaje es bastante dudoso.

Lo que quiere demostrar Vargas Llosa con estos ejemplos y con su representación de la sociedad dominicana contemporánea, es que es muy difícil lograr la libertad o la emancipación de una sociedad con un pasado dictatorial o de una persona con un recuerdo traumático. Sobre todo a base de no enfrentarlo, como han hecho la sociedad dominicana o Urania, pues este no va a desaparecer. Lo que realizan los conspiradores o Urania en la novela finalmente, es el principio para lograr el pleno ejercicio de la libertad que sólo se alcanzará con su encaramiento constante y comprometido.

Esta reflexión sobre el libro de Vargas Llosa nos lleva de vuelta a Yo el Supremo donde el autor también quiere traer su novela al presente desde el que está escrito para reflexionar sobre la situación del momento y actuar como acicate para promover un pensamiento libre de tutelas paternalistas y de razonamientos sesgados y cortos de miras en su país que sigue en ese entonces sufriendo regímenes dictatoriales, en este caso la dictadura del militar Stroessner.

En cualquier caso y a pesar del escepticismo del autor sobre la capacidad del pueblo de emanciparse verdaderamente de su pasado político y cultural dictatorial y arrojarse a una vida en libertad, la novela sella su venganza con el dictador con un patético y cruel final en el que la vida de El Supremo se va consumiendo (o más bien incinerando): sufre un ictus por el que pierde parcialmente el uso de la palabra, le hace pronunciar las frases que no quiere o atribuirse las que no son suyas, se dedica a vagabundear por lo bares en lo que es la única salida de su palacio que hace en toda la novela mientras pocos lo reconocen por la calle tras años de confinamiento y dar la espalda al pueblo, hasta llegar a su incineración final que será el colmo del fracaso de sus planes y saca a relucir, frente a la impecable estampa que se ha empeñado en sostener a lo largo de su vida, la verdadera imagen de su ridiculez: 

El 24 de agosto de 1840, día de San Bartolomé, a influjo de su doméstico infernal, el Dictador prendió fuego antes de morir a todos los documentos importantes de sus comunicaciones y condena, sin precaver que la voracidad del elemento podía ser tanta, que llegase a abrasarle la cama. Desesperado y ahogado de humo llamó en su socorro a sus sirvientes y guardias. Se abrieron puertas y ventanas y, en medio de la combustión, se arrojaron a la vía pública colchones, cobijas, ropas y papeles en llamas. ¡Oh aviso claro de las llamas que al mes siguiente principiarían a abrasar eternamente su alma! Entretanto lo único cierto fue que en esta ocasión los viandantes que pudieron sobreponerse a su pavor vieron por primera vez los interiores de la tétrica Casa de Gobierno. Algunos se detuvieron inclusive a examinar los chamuscados retazos de bombasí, tela desconocida en el país, de las que se hacían las sábanas de El Supremo. Roa Bastos (2001: 458) 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

·         Barrientos, J. J. (2001). “Ficción-historia: La nueva novela histórica hispanoamericana”.  Textos de Difusión Cultural. Serie El Estudio, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de literatura (coord.), México: UNAM, 13-23.

·         Calviño Iglesias, J. (1987). Historia, ideología y mito en la narrativa hispanoamericana contemporánea. Madrid: Editorial Ayuso.

·         Calviño Iglesias, J. (1985). La novela del dictador en Hispanoamérica. Madrid: Ediciones Cultura Hispánica.

·         Krauze, E. (2008). “Historia de parricidios”. Las guerras de este mundo: sociedad, poder y ficción en la obra de Mario Vargas Llosa. Lima: Planeta.

·         Menton, S. (1993). “La nueva novela histórica: Definiciones y orígenes”. La nueva novela histórica de la américa latina 1979-1992. México: Fondo de Cultura Económica, 29-47.

·         Millanes, S. (1995). “Los sueños de la razón”. El señor presidente, Selena Millanes (ed.), Madrid: Anaya, 373-394.

·         Oviedo, J. M. (2012). Historia de la literatura hispanoamericana: 4. De Borges al presente. Madrid: Alianza Editorial.

·         Padilla, I. (2001). “Prólogo”. Yo el Supremo. Biblioteca El Mundo: Bibliotex.

·         Sánchez, L. A. (1976), “La novela política”. Proceso y contenido de la novela hispano-americana. Madrid: Gredos, 426-451.



 [1] Graduada en Humanidades por la Universidad Carlos III (Madrid). Cursé un Máster de investigación en la Universidad de Warwick (Reino Unido) en el que realicé una tesis titulada: "Women’s Representation in Narrative and Film Works about Peru Terrorist Period" ("La representación de las mujeres en obras narrativas y fílmicas sobre el conflicto terrorista en Perú"), dirigida por la Dra. Alison Ribeiro de Menezes. A lo largo de mis estudios he tenido la ocasión de participar como ponente en diferentes simposios y congresos, y he sido beneficiaria de diferentes premios y ayudas, como la beca Erasmus, que me permitió estudiar un año de mi grado en el King's College de Londres o la beca del banco Santander, que me permitió realizar el máster en Warwick.

Mis investigaciones se han centrado en la novela política contemporánea de América Latina, sobre todo la vinculada a conflictos políticos recientes en distintos países del continente.  

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