Eduardo Delgado Ortíz


Nacido en San Juan de Pasto. Nariño, Colombia el 05 de junio de 1950. Reside en Cali, desde hace treinta y ocho años. Cofundador de Cali–Teatro, del grupo Zair y de la revista Metáfora ganadora del premio Colcultura y de la cual es jefe de redacción. 
Sus ensayos de autores Vallecaucanos, sobre el cuento norteamericano, latinoamiericano y la novela negra, han sido publicados en suplementos literarios y en revistas. Eduardo Delgado hace parte de la antología Cuento Colombiano al borde del siglo xxi, Veinte asedios al amor y a la muerte, Ministerio de cultura, 1998; de la antología Cuentos sin Cuenta, Universidad del Valle, 2003; y de la antología bilingüe (Colombo-francesa) Cali-grafías, La ciudad literaria, programa editorial Universidad del Valle y revista vericuentos, de Francia, 2008. Ha publicado el libro de cuentos Como tinta de sangre en el paladar, Minotauro Editores, 1999, la novela Por los senderos del sur, programa editorial Universidad del Valle, 2004, el libro de ensayos La geometría del crimen, Minotauro Editores, 2007.

http://eduardodelgadoortiznovelanegra.blogspot.com.es/


                      LA MANO
Somos como son los que se aman.

Jorge Gaitán Durán

                                                                              

                                                                                                  ¿Puedo tocar? -Dijo él-

                                                                                                   voy a gritar  -dijo ella-

                                                                                 sólo una vez -dijo él-                                                                                                             

                                                                                                oh, qué delicia -dijo ella-

                                                                                                              E.E Cummings

      

He preferido desahogar el nudo que ahorca mi garganta y dejar al libre albedrío mi crapulosa historia personal. La senilidad me obligado a vivir de recuerdos que afloran en las horas negras, para endulzar el café amargo de mis últimos días. Impotente caballo de Troya, sería la expresión exacta, pero aquí, la metáfora no tiene espacio. Sólo lo hay para un descompuesto anciano, que ha perdido su atributo y, lo peor, sin valor para aceptarlo.  

    ¡Ah!, pero ahí veo la gloriosa casona con alero de teja,  poblada de secretas alcobas, simétricamente bordeando los traspatios de pasillos y zaguanes temerarios que hicieron parte de todo un rito familiar, de mi vida entera. En las horas más tranquilas del día o de la noche se ponderaba las virtudes de la arrechera, por parte de mis hermanos. Pero me correspondió a mí, el más joven y silencioso de todos, mirar y ser testigo por los ojos de las cerraduras, por los calados en las paredes de adobe, o mejor aún, contemplar desde el soberado a través de la duela de madera machimbrada, toda una batalla perruna, entre una virgen sirvienta llegada  del campo y de mí pervertido  hermano mayor, de quien su única virtud era su descomunal penca, rebosante de orgullo. Entonces yo tenía once años y este descubrimiento loco, me impresionó. Yo pensé que el sádico estaba asesinando a la infeliz criatura quien sólo emitía unos gritos voraces: ¡Hay Dios, no, no!. ¡Por dios más, más!, gritaba la criatura inmolada en sangre virgen, con las piernas sobre los hombros del hombre, mientras que él, con su esplendor dentro de ella, sólo sacaba su lengua larga y gemía como diablo. Después puso en cuatro a la criatura y la perforó de un tiro. Entonces fui consciente de lo que significaba esa dureza entre las piernas y me la sobé, sintiendo una sensación agradable, y supe que había un diablo generoso en el cuerpo.

   Esa desorbitante lección, me dejó alicaído, vergonzoso de mi humanidad y realmente me sentí desgraciado; a no ser por mi padre, que un día al notar mi curiosidad al verlo desnudo en el baño, me dijo que el problema de estos animales no era su tamaño sinó su astucia en su labor. Gracias a este sabio dictamen, el temor adquirió un nuevo matiz. Me la sobaba y al hacerlo se agrandaba un poco, se ponía fuerte, arrogante, fue entonces que me creí un macho.

    Una tarde, mientras mi hermana que era tres años mayor, jugueteaba con su costurera, yo como un perro pequinés, me introduje entre sus piernas y haciéndome el perrito le lambí los tobillos. Tenía un vestido largo de tafetán y estaba sentada; yo, como un animal loco estiré la mano y mi hermana entreabrió sus piernas dejando que la mano subiera hasta sus muslos que estaban sudando y después abrió las piernas y la mano, independiente de que yo la mandara, avanzó hasta una hornilla caliente, y encontró un hueco que mis dedos tocaron, y por ese hueco entró el dedo una y otra vez y sentí un líquido viscoso, mientras que con la otra mano me la sobaba y no recuerdo si me quedé dormido, pero si sé que me gustó mucho. A mi hermana también le gustó. Después fue ella la que me zambulló dentro de su vestido y lo volvimos a hacer.

