¿Qué hay de la Rumba?
Por Marcos Fabián Herrera
Para Clara Furriols y Eduard Mir, catalanes hasta la médula
En la zona centro – sur de Andalucía, en España, existe una comarca conformada por 8 municipios llamada El Valle de Lecrín. Entre montañas de pastoreo se extienden viejos caminos y sistemas de riego centenarios construidos durante el dominio árabe. Cuando el viento que arrastra milenios de historia se amaina y el ocre de la tierra se confunde en el firmamento con las arboledas de pinos, naranjos y limoneros, los ritmos de gitanos se escuchan en la nostalgia del atardecer. Con palmas de mano y un zapateo isócrono y febril, se animan a los danzantes que en la contorsión del cuerpo erguido festejan la vida. En el arpegio elemental de la guitarra, se manifiesta la naturaleza imprevisible del cosmos, esa que, con giros plenos y súbitos del bailarín, les da la espalda a los pesares. La que convierte en sortilegio el paso del estío a la lluvia y del día a la noche.
Estas músicas trashumantes viajaron en trenes y caballos, en los oídos de los diletantes y en los cuerpos ateridos de los nómadas. Con el Mediterráneo de fondo, las sevillanas, el fandango y el flamenco llegaron a Cataluña. Ahí, la esencia árabe y el aura africana, transmutó el Cante Jondo – pregón vibrante y jubiloso - en fraseo citadino y fuerza cosmopolita. Los emigrantes, contagiados de los ritmos del mundo, provocaron una aleación sonora que postulaba una lírica de alborozo y una dramaturgia coreográfica. Nacía, entre los callejones del barrio El Raval y en los desvanes de Hostafrancs, la Rumba Catalana.
Hasta entonces cantaba baladas y coplas en restaurantes y bares del Barrio de Gracia. Con una corpulencia sobresaliente, y unas patillas de héroe imperial decimonónico, su histrionismo y apostura era comentado entre los asiduos asistentes a festivales de la Costa Brava. Se sabía poco de su biografía y se le consideraba una estrella barrial. Aprendió de su padre el oficio de comerciante y vendedor de telas, y creyó estar destinado para siempre a ganarse la vida en los azares de los negocios y los bazares. Aunque había grabado dos discos que las radios populares de la época convirtieron en efímeros éxitos, fue en 1971, con la canción Borriquito, en que Peret, nombre diminutivo de Pere Pubill Calaf, emergió como la figura que entronizaba la Rumba Catalana en el mundo. A partir de ese momento, el género de origen callejero abandonó su condición marginal para hacerse bandera cultural de Cataluña, convertirse en la renovada música de la juventud y legitimarse en los circuitos comerciales de la industria fonográfica. Ya no era música de gitanos harapientos y andaluces menesterosos. La Rumba era de todos.
¿Qué provocó esa explosión rítmica que hizo posible la fusión de las músicas tradicionales con el jazz, el rock, el blues y el frenesí del trópico? Desde antes del ascenso de Franco, Barcelona fue una ciudad que supo sintetizar tradiciones en todas las artes. También ha sido la coordenada ibérica que mayores vínculos artísticos ha sabido entretejer con el otro lado del Atlántico. Republicanos y anarquistas, avivadores de todos los rincones y trotamundos de todos los orígenes, mitificaron la ciudad como una cuna que brindaba hospitalidad desde los tiempos del ostracismo hasta esta época de xenofobia y racismo. Este clima de creación logró un ingenio transfronterizo y una equidistancia entre las ínsulas del talento que animaba a transgredir por un lado y a experimentar por el otro. Solo bajo la conjunción exacta de estas condiciones se lograría el advenimiento de un sonido que remozara la tradición y enalteciera lo nuevo. Más que una fórmula, lo que operó fue una circunstancia histórica con aliento de ruptura y ánimo de encuentro.
Peret logró un contagio masivo con aquellas letras sencillas de fácil recordación que poetizaban el transcurrir cotidiano, el lado pueril de la vida y una noción onírica de la existencia que le daba alas al ser más intrascendente y le permitía soñar con escapar de la rutinaria sucesión de los días. La Rumba levantó los cuerpos desgonzados por la monotonía urbana y abrió el firmamento de los compositores e intérpretes para abrazar a Latinoamérica como quien espera una transfusión sangre: nutrir un cuerpo exangüe para recibir la savia fecunda de la esencia musical. Por eso, en propuestas como las de El Gato Pérez y Gipsy Kings, la salsa, el pop y el son se asomaban sin rubor a un predio cercado hasta ese momento por el recelo en un sonido que aparentaba ser refractario e incontaminado.
