Me pegaron la patada en la espalda
y quedé con los ojos viraos
Nathy Peluso
Este relato NO está basado en hechos reales,
las escenas que reproduce son fruto de la imaginación
El jueves por la mañana Servicios Sociales (SS) amanece más concurrido de lo habitual. Matilde y la gente del GHAS ocupan las oficinas del Carrer de Sants 79 para reclamar lo suyo. Kala se ha unido a la acción. Ante las miradas estupefactas del personal, cuelgan pancartas, hacen ruido con pitos y palmas y cantan consignas: ¡cap veïna fora del barri!, ¡no s’entén, gent sense casa i cases sense gent! ¡Tenemos derecho, agua luz y techo! ¡Matilde, escucha, tu lucha es nuestra lucha! ¡Mireu que us heu trobat: un barri organitzat! Se han traído un altavoz autoamplificado y una de las activistas, micrófono en mano, marca el ritmo de la protesta. Otras dos, junto a Matilde, exigen hablar con la directora. De no ser así seguiremos haciendo ruido, aseguran, lo que impide que el personal continúe trabajando. Dos más esperan afuera en la entrada para recibir a la policía e informarles de que se trata de una acción pacífica para denunciar la mala praxis de SS. A ver cómo se lo toman. Mientras tanto reparten octavillas que informan del motivo de la protesta a quienes entran y salen del edificio. No se trata de un caso aislado: las reubicaciones forzosas a la periferia están a la orden del día, a pesar de minar, en muchos casos, la adaptación de las familias al nuevo entorno y fomentar la creación de guetos en el extrarradio ¾los pisos céntricos están reservados para los expats¾. Arriba en las oficinas resiste el griterío. Que no está disponible la directora, dicen. Pues que siga la fiesta. ¡Cap veïna fora del barri, i cap veïna fora del barri! Kala, al comprender el contenido de las consignas, se emociona y se une al coro. ¡Cap veïna fora del barri, i cap veïna fora del barri! Y venga pitos y palmas. La gente empieza a ponerse nerviosa. Afuera ha llegado la policía y los del GHAS les explican la situación. Solo son cuatro. De momento no harán nada. Mientras no venga la brimo pueden estar tranquilos. En las oficinas el ruido no cesa y el personal ya empieza a desesperarse. Estos malditos pitidos son insoportables. De repente la directora ha dejado de estar tan ocupada y podrá atenderles en breves. Dejad de hacer ruido, por favor. Comentan la jugada y deciden detener el estruendo durante 5 minutos, ni uno más, tiempo suficiente para que la directora de SS de Sants-Montjuic haga acto de presencia. Matilde y sus compañeras se meten en un despacho con ella y con otra mujer para hablar de su caso. Por fin reina el silencio en la oficina.
Exponen el trato que Matilde ha recibido por parte de la trabajadora social: el traslado forzado a Vilanova, la manipulación, las malas formas. La directora, como era de esperar, defiende a su trabajadora, pero se compromete a tomar cartas en el asunto. Aun así, añade, no tenemos pisos en el barrio, y no somos nosotras quienes eligen las ubicaciones, nos las asigna una empresa externa. Se miran entre ellas extrañadas. ¿En serio? ¿Qué empresa? BCD Travel. ¿Una empresa de viajes os asigna las ubicaciones? Sí. ¿Y qué coño sabrá esa empresa de las necesidades de las familias? Bueno, de eso sí que nos encargamos nosotras. ¿A sí? Pues sí, normalmente sí. Ya, pero no podéis exigir a esa empresa que os dé ubicaciones en el barrio a pesar de que hay un montón de pisos vacíos. No, eso no. Pues ya ves. La reunión termina de aquella manera, con sabor a derrota. Se han ventilado la responsabilidad en un tris y las han desarmado. Quienes ocupan puestos de dirección suelen tener atributos de político institucional, porque tienen que defender el chiringuito y ser versados en el arte de la oratoria, del engaño. Al menos les ha dado una vía de contacto y se ha comprometido a intentar encontrar una solución ¾intentar: esa es la palabra que rescatará en caso de recriminación¾. Concretan una reunión para dentro de dos semanas y abandonan las oficinas. Salen del edificio y se juntan en el exterior para comentar brevemente el resultado de la reunión. Al menos tenemos el nombre de la empresa esa, BCD Travel. Algo es algo. Sí, y la policía ha estado calmada. Dos personas se ofrecen para preparar el traspaso para el resto del grupo. Poco a poco se van dispersando. Kala y Diana quedan en verse el lunes media hora antes de la asamblea.