    Un cabrón amigo, medio marica, a quien le conté lo sucedido, me dijo, que tuviera cuidado porque eso era malo, era como tirarse a la mamá. Y, ocurrió, sentí una extraña impotencia en el cuerpo y por mucho tiempo no pude dormir y mi animal estaba como muerto. Por más que me la sobaba, colocando fotos de mujeres desnudas, no se me paraba. Yo estaba aterrorizado, mi preocupación no tenía respuesta. Por un tiempo pensé que me iba a volver marica, pero por fortuna hubo un rayo de luz en mi infierno.  Era como una segunda oportunidad.   

Una tarde, mientras buscaba un balón de fútbol en un olvidado cuarto al trasfondo de la casa, donde dormían algunas empleadas, ví con la luz de la fortuna, a una joven durmiendo, cubierta con una delgada cobija que marcaba su frágil silueta. Flor, Flor, llamé y como no atendió a mi llamado, me senté al borde de su cama y palpé su cuerpo; ella no respondió, por lo tanto mi laboriosa mano se deslizó  debajo de la cobija y después de acariciar sus pantorrillas, muy lentamente empecé a ascender hacia sus muslos y más arriba mi sorpresa fue grande, estaba desnuda. Entonces el animal  se enderezó mientras mi mano atrapó su moño y, con delicadeza, le acaricié una cresta junto a su hueco por donde introduje el dedo. La muchacha no se movía, dejaba que su patrón hiciera en silencio lo que más le gustara y yo, ni corto ni perezoso, le quité la delgada cobija que la cubría. Era una mujer de piel bronceada, suave como la de un bebé. Una india de ojos rasgados y labios voluptuosos. Delgada, extremadamente delgada, su culo era bien formado y sus tetas, aunque pequeñas, duras y preciosas. Tenía los ojos cerrados; por supuesto que no los quería abrir. Esa actitud me emocionó. La mano le acarició el rostro, los labios y le metí el dedo en la boca como si fuera su hueco. Yo estaba extasiado, feliz en la contemplación del inerte cuerpo y, no se por qué pensé  que el placer era un principio de la muerte. Así, en esas circunstancias, como si fuera la muchacha una muerta, la mano masturbó su coño y mi verga, por primera vez, se hundió en el acantilado del placer. Oh, como disfruté en esa vulva, en donde apenas emergía el bello pubis. Desde ese momento mi predilección  fueron las flacas. La mujer flaca se me volvió una obsesión. Entendí, que el placer del sexo, no sólo estaba en hundirlo. La contemplación, la articulación de la mano en el cuerpo, junto con una recíproca perversidad imaginativa, eran claves para llegar a la gloria del universo infinito, al esplendor, a la exaltación y a algo parecido a la nada: el indefinible clímax. Desde aquel momento, a la misma hora, la muchacha me esperaba, como en el primer día, desnuda y dormida como una muerta, para que yo hiciera con su cuerpo, su culo, sus tetas, su coño, lo que quisiera. Ahí saqué punta a mi verga, en ese coño dí rienda suelta a mi placentera imaginación. De ahí  salí hecho todo un valiente a los putiaderos. Por esa época, las novias no se lo daban a uno. Había que crear una formula de seducción.

Mi amigo ambidiestro, el Vizconde de Gratulay, me iba a educar en los libros sagrados del Marqués de Sade, su Juliette; o leíamos sonetos de Pietro Aretino, también del singular señor Bataille, recuerdo su admirable Historia del ojo. Sin lugar a dudas, sin los libros, no somos más que unos pobres fantasmas empíricos. Gracias a esa lectura pervertida y afortunada, nuestra penca, adquirió la suficiente sabiduría  para aconsejar a las mujercitas bellas, el camino del amor. Nuestras sagradas novias, por fin, recibieron en su boca rosa la bendición de nuestro animal y las perras disfrutaron. No hay que negarlo, lo disfrutaron hasta enloquecer sin resabios.

    Esto no fue más que una gloriosa época de chiquillos en el aprendizaje del amor. ¿Que puede haber más allá del principio del placer? : La muerte. Sí, eso es lo que estoy esperando en esta  undívaga tarde, mientras sueño como un joven. 


