Por Sylvia Miranda
De aquel I Congreso de narrativa peruana llevado a cabo en Madrid en mayo de 2005, celebramos ahora veinte años; muchas aguas han corrido por ese río caudaloso, a menudo revuelto, pero siempre fructífero, heterogéneo en obras y perspectivas. En lo referente a la narrativa escrita por mujeres, recuerdo que en aquella ocasión se propuso y se intentó traer a escritoras peruanas como Pilar Dughi o Carmen Ollé que vivían en Lima. Por razones económicas, principalmente vinculadas a la distancia, eso no fue posible, pero buena parte de la narrativa peruana escrita por mujeres estuvo presente a través de varios artículos en los que se hacía referencia expresa como: “¿Tiene sexo la literatura? Escritura y temática narrativa hecha por mujeres.” de Leyla Bartet, “Testimonios sobre narrativa femenina” de Grecia Cáceres, “Espacio urbano, sujetos nómadas y violencia en el imaginario novelístico contemporáneo” de Rocío Ferreira, “Poesía y novela: el París de Carmen Ollé” de Sylvia Miranda, “Un puente de la poesía a la novela: ¿Por qué hacen tanto ruido?” de Paolo de Lima y “La autoficción, por un nuevo espacio subjetivo” de Patricia de Souza. La presencia entre las ponentes y asistentes, de narradoras e investigadoras peruanas y extranjeras, como Borka Sattler, pintora y narradora peruana, las doctoras : Concepción Reverte Bernal, Rita Gnutzmann, Carmen Ruíz Barrionuevo, Rocío Oviedo, Ghislaine Gazeau, Eva Valero Juan, Helena Usandizaga y, sobre todo, la presencia de Mariángeles Vázquez que fue la organizadora, junto a Mario Suárez, del Congreso, nos brindó la oportunidad de conocernos y desarrollar esa espontánea sororidad que se establece entre las mujeres y que fue el inicio de unas amistades e intereses compartidos durante estos años; en algunos momentos más activos que en otros, pero siempre importantes.
Veinte años después, se impondría un balance general que es complejo y que demanda una investigación profunda, extensa y detallada que espero sea emprendida. La abundancia del corpus de la narrativa de mujeres es importante dentro y fuera del Perú, el mercado editorial ha crecido y se ha diversificado no solo en Lima sino al interior del país, a lo que se suma el nuevo soporte digital que permite la amplificación de las posibilidades de difusión que ha propiciado la emergencia de otras voces, de otros registros. Sin embargo, he querido aprovechar este espacio para realizar un comentario a un libro que es, por sí mismo, una rareza en el ámbito de la literatura peruana escrita por mujeres donde el género memorialista ha sido poco utilizado. Me refiero a Destino vagabunda. Memorias (2023), de Carmen Ollé. (1)
Mi objetivo es mostrar, de forma general, la producción literaria de la autora en estos últimos veinte años, centrándome en la narrativa y tomando como base este libro de memorias donde ella misma nos va dando claves de su trabajo. El libro tiene un recorrido cronológico en sus inicios, para luego diversificarse en apartados de contenidos relevantes que forman la vida de la autora. A pesar de una estructura bien diseñada en 8 apartados, el propio género memorialista hace que personas, temas, lugares, amores, obras, experiencias, lecturas, se mezclen y evolucionen durante todo el libro como en la vida, legándonos la experiencia de su infinita complejidad.
I. Osar escribir memorias
En las “Palabras preliminares”, Carmen Ollé comienza confesando: “Contar mis memorias me resulta, hasta cierto punto, un acto de pedantería. Hay una dosis de vanidad en juego, a lo que se suma el pudor que provoca ir desvistiéndose (…) al crear la obra, una escritora expone su mundo interior.” (p.9).
Quizás estas primeras disquisiciones nos permitan ir barruntando por qué hay pocas escritoras, en general, que escriben sus memorias. Escribir unas memorias presupone, al menos, dos situaciones: el haber vivido lo suficiente en términos de tiempo y en términos de experiencias. Esta idea comúnmente se ha fijado en frases como tener una vida digna de ser contada, o como tituló Neruda a sus propias memorias Confieso que he vivido. Si partimos de este presupuesto, no hay nada que impida a muchas escritoras escribir sus memorias ya que validan perfectamente ambos requisitos.
En el caso de Carmen Ollé (1947), además del primero, cuenta con una obra dilatada y diversa. Desde la publicación del mítico Noches de adrenalina (1981) y Todo orgullo humea la noche (1988) que conforman su obra poética, a los que es posible sumar ese texto híbrido que vincula a la prosa una fuerte carga lírica: ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992). Libro “puente”, como diría Paolo de Lima, que la llevará de lleno a entrar en la narrativa con las novelas: Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Una muchacha bajo su paraguas (2002), Halcones en el parque (2011), Halo de la luna (2017), además de los libros de relatos: Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007), Monólogos de Lima (2015), Amores líquidos (2019), y sus piezas teatrales: Tres piezas Noh, incluidas en Monólogos de Lima. De éstas, la primera, titulada Hilaria, fue traducida al portugués por el teatrista peruano Hugo Villavicencio que hizo una teatralización oral en el teatro Santa Helena de Sao Paulo. Noches de adrenalina ha sido traducido al inglés por Anne Archer: Nights of adrenaline (1997) y una antología de su obra poética, que reúne una selección de textos de sus tres primeros libros, bajo el título de Après tout, la nuit…, ha sido traducida al francés por Sylvia Miranda y Nicole Bajon (2016).
