ALINA Y EL FUEGO
Memoria iluminada, galería donde vaga la sombra de lo que espero.
Alejandra Pizarnik
Poco antes de despertar soñé con un tigre de hermoso pelaje sangrando por un costado, más parecido a la imagen del dolor que a una fiera. Como mi padre me había enseñado a domesticar leones, no le di importancia. Me levanté como todos los días y salí rumbo al trabajo, esquivando pordioseros y carros, saltando charcos y basuras acumuladas en los andenes. Un sol radiante bañaba las calles y todo parecía recién pintado.
Cuando llegué al edificio donde laboraba, la puerta se abrió automáticamente y vi a Alina, tan escandalosamente vestida que comenzaron a salirme unos miserables humitos por las orejas, pero no me preocupé; yo era un Leo con todos los defectos y virtudes y, aunque aparentara ser otra cosa ante los demás, amaba la belleza en todo su esplendor.
El ascensor comenzó a subir lentamente, atiborrado de ejecutivos, secretarias, mensajeros y empleadas del servicio. En vez de mirar con atención la numeración del aparato como hacían los demás, me dediqué a mirar a Alina. El rojo encendido de sus labios, la armonía de sus formas, el medallón de san Jorge temblando entre sus senos. El calorcito seguía haciendo su agosto y yo fresco, soñando con un país de hielo. Espeluznante espectáculo el de Alina con la llama de la tentación crepitando entre sus senos...
Los ocupantes del ascensor se fueron quedando indistintamente en los pisos 12, 15, 23 y 27. Finalmente sólo quedamos Alina y yo, mirándonos, no con miedo sino con asombro. Cuando Alina aspiró la fragancia matinal del clavel de mi solapa, la puerta se abrió intempestivamente vomitándonos en el piso 32.
-Es un día muy hermoso como para desperdiciarlo en esta horrible jaula de oro. ¿Por qué no vamos a dar un paseíto por el parque? –le propuse, señalando el paisaje que se veía a través de la ventana.
Alina no lo pensó dos veces. Abrió la ventana y se lanzó al vacío. “¡Santo cielo!” Yo no podía creer que fuera cierto. Para cerciorarme, me asomé y la vi, no como una masa informe de carne estrellada contra el pavimento de la avenida sino revoloteando alrededor de los edificios vecinos, tan plácidamente que parecía ese era su oficio y no el de secretaria ejecutiva del gerente mediocre de un banco. Al ver mi asombro fue a posarse tranquilamente en la cornisa del edificio de enfrente.
–¡Tírate de una! –me gritó.
La amaba, ciertamente, pero no iba a lanzarme al vacío sólo por eso. Frecuentemente me decía que yo era su novio y me prometía tantas cosas que me hacía volar más allá del horizonte. Cosas de ella. Yo, un ser racional y metódico, que vivía al pie de los cerros, en un barrio de casas blancas bañadas por la lluvia y el sol, no hacía sino preguntarme en qué iba a terminar tanto amor.
Fui a sentarme delante del robot que controlaba a los empleados de la empresa. El calor continuaba invadiendo el edificio, pero me negaba a creer que fuera un incendio de verdad. Esas cosas jamás se habían visto allí: en todas las oficinas del banco había detectores de incendios que automáticamente ponían en funcionamiento los sistemas de irrigación. Súbitamente el robot cayó al piso dando brincos como un endemoniado y las llamas comenzaron a chamuscarme los zapatos, el pantalón, la corbata, los pelos del pecho.
“–Es mi corazón el que arde” –pensé. La multitud, allá abajo en la calle, esperando que el incendio continuara con mayor intensidad, no hacían sino gritar que me tirara, que iba a morir chamuscado. Como si fuera mi pasatiempo favorito, abrí la ventana y comencé a tirar todo lo que el fuego quería devorarse. Cuando todo estaba a punto de quedar reducido a cenizas llegaron los bomberos vestidos como para una fiesta. El más intrépido se atrevió a preguntarme a través de la cerradura de la puerta, si se estaba quemando alguna cosa importante. Miré a mi alrededor.
– El humo inunda la oficina, las llamas se están devorando los archivos de la empresa, todo esto parece un desastre. Ni siquiera me encuentro. Mis huesos de lira ardiendo de ira sobre el lomo del pomo. Mi lira delira de ira. El robot estiró la pata, las computadoras se están derritiendo, no encuentro mis documentos de identidad, ni la pata de conejo de mi buena suerte.
–¿Quién es usted? –me preguntó el bombero secamente.
– El 12021.
-Diga algo concreto para poder salvarlo.
-Alguna vez –le respondí tratando de ser concreto--, tuve la idea de llegar a ser un eficiente bombero como usted, recorrer las calles en un carro rojo y asustar a las señoras con la manguera, más nunca pude cristalizar ese sueño ni otros más sencillos. Por pena. Soy un ser apenado, sin penacho, sin pelo en el pecho. No tengo la fuerza de voluntad de los demás pingüinos de la tribu, apenas la necesaria para levantarme de la cama cada mañana, llegar temprano al trabajo, marcar mi tarjeta de empleado, acatar los reglamentos de la empresa. Al gerente es al que le gustan las órdenes, los números, los informes. Por eso me puso un número en la espalda. El 12021. Desde que amanece crepito como un horno de altas temperaturas por culpa de ese número. Hubiese preferido ser Esenin y no el número que soy en la empresa.
- ¿Esenin? ¿Quién es ese pajarraco? –me preguntó espantando una lengua de fuego que empezaba a morder las cortinas del centro de computación.
-Estoy a punto de lanzar el último cuác y usted no hace sino preguntarme cosas, pedirme explicaciones. ¿Quién es usted para atreverse a tanto? Lléveme a mi casa, por favor, quiero morir decentemente en mi cama al lado de los míos –le pedí.
Después de tanta palabrería inútil, el bombero comenzó a darle hachazos a la puerta como tratando de acabar de una vez con todas mis desgracias. No sé qué pasaría después porqué estuve desmayado por más de 48 horas.
Hay días en que amanecemos incendiados y buscamos afecto entre los demás, pero los demás no dan sino lástima. Parecen llagas de Dios. ¿Qué es lo que les hace falta?
Mi hijo Nicolás, el que es capaz de sostener en el aire una bola de hierro con la mirada, al verme cabizbajo y meditabundo, quiso hacer más leve mi tristeza y se dedicó a sorprenderme con sus análisis de sabio:
-Las estrellas son mundos silenciosos, el magnetismo atraviesa las paredes, la luz cabe dentro de una bombilla, el amor hace más bellas a las personas. Lo que no entiendo...
(Mi niño tan pequeño y ya sufriendo).
-No te preocupes por entenderlo todo, hijo mío. El universo está lleno de preguntas sin respuesta. Por eso hay que leer mucho, consultar el diccionario y darle de comer a la imaginación. Eso es lo que yo hago todos los días para no parecerme a los demás.
Nicolás no quedó satisfecho con mis explicaciones y quiso que le aclarara algunas dudas más:
-Papi, ¿los poetas son vagos?
(La poesía me caía diariamente en el plato de la sopa, pero el gerente de la empresa no me dejaba mirar ni siquiera a su secretaria. Me daba órdenes, me gritaba, me volvía papilla el espíritu. Parecía el policía de la poesía. En todas partes hablaban mal de los poetas porque no eran como los demás. Para mí el poeta era capaz de hacer el mundo y otros mundos).
- ¿Vagos? ¿Quién te dijo eso, hijo mío?
-El tendero de la esquina, el rector del colegio, la vecina...
(Mi vecina se pasaba todo el día gritándole a su marido cosas de este tenor: “No eres más que un infeliz vago. Te pasas todo el día escribiendo poemas de amor a las muchachas mientras tus hijos se mueren de hambre, ¿qué hice yo para merecerme tan cruel castigo?").
-La ballena es la razón de los demás, hijo mío. La gente se pasa todo el día dando muestras de ecuanimidad, pero todos son tan falsos como su pudor –le dije. Recogí mi cola, me enrollé, me hundí dentro de mí mismo, abismado, deslumbrado, asombrado, con unas ganas tremendas de salir corriendo a esconderme de los vecinos, lejos de este mundo...
Después de varios días de incapacidad me levanté con ganas de darle la vuelta al mundo en bicicleta. Me sentía fuerte y remozado. Mi bicicleta era la más anticuada del barrio; no tenía esas formas aerodinámicas de los modelos recientes, parecía el esqueleto de una bicicleta, chirriaba por todas partes, a las llantas ya no le cabía un parche más, pero en ella me sentía el Rey Sol en persona y dejaba que me llevara a su antojo, pedaleando por las calles de sur a norte. De pronto me dieron unas ganas tremendas de ver a Alina, de saber qué había pasado durante el incendio, si todo lo que decía la prensa era cierto o imaginaciones mías. Alina vivía sola, en una casa tan grande que hasta un gato podía perderse.
- ¿Quién quiere acompañarme a dar un paseíto por ahí? --le pregunté a mis hijos. Ninguno podía. Nicolás debía presentar la maqueta de un edificio cósmico y ni siquiera tenía las bases, mi mujer no sabía montar en bicicleta, Mi hija había salido a patinar; Ulises estaba en el aeropuerto. Me lamenté.
