
EL INSEPULTO
Cuento de Jáder Rivera Monje. Del libro Tres pobres muchachos.
Ediciones Exilio, 2026
Insepulto, el muerto observa la noche. Las estrellas titilan tan blandamente que lo adormecen y baja los párpados. Pero él insiste en estar despierto. Yace sobre un montículo de basura, desparramado, en las afueras de la ciudad. Escucha los pasos de alguien que se acerca y ve un rostro sobre su rostro, la cara de un indigente viejo y sucio que escupe a cada instante. El muerto se estremece. De repente siente miedo. Ve al hombre escudriñarle los bolsillos y sacar su billetera. Ahora tiene su identificación en la mano. Compara la foto de la cédula con su cara y se ríe. Él nunca se creyó tan feo como para ser objeto de burlas. Y recuerda, entonces, el baile.
El muerto baila con la más sensual de las mujeres y ella sonríe cada vez que él la toma de las nalgas y la aprieta con fuerza contra su bajo vientre. Ella se deja apretar y tocar toda. Definitivamente, él es un tipo irresistible. Y se lo dice a ella y ella vuelve a sonreír; asiente con la cabeza y le besa los ojos, las orejas, la nariz y la boca. Pero entonces algo ocurre. Escucha que gritan y siente el filo acerado de un puñal que le entra por la espalda. Y luego pierde el sentido. Ahora sabe que está muerto, que lo han abandonado en las afueras de la ciudad donde no lo encontrarán tan fácilmente. Pasarán acaso dos días o más antes de ser enterrado. De modo que tiene tiempo para contemplar el paisaje. Eso si el indigente que ahora le quita los pantalones y la camisa no le da por arrojarlo al río Magdalena.
El muerto cierra los ojos. Siente frío en la vastedad de la noche. ¿Y si lo vieran así desnudo? Tan vulnerable, con su miembro ahora marchito, mermado por la muerte. En vida, sí que se había jactado del tamaño de su miembro cuando hablaba con los amigos para que los amigos se encargaran de correr la voz sobre sus dotes. Y así, con ese rumor andando por las calles, siempre tenía alguna que otra mujer de los barrios bajos y también de los barrios altos, ¿por qué no?, a su alcance. En el fondo de toda mujer, lo sabía, habría algo de cierta curiosidad morbosa, cierta inclinación hacia el hombre bien dotado que, aunque feo o pobre, elegirían con los ojos cerrados si la familia y la sociedad no se lo impidieran. Y claro, esa misma curiosidad las empujaría a preferirlo de entre todos los pretendientes.
El muerto sonríe ante tales ocurrencias. Sabía que con las mujeres la cosa no era tan simple. Había que tener paciencia. Convencerlas de que lo último que él buscaba era sexo. Luego todo se daba tan naturalmente que se podía dar el lujo de decirle al oído obscenidades. Y ellas, las mujeres, por supuesto, habrían perdido por entonces la capacidad para sonrojarse, y le responderían por igual o con una frase de más subido tono. Así era la cosa con las mujeres, sobre todo si estaban borrachas.
¡Mujeres! El muerto suspira hondo. En su corta existencia sí que supo lo que era una mujer comiendo de la palma de su mano. El mismo Dios lo favoreció con el tamaño de su miembro. Y él sí que sabía usarlo, ¡buen primor!... El muerto mira el cielo. Ve caer una estrella fugaz que se apaga casi al instante de iniciar la caída. ¿Esa misma estrella era él? Su vida apenas fue un destello de luz en el cielo. Lo embargan los recuerdos. De niño le gustaban más las estrellas que las mujeres. Ellas lo han perdido. ¿Y los sueños de entonces? Nada. Nada queda. Se le aguan los ojos. El indigente, que aún permanece a su lado, se espanta. Ha visto rodar una lágrima por su mejilla y cierto temblor de tristeza en sus ojos abiertos. Sin mirarlo dos veces, se aleja dando gritos, pidiendo protección a la Virgen del Carmen, por entre el pequeño bosque de arrayanes y dindes.
Han pasado cinco horas. Si tuviera su reloj con la figurita de Carlitos y Snoopy moviendo los ojos. Si tuviera el reloj que le dio su madre cuando tenía doce años, sabría la hora con certeza. Recuerda a propósito las estampitas que venían con los caramelos. Aunque él ya se creía todo un hombre, no dejaba de ser un niño. Había una que decía: “Tú eres lo más maravilloso que me ha pasado en la vida.” Y ahí estaba un muñequito de ojos dormilones con los brazos extendidos pidiendo que lo abrazaran. Él era el muñequito de ojos dormilones. Compraba caramelos y regalaba las estampitas a las mujeres que encontraba en la calle. Pero solo se las daba a las que no conocía, a las que encontraba en las esquinas esperando el autobús. Recuerda que un día se las dio a una muchacha muy pálida que tenía una diadema de ángeles dorados en el cabello. Y la muchacha resultó ser una novicia. Y la novicia le dijo: “Tú no eres tan malo como pareces. Deberías ir más a menudo a la iglesia”. Y le acarició la mejilla como si fuese su hijo.