            Alias Caparroja

Caldwell, con sus gafas oscuras pulverizadas,

yacía contra la pared opuesta, en el centro,

con la parte posterior del cráneo hundida y

una mano alzada como para atravesar

el frustrante espesor del  muro.

Ray  Bradbury

                                                                                                              

Impredecible 

 ¿Cómo puede ser que haya

en estos desgraciados

tan funestos deseos

de luz?

                                                                                                       Virgilio

   

   El azar me llevó a conocer, en el barrio La casona, del distrito de Aguablanca,  a Francisco Moreira, alias el Zarco, quien murió en su ley una tarde de febrero, en una celada tendida por su compadre, y de quienes escribí alguna página. Con el tiempo supe, no sin asombro, que su foto era velada en la sombra y que su nombre corría entre-voces en otros barrios pendencieros como El Matadero, en las colinas de Siloé  o La Floresta, ampliándose su prontuario delictivo; y que otros jefes de gallada bautizaban a sus hijos con el nombre de Moreira. Pues la gente de barrio es propensa  a la idolatría religiosa y necesita de un héroe de sus contornos, de un jefe con agallas,  por eso no es raro que el personaje sea un futbolista, un santo o un bandido.

   Una tarde de esas en que el sol parecía empantanado en el charco de la calle y el sopor me arrastraba al entresueño o a una pesadilla,  un Volvo clásico, color azul oscuro, se detuvo frente a mi oficina dedicada a la arquitectura de interiores,  y un hombre circunspecto, lánguido como machete afilado, entró a mi despacho y sin ningún preámbulo dijo que el señor Mefisto Caravallo precisaba de mis servicios. Que si podía hacer el favor de acompañarlo. Vi, no sin cierta sospecha, que un campero con dos hombres lo acompañaban. Dije que estaba cargado de trabajo hasta finales de año; que no me podía comprometer con nadie. Y era cierto. Estaba terminando la mansión de un ilustre personaje de la sociedad emergente. Muy solícito y respetuoso el hombre me pidió el favor de escuchar al señor antes de insistir en una negativa.   

   Escondiendo el miedo y la cobardía que se instala como serpiente venenosa en el cuello, acepté, a sabiendas  del riesgo que corría al atreverme a  asistir a una cita sospechosa.

   En el camino asocié el nombre de Mefisto Carvallo a otros clichés de la zona negra del centro de Cali, de la calle Diecisiete y la Doce: Piquiña y  Gatillo Loco, personajes de los cuales había hurgado sus historias y con quienes en alguna ocasión me había reunido a través de un contacto que nos había permitido el encuentro. Pero cuando el vehiculo tomó  rumbo por la calle quinta, al barrio residencial del Oeste, rechacé  cualquier vínculo  con Carvallao y opté por especular la idea que en las hordas de estos personajes, a pesar de que existen  diferencias sociales y económicas,  su fuerza estaba ligada al territorio que es sinónimo de poder. La conquista del territorio es demencial, implica el barrio, la ciudad, el departamento, el país, el continente.

    De esta manera, Piquiña, jefe temido y respetado  en la Zona Negra, era tan inclemente y poderoso como el finado Francisco Moreira, a quien  relacioné, por viejos recuerdos de crónica, con Mefisto Caravallo, alias Caparroja,  mano negra de los tres jefes del Valle,  personajes a los que el Bloque de Búsqueda había puesto en prisión.

 

                                                                                            Encuentro


Mefisto Caravallo se encontraba  sentado en un   ostentoso sillón estilo inglés,  en su oficina, en una actitud como de éxtasis. Contemplaba un cuadro de Obregón: Una fiera devoraba un violento. Era una masacre plástica, saturada con el rojo ardiente de la ira; la indiferencia, cómplice del lienzo, enmarcaba la infamia dentro de una zozobra de la cual no sabemos si vamos a salir ilesos.

   El fulgor de la sangre, en  contraste del color, era lo que explicaba el atractivo que el hombre saboreaba en la belleza de la obra. 

   Mefisto Caravallo giró su cabeza de paquidermo y en un segundo dejó ver  en sus ojos de águila la parte siniestra   que saboreaba en el cuadro. Un guiño bastó para encubrir sus ansias y su pasión, y los hombres apasionados como él conquistan el poder a cualquier precio bajo la velocidad de sus acciones. En segundos, con sólo oprimir una tecla de su computador, podía dar una orden implacable. Pero él también conocía, sabía de  sus limitaciones. 