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Miquel Noguera mantiene una estrecha amistad con dos antiguos compañeros de la facultad, Jordi y Esteban, ambos metidos en el mundo de las finanzas pero con mucha influencia dentro del conglomerado judicial, al igual que toda su familia. Hoy ha quedado con ellos en el Bling Bling, uno de los clubs elitistas de moda de la zona alta de Barcelona, para contarles el negocio que se trae entre manos y a ver si pueden echarle un cable con unos problemillas que está teniendo. Ha reservado una mesa en la zona VIP para que puedan hablar tranquilamente. Pide una botella de champán, el más caro del local, y les informa, a modo de autobrindis, de que pronto será el nuevo director ejecutivo de la división inmobiliaria de la empresa familiar. Jordi y Esteban lo celebran con efusividad. ¡Felicidades! ¡Ya era hora, joder, lo vas a bordar! ¡Ya te digo! Es mi momento, chicos, Barcelona está en plena transformación y yo voy a darle un empujoncito. Risas. En serio, chicos, la ciudad está creciendo, y lo que antes era las afueras pronto dejará de serlo. ¿No os habéis fijado? La cantidad de jóvenes estadounidenses y del norte de Europa que vienen a instalarse aquí, que trabajan desde sus portátiles. Ellos serán los nuevos barceloneses, y Barcelona mola: buen clima, buenos precios. Estamos en la era de los nómadas digitales y vamos a aprovechar el filón. Brindo por ello, joder, dice Esteban levantando eufórico la copa, que ya se ha metido la primera línea de coca. Y tu hermana haciendo el tonto con las series de televisión, añade Jordi haciéndose el gracioso entre el tintineo del cristal fino y las burbujas de champán. Risas. Ahí es dónde quiero verla. Más risas. Miquel toma un trago y continúa. Bien, como os decía, muchos barrios de las afueras se van a revalorizar. ¿Sabéis por qué? Porque a esos jóvenes extranjeros les parecen de lo más cool. Y en verdad no están tan lejos del centro, solo hay que darles una limpieza de cara. Hemos adquirido un paquete muy tocho de viviendas en Zona Franca, Hospitalet y San Adrià; lo voy a convertir todo en apartamentos de lujo, con su gimnasio en la planta baja, zona de coworking, jardín colgante, placas solares e incluso una puta laundry comunitaria, todo muy moderno. Tú sí que sabes, joder. Eres un visionario, tío. Vosotros lo veis también, ¿no? Joder que sí. Pues, bueno, ahora solo falta acabar de echar a algunos de los viejos inquilinos que se están resistiendo. A todos les ha vencido el contrato, eh, ya nos aseguramos de tenerlo todo bien atado en su día, pero ya sabéis cómo son estas cosas: que si la vulnerabilidad de las familias, que si la obligación de ofrecer un alquiler social y demás tonterías que no hacen más que ralentizar mi operación, lo que se traduce en pérdidas. ¡Y una mierda alquiler social! Si el contrato se ha acabado es lo que hay, sentencia Jordi. Pues claro, secunda Esteban. Eso digo yo, tendrán que entenderlo, ¿no?, que ya no es lugar para ellos, digo: operarios, camareros, pensionistas ¾enumera con los dedos de la mano¾, tendrán que cambiar de zona, yo lo siento mucho ¾dice hundiendo las orejas entre los hombros y abriendo las manos como si no tuviera nada que ver¾. Además, qué les costará a los jubilados