“El muerto está triste. ¿Qué tendrá el muerto?” El muerto parodia el poema de Rubén Darío sobre una linda princesita encerrada en una torre. No sabe dónde diablos lo escuchó. De pronto le llega el ritmo envuelto con una maraña de recuerdos. Quizás lo escuchó en la escuela cuando hizo el tercero de primaria. Recuerda una palabra que repetía insistentemente el profesor: “¡Ínclito! ¡Ínclito! ¡Es un poema ínclito!” Y a él le da por pensar que un poema ante la muerte no podría ser más ínclito que la muerte misma. Pero a todas estas no sabe qué es “ínclito”. Él solo sabe y le importa que está muerto y que daría su vida, digo, su muerte, para que lo enterraran. Y sueña con la sepultura, se enternece al pensar en el olor del formol y la madera, el golpe de los martillos sobre el ataúd y el llanto lejano de su madre. “¡Pobre madre! —se lamenta—. Pensará que me he ido a vagar a otras ciudades.” Sin embargo, pronto se olvida de ella. Ha empezado a caer una lluvia lenta, silenciosa. Las gotas de agua ruedan por el rostro. Se esfuerza en abrir los labios para que entren a la boca, pero no puede. “Esto es lo malo de estar muerto, estar a merced de todo”. Un día se dijo que saldría de pobre para no estar a merced de nadie. Pero nunca salió de pobre porque, aunque ganaba mucho dinero matando gente, prefirió vivir a sus anchas. Y vivir bien, entre fiestas, alcohol y mujeres.
El muerto sonríe. Han salido los primeros rayos de sol sobre la loma de las montañas lejanas. Ve cómo se enciende la corola del sol y se alegra. Cree que el sol le quitará el frío. Pero los rayos del sol ya no lo calientan y se deprime. Las moscas empiezan a rondarlo. Una de ellas, verde y vibrante, le ha salpicado de excremento el entrecejo. Quiere limpiarse, pero no puede levantar la mano. De repente, siente pasos. Ve, por el rabillo del ojo, a tres muchachos vestidos con el camuflado del ejército. Lo recorre un escalofrío. Estar cerca del ejército siempre le ha producido pánico. Trata de calmarse. Ya nada malo le puede pasar. El muerto cree que va a sentir dolor cuando lo tiren en el cajón de burda madera. Pero cae en su interior y no siente nada. Suspira hondo, lleno de alivio. Uno de los soldados lo ve suspirar y se sobresalta. Le dice al teniente que el muerto está vivo. Y el teniente va y le toma el pulso, le abre la boca. “Usted está chiflado”, escucha que dice. Y el muerto sonríe para sus adentros.
El muerto yace ahora bajo tierra y suspira hondo en la noche sin luces y sin ruidos. La paz lo conmueve. Presiente la dulce descomposición de su cuerpo y, al presentirlo, lo embarga el sueño, y el sueño viene, viene despacito y le baja los párpados.

Jáder Rivera Monje (Teruel, Colombia, 1964). Es licenciado en Lingüística y Literatura en la Universidad Surcolombiana de Neiva y tiene Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Javeriana de Bogotá. Hace parte del Comité editorial de Ediciones Exilio.
Es autor de los libros de poesía Los hijos del bosque (1998); Antología personal (2006); Paisaje con relámpago (2008), Todo el silencio, antología (2015), Inventario de casa (2018), Tribulaciones (2022), Ala verde del mundo -Poesía reunida- (2023) y Relojes (2025
En narrativa es autor del libro Diez moscas en un platico con veneno (1999) y Tres pobres muchachos (2026); en dramaturgia, del libro El día sin horas (1999).
Su obra literaria ha recibido las siguientes distinciones: Segundo lugar en el Concurso Internacional de libro de poesía Fernando Charry Lara (Universidad Central, Bogotá, 2015); Premio Departamental de Poesía José Eustasio Rivera (2015); Premio Departamental de cuento Humberto Tafur Charry (Secretaría de Cultura, Neiva, 2015); Premio Fomcultura Colección de Autores Huilenses (1998). Sus trabajos literarios hacen parte de libros colectivos como La lluvia y el ángel (Editorial Altazor, Neiva, 1999) y Memoria secreta de la infancia (Editorial Altazor, Neiva, 2006).