   Puso los codos sobre el escritorio, las manos se abrazaron, y en una actitud de rezo, cerró los ojos, respiró quedo, volvió a abrir los ojos y miró al lado izquierdo donde había un fresco de Darío Morales. Era un cuadro de una mujer desnuda acostada en una actitud de laxitud plena. Volvió a respirar aliviado y en seguida me miró.

   ¿Qué quería?

   Una menuda extravagancia. Que le diseñara y le construyera una capilla con un mausoleo en una de sus haciendas en Jamundí y, de una vez para siempre, le escribiera su epitafio.

   Extrajo de su cava una botella de Partager 1910 y me ofreció una copa, y él brindó simbólicamente por la oración póstuma, pues  estaba tomando medicamentos. Y, por otra parte, entendí, que no quería saber nada de su contenido.  Como diciendo que los hombres la lean en la lápida, llegada la hora, prodigando de esta manera su talante.

    ¿Predecía su destino final? No sé, o como sea, no me concernía su asunto de sangre, aunque, no voy a negarlo, me interesaba conocer la situación de este famoso personaje, ahora,  puesto de espalda contra la pared.

   Acepté.

   Únicamente me pidió el favor que lo visitara para precisar algunos detalles, bosquejos de la obra, etc., etc.

    No se dijo más sobre el tema. Pero había más.

   Lo empecé a ver para mostrarle el diseño del trabajo y en una de esas ocasiones empezó a hablar, a desvariar y se refirió a Francisco Moreira. Pensé que al hacerlo hablaba implícitamente de sí mismo –ya que toda orden siempre viene de más alto–. Sus palabras navegaban como un submarino cansado, él mismo era un submarino destruido en el laberinto del mar negro, era un gusano de acero podrido retorciéndose en una extraña convulsión, como si su cuerpo, perforado por la enfermedad,  se hubiera llenado de hormigas nerviosas.

   Había llegado al límite y, en ese día casual, pude verlo en una singular postración. Es terrible y triste ver un león enfermo arrastrado por el huracán de la muerte; igual inspira compasión  ver a un verdugo en similar desesperanza.

  Se acostó en una poltrona tendida con tablas  de madera sin cojines a restregarse el cuerpo y a vomitar las alimañas que lo recorrían por dentro, como carcomido por un cáncer, perdido en un laberinto tenebroso. Supe que llevaba más de seis meses postrado bajo el síncope de la “tembladitis”, una de esas extrañas enfermedades que a veces  se originan bajo el enigmático clima de la presión enemiga, de los cazadores, creando un estrés implacable –¿él mismo no había cumplido iguales encargos a costa de todo? ¿Era su turno?–. Es que el miedo forzado al  límite, trastorna los nervios. Un hombre bien puede volverse un depredador sanguinario o una inútil bestia; también  se puede transfigurar en un vegetal. Él, en el fondo,  sabía que estaba atrapado en su propia trampa construida de traición y carnicería. Siendo un fanático católico, ¿por qué  no pedía clemencia a Dios?  ¿Algún diablo  tenía en el cuerpo que se lo impedía?

   Su vida, su pasado era demasiado clandestina y misteriosa. ¿De dónde había salido este formidable carnicero, que no tenía palabras para la clemencia?

 

                                                                            Escuchen bien, escuchen bien

                                                         Él, Bencito, fue adonde Fróim Grach,

                                                         que ya miraba el mundo con un solo        

                                                         ojo y ya era lo que es. Dijo a  Fróim:

                                                 -Cógeme. Quiero arrimarme a tu orilla.

                                            La orilla a la que me arrime saldrá

        beneficiada.  

                                            Issac Babel                                                                                                                  

  

   No sé decir si era una lacra o un alma de Dios.

   Con una mano repartía comida a la barriada y con la otra despachaba al otro mundo los recomendados. Vamos a fumigar una rata, decía Caparroja. Por eso el mote puesto por don Francisco. Caparroja era un fungicida popular.

   Llegó del Norte del Valle una tarde calurosa. Traía  el sol a la espalda y una recomendación mugrosa escrita a mano por un gamonal del pueblo de Cartago. Su camisa de chalis floreada, por fuera del pantalón  le flotaba en el cuerpo, dejando entrever  un fierro pavonado de lo último entre la correa de taches de acero brillante. Don Francisco lo vio y fue suficiente. Tenía ojo para distinguir un funguicida bravo, y Caparroja, ya le digo, era una lacra.