Sin entrar, a la coordinación de libros como la Antología de la poesía peruana. Fuego abierto (2008), a sus libros en colaboración, a los libros de artista, a sus numerosos artículos literarios, está su actividad como profesora de la Universidad Enrique Guzmán y Valle (La Cantuta) durante doce años y la conducción de talleres literarios desde 2004 hasta la actualidad, en instituciones como Corriente Alterna, el Centro Cultural Peruano Británico, la Universidad Antonio Ruíz Montoya, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el Franco peruano o el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP). Numerosos reconocimientos al conjunto de su obra y a su trabajo por la defensa de los derechos de la mujer han valorado su contribución al capital cultural peruano.
A pesar de toda esta vida dedicada a la escritura, al enfrentarse al género memorialista, Carmen Ollé dice que siente una cierta “pedantería” frente a este hecho. Descontando la personalidad reservada de la autora, es posible que esta sensación provenga de la tendencia a relacionar a los hombres con las memorias, porque son ellos los que tradicionalmente han preservado el papel destacado en la sociedad. (2) Así, dentro de la lógica patriarcal, asumen que sus experiencias representan con mayor autoridad la de su sociedad o la de su época. A su vez, las mujeres, conscientes o no de esta situación prestablecida, escriben y se posicionan intuitivamente desde la rebeldía, rebatiendo el lugar subalterno que históricamente les ha sido asignado. Esto es visible también en los títulos que adoptan algunas memorias célebres como el afirmativo El subrayado es mío, de Nina Berberova, o el posible, aunque no seguro, tono irónico de Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir, el primero de una serie de escritos memorialistas. En el ámbito peruano la autobiografía recientemente publicada, por primera vez, de Magda Portal: La vida que yo viví (2024), otorga preponderancia a su activismo político. Anterior a ella, Clorinda Matto de Turner dejó testimonio de su tiempo, de la historia del Perú a partir de 1886 y su exilio en dos libros: Boreales, Miniaturas y Porcelanas (1902) y Viaje de Recreo (1909) (3). En el caso de Carmen Ollé, Destino: vagabunda. Memorias, nos anticipa resonancias de desafío e independencia.
Con todo esto quiero decir que, para una escritora, escribir sus memorias es un acto de emancipación y reafirmación de su autoridad dentro de un campo literario y social dominado todavía por el referente masculino, en el que tiene el derecho y el deber de insertar su voz. En esta última década, a partir de esta cuarta oleada de feminismo y sus movilizaciones en gran parte del mundo, el empoderamiento de la mujer muestra que la palabra es el hecho definitorio tanto en el proceso de revalorización personal como en el de ejercer un cambio en la memoria colectiva, esto ha llevado a las nuevas generaciones a encontrar en el género autobiográfico un camino en este doble sentido, porque como expresa Antonio Monegal: “Una de las funciones de la cultura, entendida en el sentido amplio, como un vasto repertorio de modelos para dar sentido y organizar la vida, es abastecer de relatos el acervo del grupo o, dicho de otro modo, ser memoria colectiva.” (4)
II. Lo que habita al otro lado del espejo
En estas “Palabras preliminares”, Carmen Ollé hace referencia a los autores que la han marcado emocional y literariamente desde la adolescencia (François Villon, Gaito Gazdánov, Jean Genet o las escritoras Albertine Sarrazin, Violette Leduc). Esta es una manera de ir marcando sus influencias que son afinidades, con las que la autora va mostrando la perspectiva de su mirada sobre el mundo. En su caso, esa fascinación que desde muy joven sintió por la marginalidad, la degradación, por lo que ella llama “mirar lo que habita al otro lado del espejo, lo desconocido, lo prohibido.” (p.13). Una pertenencia natural a situarse y a afirmarse en esa línea peligrosa, entre el bien y el mal, que nunca ha abandonado:
“Hoy que miro hacia atrás, me doy cuenta de que nunca traicioné ese espíritu, por lo que he tenido que pagar un costo muy alto: incomprensión familiar, enemistades y, en ocasiones, rechazo social. Pero nada de eso ha frenado el impulso de mis intuiciones, de dejarme llevar por la corriente de mis propias convicciones, no las de los otros. Para mí las uvas nunca han estado verdes. Mis deseos siempre han sido ley, una ley que no siempre se corresponde con la convención social.” (pp. 13 y 14).
Más adelante, dirá de forma categórica: “A mí me motiva, como lo he dicho antes, todo lo que signifique exilio, desarraigo, vagabundeo.” (p. 288). Efectivamente, su destino es vagabundo, en el sentido más amplio de este término, por eso busca estos autores que pueden colmar la ansiedad de estas experiencias, como Jean Genet y su Diario del ladrón, como sus lecturas del exilio ruso a raíz de la Revolución de octubre de 1917, que supuso una edad de plata en la literatura rusa: Nina Berberova, Irène Némirosvky, Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova, Joseph Brodsky, Vladimir Nabókov, entre otros. Están, asimismo, las obras del exilio producida por el nazismo, autores imprescindibles como Thomas Mann y sus hijos Klauss y Erika, Stefan Zweig o Josep Roth. Ligados a estos y a su ansiedad por leer relatos de sus exilios, Ollé cuenta una anécdota divertida:
“Hace unos días, desesperada por no tener dinero para conseguir el libro que empezaba a interesarme, vendí unos libros recién editados de poesía a un amigo librero y volé en mi escoba directamente a la librería donde podía comprarlo: Sin tiempo para el adiós, de Mercedes Monmany, sobre el exilio de los escritores judíos durante el Tercer Reich y luego de la Segunda Guerra Mundial;” (p. 239)
También le interesa el exilio cubano y espera leer los libros de la diáspora venezolana.
