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Alexander Prieto

Cecilia y el viento

Por Alexander Prieto Osorno


Fue un viento pequeño que nació bajo el sol del Caribe, en la isla de Cuba, y se llevó el olor de la caña de azúcar y el sudor de los negros, y ascendió a 3.000 metros de altura y se unió a otros vientos que venían de mar adentro. Y esta masa de aire se dirigió a África, empujó las nubes que encontró a su paso, transportó el olor de los crustáceos y las ballenas, y se volvió ciclón frente a Senegal. Allí arrasó los campos, destruyó quince chozas, se robó el olor de las madres asustadas y de los plátanos, y giró hacia el norte. Atravesó Mauritania, levantó y se llevó arena del Sahara, perdió fuerza al entrar a Marruecos, se complació con las montañas del Atlas, descendió a Tánger, se llevó el sonido alegre de los tambores, remontó un mar breve y penetró a España fortalecido con otros vientos que viajaban por el Mediterráneo y que traían el olor de las flores de Córcega. Pasó por Sevilla, capturó el rumor de los tacones de dos bailaoras flamencas, cruzó la Sierra Morena, arrulló los olivares y, a la altura de Talavera de la Reina, en mitad de la carretera, un hilillo de ese viento entró por una ventana entreabierta del autobús, acarició el rostro de Cecilia que venía dormida, atrapó su perfume y lo llevó directamente a la nariz de Ricardo, quien pensaba, una vez más, en la mejor forma de quitarse la vida. Era de noche. El bus tomaba las curvas con suavidad, mecía los cuerpos de sus ocupantes y apuraba el asfalto rumbo a Portugal. Cecilia iba de vacaciones a conocer Lisboa. Era joven, quería disfrutar del mundo, iba a Lisboa a reír, a gozar, a vivir. Y Ricardo, viejo, cansado, regresaba a un lugar ajeno, quizás, a morir.

La ráfaga de perfume de Cecilia hizo que Ricardo volviera a la realidad, al autocar, a la comodidad del asiento, al calor del ambiente. El aire que se colaba por la ventana le traía el aroma dulce de aquella viajera desconocida sentada adelante, un olor a miel fresca, a piel joven, que le sacudió de la mente las cosas que venía pensando, las armas escogidas, eficaces, el corte, el disparo, el adiós, la sangre, el rostro de una mujer risueña de ojos grandes, hallada, amada, perdida para siempre, y los rostros de muchos hombres que había conocido, don Ricardo, su guerra por la vida, la traición, la derrota, el dolor, la mujer perdida. La sangre, el alivio, la sangre, su sangre.

El perfume de Cecilia encarceló mansamente a Ricardo en el presente, se extendió con sutileza por sus sentidos, por su cabeza, rozó un poco su corazón, y le desató dudas agradables. ¿Quién era esta mujer de olor azucarado? Una chica inocente, sin duda, una estudiante dedicada a sus clases, a los deberes. La imaginó en una biblioteca, enredada en los libros de historia o de química y física, amargada a veces con las ecuaciones. Se asomó para verla por el intersticio de las sillas y sólo pudo observar una parte de su mejilla y su hombro abrigado. Dormía y era joven. Tendría entre 20 y 25 años. Su cara de piel firme se balanceaba con los movimientos leves del autobús, pero él no podía establecer si era o no bonita porque, a pesar de las curvas de la carretera, aquel rostro no terminaba nunca de girarse, de mostrarse, persistía en su acertijo, y el olor a miel de su perfume estaba tomándole por asalto el olfato.

Ricardo volvió a su lugar, se acomodó en su asiento y trató de volver a pensar en el arma y el lugar precisos, en las razones, tantas, que tenía para marcharse de esta vida por propia elección,  pero le fue imposible concentrarse. El viento le seguía trayendo el aroma de una incógnita y un fleco del cabello castaño de Cecilia, que resplandecía a luz de la luna, ondeaba ante él a dos palmos de distancia. ¿Quién era esta mujer de cabello impertinente? Una joven desenfadada, seguro, una chica egoísta que quería tragarse el planeta, una rompecorazones de discoteca, impetuosa, descarada, invasiva. ¡Quién era ella para irrumpir en su espacio! ¡Quién era ella para enmarañarle los motivos, los planes y los fines, para volatilizar sus recuerdos, la infamia, los gestos odiosos de sus compañeros de trabajo, la ruina de su vida, su propio vacío y la efigie antigua de la mujer que él había amado! Ricardo no pudo tolerar más esta usurpación y buscó un sitio libre, al final del autobús, para olvidarse con rabia de la viajera dormida.

Pero Cecilia era más bonita de lo que él pensaba, o más que eso, era joven. Poseía la lozanía, la belleza nueva de las mujeres jóvenes. Era de dientes blancos, ojos limpios y labios de caramelo, que dieron sed a los suyos. Ricardo la observó toda en el kilómetro 200, cuando el bus se detuvo en un restaurante de paso dos horas después de haber partido desde Madrid y los ocupantes bajaron atontados a beber café. Vio el gesto infantil de Cecilia desperezándose, le atrajo su cabello castaño y la luminosidad de su sonrisa. Cecilia bebió tres sorbos de café, que le ayudaron a afirmarse a la realidad, sonrió con las bromas de su amiga Diana y se unió al coro de risas de sus compañeras de excursión. Bebió un cuarto sorbo, dijo que no a una pregunta de Diana, dio un vistazo al local, a los jamones exhibidos y, en el quinto sorbo de café, notó a un hombre mayor, tal vez de 50 años, que la miraba con ojos tristes y necesitados. Ella le sonrió con amabilidad porque lo había visto antes en el autocar, y él respondió al saludo con una mueca débil, insegura, y casi enseguida inclinó los ojos como avergonzado, le dio la espalda y salió, ceñudo e inquieto, hacia el estacionamiento. Cómo se parece a papá, pensó ella, y el recuerdo del hombre de manos cálidas que lo daba todo por hacerla feliz, y que había muerto cinco años atrás, se confundió con éste que se alejaba entre los autos hacia la oscuridad.

Vista a través de la ventana del local, Cecilia se mostraba feliz, libre, entretenida en la frivolidad de la conversación, y su imagen resultó concluyente para Ricardo. Supo que él no le importaba a ella, ni nunca le interesaría, y que tampoco a él le importaba esta chica de sonrisa fácil, estúpida. La expulsó con desprecio de su mente, encendió un cigarrillo y distrajo sus ojos en la noche y la carretera.

Los autos pasaban a gran velocidad, rugían frente a él y se perdían en las sombras. La rapidez, don Ricardo, las prisas de oficina, los documentos nunca bien revisados, esa pícara vendedora que le esperaba en la cama, el agotamiento, su firma, don Ricardo, el desfalco, su firma, la carretera, la carretera. Los buses eran trombas, impetuosas, ágiles, y la autopista le atraía. El olor a neumático quemado en el asfalto, las luces fugitivas, el viento producido por el pasar de los vehículos, que le golpeaba la cara y le alborotaba el cabello. Los años felices, pocos, su esposa, el cuerpo rutinario, por qué, mi amor, por qué, la humillación, el juez, la basura, su vida desperdiciada, mi amor, di que ellos mienten, por favor, el lodo, la cárcel, esa celda mugrosa, la linda carretera, el momento preciso, éste, Ricardo, éste. Medir los segundos, buscar el instante exacto, el autocar que viene, saltar, cerrar los ojos, el golpe, uno solo, el dolor último, ser arrojado allá, en cualquier dirección, volar, Ricardo, volar, y caer lejos, lejos... Caer lejos a un cigarrillo, sí, un cigarrillo, el cigarrillo que pide esta chica hermosa.

Ricardo sonreiría después al acordarse que fue salvado por un cigarrillo. El mismo cigarrillo que su médico le aseguró que tarde o temprano lo mataría. Cecilia, la fumadora, había sido su ángel, su excusa.

Cecilia tenía muchas ganas de hablar, y Ricardo deseos de oír, de aferrarse a una voz. Ella, que había vivido poco, compensaba sus años quietos con palabras, como lo hacen los jóvenes, cientos, miles de palabras en tropel para simular experiencia, edad, para demostrar hasta dónde les pertenece el mundo y darse un lugar en él. Era dadivosa en expresiones, en sonrisas, y la vivacidad de sus gestos y sus ojos terminaron por contagiar a Ricardo. Suavizaron las arrugas de su frente, le desarmaron la memoria, lo condujeron raudo al olvido, y poco a poco hicieron salir a su boca las sonrisas tanto tiempo sepultadas por los problemas, las francas y despreocupadas, las más tibias.

El autobús partió con él y ella nadando en un río de palabras. Conversaron acerca de todo, en especial del tema más apasionante para Cecilia: ella misma. Su primera excursión, las vacaciones con sus padres, la universidad, su viaje sola a París, también en autobús, los Campos Elíseos y la torre muchas veces vista y jamás desgastada por los ojos fisgones de los turistas. ¿Por qué él no ríe? Cecilia se lo preguntaba a medida que iba hablando, porque Ricardo reaccionaba ante sus historias de manera muy leve, con ademanes cordiales, pero insuficientes según ella, que ostentaba desde niña la fama y la vanidad de vencer resistencias con su simpatía. Gran contadora de chistes, conquistadora de sonrisas, estudiante de periodismo, Cecilia se impuso el reto infantil de arrebatarle a Ricardo una carcajada, como solía robársela a su padre fácilmente, con cinco frases y tres monerías, pues a ella le era imposible concebir la vida sin la risa y desconfiaba de las personas a las que nunca había visto reír con todo su cuerpo.

El desafío valía la pena para aligerar las horas dentro del bus y porque Ricardo tenía cierto gesto, una inclinación del rostro idéntica a su padre, que ella había descubierto en el restaurante de paso, que la impulsó a buscarlo con la disculpa de un cigarrillo y que la hacía esforzarse ahora en proporcionarle alegría, con el objetivo último de recuperar a su padre a través de este hombre. Traerlo del pasado, sacarlo de la tumba por unos minutos, limpiarle el traje, inflamarlo de vida, embelesarse de nuevo en el amor a su sangre primigenia y sumergirse en aquel universo infinito creado por un solo hombre, papá, papito donde nadie era más feliz e importante que ella. Por eso Cecilia veía en Ricardo a un padre y luchaba por desatarle más sonrisas. Pero Ricardo, aunque probase mil anteojos, no conseguía verla como una hija.

¿Sabes, mi niña, qué es la muerte? Ricardo se lo hubiese preguntado. ¿Sabes qué son los problemas graves? ¿Acaso has sufrido uno de verdad y no todos éstos imaginarios? Y sin embargo se dejaba conducir por los caminos verbales que ella le proponía, ya que la magia frágil de aquella charla baladí podía romperse al menor roce. Además, su ángel fumador era un espectáculo al que hacía años él no asistía porque otros se lo habían negado. Una hoguera nueva de vida flameante, repleta de chisporroteos, que deslumbraba sus ojos e inquietaba sus manos. Y él también se empeñaba en ser simpático para verla sonreír. Acudía a una parte de su memoria no usada en los últimos años, siempre relegada, don Ricardo, el mago, para sacar del sombrero conejos y aves multicolores, y presentárselos a cambio de otra sonrisa y más compañía. ¿Lisboa? Ricardo había estado allí en muchas ocasiones, un puerto, una ciudad inclinada en reverencia al río Tajo, el cielo más hermoso cantado por los poetas, celestes y amarillos sutilmente intercalados, sublime. Le describió maravillas, y no le dijo lo que siempre había pensado. Lisboa, bella capital de gente melancólica, puerto de llegada de los afligidos, tal vez de los suicidas, el mejor lugar del mundo para cultivar la tristeza, ciudad magnífica para morir.