  “¿Querés un chance?”, le insinuó don Francisco con frescura, después de leer la recomendación. Escribió en un papel un nombre,  una dirección, una suma de dinero y se la puso a los ojos del hombre; treinta o cuarenta segundos, luego rompió el papel, los pedazos los puso en un cenicero y les prendió fuego. “Ahí la tenés,  te doy diez días”, le dijo   don Francisco mirándolo con curiosidad, como si se tratara de un  bicho raro o una fiera dispuesta a saltar.

   Caparroja miró la tierra, más por precaución que por respeto. No le gustaba que le visajearan  por dentro sus ansias de apache, sus reflejos de indio culebrero.

   No fueron  nueve once o doce días. El décimo día justo, Caparroja  apareció con una flota de carros de varias marcas último modelo, un maletín cargado de dinero y algunas escrituras firmadas. La deuda del ya difunto sobrepasaba el doble. Esa noche, don Francisco festejaba el cumpleaños de su amada,  tenía una fiesta a todo dar en el Hotel Intercontinental. No halagó ni felicitó a Caparroja por su crudeza pero lo invitó a la rumba. Que trajera su querida, le dijo, entregándole un grueso fajo de billetes y las llaves de dos carros, pues ya Caparroja había armado un combo áspero.

    A la fiesta apareció a las once de la noche vestido con un traje fino y corbata como todo un patrón,  acompañado con una india del sur, de pelo negro y cuerpo deslumbrante que pisaba sabroso como muy pocas ahí presentes. Don Francisco los llamó y los sentó a su lado. En el escenario una orquesta puertorriqueña hacía sonar las trompetas.  Esa noche para Caparroja fue un ¡bingazo!  A esa hora ya su nombre había saltado en la ruleta  entre  los dados de los duros, como una ficha clave. Lo de su hembra era un gesto  más de su berraquera. “Pa`que vean que no soy una roña”, les dijo a sus  parceros. El resto de la noche fue vacana.

   Las tres familias empezaron a repartirse sus servicios. A los tres les  bajaba la mirada, a los tres les exprimía lo que podía; a don Francisco era al que primero escuchaba. Era el que lo había ligado.

   Un día, bajo la aprobación de los señores,  armó su propia funeraria y empezó a trabajar a contrato. Caparroja trepó como enredadera. Dos o tres años fueron suficientes para armar una bandola de cincuenta hombres, de los más porfiados. Se hizo rico en un abrir y cerrar de ojos.

  Todo había  ido bien y muy rápido hasta el día que cayeron los jefes. Los señores tenían que negociar  penas, entregar gente y sacar a otros del camino. La cuota pedía sacrificios. Y frente a eso, tres metros bajo tierra, era la mejor cura. No hay dinero que valga, no hay nada que valga, pelao. Si los señores ordenan, la orden se respeta.

   Quién no se pone grave si las almas de los difuntos empiezan  a joder. También las almas de los vivos.

   Con las tres familias en la cárcel, ahora Caparroja tiene un poder de respeto. No una ciudad... Ojalá le dejen disfrutar su ilusión... Porque ¿sabe?, es también un espejismo...

   Rectifico, aclaro: con dos familias en la cárcel.  Ese es el problema: una tuerca suelta,  ¿entiende? Una tuerca suelta es un problema  pa`todo mundo y eso era el hombre.

 

                                                                                        Epitafio

Un sueño atroz

                                               arropa la piedra fría

                                                      donde habita el siniestro

                                                          Arcano de la  noche oscura

                                                          Emisario Rodas         

 

   La última vez  que  vi a Caparroja se encontraba mal;  empezó  a hablar antes de que entrara a la oficina la india de cabello negro, su mujer. Dijo que ellos lo habían timado desde la cárcel. Planificaron la huida de don Francisco y los hijueputas dieron la orden de sacarme del juego. Ya en la calle, dijo,  entregaron a don Francisco con la condición de que le dieran candela. Negociaron. Después me echaron encima el agua sucia. Todo lo arreglaron con el gobierno y estos con los gringos. Me faltonearon. Me utilizaron desde siempre como les dio la gana, dijo, en medio de la convulsión y la fiebre.

   Entró la mujer. Está delirando, dijo ella, muy azarada. Me canceló en efectivo la obra que ya estaba concluida y me despidió con agradecimiento.

   El hombre había empezado a retorcerse  como un gusano  envenenado. Se quitó la camisa y se tiró a restregarse la espalda en la poltrona de tablas, lo visitaba  la “tembladitis”.

   En la espalda tenía un tatuaje que no le había visto antes. Parecía la sonrisa de la muerte.    


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