III. El arte de escribir memorias
El pudor, el desnudamiento, es el otro tema que se plantea Ollé al comenzar sus memorias. Este asunto va ligado ineludiblemente al propósito de la escritura. Determinar: qué se dice o qué no se dice. Además de la cuestión de la fidelidad a la verdad.
Este tema lo desarrolla en la parte 1 titulada “El nuevo arte de escribir memorias.” Carmen Ollé explica aquí la distinción entre un libro de memorias y una autobiografía:
“En el primer caso entran en juego otros actores, recuerdos de época; no necesariamente todo gira en torno al yo de quien escribe sobre su vida, como en el segundo caso. Es este un libro de memorias en el que, además de unos poemas alusivos a los temas tratados, y uno que otro relato, también incluyo fragmentos de artículos, testimonios y ensayos, para así dar mejor cuenta de mi propia aventura y mi época.” (p.20)
Habría que explicar, ante todo, que un libro de memorias como una autobiografía conforman textos que pertenecen al dominio literario. Es decir, que tienen que hacer frente a las especificidades de todo género artístico-literario. (5) Por lo mismo, Ollé lo va indicando desde el título del apartado. Las memorias son un “arte”, requieren un trabajo de escritura determinado, están basadas en una experiencia de vida, exigen al propio autor/a la reflexión de unos hechos pasados y este es un proceso necesario para establecer la coherencia de los textos de este género, teniendo en cuenta de que todo pasa por el tamiz del presente en que se escribe.
A este respecto, Monegal es taxativo: “La memoria es una función del presente, sirve al presente y depende de él.” Es decir, que más que un cúmulo informativo de hechos del pasado es su representación, su “figuración y reescritura”. Además, citando a Andreas Huyssen, explica algo sustantivo: “el pasado no está contenido en la memoria, sino que debe ser articulado para convertirse en memoria.” (6)
La autora necesita seleccionar lo que le parece válido decir y compartir, es dueña total de su obra como de su vida personal, sabe que es imposible conciliar perfectamente, ni siquiera en la autobiografía, los hechos y la memoria, porque esta última está afectada, por naturaleza, de la selección que hagamos del recuerdo, de la perspectiva que este recuerdo ha dejado en nosotros, de su importancia o prescindencia y hasta del innegable olvido. Habrá siempre una fisura entre el pasado experimentado y su recuerdo, y esto afecta directamente al problema de la veracidad. Nuestros recuerdos son convocados de forma subjetiva porque así lo sentimos, y porque si nos asomamos a la etimología de la palabra, “recuerdo”, viene del latín ‘re-‘ y ‘cordis’, que significa “volver a pasar por el corazón”, lo que implica un acto subjetivo, que tiene que ver con la impronta afectiva y, por supuesto, cognitiva. De allí la importancia de que Ollé quiera complementar sus memorias con otros intertextos suyos (poemas, relatos, artículos) y de otros (testimonios, citaciones, ensayos de esos otros actores a los que hace referencia) con la finalidad de abrir el campo de la propia percepción, contrastarlo y enriquecerlo.
Dentro de la selección se plantea el tema de la autocensura, que para la autora se establece sobre todo en dos temáticas: “sexo y placer”, “pero también con nuestros confusos sentimientos en la infancia y la adolescencia. Y hablaría hasta de un tercer asunto bastante peliagudo: las relaciones entre marido y mujer, entre los amantes, y la identidad de estos últimos que se debe guardar con llave la mayoría de las veces.” (p. 20).
De esta forma, su manera de afrontarla será, como ella misma expresa, “poniéndoles una mascarilla” a algunos hechos y el silencio para otros. Hay en Ollé una ética que la conduce a evitar -en lo posible- dañar a seres queridos, amigos, familiares, no es partidaria de la idea faulkneriana de que el autor es un desalmado.
IV. Leer
Leer debe ser la primera e inexcusable manía de cualquier escritor y Ollé es una lectora voraz. En la adolescencia leía novelas románticas, pero ya en la juventud, al iniciarse su vida universitaria en la Universidad de San Marcos, encontró en Ester Castañeda una gran compañera de lecturas y una cómplice en sus vocaciones literarias. La amistad que las unió, como después también su amistad con Pilar Dughi, conforma uno de los pasajes más hermosos de sus memorias, por el establecimiento de esa sororidad en un momento de formación y consolidación de sus vocaciones como escritoras.
“Cuando Esther y yo descubrimos a Simone de Beauvoir, nos engullimos sus memorias y también las de Leduc, que además eran amigas. Esther en la Biblioteca Nacional de Abancay devoraba Los mandarines, de Simone, y cuando salíamos después de horas de lectura, caminábamos por la avenida Abancay comentando nuestros apasionados buceos por el mundo de la literatura. No nos importaba que la vereda estuviera abarrotada de ambulantes. Seguíamos por Luna Pizarro y nos deteníamos a comer un par de anticuchos donde alguna carretillera o, cuando no, en el Rosita, una fonda cuya especialidad eran los tallarines saltados.” (p. 88)
La obra de Patricia Highsmith la asomó al suspense de la “zona oscura” y la biografía que de ella escribió Joan Schenkar le reveló que la escritora norteamericana era “una mujer tenebrosa y solitaria”. Al respecto, refiere una conversación con su querida amiga Pilar Dughi:
“Pilar Dughi, mi amiga cuentista -a quien le gustaba leer sobre serial killers- me dijo, cierta vez, cuando conversábamos sobre el suicidio, que en su familia no se encontraba esa tendencia y que, como Highsmith, en su narrativa también tocaba temas cruentos para sublimar su lado oscuro.” (p. 249).
Entre las pasiones de Ollé está el género memorialista, sean autobiografías, testimonios, diarios, cartas. En lo referente a las biografías de escritores peruanos comenta:
“resiento la ausencia del género en el Perú. No existe, que yo sepa, biografía de Vallejo, Arguedas, Adán, Varela, Eguren y otros escritores; me refiero a libros que no traten solo del análisis de su obra. Sé que Miguel Pachas Almeida y Stephan M. Hart han escrito biografías de Vallejo, y me dicen que son trabajos interesantes, pero no los he leído aún. (…). Las cartas y los diarios de Julio Ramón Ribeyro llenan en parte este vacío. Así como la recopilación de documentos y cartas de Arguedas, por Carmen María Pinilla.” (p. 255).
En este sentido, hay avances valiosos dentro del género. Los trabajos de los investigadores Valentino Gianuzzi y Carlos Fernández López sobre la biografía de Vallejo han dado ya títulos tan interesantes como: El joven Vallejo (1905-1919). Apuntes para una biografía intelectual, o César Vallejo en Madrid en 1931. En el caso de Arguedas hay dos trabajos en cierta medida recientes, José María Arguedas en Yauyos, de Edinson Ramos Quispe, y el artículo de Ghislaine Delaune Gazeau “¿Encuentro estremecedor de todas las sangres? Sobre la maternidad de José María Arguedas” publicado en la Revista Lienzo de la Universidad de Lima y una entrevista a la autora en la revista digital Vallejo and Co. (7) Un autor peruano que no puede quejarse de biografías es el poeta Carlos Oquendo de Amat que cuenta con las realizadas por Carlos Meneses, José Luis Ayala y Rodolfo Milla. Con todo, estos ejemplos no dejan de ser insuficientes y subrayan la carencia de este género en el ámbito peruano.
La autora señala en sus memorias que la han acompañado en este trabajo personal, en primer lugar: El subrayado es mío, de Nina Berberova, Los Diarios de entreguerras 1918-1939, de Thomas Mann, aunque de este escritor destaca Muerte en Venecia, el que considera su mejor libro. Las memorias: Amor y exilio, de su admirado Isaac Bashevis Singer; Abecedario. Diccionario de una vida, de Czeslaw Milosz, libro que le crea desconcierto por su animadversión contra el nobel de Singer. Hará referencia también a la biografía La vida de Chéjov de Irène Némirovsky o los apuntes autobiográficos en prosa de Anna Ajmátova que no llegó a terminar y que están recogidos en Réquiem y otros escritos.
V. Intimismo y ficción
Una de las suertes que tenemos los lectores es poder descubrir, a través de las entrevistas, testimonios, diarios o memorias, algo sobre las urdimbres que dieron origen a las novelas de los autores que hemos leído y, por supuesto, de los propios autores con los que empatizamos. Sabemos que la recepción de una obra es siempre arbitraria y que no depende solo del texto sino del bagaje y de las perspectivas, preferencias, afinidades del propio lector y hasta del momento en que la lee, sea próximo o lejano a la publicación.
En sus memorias, Ollé muestra su propia forma de comprender su particular itinerario. Para comenzar, sorprende la forma estructurada en que entiende los períodos por los que ha atravesado su escritura. Para la autora, desde Noches a adrenalina hasta Una muchacha bajo su paraguas, que comprende obras como Las dos caras del deseo y ¿Por qué hacen tanto ruido?, esto quiere decir aproximadamente dos décadas, son “una mezcla de ficción y autoficción”, (p. 213) son los textos que están vinculados con su vida personal, en el que la autora y la narradora se funden; sin embargo los hechos o los personajes están sometidos a un intenso trabajo, para lograr que lo que se cuenta sea creíble aunque sea ficticio en gran parte. Este pacto ambiguo entre autobiografía y ficción es un lugar recurrente en la literatura contemporánea y ejerce una seducción suplementaria, a mi parecer, que permite acercarnos a la figura personal del autor a través de sus obras, donde la subjetividad es privilegiada, pero, al mismo tiempo, posibilita vislumbrar las potencialidades sin límites de su imaginación, de su ironía o de su humor.
Por otro lado, dice Ollé: “a partir de Halcones en el parque, Halo de la luna, Amores líquidos y algunos relatos de Retrato de mujer sin familia ante una copa y Monólogos de Lima son ajenos a mi vida personal.” (p.213). Este cambio no excluye que algunos personajes femeninos contengan algunos matices de su creadora, pero no son una representación suya. Este cambio se produjo, según la autora, por dos factores que coincidieron en el tiempo; por una parte, el intenso deseo de crear otros personajes distintos que no tuvieran que ser un alter ego suyo y una época en que la situación económica apremiante, terminó con su lirismo, lo que explica sus preferencias por las obras griegas y latinas anteriores a Cristo, alejándose del “pathos autodestructivo que se percibe en el arte del siglo XX” (p. 214), distanciándose del sufrimiento casi patológico como condición sine qua non, y pone como ejemplos a autores como Trakl, Pizarnik, Plath o el propio Vallejo.
Esta predisposición la llevará a buscar un espacio y tiempo referenciales más acordes con lo que le interesará contar: el realismo y la apropiación de aspectos fantásticos. Encontrará ese sustrato en la novela francesa del siglo XIX, sobre todo en Balzac, un autor que trabaja en la representación de un fresco de su sociedad. También Zola es una fuente en su obra de este periodo, atraído irrevocablemente por los seres más desfavorecidos de la escala social, los marginales. En ellos hallará un modelo para llevar a sus libros esos personajes que ve deambular por las calles de Lima, por los parques, en los bares, en las tiendas de barrio o en los quioscos de periódicos. Personas sin nombre, que le harán sentir la fascinación de encontrar ese lado oculto por sus actividades cotidianas, a los que dará aliento y densidad. Si antes fue la exposición del yo dentro de la autoficción en un verso y una prosa intimistas, ahora será la observación de lo que la rodea lo que tomará preponderancia, la búsqueda externa que se hace sorpresiva para la propia autora y que se convierte en una doble vida, frente a las propias angustias y la precariedad cotidianas. Esa vida que ella puede crear y dominar en la narrativa es una forma de establecer una crítica a su medio, explotar el erotismo que surge en esos entornos, y establecer sus afinidades, sus sintonías con unos seres frágiles, desvalidos, maltratados por la vida, pero a menudo valientes. Es el caso de Halcones en el parque, y de varios relatos, donde desarrolla los temas de la inmigración, el abuso, el desamor, la soledad, la pobreza, la avaricia, el desencanto, pero también la ilusión, la esperanza, el amor, el deseo erótico como gozo despojado de la moral convencional.
Como hemos dicho anteriormente, la forma en que Ollé elabora sus memorias implica integrar discursos de otros, en muchos casos conversaciones, así para explicarnos la forma en que figura su obra, parte de lo que una vez le explicó a la poeta argentina María Medrano: “Si tuviera que trazar una línea que trazara el recorrido de mi obra, sería curva (…) curva como el universo. Quiero decir que siempre volveremos a los temas que más nos obsesionan en la infancia y la adolescencia” (pp. 217-18).
VI. Crítica y autocrítica
Otro aspecto que resulta admirable en estas memorias y que le otorgan una empatía con el lector es la sinceridad de desvelar las dificultades y los aportes que vienen de la crítica a sus obras.
“De algunos comentarios críticos he aprendido mucho, de otros, menos, porque leo entre líneas prejuicios o preconceptos. Me ha pasado con Todo orgullo humea la noche. Una noche en un bar del centro de Lima o de Miraflores me encontré con Antonio Cisneros, quien me dijo: ‘te me caíste con ese libro’, y tal vez o seguramente tenía razón, mezclé prosa y poesía. Y la prosa era muy primaria; de hecho, todos los relatos lo he corregido con mi experiencia de conductora de talleres. Y la poesía -que no es mala- pero tampoco resulta siendo mi propia voz, es el producto de mis clases en la Universidad Nacional de Educación. La Cantuta, enamorada, como estaba entonces, del ‘dulce estilo nuevo’ del medioevo, y de los poetas clásicos.” (p. 219).
Seguirá relatando otras críticas positivas, negativas, y hasta contradictorias como en el caso de Las dos caras del deseo, que fue elogiada por Gonzalo Portocarrero y, sin embargo, denostada por su apreciado amigo, Miguel Gutiérrez. Frente a ello, la actitud es de quedarse con lo que es positivo para la obra y prescindir de lo que no. Resulta más complicado cuando la crítica está teñida de ignorancia y aún más cuando la recepción de una obra es la indiferencia, el vacío, lo que sucedió con Halcones en el parque.
Puedo decir que este hecho me admira, porque la lectura de esta novela me dejó una huella perdurable, desde el germen que la origina, la visión de ese nido de halcones entre las ramas de un ficus cercano a su ventana, en un parque de la ciudad. Estas aves de presa son ya las semillas de esos personajes marginales que tendrán que defenderse de una vida violenta, miserable, y que se ven involucrados en una trama en la que “La Compañía”, una sociedad que compra almas a cambio de satisfacer los deseos de felicidad de unas pobres gentes, los seduce, configurando cada uno un desenlace particular. Carmen Ollé quiso plasmar en esta novela: “ese enfrentamiento y esa lucha de intereses muy presente en nuestras sociedades. Yo misma he experimentado cómo es vivir atormentada por deudas que no se pueden pagar.” (p. 224). Más adelante expresa:
“Me persiguen la ilusión y el deseo de llenar un vacío creado por el consumismo, el desamor, la pobreza. Y también por la soberbia. Es como si mis personajes emprendieran la búsqueda de la felicidad, aunque no se sepa bien de qué hablamos cuando hablamos de felicidad.” (p. 225).
