Poemas para Palestina
Por Carlos Luis Torres Gutiérrez
En estos días difíciles he recurrido al lápiz, como un náufrago. La poesía es alivio además de otras palabras que se le atribuyen, pero hoy es casi inútil. Han arrasado al pueblo Palestino y un sece al fuego no significa paz, ni dignidad, ni fin de la guerra y menos justicia.
Estos escasos versos son solo un querer decir algo sobre el corazón de mujeres y hombres cansados de tanta muerte junta.
451.
Éramos como dos aves paradas sobre roca,
amenazadas por el ruido, por la sangre, por el polvo enardecido.
Miré tus ojos desgarrados por tanto tiempo a la espera
de un espacio, para poner un pie, o tocar el agua.
Miré tus manos sin plumas, sin humedad, encallecidas,
fracturadas por la brega cotidiana de tapar el sol,
y ahora, en medio de la luz blanca y el polvo que producen
los destellos de esta guerra, añoro la escuela al aire,
la maestra de pasos milenarios y tu mano seca…
puesta al lado de la mía.
Ahora que somos dos aves paradas sobre roca,
que tu canto busca recodos en este mundo sin silencio,
entre este pelotear desgracias y batallas
quiero simplemente decirte, que muy atenta espero
que una grieta te permita repetir
lo que enseñaron en la escuela ¿… lo recuerdas?, era un canto
que llevaban las mujeres en la boca,
que paseaban con el ritmo de sus pasos
y que tu cantabas con el alma…. Sí, ahora lo requiero.
452.
Un viento sin hojas, sin palmotear de pájaros,
sin alivio. Un volar de amarilla arena, caliginosa,
como lija de viejo carpintero, cual serrucho,
como cualquier espinero. Como un ruido.
Un viento que tropieza, a cada rato, con las ruinas tristes
de esta bodega de almas puestas hace años,
como pellejo de camello seco,
cual huella sin sombra y sin lagarto.
Un montón de escombros son estos,
retazos de un lugar donde soplaron las voces
de millares y la mía parada en esta piedra, espero.
(Amarré un hilo entre mi dedo y el tuyo,
para que no te fueras.
Puse en mi mano unas hojas dentadas, tan chicas,
que por milagro aparecieron en las grietas
de una humedad de casi pájaros… porque quería que escribieras.
Puse a secar y saltar los sueños de uno en uno
hasta poder construir un simple verso.)
Aquí me encuentro en medio de esta guerra:
Mujer de manos secas, poeta sin papel,
conversando sola en medio de cosas olvidadas,
a la espera de un oído y de un amor…
cosas indispensables para ganar la guerra.
457.
Una mujer incombustible y perenne como la rama
de la vid que un día decide plantar delante de su casa.
Ghassan Kanafani
Me gusta el color azul y verde de su falda larga.
El pañuelo que oculta su cabello, café oscuro, apretando
sus orejas, hace que su sonrisa tenue, parezca indivisible
con su alto cuerpo y robustas manos.
La veo allá, bajando un breve sendero de piedras.
Sé la canción que silba,
el tamaño de sus acorazonadas hojas verdes,
su dentado borde y largas nervaduras.
Como ella, agarrada con junquillos, trepa firme,
va rumbo al cielo, nada la detiene, busca aire,
una nube, un salto más y se pondrá a reír como aquel pañuelo.
Esa mujer tiene siglos, se percibe por los senderos de sus manos,
que cruzan y se separan, van muy lejos se diría.
También las huellas dejadas por unos pies largos y profundos,
su sombra fuerte, ya sin miedo. Me gusta el sonido leve
de su falda cuando roza, el cielo.
…Esa mujer incombustible y perenne.
461.
Un taller de fabricación de prótesis para soldados
mutilados. Por eso las mesas estaban llenas de desnudas
piernas rosadas que arreglábamos con nuestras manos,
con lijas, aristas, embragues y zapatos.
Más izquierdas, menos derechas otras. Cojea la luz que entra
acariciando los postigos de las ventanas,
deambula el golpe de martillos sujetando las correas,
brillan los dedos unidos como patitas de rana
y los zapatos negros casi todos, de cordones, muy ajustados.
Arrastran nombres, también señas y la mujer de mi lado
suspira porque con esta, se vería muy apuesto y muy altivo, piensa bajo.
La vi sonreír cuando el viento entró
y parpadeó al ver el batiente de la puerta golpear
el muro encalado. La vi soñar con los dedos
pues no había hablado en meses que estamos juntos,
y ahora que la remesa está completa,
le vi en sus dientes blancos, un galopar de suspiros,
y un trepar los párpados.
577.
Ante la insensatez ocurrida,
la impotencia impera.
No queda ni la sombra de un muro sobre el suelo.
Un grito-llanto se desliza a ras de tierra
y una sed se esconde en aridez.
Puse mi mano sobre la tuya,
vi la nube lavanda,
el rastro suave de tus palabras idas,
el correteo de un ave en sombras
y un silencio impotente ante el frío.
Todo había terminado entre tu mano
y la mía. La dejé yerta, y sin poder arrastrar los pies
me fui, a desandar palabras
como único escondite.

Carlos Luis Torres Gutiérrez, escritor y librero, colombiano (Bucaramanga, 1956). Magister en Literatura Latinoamericana. Ha publicado las novelas Barco a la vista (Editorial Antropos, 1992), Entre la espera y el miedo (SIC Editorial, 2004), Como vuelo de pájaro (Editorial Diente de León, 2013) y Alejandra, la poeta que murió de su vestido azul (Sílaba Editores, 2019); el libro de cuentos Simulacros (Editorial Letralia, 1999), y los poemarios Recuerdos empaquetados (Catapulta, Bogotá, 1998), A punto de llover (SIC Editorial, 2004), New York desde la ventana (Ediciones de la Universidad Industrial de Santander, 2006) y Poemas de sol (Abrace Editora, Montevideo, 2019).