La Rumba Catalana es ancha de pista y de corazón. Como ningún otro género, se baila y se canta en discotecas y callejuelas, se escucha en el metro y en la universidad. Por eso los grupos de los últimos 20 años condensan la evolución de Barcelona y España. Desde el Soul al Reggae, del Funk al Indie, vertientes y estéticas han permeado las búsquedas de proyectos tan diversos que se esfuerzan por forjar un refugio identitario en un cuarto de siglo que ha visto el auge de las tribus urbanas y el derrumbamiento de varias utopías. Agrupaciones como La pegatina, Estopa, Sabor de Gràcia, La Troba Kung-Fú, El último de la fila, Los manolos, Muchachito Bombo Infierno, Ojos de brujo y Txarango, caracterizan en sus puestas de escena desde circos hasta inquilinatos, reivindican desde el exiliado hasta el artesano. La misma porción de tierra que se ha debatido entre un integracionismo pleno y una emancipación suicida, ha traslucido en su música las tensiones de una ciudad que es de todos y es de nadie.
Macaco, Muchacho y los sobrinos y Las Migas, cada uno con señas particulares, son exponentes de la Rumba Catalana con plena vigencia. El primero, con letras de hondo sentido social, aprovecha su figuración para enarbolar causas, denunciar tropelías y afirmar su ideario. Los segundos y terceros, son propuestas de proyección mundial cuyas canciones nacen con un hálito viajero y desde su gestación se apropian de una orquestación que rescata elementos originarios e incorpora sonoridades progresivas. Aunque huyen de los rituales convencionales y esnobistas de las figuras del Pop, alcanzan una difusión internacional gracias a arreglos concebidos en virtud de un público multilingüe y ecuménico. Son decididamente aldeanos universales.
De los estribillos escuetos y los cantos sencillos, las canciones de la Rumba mutaron a líricas más conceptuales y alegóricas. Aunque la constante es el jolgorio y siempre las interpretaciones gravitan en ambientes de algarabía, también la reflexión se filtró en las letras. Si se trata de paliar la pena, que sea con un ápice de desparpajo y una buena dosis de sarcasmo: Llega el momento, me piro/Al filo de la mañana, / ¡Qué frío! / Que no me he puesto el sayo /Pero me he puesto como un rayo /Me siento como un esperma / esperando en un tubo de ensayo. Agrupaciones como La Payoya, Los Amaya y Chipen cantaban al cortejo y el flirteo, al desamor y los vacíos del desapego afectivo. En ellos hay mucha devoción al ritual dancístico del mundo gitano y a la instrumentación tradicional. Quizás quien mejor ha sabido trasladar esta fórmula originaria a los conciertos de esta era de redes y audiencias multimediales es Sicus Carbonell. Caminante del Barrio Gótico, su grupo ensambla instrumentos de viento, baterías, congas, guitarra eléctrica y coros. Fiel al idioma catalán, sus arreglos son libérrimos y agraciados con cierta espectacularidad sonora.
Aunque su vida estuvo atiborrada de contrastes y giros dramáticos, la mayor paradoja de Peret – el indiscutido pionero de la música popular barcelonesa - fue que murió el 27 de agosto del 2014 en el hospital Quirón de Barcelona devastado por un cáncer de pulmón a los 79 años. Sin aire, su existencia se extinguió. Ignoraba que con su desaparición corporal proporcionaría oxígeno para que los cultores de la Rumba perpetuaran el baluarte que cuarenta años atrás lo elevó a él al rango de leyenda.

Marcos Fabián Herrera nació en El Pital (Huila), Colombia, en 1984. Ha ejercido el periodismo cultural y la crítica literaria en diversos periódicos y revistas de habla hispana. Es miembro del comité editorial de la Revista musical La Lira. Sus crónicas se publican en la Revista Diners y el periódico El Espectador de Bogotá.
Autor de los libros El coloquio insolente: Conversaciones con escritores y artistas colombianos (Coedición deVisage-con-Fabulación,2008); Silabario de magia (Trilce Editores, 2011); Palabra de Autor (Sílaba, 2017); Oficios del destierro (Programa Editorial Univalle, 2019); Un bemol en la guerra (Navío Libros, 2019). Orquídeas Colombianas: un encanto floral del trópico es su sexto libro.