Ausencia
Por Juan Manuel Chávez
El 2005 fue mi año de la envidia. No es el único, pero sí el más profundo. En 2005, el Perú fue el país invitado de honor en la Feria del Libro de Guadalajara (México) y se celebró el Congreso Internacional de Narrativa Peruana en Madrid (España). A ninguno de estos eventos fui invitado.
Mi primera novela se había lanzado el año anterior, después de obtener la primera mención del Concurso Nacional de Novela “Federico Villarreal” (que en el pasado habían ganado Luis Enrique Tord y Óscar Colchado Lucio), también se publicó el libro con los cuentos ganadores y finalistas del Premio Copé de Cuento (en que el oro se lo llevó Gregorio Martínez, mientras que yo obtuve la plata con su reconocimiento monetario) e, incluso, quedé detrás del primer puesto en la categoría de ensayo en los Juegos Florales de la Universidad San Marcos. Consideraba que mis reconocimientos en novela, cuento y ensayo (con la etiqueta de promesa de la literatura nacional, de acuerdo con el balance de Ricardo González Vigil en El Comercio de 2004) eran una razón más que suficiente para ser incorporado a la delegación mexicana (sobre todo, porque se recogía un relato mío en la compilación de homenaje al Perú que la UNAM difundió con el título de Estática doméstica) o sumado a cualquiera de los bandos de la incursión peruana en España, en mi calidad de costeño andino. Pero no, era un joven que solo acumulaba segundos puestos en certámenes literarios de escala nacional.
Me habría gustado ir a México y España con invitación oficial, a México o a España con todo pagado, a cualquier de esos polos magnéticos de la creación literaria. Por otro lado, ese 2005 me convocaron a la feria del libro en Barranca, una ciudad portuaria que se parecía a La Victoria y olía como Chimbote. La pasé bien en esa madrugada de rencores mudos, a solo 189 kilómetros de mi casa.
Han pasado veinte años y jamás he visitado México. Han pasado veinte años y ahora vivo en España, aunque tampoco me llueven las invitaciones para los encuentros literarios de aquí o allá. No hace falta, me repito con resquemor, pues lo significativo para un escritor es seguir escribiendo; no obstante, la interacción con los colegas en entornos de reconocimiento colectivo cumple una función para la circulación de la obra y las ideas. Cuando he comentado que no figuro en las listas oficiales de las delegaciones nacionales, hay gente que se asombra por mi confesión: ¿será que existe una supra argolla?, me han dicho, dando por sentado que formo parte de un tipo de argolla, aunque de segundo orden, con su limitado poder e influencia; en suma, que los que parten y reparten la torta son otros, que están todavía más arriba en la cadena trófica de lo literario.
Todavía no había cumplido los 30 años cuando se celebró en la España de entonces el Congreso Internacional de Narrativa Peruana en Madrid. Dos décadas después de aquel evento, no cuento con una anécdota personal que aportar, pues todo son versiones y referencias de oídas; ni siquiera mantengo un genuino interés por el debate que sobrevino en la prensa en torno a la postura de costeños y andinos sobre la representación de nuestra literatura (¿es operativa esa dicotomía de falsos espejos en un país de los Andes sacudido por las migraciones internas y externas, históricas y contemporáneas, donde todavía no hemos terminado de reconocer el aporte en lenguas originarias y el océano creativo de las voces amazónicas?). Dos décadas después, sí me conmueve el intransigente discurrir del tiempo sobre la biografía de algunos, pues casi una docena de quienes asistieron ya han fallecido.
Cuando avanzaba con la escritura de estos párrafos fui consciente de que la envidia era insuficiente como aproximación a ese icónico evento, ya que en el listado de aquellos escritores en 2005 había personas que frecuenté mucho; a otras, que estudié. Entre las segundas están Eugenio Chang-Rodríguez, que fue clave para mi visión de la diáspora china y de la migración en general; José Antonio Mazzotti, con quien aprendí a comprender mejor a César Vallejo; José Antonio Bravo, de quien releía su trabajo sobre Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, además de otras figuras como Augusto Elmore o Carlos Meneses, a quienes jamás me aproximé; y Patricia de Souza o Carlos García Miranda, a quienes por lo menos entrevisté. Dejé que mis reflexiones mudaran hacia la justicia del reconocimiento; ante todo, por los amigos de ayer que estuvieron en aquel Madrid. Veinte años después del Congreso Internacional de Narrativa Peruana, también han muerto Óscar Colchado Lucio, Sandro Bossio y Miguel Gutiérrez.
Óscar fue el primer escritor que conocí, pues él residía en el mismo distrito que yo y teníamos amistades en común. Él me recibió en su casa, me permitió conocer a su familia y emprendimos un viaje desde Baviera a República Checa con una ciega vocación kafkiana. La gran herencia de su apego por mí es el cariño de sus hijas. Aunque su libro más importante sea Rosa Cuchillo, que además sé releer y recomendar, es indeleble la admiración y la rendición que experimento ante su “Cordillera Negra”. Es tal envergadura de su cuento, que con ello pudo colocar el punto final a su carrera literaria; sin embargo, es uno de sus hitos del comienzo.
Sandro Bossio fue amigo de caminatas en Lima y en Huancayo, Sandro Bossio se encargó de la publicación de mi libro de crónicas y yo, de una de sus novelas. Sandro Bossio le tenía cariño a mi literatura, tanto como yo a la suya. Sandro Bossio es mucho más que el Premio de Novela Corta del Banco Central de Reserva y el prestigio que le granjeó El llanto en las tinieblas, su virtuosismo también está en sus equilibradas distancias más cortas, como autor de relatos y de columnas en la prensa. Sandro Bossio era un riguroso defensor de la narrativa histórica, y también del lenguaje para abordarla; nadie como él para ir pródigamente despacio en la explicación del valor que daba un vocablo frente a otro, tanto por la precisión como por la persuasión para tramar el pasado. Le debemos la tarea editorial de sus obras completas.
Miguel Gutiérrez es mucho para reducirlo a un párrafo, como la magnitud de su ambición creativa excede los parámetros convencionales de nuestra literatura. La lectura de su novela El mundo sin Xóchitl en 2001 me permitió entender la manera de afrontar mi escritura. Parte de lo que fui ante la página en blanco, se debe a su obra. Tuve que buscarlo y decírselo. Aquello fue en su casa del Cercado de Lima, subiendo la escalera hasta su universo de libros y café. Lo visitaba ahí y también en Lurín, a donde se mudó años después; tal como tantos autores jóvenes y no tan jóvenes, encontré en él a un interlocutor fascinante, un lector generoso y un anfitrión desprendido. A Miguel lo he leído, lo he entrevistado, lo he velado en la Casona de San Marcos, bajo los efectos de un virulento dolor por el amigo que además ejerció de maestro. En los pasajes de su narrativa, todavía me aflora su voz; escucho a Miguel Gutiérrez cuando revisito sus páginas, porque tuve el privilegio de conocer algunas de sus tramas cuando las ideaba, supe las historias tras sus historias. Finalmente, Miguel fue un escritor que me reivindicaba.
Cuando pensé que había terminado con estas páginas, alejado de la envidia y allegado al reconocimiento de los demás, proliferaron de domingo a lunes las noticias sobre la muerte de Vargas Llosa, quien fue el responsable de inaugurar en 2005 el Congreso Internacional en Madrid. De todo lo que reflexioné, de todo lo que intenté escribir, me consoló una sensación absurdamente territorial y quizá chovinista: que su deceso sucedió en el Perú. Veinte años después de aquel evento en la España de José Luis Rodríguez Zapatero, mi balance fúnebre termina como un vistazo urgido y nostálgico a nuestra tierra natal, desde la cual se expande la obra de Óscar, Sandro, Miguel y Mario. En términos de ciberespacio, la vida es infinita; ojalá, también, la memoria en torno a sus obras.

Juan Manuel Chávez (Lima, 1976) ______________________________________
Doctor en Lenguas, Literaturas, Culturas y sus aplicaciones (mención internacional) por la Universitat de València y la Politècnica de València; máster en Derechos Humanos; diplomado en Docencia en Educación Superior y licenciado en Literatura. Ha sido beneficiario de los Estímulos Económicos para la Cultura (Perú) en dos ocasiones, gozó de una estancia de investigación en el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y fue colaborador en la Unidad de Estudios Biográficos de la Universitat de Barcelona (España).
Escritor con una amplia obra literaria que incluye la narrativa breve y la novela, el ensayo y el cuento infantil. El diario La Vanguardia de Barcelona subrayó su figura en el marco de un nuevo “boom” de la literatura latinoamericana. Entre sus galardones en el Perú destacan el Premio Copé de Plata en Cuento, el primer lugar en la Bienal de Cuento para Niños del Instituto Cultural Peruano-Norteamericano y la mención especial del Premio Nacional de Literatura (categoría LIJ); asimismo, obtuvo el Premio de Ensayo de Radio UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y reconocimientos en el Premio Internacional de relato corto “Encarna León” y el Concurso de Microrrelatos de la Red de Bibliotecas Públicas de Las Palmas de Gran Canaria (España).
Además de ciudad natal, ha pasado temporadas en Buenos Aires y Rímini, Valencia y Barcelona. Terminada la pandemia por coronavirus, se instaló en Gran Canaria, donde es director del Grado en Comunicación de la Universidad del Atlántico Medio (España). Miembro del Comité de Publicaciones de la Red Iberoamericana de Formación del Profesorado (Rediap) y colaborador habitual del diario Canarias7 (España), entre sus libros más recientes están la novela Cassi, el verano (2018) y el estudio Un idioma para la integración social (2022). El Instituto de Estudios Ceutíes está por lanzar su investigación Juan Bautista Túpac Amaru (1747-1827): memoria, identidad y ficción (tesis doctoral).