- ¿No tendrás por ahí algún enredo? —me preguntó mi mujer al verme dispuesto a salir. Le gustaba ahondar en mis sentimientos. Por algo leía el tarot, desenredaba entuertos, descifraba misterios y sabía dónde ponían las garzas.
Salí a la calle y comencé a pedalear con desgano, buscando las calles menos transitadas para poder fisgonear el paisaje a mi antojo. Era un día soleado y azul como ninguno.
Alina al verme llegar me sirvió un vaso de leche con galletas y se sentó a mi lado a limarse las uñas. Vestía una blusa de seda anudada al ombligo y unos escandalosos shorts que la hacían ver más atrayente. Olía delicioso, como recién bañada. No era bocado de todos los días y tenía que aplicarme bien. Por suerte la farlopa me ayudaba, transportándome a otras galaxias.
Como yo no era el encargado de apagar el fuego sino de mantenerlo encendido, la besé y de un tirón le bajé las braguitas, rosadas, casi invisibles. Inmediatamente comenzó a arder la alfombra, los muebles, el canario, el piano, la sala. Hubiese querido ser el eficiente bombero de capacete dorado, para abrirme paso entre las llamas y salvarla, pero me sentí incapaz de apagar el incendio.
-Los Leo somos impredecibles –le dije, apenado.
Cuando todo quedó reducido a cenizas, me encaramé en la bicicleta y comencé a pedalear por la avenida, esquivando los autos, los perros, los peatones distraídos.
Cuando regresé a mi casa ya estaban preocupados por mi demora, pero les conté que me había quedado mirando un incendio descomunal, a una muchacha desnuda y su novio invisible. No me creyeron: en el noticiero habían reportado un día melancólico.
Mi mujer dedujo que lo que yo quería era evadirme de las responsabilidades del hogar y me mandó a dormir, para que al día siguiente madrugara a cumplir con mis obligaciones laborales y nunca nos faltara el pan del desayuno.
–Ya se me había olvidado –le respondí.
Cuando puse la cabeza en la almohada comencé a pensar seriamente en mi futuro, tratando de olvidar esa historia que alguna vez leí y que comenzaba así: Thomas Tracy tenía un tigre…

copyright Mara, 2023
MILCÍADES ARÉVALO. Nació en El Cruce de los Vientos (1943). Fotógrafo, Cuentista, dramaturgo, Editor, Gestor Cultural, librero y director de la revista cultural Puesto de Combate, fundada en 1972. Entre sus libros publicados se destacan: A la orilla del trópico (Relatos, 1978), Ciudad sin fábulas (Cuentos, 1981), El oficio de la Adoración (Cuentos, 1988-2004), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995), Cenizas en la Ducha (Novela, 2001), Las otras muertes (Cuentos, 2016), Manzanitas verdes al desayuno (Cuentos eróticos, 2009), El vendedor de Espantapájaros (Cuentos Juveniles, 2019), El Reflejo del agua en el desierto (Cuentos, 2024). Tiene varios libros inéditos, entre ellos la obra de teatro: El Jardín Subterráneo, 1985, Galería de la memoria (ensayos), y La Lío y otras mujeres (Guión cinematográfico). Sus cuentos, crónicas, entrevistas y ensayos figuran en diferentes periódicos de Colombia y en revistas como Puro Cuento (Argentina), dirigida por Mempo Giardinelli; Casa de las Américas (Cuba) dirigida por Roberto Fernández Retamar, Plural (México) dirigida por Jaime Labastida, Aurora Boreal (Dinamarca) dirigida por Guillermo Camacho) y en diferentes las antologías de cuentos: Colombie a chuer ouvert, anthologie de la nouvelle latino-americaine (Francia) de Olver Gilberto de León; Racconti dal mundo (Italia) de Danilo Manera
Ha sido Jurado de cuento, novela, teatro y poesía en más de cien eventos de esta naturaleza. Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: "Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda", Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); "Viaje por la Literatura Colombiana", realizado por el Banco de la República (1984); "Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro" (Madrid, 1985), con presentación de su obra "El Jardín Subterráneo" en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo. Realizador del 1o, 2º y 3º "Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios" en la Feria del Libro de Bogotá, durante los años 1988, 1989 y 1990. "Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe", invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).
Ha sido ganador del Concurso de Cuento Gobernación del Quindío (1981. 1982) Concurso Testimonio de Pasto (1984) Concurso de Novela Ciudad de Pereira (1985 – 1991), Beca Francisco de Paula Santander de Colcultura (1995). Durante su vida ha sido marinero, vendedor de libros, publicista, conferencista de literatura colombiana, editor de libros, corrector de estilo, periodista cultural, fotógrafo y dramaturgo. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital.