20 años después
…SIEMPRE NOS QUEDARÁ MADRID
Por Mario Suárez Simich
Recuerdo que íbamos en AVE con dirección a Sevilla. Jorge E. Benavides y yo estábamos invitados al congreso de peruanistas así que decidimos viajar juntos. Desde Madrid, estación de Atocha, el tren de alta velocidad demora unas tres horas hasta la de Santa Justa en la capital hispalense. No recuerdo el curso de la larga conversación que mantuvimos durante el trayecto, pero sí que en el transcurso de ella a mí me vino una idea que venía rumiando desde hacía un tiempo, la de organizar un congreso sobre narrativa peruana y le propuse hacerlo juntos, Benavides estuvo de acuerdo. Desde ese punto la conversación giró en torno al congreso y ésta continuó en el vagón cafetería, tomando unos tragos, hasta nuestro arribo a Sevilla. El evento de los peruanistas se inauguraba el primero de junio de 2004, así que nuestro viaje debió ser el último día de mayo o el mismo primero.
Recuerdo también que en el andén de la estación nos esperaba Fernando Iwasaki, quien ya tenía pensada, como suele hacerlo, la frase ingeniosa para darnos el recibimiento: Bienvenidos a la primavera sevillana. Dijo sonriendo; era una media mañana con un sol resplandeciente y unos 25-26 grados de temperatura, en evidente contraste con la lluviosa y fría ciudad de Madrid que acabábamos de dejar. El que sería el primer congreso internacional 25 años de narrativa peruana empezó con buen pie; al comentar el proyecto con José Antonio Mazzotti, uno de los organizadores del encuentro sevillano, se ofreció, junto con Christian Fernández, para una mesa en homenaje al cuarto centenario de la publicación de La Florida del Inca, del Inca Garcilaso de la Vega. Por la calidad de los ponentes, el ofrecimiento fue el mejor de los augurios.
Sabía que Benavides y yo, solos, no podríamos organizar nada, necesitábamos más apoyo; pensé entonces en María Ángeles Vázquez, una peruanista que además dirigía la revista Ómnibus/Mirada Malva. Hasta entonces habíamos coincidido en fiestas y reuniones por amigos comunes y recién empezábamos a cimentar una amistad. La propuesta, en un primer momento, la asustó; ella, con los pies mejor puestos en la tierra que nosotros, comprendió el esfuerzo que demandaría un proyecto como el nuestro, pero el susto le duró lo justo y aceptó. Ya desde las primeras reuniones, donde los tres empezábamos a esbozar el evento, nos dimos cuenta que era imprescindible involucrar a la embajada peruana, con su apoyo se nos abrirían muchas puertas, sobre todo con las instituciones españolas. Si mal no recuerdo, fue Benavides quien hizo el contacto y logró que Augusto Elmore se interesara en el proyecto.
Los cuatro empezamos a reunirnos en la casa que Ma. Ángeles tenía alquilada a la vera del Jardín de las Vistillas. Yo cocía una pieza de jamón del país y entre butifarras y vinos empezamos a darle forma al congreso. Lo primero que acordamos fue asignar las tareas; nuestra anfitriona, junto con Jorge Fernández-Cid y Paz Mediavilla, ambos de Mirada Malva, se encargarían del trabajo administrativo que demandara la organización, así como de la parte contable de los aportes y colaboraciones que tendríamos que recabar para poder llevar a cabo nuestros objetivos; Benavides, de las relaciones públicas, en especial convencer a Mario Vargas Llosa para diera el discurso de inauguración del congreso; Augusto, de las relaciones institucionales, y yo me ocuparía de la parte académica. Claro que todos teníamos participación en la discusión sobre todos los temas.