El autobús se detuvo en la frontera, cerca de Badajoz, pero ellos no descendieron, embebidos en la conversación, y siguieron compitiendo por sacarse sonrisas uno del otro. Poco después de entrar a Portugal, Cecilia se quedó dormida del cansancio, y Ricardo pudo contemplarla sin interrupciones. Realmente era guapa, sus cejas negras, sus labios exactos para los besos. Valía la pena vivir, Ricardo, por ella. El muchacho atrapado en aquel cuerpo envejecido comenzó a desearla. Quería besarla, abrazarla con bondad, acariciarla, enseñarle la sabiduría de sus manos. La mano tendida de Cecilia era un gorrión, un gorrión con frío, que supo agradecer el calor de otra mano, la suya de 52 años. Es la mujer perfecta, dispuesta, dormida para ti, Ricardo. El imán de sus labios jóvenes... Acarició la mano de Cecilia con mucha delicadeza y continuó mirando sus labios, esos labios que eran la vida a la que quisiera asirse, esos labios. Se aproximó, olió su aliento, su aroma a café y manzana, su juventud... Y entre tanto, Cecilia dormida soñaba que era niña, que se divertía en un parque, que su padre la mecía en un columpio y la esperaba con los brazos abiertos, cariño, ven aquí, mi amor, demuéstrale a papá cuánto lo quieres. Así que cuando Ricardo estaba a punto de besarla, repentinamente ella se giró para abrazarlo, fuerte, fuerte, porque en su sueño se había encontrado con su padre, al fin con su padre. Ricardo quedó perplejo, la vida era buena, generosa, los labios ansiados se le ofrecían dóciles, y entonces la besó sin prisa, suavemente, como un padre, mientras ella, en sueños, besaba tiernamente a su padre. Cecilia se resistió a otra forma de besos y Ricardo, como no quería perderla, se dedicó a disfrutar de aquel abrazo, cerró los ojos y, sin darse cuenta, se adormeció a causa de la fatiga acumulada y por el perfume de Cecilia. Y sus neuronas relajadas lo transportaron muy lejos, a la infancia, a sus primeras vacaciones en el mar, al primer amor. Tras tantos años de pesadillas, tuvo al fin sueños bonitos, porque los sueños de los viejos y los culpables son más dulces en los brazos de los inocentes.

Cecilia despertó sobresaltada por una sacudida del autobús y, al descubrirse en los brazos de aquel extraño, se asustó tanto que huyó de él lo más rápido que pudo. Buscó refugio en otra silla, junto a su amiga Diana, y se abrazó a ella para combatir los escalofríos que le producía la visión de aquel viejo insolente, abusador, su sonrisa de pervertido, sus ronquidos. Se maldijo a sí misma por ser tan confiada, por su manía horrorosa de querer hacer amigos en todas partes, por haber visto un padre en quien no lo era, y lloró en silencio por haber cometido este error tan absurdo de dormir con un desconocido.

El despertar de Ricardo también fue súbito. Ya era de día. ¿Dónde está la niña, qué le ocurrió, por qué se fue de mi lado? El autobús circulaba por el colosal puente Vasco da Gama, sobre el río Tajo, y su conductor resistía, con movimientos tenues y precisos de timón, las salvajes embestidas laterales que le daban al vehículo los vientos ciclónicos provenientes del Atlántico. Ricardo sintió el peligro en la batalla del bus por avanzar contra los ventarrones, la amenaza de Lisboa aproximándose, el miedo de haber perdido a Cecilia, se levantó deprisa y la buscó con la mirada. Y no tuvo que indagar demasiado para hallarla dormida, en brazos de su amiga, lejos de él, muy lejos. ¡Cecilia dormía abrazada así con todo el mundo! La observó con detenimiento, la posición de su cuerpo, de su rostro, de sus manos, y en mitad de las sacudidas del viento sobre el Tajo, comprendió que el abrazo brindado a él había sido involuntario, que era una farsa como toda ella, una mentira atroz, la promesa ruin de los avaros para perpetuar el hambre de los mendigos. Y la odió. La odió por su dormir tranquilo, por su juventud, por su futuro blanco, por tener los amigos confiables que él nunca tuvo. La odió con una envidia que hizo más amargo el sabor de su boca cerrada por esta ruina de tantos años.

Tu és espantosa. Podía decírselo así, en portugués, ya que estaban en Lisboa, y se lo dijo muchas veces cuando bajaron a desayunar en la Plaza del Rossio. Tu és espantosa. No magnífica o espléndida, como se entiende allí. Fingía enseñarle las curiosidades del idioma portugués, que esquisito significa extraño, raro, pero le decía espantosa en limpio e hiriente castellano. Cecilia le sonreía con desazón, incómoda, y le evitaba la mirada. Y cuanto más esfuerzo hacía Ricardo para congraciarse con ella en la excursión, más la ahuyentaba. La clase agria de portugués se prolongó durante todo el recorrido turístico en autobús, desde el Parque Eduardo VII hasta el Monasterio de los Jerónimos, y sólo concluyó cuando, en el viaje rumbo al hotel de Setúbal, las dos chicas se sentaron apartadas de Ricardo. Qué fácil es herir, don Ricardo, qué sencillo es odiar. Se necesita mucha vida para odiar, mucho tiempo para acumular golpes y desprecios, para la que la sangre hierva en secreto y exude hiel, y seguir subsistiendo, como él, gracias a esa hiel.

Al llegar al hotel Cecilia se perdió de vista y durante los días siguientes de la excursión evitó a Ricardo. Se cambiaba de mesa al desayuno y la cena, mentía apuros cuando tropezaba con él en los pasillos, en el ascensor, incluso abandonó a última hora la correría a Cascais cuando subió al bus y lo descubrió dentro. Al cabo, Ricardo nunca más se le acercó. La táctica de Cecilia rindió los frutos que ella esperaba y, en las horas comunes, después del día de aventuras y travesuras por Lisboa y sus inmediaciones, felizmente cansada, miraba de reojo al hombre maduro que leía siempre el periódico o un libro, con el rostro adusto y la mirada perdida. Sí, se parecía mucho a su padre, pero qué aliviada se sentía al estar separada de él, no sólo por las mesas del comedor y del bar, sino distanciada por la edad y su propia alegría vital. Al día siguiente Diana y ella se escaparían de nuevo a solazarse en las playas de Setúbal, mientras este viejo continuaría aquí amargándose en el aburrimiento, eternamente.

A las diez de la mañana encontraron una playa solitaria y perfecta. El viento refrescante que venía del mar le acarició las piernas a Cecilia, le levantó la falda, la hizo reír con Diana, se robó el aroma de su feminidad y otra vez partió con dirección a Ricardo, a la nariz de Ricardo en el hotel, pero Ricardo estaba demasiado lejos, y la cúpula de una iglesia se atravesó en su camino, dividió el ventarrón en dos y le dio rumbos distintos. Fue otra corriente de aire, que provenía del este, la que hizo más sonoro el estruendo del disparo certero, único, último, atrapó la sorpresa, el miedo de los habitantes del hotel que corrieron al cuarto, abrieron la puerta, y el aire que estaba atrapado allí, el testigo exclusivo, se fugó por la ventana con el olor dulzón de la sangre de Ricardo, con el olor de la paz postrera, pasó por un parque, arrastró el bullicio de los niños, acarició la mejilla de Cecilia que reía en la playa y se llevó el eco de sus carcajadas, antes de emprender un viaje largo hacia Dublín, donde le aguardaba otro hombre solitario.

Alexander Prieto Osorno


Alexander Prieto Osorno. Periodista y escritor colomboespañol, ha publicado artículos en más de 70 diarios y revistas de Europa y América, y escribe para el Instituto Cervantes. En el periodismo ha obtenido el Premio Nacional ACAC en Colombia y ha sido finalista del Premio Internacional de Periodismo Rey de España. En el ámbito literario ha sido galardonado con varios premios en América y Europa, como el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, obtenido en París. Entre sus libros se destacan obras periodísticas como Los sicarios de Medellín (publicada en castellano y alemán) y Cronista en dos mundos, y obras de ficción como Bonitos crímenes. Es el coordinador general del programa Literaula (http://literaula.com/) de investigación y enseñanza de la Narrativa Creativa.
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