La mezcla de realismo y relato fantástico que envuelve a Halcones en el parque, su anclaje con la novela decimonónica francesa, en particular con Piel de zapa de Balzac, todo ello inmerso en un universo limeño, me parece, por sí mismo, todo un reto superado. (8)
VII. Personajes
En sus memorias, Ollé nos declara que le cuesta concebir un proyecto completo antes de empezar a escribir una novela, y en la parte 6 dedicada a la “Literatura”, se nota la importancia que da a la creación de los personajes. En cuanto al método de trabajo que utiliza es sencillo y forzado por las circunstancias de la vida cotidiana:
“Y el único método que tengo es el trabajo continuado en la medida en que puedo robarle tiempo al tiempo. En el Perú no puedes dedicarte libremente a escribir: tienes que trabajar para vivir, y en realidad siento que escribo a escondidas. Ese es mi método.” (p. 218).
Es posible que esta sea la razón por la cual en su narrativa los personajes tomen una importancia crucial porque son, en muchos casos, los que determinarán el punto de partida, los que prenden la chispa, el impulso para saber si habrá o no una historia. La esencia pasional predomina sobre la especulativa en un medio donde escasea el tiempo libre, al menos al inicio, y en ella los personajes son motivación y foco de resistencia.
“Debo concebirlo (al personaje) mediante una suerte de reciclaje onírico e intertextual, y hacer memoria de mis amores frustrados, así como de los otros. Así, Jean, en Las dos caras del deseo, cobra forma gracias a un negro haitiano que conocí en la clase de inglés para inmigrantes, en el Middle school de Rahway.” (p. 227).
Otro personaje, Joaquín Planas, su detective en Pista falsa; ese “Monsieur” cínico, inteligente y seductor, nace de la necesidad, por esa época, de un amigo semejante que fuera una compañía e incitara, al mismo tiempo, su fantasía. En este caso, hay una construcción completa del personaje que se proyectará físicamente en dos figuras cinematográficas, Lauren Baccall y Humphrey Bogart, a la que aportaron más, otras figuras posteriores, como Jean Paul Belmondo o Gian Maria Volonté.
En la construcción del personaje, resulta decisivo más la voz, la mirada, los sentidos que emergen de él, pero, sobre todo, “lo que es capaz de hacer”; una pregunta capital es: ¿será capaz de matar? Es decir, si le servirá para la acción. Lo físico es subsidiario, posterior. La creación se transforma en un conocimiento de las posibilidades del personaje, aunque algunos participen de las pulsiones de la propia autora.
“Pero hay algo a lo que sí recurro como un conjuro, si se me pone cuesta arriba un proyecto literario: imagino al protagonista para guardarlo dentro de mí.” (p. 230).
Esto, reafirma la idea de la importancia de los personajes en la obra de Ollé, el proyecto puede hacer aguas, pero el protagonista sobrevivirá si es suficientemente intenso o versátil para reciclarse en otro contexto. Esta existencia del personaje al margen de la propia obra, en un no lugar o en algún lugar de la conciencia de su autora, sujeto a sus propias características, a una personalidad dada, recuerda la problemática que Luigi Pirandello establecía al respecto de sus seis personajes en busca de autor que, al no estar sujetos a ningún soporte real, ya que no hay texto que los contenga, buscan a un director que se los dé. Del mismo modo, los protagonistas o personajes sobrevivientes de Ollé, posiblemente, buscarán esa novela en la que por fin intentarán encajar. Si no fuera así, ¿qué sentido tendría que la autora quisiera guardarlo dentro de ella, de imaginarlo en momentos difíciles, dejándolo ser una compañía en los momentos propicios?, ¿no sería más fácil crear otro? El problema estriba en que un personaje logrado es ya una personalidad en sí misma, su autor puede recordarlo -como los lectores recordamos los personajes que hemos leído- solo necesita consumarse sobre el papel.





VII Entre novelas cortas y cuentos largos
En la ponencia que leí en ese I Congreso de narrativa peruana de 2005, trataba ya del carácter híbrido de la producción literaria de Carmen Ollé, que rehúye las clasificaciones y que moviéndose desde la confesionalidad transita sin estorbo, creando la propia forma con la que fija la singularidad de su palabra. Esto puede verse desde el primer libro de Carmen Ollé y, sobre todo, en ese primer período más intimista, en que sus obras están vinculadas con su propia experiencia vital y transitan fácilmente entre el verso y la prosa, dentro de la autoficción. (9)
En el segundo periodo, esta autorreferencialidad o autoficción, no está presente en sus novelas realistas como Pista falsa, Halcones en el parque o Halo de la luna, aunque en algún personaje podríamos intuir rasgos del yo de la autora. Sin embargo, la autoficción sigue apareciendo en su narrativa corta, sean cuentos largos o novelas cortas, como las designa:
“En Monólogos de Lima trabajé como una acróbata del trapecio, es decir me arriesgué a transformar textos que estaban en borrador o incluso publicados; hice de ellos cuentos largos o novelas cortas. Por ejemplo, el que se titula “Cena de Navidad”, es el resultado de una reelaboración de mi novela Pista falsa (…). En “Cena de Navidad” traté de satisfacer la frustración de una amiga poeta y buena lectora, a quien le gustó el inicio: la relación entre la mujer madura y el joven estudiante; pero luego la trama se va por otros caminos y ese tema se diluye en otros mil.” (p. 232).
El uso intertextual en su cuento “La dama del perrito”, título homónimo del conocido cuento de Chéjov, está inspirado en su vecina que tiene un perro y a la que observa con cierto reparo, manifiesta la libertad para reutilizar y servirse de los referentes establecidos, con la finalidad de recrear lo propio. También los cuentos de Retrato de mujer sin familia ante una copa de vino, están llenos de referencias a su vida personal. Uno de los rasgos que caracterizan estos relatos es el desarrollo del erotismo, que en diferente medida recorre su obra como tema central o subsidiario.
La segunda parte de Monólogo de Lima, lo constituyen sus Tres piezas Noh (“Hilaria”, “Melancolía” y “Tres puñaladas por un jalón de orejas”), inspiradas en su lectura de las Seis piezas Noh de Yukio Mishima. Mezclar en un libro de relatos unos textos teatrales no puede sorprendernos porque en Noches de adrenalina, su primer libro de poemas, hay incluido un texto teatral “DAMAS AL DOMINÓ. Vals o minué (una escena). La hibridez es uno de los caracteres contemporáneos más significativos en la escritura de mujeres. (10)
VIII Un esfuerzo creativo que no ha cesado
Carmen Ollé recuerda en sus memorias, los años que vivió con su hija y su nieto en el apartamento de Barranco, el distrito más poético de la ciudad, que constituyó una época terrible en muchos sentidos. En ese lugar, escribió los libros Monólogos de Lima (2015), Halo de la luna (2017) y Amores líquidos (2019), en un período de cinco años y en una casa alquilada que no podía sostener con frecuencia. La crítica situación económica de ese lustro se ve reflejada en los temas y el talante oscuro de estos textos.
“Fueron años de suplicio económico y psicológico. Tuve un par de eventos en que me subió la presión. Las relaciones en casa no eran armónicas del todo, enfrentábamos problemas de toda clase. Mi nieto tuvo que ir a examinarse con una psicóloga a pedido de la directora del colegio. (…) Mi hija y yo no estábamos preparadas para enfrentar situaciones tan difíciles y que requerían gastos fuera del presupuesto. (…). El estado de ánimo en el que escribí Monólogos de Lima -obra también creada en Barranco- era melancólico y reflexivo al principio, pero fue adoptando visos neuróticos. Ahora, no me asombra lo que comentó el crítico de El Comercio sobre Amores líquidos.” (p. 258)
Y cita dos fragmentos de la crítica de José Carlos Yrigoyen, uno de ellos dice: “En estos textos, Ollé ha conducido sus obsesiones hacia terrenos más siniestros y retorcidos que los habituales.” (p, 258).
Halo de la luna, es una novela que se acerca a nuestro mundo contemporáneo en forma de fábula, en ella palpita el ambiente extraño que la religa a la literatura japonesa en la que no están cerradas las compuertas entre los vivos y los muertos. La historia se anuncia en el “Proemio”: una adolescente oriental, visiblemente moribunda, está sentada en el borde de un bote y espera al barquero. Todo indica el tránsito de la vida a la muerte. Pero, antes, su aya, al pie, espera el azar de la llegada de un joven que efectúe el acto sexual con la joven pálida e inmóvil, para lograr la maravilla de una noche de placer antes de su muerte, a cambio de dinero. La historia está servida. (11)
Como aclara Ollé: “no es una novela sobre una violación consentida. Es el relato de una violación concertada por la necesidad de una noche de placer, idealizada por los padres de una chica moribunda.” (p. 256). La novela vuelve a juntar a la pareja Eros y Tánatos, los personajes que en ella habitan están tironeados por la codicia y la violencia.
Mi ejemplar de Halo de la luna, dedicado por Carmen Ollé está fechado el 23 de julio de 2018; días después, el 27 de julio, fallecía su trovador, el poeta horazeriano Enrique Verástegui. Me enteré en Paracas, donde habíamos ido con la familia a pasar las Fiestas patrias. Fueron momentos muy difíciles los de esos años.
La lectura de la nota que Enrique Verástegui escribió sobre Halo de la luna, para Expreso, el 15 de julio 2018, me produjo de una emoción difícil de describir. Es un texto tan delicado, que sus palabras parecen rozar con una caricia aquellos años, despojándolos de sus tribulaciones y recuperando la esencia que fija el itinerario de Ollé. Con ternura, señala el primer viaje a Alemania, la patria de Goethe, de la jovencísima Carmen, en 1967, que la formó en la lengua y la literatura alemanas; cuenta la significativa anécdota de la adolescente de 13 años que le escribe indignada a López Albújar, por el injusto final de su Matalaché y, afirma, lo que sabemos, “tenía ya la visión de una obra total que cambie el mundo, y eso es lo que haría Carmen Ollé por el resto de su vida.” Resalta la importancia fundacional de Noches de adrenalina para la poesía femenina peruana y latinoamericana. Para terminar, sintetiza, mejor que ninguno, con una sencillez y elegancia exquisitas, el itinerario de Carmen Ollé dentro de la literatura peruana:
“Desde ese primer libro hasta el último que ha publicado la Ollé, Halo de la luna (Ediciones Peisa, Lima, 2018), el esfuerzo creativo de nuestra autora no ha cesado, aunque pienso que esta novela tiene el carácter de una cierta genialidad (por su composición y sus personajes bajtinianos: ‘un coro’, según Ortega y Gasset) y hace que lo recomendemos en nuestra mesa de noche.” (p. 257).
Destino: vagabunda, da cuenta de una vida signada, por instinto, a ir contracorriente de lo establecido en el orden social que la rodea y que encuentra en su pasión por la literatura un medio para reelaborar la visión prestablecida, capaz de mostrar lo prohibido y lo injusto. De ese impulso, que pronto pasó a ser una convicción, emergen todos estos personajes que pueblan sus novelas y relatos, enfrentados a una sociedad basada en la codicia, que los desprecia y los constriñe, condenados, de antemano, a la errancia y a la miseria y que buscan en la ficción, como en la vida, su parte de gloria en este mundo.
Madrid, 26 de abril de 2025.
Notas:
(1) Ollé, Carmen, Destino: vagabunda. Memorias, Lima, Peisa, 2023. Citamos de esta edición. Los paréntesis son míos.
(2) Calvo, Yadira, “Escrituras del yo femenino: un deambular por los bordes”, en Revista Estudios, Universidad de Costa Rica. Fuente: file:///C:/Users/sylvi/Downloads/Dialnet-EscriturasDelYoFemeninoEnCentroamerica-5467018-1.pdf
(3) Hintze, G. M., “Memoria y testimonio en dos textos de Clorinda Matto de Turner”. Fuente:https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/memoria-y-testimonio-en-dos-textos-de-clorinda-matto-de-turner/html/2cc4bfd5-cd10-472e-be9e-7c7e6330bb99_7.html
(4) Monegal, Antonio, Como el aire que respiramos. El sentido de la cultura, Barcelona, Acantilado, 2022, p. 102. Puede leerse también, con respecto a las autografías escritas por mujeres actualmente, el artículo de Mey Zamora, “¿De qué hablan las autobiografías femeninas de hoy?”, en La Vanguardia, Cultura/s, 13/10/2019. Fuente: https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20191013/47893788819/feminismo-literatura-mujeres-autoficcion.html
(5) Miraux, J-P., 3. Le paradoxe autobiographique. L'autobiographie : Écriture de soi et sincérité, 2009, (p. 60-87). Armand Colin. https://shs.cairn.info/l-autobiographie--9782200243210-page-60?lang=fr
(6) Monegal, Antonio, Como el aire que respiramos…, op. cit., p. 103.
(7) Delaune Gazeau, Ghislaine, “¿Encuentro estremecedor de todas las sangres? Sobre la maternidad de José María Arguedas”, en Lienzo, Revista de la Universidad de Lima, Nro. 042, 2021, pp. 117-134. También puede verse una entrevista de Sylvia Miranda a Ghislaine Delaune Gazeau sobre el tema en la Revista digital: Vallejo & Co. del 26 de marzo de 2024. Fuente: https://www.vallejoandcompany.com/2024/03/26/jose-maria-arguedas-y-su-madre-indigena-entrevista-a-ghislaine-delaune-gazeau/
(8) Miranda, Sylvia, https://miradamalva.blogspot.com/2012/06/halcones-en-el-parque-ultima-novela-de.html
(9) Ibid., “Poesía y novela: el París de Carmen Ollé”, en Anales de Literatura Hispanoamericana, Vol. 37, 2008, pp. 275-285, Universidad Complutense de Madrid. Fuente: file:///C:/Users/sylvi/Downloads/_ecob,+ALHI0808110275A.PDF.pdf
(10) Calvo, Yadira, “Escrituras del yo femenino…”, op. cit, reseña el libro de Teresa Fallas Escrituras del yo femenino en Centroamérica: 1940-2002, y cita: “Ellas son ‘rebeldes a las sujeciones por la hibridación’ de modo que sus textos, ‘si son novelas se quieren autobiografías, si son memorias se quieren novelas, si son cartas o diarios devienen memorias’.” Y más adelante continúa la citación: “Este deambular por los bordes, esa travesía por los géneros mixturados -dice ella- se debe a que estas mujeres evaden nombrarse, definirse, narrarse o encasillarse en un único reducto como, tradicionalmente, las confinan las estrechas fronteras culturales.”
(11) Ibid., “Gallinazos in fabula”, en Revista digital Ómnibus, Nro. 59, Año XV, diciembre 2018.

Sylvia Miranda, nacida en Lima y radicada en Madrid, es poeta, escritora y doctora en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Dentro de la creación literaria ha publicado el poemario Como todos anduve en el invierno, 1990; Zita y otros poemas, 2001 (Premio Tomás Luis de Victoria, Salamanca, 1994); la novela Memorias de Manú, 1997 (Premio Novela Corta del Banco Central de Reserva del Perú 1996); los relatos Las mañanas sagradas, 2011, los poemarios La foudre demain, 2013 y Tiempo de sol, 2014 entre otros. Ha publicado varios ensayos alrededor de la literatura y la vanguardia peruana, siendo los más recientes su tesis doctoral Lima y la ciudad moderna en los poetas vanguardistas peruanos: Carlos Oquendo de Amat, César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, Lima, Fondo Editorial de la Universidad Ricardo Palma y el artículo “La vida peruana vista por las escritoras y artistas contemporáneas. Una mirada desde el Bicentenario”, en Tradición, 21, Lima, URP, ambos de 2021.
Poemas y cuentos suyos han sido recogidos en antologías peruanas e hispanoamericanas, así como artículos sobre crítica literaria y artes plásticas se encuentran publicados en revistas especializadas. Ha traducido al español Momentos marroquíes de la poeta brasileña Astrid Cabral, edición On-line y, al francés, junto a Nicole Bajon, Après tout la nuit / Después de todo, la noche…, de la poeta y novelista peruana Carmen Ollé, 2016.