Milcíades Arévalo
EL TIEMPO NO TIENE CALMA
Era un hombre.
Era un hombre, cada vez más grande, cada vez más viejo…
Fernando del Paso
El día que murió mi padre, yo no estaba a su lado sino lejos, a la orilla del mar. Antes de emprender el viaje, fui a despedirme, pero lo vi tan lleno de ausencia que me pareció un faro en mitad del mar. Sentí la fragilidad de sus huesos, la lenta cercanía de la muerte, su soledad en el mundo. Sus ojos ya no brillaban con la misma alegría del que ha amado sino con la tristeza del que nunca tuvo nada. Lo abracé, prometiéndole volver tan pronto vendiera los espantapájaros y me vio partir en un tren herrumbroso en busca del mar.
Unas gaviotas pasaron graznando a ras del agua. En la raya del horizonte desapareció un velero El viento huracanado encrespó el mar y las olas hicieron estremecer el puerto. En la torre de la iglesia sonaron tres campanadas. Y al sur y al norte y en todas partes sonaron las campanas. Una canoa encalló en la playa, el rayo de luz del faro me golpeó el rostro y tuve el presentimiento que mi padre había muerto. Me serví un trago de Ron caña y bebí saboreando el paisaje, con nostalgia de no sé qué tiempos idos.
-¿Qué hacemos en este bar tan triste que ni putas tiene? --me preguntó mi amigo de vagabundeos y perrerías. Se quedó mirando el horizonte con esa cara de asombro que ponía ante las cosas inexplicables, más lleno de inocencia que el niño que trató de pasar el mar de una playa a otra en un dedal.
-Cuando a uno le llegan las desgracias, de nada vale lamentarse. Eso pasó conmigo. Desde niño no vi sino desgracias, como si la maldad quisiera hacerme daño a toda hora. Pero en vez de claudicar me defendía de la mejor manera. Lo que no podía tener, no lo desee jamás. Si nada me pertenecía, tampoco envidiaba a los demás. Me gustaban los caminos, las aventuras inesperadas, los puertos insólitos, las ciudades distantes, las muchachas bonitas, pero en ese momento tan triste, quién, iba a pensar en las putas del puerto…. Antes, mucho antes de este tiempo, en otro tiempo, cuando mi padre estaba a punto de entrar al hospital, le prometí que llegaría a ser gerente del Banco de la República para que nunca nos faltara nada. ¡Qué ironía! El dinero que conseguía apenas me alcanzaba para el arriendo.
-¡No compadre, así no es la cosa, carajo! –dijo Evelio después de un largo silencio.
-Así es la cosa, Evelio. En mi familia tienen la costumbre de morirse sin avisar.
El resto de la noche bebimos desolados, hablando de puertos ignotos, de continentes perdidos y de ciudades devoradas por el salitre. Mi vida no tenía reposo. Vivía ciego de tanta belleza. Había venido a la orilla del trópico a vender espantapájaros en un encuentro de poetas y ahora tenía que regresar al Cruce de los Vientos, un pueblo yermo, gris, a preguntar por mi padre: la noche anterior había soñado cosas tristes.
El señor Kafka, dice en uno de sus libros: “No heredé mucho de mi padre, pero debo cuidar este legado”. ¿Qué legado debo cuidar? –me pregunto. Tengo la dulzura de mi madre en los labios, la fuerza de mi padre en los brazos, el pecho oloroso a fragancias silvestres, los ojos puestos en el horizonte.
Al día siguiente empaqué mis cosas, un talismán de fantasías, unas cuantas lunas de aluminio, un dado de la suerte, una libreta de apuntes, un lápiz y los espantapájaros que me quedaron después de un garroteo en la playa con un vendedor de gaviotas.
El tren partió de Samaria a las tres en punto, dejando atrás el mar azul, la sonrisa de Marcela y mi potro de tormentos. A lado y lado de la carrilera pastos secos, ríos muertos, animales sedientos. El viento aclara muchas dudas, los árboles mueren de pie, las tortugas no envejecen. Las golondrinas rasgan el cielo anunciando la lluvia. Suenan las campanas de un pueblo sin nombre. Un anciano cava un hoyo en la tierra. Con una mano le dice adiós a este mundo y con la otra se echa tierra en la cara. Entre la hojarasca se mimetiza la serpiente que inocula el veneno.
Tan pronto llegué al Cruce de los Vientos fui corriendo a preguntar por mi padre; era muy conocido entre los vecinos y todos lo querían muy bien. Tenía los brazos fuertes y un vozarrón capaz de espantar a un león, pero era tierno con sus hijos.
-Hace rato se lo llevaron para el hospital –dijo un vecino.
-La última vez que lo vi, ni siquiera tenía sombra -dijo otro señor.
-Era un hombre muy solo. Hablaba solo. Caminaba solo, era como si se le hubiera olvidado hablar.
Miré hacia el aposento donde muchas veces se recostaba a dormir. Estaba su ruana colgada de un clavo, la cama sin tender, sus botas pantaneras, pero él no estaba. Al saber que no iba a regresar en mucho tiempo, fui a preguntarlo al hospital del pueblo.
-No resistió el dolor se murió -me informó la enfermera de turno. Le reclamé:
- ¿Por qué demoraron tanto en avisarme?
-No sabíamos dónde encontrarlo.
-Así no es la muerte… ¡Carajo! -dije, quise decir, no dije. Mi padre había muerto. Estaba metido en un miserable ataúd de tablas, calladito y en silencio, como un pez de otro mundo. Mi padre había muerto cuando yo apenas trataba de darle un sentido a mi vida. Había amado a sus hijos para que un día se parecieran a él, pero ni siquiera yo me parecía a su retrato.