Para la clausura, propuse a Miguel Gutiérrez, uno de los escritores más destacados del Grupo Narración, el más importante y polémico de la narrativa peruana. Teniendo ya pensado el inicio y la clausura del congreso, nos quedaba escoger las temáticas de las mesas y los participantes para cada una de ellas. Como sosteníamos en los motivos para la realización de este evento, que publicamos en Mirada Malva, estábamos convencidos que los textos publicados, la diversidad de géneros abarcados y la calidad y cantidad de nuevos autores surgidos a partir del inicio de la década del 80 del siglo pasado y a lo largo de esos 25 años era inédito y muy significativo para la literatura peruana. Esta diversidad superaba en mucho el estrecho campo de referencia que ofrecía el canon oficial y era eso lo que intentábamos mostrar en España.
Durante los cinco días que duró el evento, del lunes 23 al viernes 27 de mayo, se presentaron 12 mesas que la organización pensó abarcaban esa diversidad; intervinieron más de 60 ponentes entre escritores y académicos, la asistencia a las ponencias llenó los salones de la Casa de América; tal fue la convocatoria, que el día de la inauguración los gestores de C. de A. tuvieron que adelantar el uso del nuevo auditorio de la primera planta, ya que el número de asistentes no cabía en ninguno de los salones del palacio de la Plaza Cibeles. Como sucede en todos los congresos, el programa original sufrió algunos cambios, solo tuvimos que cancelar una mesa y reemplazarla por otra. La mesa trataba sobre la narrativa escrita por afroperuanos y descendientes de inmigrantes; en ella estaban, Lucía Charún-Illescas, Antonio Gálvez Ronceros, Fernando Iwasaki, Isaac Goldemberg y Sui Kan Wen, quienes, por diferentes problemas y contratiempos de última hora, no pudieron asistir; salvo Iwasaki, que ocupado en la promoción de su novela Neguijón, pudo ser moderador de la mesa sobre narrativa histórica,
Pero escoger los temas de las mesas, elegir en sus posibles integrantes y darle una estructura coherente al programa, era lo más sencillo de hacer, frente a cómo obtener los medios necesarios para materializarlos. La colaboración de Augusto Elmore y el de la embajada peruana facilitó la cesión de la Casa de América y otros apoyos. Cuando nos reuníamos en casa de Ma. Ángeles y todo estaba aún en el papel, no sabíamos cómo íbamos a hacer para reunir unos 30 escritores peruanos, residentes en ese país, para las ponencias; era el número que calculamos, pues el resto estaba en Madrid, en otras ciudades de España, Estados Unidos, o en el resto de Europa. Más allá de los aciertos de la organización y de los esfuerzos hechos para llevar a cabo el congreso, pienso que el éxito del mismo se debió sobre todo a que fue convocado en el momento histórico preciso, todos los escritores peruanos, de una manera u otra, sabían que estaban dadas todas las condiciones para mostrar y demostrar como la narrativa peruana se había desarrollado y era necesario hacerlo patente. Estas condiciones fueron, a la vez, la materia prima que animó lo que después se llamaría la polémica entre Andinos y Criollos.
Fue gracias a las gestiones y contactos de Jorge E. Benavides, en especial el que tenía con Joaquín Leguina, primer presidente de la Comunidad de Madrid entre 1983 y 1995, que logró conseguir, si mal no recuerdo, once pasajes aéreos por parte del BBVA e Iberia; un número, que no recuerdo, de noches de hotel, un importante número de menús en el restaurante vecino a Casa de América. También aseguró la participación de Mario Vargas Llosa, a quien conocí en una reunión unos días antes del inicio del congreso en el Casino Madrid. Con este apoyo, la celebración del evento estaba garantizado, pero existía aún un riesgo: el problema de las visas. Gracias a Augusto Elmore y a las coordinaciones de nuestra embajada, se nos prometió que, si todos los postulantes a las visas cumplían con los requisitos burocráticos mínimos, la embajada de España en Lima otorgaría las visas respectivas. Y así fue, la lista al completo la obtuvo y ninguno de nuestros invitados ni de los escritores peruanos que decidieron venir asumiendo el costo de su viaje, y que incluimos en la lista presentada ante la embajada, tuvo problema alguno. A partir de ese momento, confirmada la realización del congreso, se fueron sumando una cantidad inesperada de escritores y críticos peruanos; de Francia: Alfredo Pita, Mario Wong, Grecia Cáceres, Patricia Sousa, Carlos Herrera; de Alemania: Walter Lingán; de los Estados Unidos: a los ya comprometidos Christian Fernández y José Antonio Mazzotti, Paul Firbas, Daniel Alarcón, Eugenio Chang, Rocío Ferreira, Enrique Cortez; De Canadá: Paolo de Lima y Borka Sattler; del Perú: Roberto Reyes Tarazona, Luis Nieto, Christian Reynoso, Mario Guevara, Carlos García Miranda, Ricardo Virhuez, Gustavo Rodríguez, Enrique Rosas Paravicino, el editor Aníbal Paredes; Sylvia Miranda, Fietta Jarque, Santiago Roncagliolo, Carlos Meneses y Fernando Iwasaki que vivían en España. Todos ellos, más los narradores que logramos invitar: Miguel Gutiérrez, José Antonio Bravo, Óscar Colchado, Sandro Bossio, Dante Castro, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Iván Thays, Ricardo Sumalavia y Richar Primo, hizo del congreso de Madrid la mayor reunión internacional de narradores en la historia de la literatura peruana.
Sobre el evento hay un amplio registro, testimonios y recuerdos publicados. La recepción en la embajada peruana, las actividades paralelas, la convivencia, los debates y las celebraciones en las generosas y cálidas noches madrileñas fueron una experiencia única y memorable. Sin embargo, la que más recuerdo fue la visita que hicimos a la Biblioteca Nacional de España y a su directora, Rosa Regás. La organización decidió pedir a cada participante una cantidad de libros de o sobre narrativa peruana a título de inscripción. Encargué de Lima varios metros de cinta bicolor blanca y roja y con ella atamos los libros que pensábamos donar a la biblioteca en agradecimiento a las instituciones españolas que habían apoyado el congreso. El gesto, de grata tribulación, de la directora al ver la cantidad de escritores y los paquetes de libres sobre las grandes mesas del roble de la antesala a su despacho, es algo que no olvidaré. Nos llamó a parte a Ma. Ángeles y a mí y en tono de confidencia nos dijo que unos días antes había recibido a un grupo de escritores argentinos, cinco o seis, recordó, y pensó que nuestra visita sería por el estilo, pero no la cantidad de escritores y libros que veía en la antesala; a continuación, llamó a un funcionario para pedirle que abriera una sala más grande y que mandara comprar vino y bocaditos. El día anterior, Augusto y yo redactamos al alimón un texto que titulamos, Perdone usted la pequeñez, a propósito de la donación.
Lo que se llamó el debate entre Andinos y Criollos empezó casi al acabar el congreso. Digo, líneas arriba, que la materia prima de este debate se encontraba las condiciones por las que atravesaba en ese momento la narrativa peruana y que el objetivo del congreso fue “mostrar” esas condiciones. Pero sucedió que ese “mostrar” no le convenía a uno de los grupos en disputa y éstos no fueron capaces de darse cuenta de ello hasta que fue muy tarde para ellos. Por eso arguyeron que el evento fue una celada, un cargamontón orquestado por el grupo adversario. Los argumentos esgrimidos por uno y otro bando no fueron más allá de lo que podríamos llamar la pelea por el “derecho de representatividad”. Demostrado durante el congreso que la narrativa peruana era mucho más vasta y diversa de lo que se pensaba, visibles y en igualdad de pares entre los narradores peruanos, quedó en entredicho las políticas culturales del estado. Porque el centro del debate fue ese; o, mejor dicho, el resto del debate careció de sentido. Una frase escrita por Fernando Ampuero ilustra mejor que ninguna la esencia del debate: ¿Qué busca este hatajo de exaltados? ¿Una invitación a la feria de Guadalajara? Si bien el manejo de la prensa privada escapaba a la polémica porque la línea cultural de esos medios se maneja a gusto o antojo de sus propietarios; la pública, en todos sus aspectos, está sujeta al escrutinio y al rendimiento de cuentas. El creer que una invitación a la Feria de Guadalajara, que otorga el ministerio de cultura con fondos públicos es un derecho de pernada que tienen y manejan sin ninguna justificación, fue ponerse en evidencia; lo perjudicial que les significó el “mostrarse” en su caso.
Mientras mantuvieron un perfil bajo, pudieron manejar o tener injerencia en los medios y recursos públicos, pero cuando saltó la polémica se hicieron visibles y, además, se vieron perjudicados por sus propios argumentos. La polémica los obligó a entrar un debate para el que no estaban preparados y del que siempre rehuyeron. Ese mismo año, unos meses más tarde, un grupo de narradores peruanos entre los que me encontraba, viajamos por nuestra cuenta a la Feria de Guadalajara. Asistimos a una de las mesas en la que había varios de los Criollos del debate. No olvidaré la cara de pánico que pusieron algunos, imaginaron, con toda seguridad, que íbamos a boicotearles la presentación; o, peor aún, que íbamos a plantearles un debate. Gracias a Dios para ellos, entre los asistentes estaba también Fernando Iwasaki, quien fue el único que supo leer lo que sucedía. Subió al estrado y en una breve alocución nos presentó a los asistentes y explicó que había muchos más narradores peruanos y tendencias narrativas que las invitadas a la Feria.
El congreso de Madrid fue un éxito como evento cultural, y si bien muy pocas cosas han cambiado la administración cultural del estado, otro de los méritos de este encuentro es que ahora todos los estamentos culturales son conscientes que el dinero invertido por el estado debe estar justificado y fiscalizado. Más de un escándalo periodístico ha saltado por los elegidos a representar a nuestro país en cualquier evento internacional, así como las subvenciones que se otorgan o cualquier otro gasto en lo que se denomina en términos generales como “cultura”. Esto fue uno de los pocos resultados positivos del debate entre Andinos y Criollos.
20 años después, queda en la memoria aquella primavera de la narrativa peruana en Madrid. Lo vivido, lo aprendido, lo compartido. Y sobre todo, la certera convicción que aún queda mucha lucha por “mostrar” la diversidad cultural que es nuestra mayor riqueza.

Mario Suárez Simich (Lima, Perú). Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Derecho en la San Martín de Porras. Ha sido profesor de literatura en varios centros preuniversitarios, en San Marcos y en la Universidad Femenina del Sagrado Corazón. Como periodista ha trabajado como editorialista en el diario El Universal de Lima, fue editor del suplemento Asalto al cielo que publicaba el Diario de Marka, colabora en la actualidad con diferentes medios de prensa del Perú y ha sido corresponsal del diario Correo y de la Revista Peruana de Literatura; también con revistas y otros medios audiovisuales de España como el Instituto Cervantes, Ómnibus, o la revista especializada Página. Fue uno de los organizadores del Primer Congreso de Narrativa Peruana organizado en Madrid y del Segundo celebrado en Huanchaco, Perú. Ha publicado tres novelas El Paraíso del Arcángel San Miguel, El tiempo que muere en nuestros brazos (Cartas a Silvia), El Carnaval de los Espíritus y el libro de relatos Atrapados en el juego de Dios. También Chimú, el guardián de las líneas del tiempo (infantil). Cuentos suyos han sido publicados en diversas revistas y antologías. Fundó, junto con Christian Fernández, la editorial Naylamp que publicó a varios jóvenes autores de la generación del 80. Ha dado conferencias en España, Francia, Alemania y Austria. Es Miembro de Número del Instituto Ricardo Palma. En la actualidad prepara un estudio sobre la novela histórica en el Perú y una segunda novela policial.