irse un poco más para allá si nunca salen de casa, joder ¾añade señalando hacia el norte¾. Risas. No, pero venga, va, lo digo en serio, chicos, a ver si podéis echarme un cable, que me tienen harto. Claro que sí, Miquel, tú pásanos los informes de los casos que te están obstaculizando, a ver qué jueces te han tocado y vemos qué hacer. Sí, estate tranquilo, seguro que podemos mover algunos hilos para agilizar las cosas, ya verás. No sabéis cuánto os lo agradezco. Faltaría más, Miquel. Ya lo sabes, para lo que necesites. ¡Vamos a brindar, joder! Embriagados de poder, se llenan las copas, repiquetean y beben. Esteban prepara unas rayas de coca. De mientras, cuando parecía que ya se había relajado, Miquel añade: hay otra cosa, chicos. Le miran y escuchan con atención. Os he dicho que habían rescindido todos los contratos, pero hay uno que no; una vieja de Zona Franca que tiene uno de esos de renta antigua, de los que pueden mantener hasta que la palmen. No entiendo cómo permiten que se mantengan esos contratos de mierda. Ya te digo, es alucinante. No la puedo echar, ¿verdad? Ufff, esto lo tienes difícil, eh. Ya ves. Miquel no dice nada. Mira a su alrededor con cara de mala hostia. Tendrás que negociar con ella, comenta Jordi. Claro, a muy malas le pones un chalé un poco más grande que el que tiene y ya; total, pa’ lo que va a durar. Risas de Esteban y Jordi. Miquel no se ríe, ni siquiera contesta, sigue mirando alrededor con cara de mala hostia hasta que le pasan el rulo.
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Es lunes y Kala friega el suelo del último piso de la mañana, el tercero, pisos que le proporciona una empresa que le paga en negro y a ocho euros la hora. Ni seguro, ni vacaciones. Un chollo para la compañía, que puede explotar a migrantes sin ni siquiera despeinarse, gentileza de la ley de extranjería. Lo hace deprisa, fregar, con cierto apuro: no quiere encontrarse con la propietaria. Hace tres semanas la acusó de haberle robado dos pulseras de oro que tenía en su mesita. Por poco que no la echan. Al final descubrieron que había sido el hijo de la mujer, que se había quedado sin dinero para costearse la droga. Se ve que la señora ya estaba al corriente de la adicción del chaval antes de acusar a Kala, y aun así le pareció más lógico pensar que había sido “la mora”. Le pidieron disculpas, por supuesto, pero la acusación, el racismo, ahí están. Termina rápido y abandona el apartamento. Coge el ascensor para bajar del ático al vestíbulo. Saliendo del portal del edificio, cómo no, se encuentra de cara con ella. Hola, Kala, qué alegría verte. Hola, señora, ya he terminado el piso. Seguro que lo has dejado muy limpio, siempre lo haces muy bien, le dice con una sonrisa esnob y condescendiente. Kala medio asiente pero no responde. Le gustaría mandarla a la mierda, pero no puede permitírselo. Nos vemos el jueves ¾a este piso va dos veces a la semana¾, ciao, guapa, y se mete pa’ dentro del edificio. Adiós, señora, se despide Kala guardando los formalismos para curarse en salud ¾la necesidad también coacciona la autoestima¾, y se va a la escuela a recoger a los niños. Esta tarde hay asamblea del GHAS; mientras tanto, Hakim, Mounir y Halima jugarán con otros peques en la Eskoleta de la EPS.
Llega a la Plaça Joan Corrades quince minutos antes de las seis. La comisión de bienvenida está explicando el funcionamiento del grupo a dos familias nuevas, ambas con desahucios inminentes; últimamente no paran de llegar nuevos casos. El de Kala es antiguo ya, así que hoy le tocará hablar bastante al inicio. Ayuda a sacar las sillas y los bancos del local y a colocarlos en la plaza mientras va llegando la gente. A y diez ya casi se han ocupado todos los asientos y las de dinamización abren la rueda de nombres y pronombres. Luego se hace el traspaso de la acción de SS. Matilde comparte el contenido de la reunión que tuvieron con la directora y explica lo que les contaron sobre BCD Travel. Alza la voz para mitigar el efecto del ruido del tráfico. Que no depende de ellos, dicen. Pues habrá que ir a hacer una visita a la empresa esta, ¿no?, propone una chica. Algunas personas agitan las manos en muestra de aprobación. Sí, las oficinas están en Plaza Europa, en Hospitalet, a ver si conseguimos hablar con quien lleve los pisos de SS. Eso si existe. Eso, sí. Consultan disponibilidades y concretan la fecha para la acción. A continuación, atienden un caso urgente: una de las nuevas familias tiene el desahucio para la semana que viene. Han ido pagando parte del alquiler y han pedido una prórroga para abonar la deuda acumulada, pero la propiedad se niega. Esta vez se trata de un pequeño tenedor, sobre el papel, claro, en realidad dispone de ocho propiedades. Tenemos que difundir el caso por redes y convocar a la gente para el día del desahucio. Sí, y podríamos avisar al Sindicat de Poble Sec y a Raval Rebel. Vale, comunicación se puede encargar. Genial. Se reparten las tareas y los roles para el día de: recibir a la comitiva y negociar, hablar con la policía, informar a las vecinas, dinamizar… Una vez zanjado el asunto pasan a los casos antiguos. Kala tiene el segundo turno. Antes Rita y su hijo Iván, de 23 años, informan sobre el seguimiento de su caso. Hasta hace poco pagaban 700 euros de alquiler por un piso de dos habitaciones en Zona Franca. Una empresa inversora adquirió el edificio y a la que rescindieron los contratos les invitaron a irse, incluso ofreciendo alguna compensación, o a firmar un nuevo contrato de alquiler por 1300 euros mensuales, casi el doble, con todos sus tejemanejes administrativos y unas cláusulas totalmente abusivas, y así con todos los inquilinos: táctica implacable para seguir empujando a currantes y pensionistas hacia aquellas zonas en las que no estén interesados ni turistas veraniegos, ni expats virtualistas y bitcoineros, ni familias nórdicas y jubiladas, con pensiones lo suficientemente generosas como para cobrarles absurdas mensualidades. Ante este claro intento de echarlas de sus casas, la mayoría de las familias del bloque se organizaron y se informaron en grupos de vivienda y sindicatos. Casi cada semana una de ellas asiste a la asamblea del GHAS para seguir valorando los pasos que se van dando y compartir las preocupaciones que puedan ir surgiendo. De momento siguen negándose a abandonar sus casas y a firmar los nuevos contratos, tal y como se planeó, pero continúan pagando el alquiler ¾la cuota antigua, claro¾, transfiriéndolo a la misma cuenta. La semana que viene empiezan la negociación con la inmobiliaria, que hace de representante de esos inversores, y preguntan a la asamblea si alguien podría acudir al encuentro. Dos personas se ofrecen para asistir a la reunión. Rita hace ostensible su agradecimiento.
Le toca hablar a Kala. Comparte con la asamblea la respuesta que recibieron en el juzgado: que no piensan detener el procedimiento mientras le asignan la defensa. Menudos cabrones, interrumpe uno. Bueno, era de esperar, observa otra. El que toma turnos se queja de que no los respeten y cede la palabra a una mujer que tenía la mano levantada. Podemos ir haciendo algunos trámites igualmente; ¿tenemos la nota simple y el índice de titularidad? Sí, es un piso de Blackstone, dice el chico joven que fue a buscar los documentos al Registro mientras le da la nota y el índice a la persona de su izquierda para que los vaya pasando. La noticia provoca un barullo de fondo. Vale. Venga, va. Dinamización trata de dinamizarlo. ¿Alguien quiere explicarle a Kala y al resto qué significa esto? Se hace un silencio incómodo. Quienes más suelen intervenir aguardan para que las personas menos proactivas encuentren su espacio y participen, mientras que estas esperan con cierto apuro a que aquellas continúen desempeñando su rol. Finalmente, una mujer de mediana edad se ofrece a explicarlo. Blackstone es uno de los fondos buitre más grandes del mundo, o sea, un grandísimo tenedor. Evidentemente, están obligados a ofrecerte un alquiler social, pero nunca lo hacen, hay que reclamarlo. Y muchas veces, ni aun así, porque los jueces se lo permiten. ¿Y qué tengo que hacer?, pregunta Kala. Primero deberías ir a Servicios Sociales para acreditar que estás en disposición de acceder a un alquiler social, necesitas que te hagan un informe de exclusión residencial, otro que demuestre la falta de ingresos de la unidad familiar y otro de buena convivencia ¾este último tiene guasa¾. Ahora pasamos la lista de los documentos por el grupo de whatsaap. Yo te acompaño si quieres, Kala, dice Diana, que dispone de tiempo y ya se ha involucrado en el caso. Choukran, contesta Kala mientras asiente. ¿Y cuánto tardarán en darme el abogado?, pregunta a la asamblea. No deberían tardar mucho en avisarte; bueno, en función de quien te toque. ¿Cómo me avisan? Supongo que os hicieron dejar un contacto cuando lo pedisteis. Kala se queda pensativa. Con tanto estrés últimamente no sabe dónde tiene la cabeza. Sí, dejamos tu móvil y tu correo, le recuerda Diana. Ah, sí, sí. Pues seguramente, al ver que falta tan poco para el lanzamiento, te llamarán rápido, durante la semana que viene, imagino, o la otra como muy tarde, pero no podemos saberlo seguro. Kala se hace cargo. No todos los letrados comparten el mismo sentido de la responsabilidad, ni siquiera la noción de justicia es concebida de manera homogénea entre profesionales del gremio. La burocracia de la justicia gratuita ya impone de por sí unos tempos que acrecientan la vulnerabilidad de quienes la precisan, pero, una vez el aviso ha llegado a manos de la defensa, todavía puede retrasarse un poco más en función de las prioridades del abogado o abogada de turno, lo cual limita mucho el margen de maniobra, porque hay trámites que no se pueden realizar y recursos a los que no se puede acceder sin su colaboración, como el alquiler social, por ejemplo.
Quedan en ir al día siguiente a tramitar la documentación, así cuando la defensa la llame ya lo tendrá todo preparado. Vale, perfecto, ¿no hay más turnos pendientes? Silencio. Pues pasamos a convocatorias futuras.
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Pelayo Vehemente es un hombre de costumbres fijas, como Carrero Blanco. Cada mañana de lunes a viernes pasa por el mismo kiosco, compra El Mundo o La Razón en función de la portada y lo hojea en el bar de Paco, con su café con leche y su bollo repleto de mantequilla. Luego sube al despacho y revisa el correo. Hoy le espera una desagradable noticia. ¡No me jodas!, maldice para sí, otra vez le toca defender a una panda de moros que se meten en casas que no son suyas. Esta chusma no debería tener derecho a un abogado, se lamenta Pelayo, y encima le obligan a él a perder su preciado tiempo representándoles, ¡y por una miseria! Maldita justicia gratuita.
Pelayo fue un estudiante de derecho flojillo, que necesitó seis años para sacarse la licenciatura. Hijo de guardia civil, se sentía desubicado en la Autónoma, donde los compañeros de clase sólo mentaban la policía para cagarse en ella. Hizo pocos amigos y carecía de los contactos familiares y personales que le allanaran el acceso a algún despacho, si no importante, al menos presentable. Simultaneó modestas pasantías con la tediosa y siempre frustrante preparación de oposiciones diversas, que no le llevaron a ningún sitio. Como interino, encadenó unas cuantas suplencias judiciales y ahora iba tirando con lo que conseguía del turno de oficio, es decir, del derecho a la justicia gratuita y como abogado a tiempo parcial, en realidad demasiado parcial, de una gestoría y administración de fincas.
Deja la notificación en el montón de las cosas poco importantes y se acerca a la mesa de su compañero Manuel para enjuiciar a los inmigrantes y reprobar las políticas de extranjería. A finales de semana, Pelayo Vehemente, en su representación antonomástica del racismo institucional, se pondrá en contacto con Kala y la citará al despacho, de mala gana, por obligación; luego le dirá que no tiene nada que hacer, que ya puede ir buscándose otro lugar.

Eduard Mir Neira
Ocupación actual: Doctorando con contrato predoctoral | Departament de Filologies Romàniques | Universitat Rovira i Virgili
Grado en Lengua y Literatura Hispánicas (Universitat Rovira i Virgili)
Máster Universitario en Investigación Avanzada en Estudios Humanísticos (Universitat Rovira i Virgili)
Máster universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas (Universitat de Barcelona).