Teniendo en cuenta que nadie sabía el parentesco que yo tenía con el difunto, asistí al entierro, bastante concurrido a esa hora de la tarde: las novicias de un convento, una enfermera rubicunda, bastante carnosa, un sargento de milicias con el fusil en bandolera. la bailarina de bronce de un circo de miserias, el herrero del pueblo, muy amigo de mi padre, un monaguillo albino, que innecesariamente batía un incensario apagado, un anciano envuelto en el tricolor de la patria, dos soldados y un cura que tartamudeaba al hablar. Cientos de pájaros revoloteaban por todas partes, el sol se desparramaba sobre el camposanto, las lagartijas correteaban sobre las tumbas, pero yo estaba triste, definitivamente huérfano.
Dicen que es muy triste enterrar a los seres que nos han dado la vida, pero yo enterré a mi padre, dándome golpes de pecho y lamentándome de no ser Dios para curarle las heridas. ¡Pobre mi padre! Desde niño me había enseñado a cazar leones, pero yo amaba las fieras. Paz en su tumba, tumba sin nombre en lo alto de una montaña donde le prometí forjar un INRI con sus más vivos recuerdos, para que los que pasaran cerca o lejos de allí lo recordaran por una eternidad y para siempre. Oré de la mejor manera un bendito y me fui deambular por el cementerio, buscando los esqueletos de mis antepasados muertos. Amén.
De rodillas ante un cristo de piedra, encontré a Fadia. Los labios trémulos, el color de su pelo, la delicadeza de su talle, la curvatura de su espalda, la suavidad de sus manos, el temblor de su carne... ¡Oh, Dios! Ya no era la misma niña que cabalgaba conmigo por la pradera un atardecer lejano sino una sombra entre las sombras. ¡Qué hermosos eran esos caballos! Mi caballo era de viento, viento huracanado que venía del nordeste, arrancando árboles de raíz, levantando casas, portones, jambas, puentes…. Después, ya nunca más volvió a haber nada, ni los colores crepitantes del arco iris, ni las aguas alunadas, ni los trenes nocturnos. Desde entonces todo ha sido un no ser, un no estar aquí, una ausencia, un amor mío dónde estás, queriendo aplacar todos mis deseos, todas mis furias, todas mis soledades…
Una vez finiquitados los pormenores del entierro de mi anciano padre al que consideraba mi abrigo y mi sombra, volví a perderme entre las tinieblas de la ciudad, a deambular por callejones apestosos, sintiéndome extranjero en las esquinas, golpeado por mil martillos, aplastado contra el pavimento.
Una noche de octubre, soñé que mi padre había venido a verme. Lo oí rondar por la casa, tomarse un vaso de leche, darle cuerda al reloj... Después de contarme cómo era la vida entre los muertos se puso a hablarme de la soledad. Cuando cantaron los gallos de la aurora, en vez de preguntarme la hora, me dijo con mucha cautela que no me levantara descalzo:
--Téngale cuidado al riñón.
En ese momento empezaron a sonar las campanas y se fue sin despedirse de mí.

copyright Mara, 2023
MILCÍADES ARÉVALO. Nació en El Cruce de los Vientos (1943). Fotógrafo, Cuentista, dramaturgo, Editor, Gestor Cultural, librero y director de la revista cultural Puesto de Combate, fundada en 1972. Entre sus libros publicados se destacan: A la orilla del trópico (Relatos, 1978), Ciudad sin fábulas (Cuentos, 1981), El oficio de la Adoración (Cuentos, 1988-2004), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995), Cenizas en la Ducha (Novela, 2001), Las otras muertes (Cuentos, 2016), Manzanitas verdes al desayuno (Cuentos eróticos, 2009), El vendedor de Espantapájaros (Cuentos Juveniles, 2019), El Reflejo del agua en el desierto (Cuentos, 2024). Tiene varios libros inéditos, entre ellos la obra de teatro: El Jardín Subterráneo, 1985, Galería de la memoria (ensayos), y La Lío y otras mujeres (Guión cinematográfico). Sus cuentos, crónicas, entrevistas y ensayos figuran en diferentes periódicos de Colombia y en revistas como Puro Cuento (Argentina), dirigida por Mempo Giardinelli; Casa de las Américas (Cuba) dirigida por Roberto Fernández Retamar, Plural (México) dirigida por Jaime Labastida, Aurora Boreal (Dinamarca) dirigida por Guillermo Camacho) y en diferentes las antologías de cuentos: Colombie a chuer ouvert, anthologie de la nouvelle latino-americaine (Francia) de Olver Gilberto de León; Racconti dal mundo (Italia) de Danilo Manera
Ha sido Jurado de cuento, novela, teatro y poesía en más de cien eventos de esta naturaleza. Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: "Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda", Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); "Viaje por la Literatura Colombiana", realizado por el Banco de la República (1984); "Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro" (Madrid, 1985), con presentación de su obra "El Jardín Subterráneo" en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo. Realizador del 1o, 2º y 3º "Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios" en la Feria del Libro de Bogotá, durante los años 1988, 1989 y 1990. "Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe", invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).
Ha sido ganador del Concurso de Cuento Gobernación del Quindío (1981. 1982) Concurso Testimonio de Pasto (1984) Concurso de Novela Ciudad de Pereira (1985 – 1991), Beca Francisco de Paula Santander de Colcultura (1995). Durante su vida ha sido marinero, vendedor de libros, publicista, conferencista de literatura colombiana, editor de libros, corrector de estilo, periodista cultural, fotógrafo y dramaturgo. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital.