José Zuleta Ortiz

 Nació en Bogotá en 1960. Director y fundador de la Revista de Poesía Clave y codirector de la revista Odradek el cuento. Ha ganado entre otros premios el Primer premio nacional de poesía “Carlos Héctor Trejos” Riosucio Caldas 2002, con el libro Las Alas del Súbdito. Premio Nacional de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” con la obra Música Para Desplazados, convocado por la Casa de Poesía Silva de Bogotá en Mayo 23 de 2003, y el Premio Nacional de Literatura Ministerio de Cultura a libro de cuentos inéditos con la obra Ladrón de Olvidos,  Bogotá 2009. Obras Publicadas: Las alas del súbdito 2002 Gobernación de Caldas, La línea de menta 2005 Colección Escala de Jacob, Mirar otro mar 2006 Hombre Nuevo Editores, La sonrisa trocada (cuentos) 2008 Hombre Nuevo Editores, Emprender la noche 2008 Común Presencia Editores, Las manos de la noche Universidad Nacional de Colombia Bogotá, 2009, Todos somos amigos de lo ajeno (cuentos) Alfaguara 2010, Esperando tus ojos y otros relatos Hombre Nuevo 2011, La oración de Manuel y otros relatos Universidad del Valle 2012. 

 

Un perrito color té claro

                                                                                                           

 Adolfo tiene 4 años. Es domingo y sus padres se han levantado con deseos de ir al parque. El niño duerme aún, la madre no quiere despertarlo.  El padre lee los diarios, hay silencio y paz en la suave mañana. La luz entra en diagonales por la ventana del niño, un rayo de sol toca el fino cabello, un movimiento bajo las mantas y dos ojos claros se abren. Traen al niño de su sueño y lo dejan en la mañana del domingo.

El desayuno en la cocina avanza; frutas dispuestas en cascos sobre platos azules, fragantes tazas de café, la leche cuajada Martona de la estancia de los abuelos, hojaldres, quesos, zumo de pomelo... el niño ríe ya. Vestidos para el domingo, salen de la casa.

En el parque hay un festival. Los padres se preguntan si habrá algo que agrade al niño, algo que le haga feliz para verlo reír, para gozar con su gozo. Avanzan por los jardines mirando las ventas de dulces; mentas de colores, chocolates con forma de animales, bastones de azúcar. Cerca de la fuente, en la glorieta, están las diversiones: la calesita, los juegos de destreza, el tiro al blanco.

El padre del niño, Adolfo, ensaya a lanzar los aros dentro de las botellas; cinco aros; si pasa uno por el cuello de una botella se la gana. No hay suerte, tampoco mucho tino, es la verdad. Más allá están los animales domésticos: gazapos, palomas, gatitos, los cachorros. El niño ve los gazapos, sigue sin reparar en la jaula de las aves, duda ante los gatos y se precipita al lugar de los cachorros.

El vendedor de mascotas se complace con la emoción del niño, los padres le dejan acariciar uno. El niño mira suplicante a su madre, ella mueve la cabeza. Entonces, mira a su padre, el padre alza las cejas y mira a la madre. Marta, la madre, se inclina, toma al perrito color té claro y lo devuelve al vendedor de mascotas. El niño llora,  el cachorro mira al niño y mueve la cabeza hacia un lado, parpadea, emite un sonido de cachorra solidaridad y le sigue mirando. Los claros ojos de los cuatro años de Adolfo están llenos de lágrimas. El padre lo toma y lo eleva por el aire para consolarlo. Acaballa al niño en sus hombros y se alejan del prado de los cachorros. 

En la banca del parque, Marta ofrece, a modo de consuelo, un animalito de chocolate; el niño lo rechaza con enfado. Suspiros como atascos del alma salen del fondo de su niñez. La mañana sigue su ascenso por el cielo despejado, en los juegos del parque el niño olvida por momentos al perrito. Dan un paseo en un coche tirado por caballos.

El olor de los caballos mitiga la congoja del niño. Marta y Adolfito suben a la carreta; Adolfo —el padre— los despide con un movimiento de la mano. El ruido de los cascos sobre el asfalto borra la tristeza, el movimiento de la carreta es una danza que sigue la música de los cuatro cascos. Calmada la amargura por el perrito, el día caluroso parece culminar su ascenso. La carreta se detiene a un lado del jardín de los cachorros. Antes de descender, Adolfito ve entre el tumulto de alegría de los perritos, al de color té claro.

No dice nada. Sólo un suspiro resignado, y silencio. Al descender el cochero le entrega al padre, que recibe al niño, una boleta para la rifa de una mascota. La boleta no tiene costo, es una cortesía. El padre pregunta:

—¿Cómo juega?

—Hay un numerito al respaldo, 023.

La madre se aproxima para escuchar.

—¿Qué ocurre?

—Nada, que nos han obsequiado una boleta para una rifa.

El cochero pregunta el nombre del niño.

—Adolfo Bioy Casares.

El cochero lo apunta en la contraseña. La familia se aleja hacia los puestos de comida. Un helado de chocolate con chispas de menta, una cerveza helada con maní, un zumo de naranja y panecillos. El día se inclina hacia la tarde, tendidos sobre la grama, una leve siesta cruza el sosiego del domingo.

El ruido de un megáfono disipa la ensoñación vespertina. Es la hora de la rifa.

—Los niños que posean boleta para la rifa, por favor acercarse: en unos momentos se hará el sorteo.

El padre se incorpora, y sin mirar a la madre, toma al niño de la mano y se dirige hacia el origen del bullicio, del llamado. La madre protesta.

—Pero, Adolfo, ¿qué hacés?

Sin contestar, sin mirar atrás, el Adolfo se mete entre la gente que está agolpándose frente a una tarima. El niño pide que lo carguen para poder ver. Desde la altura de los hombros de su padre y sobre la grama dorada por el sol azafrán de la tarde, ve los cachorros que juegan, que simulan ataques, se tumban, y ríen; tocados por la luz enrojecida parecen más hermosos... casi como recuerdos. Los ojos del niño buscan al perrito. Lo encuentran distraído del amor, del impulso, de la hermandad de las criaturas que los une. Otro atasco del alma florece en la altura del padre. Viene el sorteo.

Marta, la madre trata de apartar a sus hombres del lugar, pero nada consigue. El hombre de las mascotas llama a una niña para que saque de una bolsa de paño verde el número ganador. La niña pasa de brazo en brazo, volando por la tarde. La luz vibra. Sobre la tarima, la mano pequeña busca en el fondo un papelito, saca varios, le piden que lo vuelva a hacer. Vuelve la mano a la bolsa y sale de ella con un papelito pegado en los dedos. El hombre de las mascotas lo toma y lee.

—023... el niño Adolfo Bioy Casares ha ganado un cachorro. Felicitaciones, puede acercarse a escogerlo.

Los padres se miran un instante y en esa mirada hay un diálogo tenso. El hombre de las mascotas vuelve a llamar.

—Si se encuentra presente el niño Adolfo Bioy Casares, por favor, acercarse con uno de sus padres.

El niño pregunta:

—¿Qué pasa, por qué me llaman?

—Hijo, te has ganado un cachorro.

El padre se abre paso con el niño izado en la altura de sus brazos y lo aterriza en el prado de los cachorros, el perrito color té claro viene corriendo hacia el niño. El padre entrega la contraseña al hombre de las mascotas, Marta observa entre complacida y confusa. Las dos infancias se entregan una a la otra; son felices en la sagrada verdad de su causa, la de festejar la vida, la de celebrar florecer. El niño siente el dulce aliento del cachorro, el perrito siente los aromas del niño. La suave fragancia de la infancia sella el vínculo y el ánima de los juegos los posee. Los padres, que querían gozar viendo gozar a su hijo, miran, se confunden. El día llega hasta el frente de la noche y se enciende antes de extinguirse.

Es hora de volver a casa.

Abrazados, padre, niño y cachorro abandonan el parque, la madre los sigue. En casa un poco de leche tibia para el nuevo habitante de la casa y una papilla para Adolfito. En la habitación, sobre las mantas sin tender de la mañana, fundidos en el placer de su hermandad, las dos criaturas son vencidas por el sueño. Los padres cenan en la cocina, una amarga discusión borra de un golpe el hermoso día; Adolfo el padre dice:

—Si hacés eso, el niño va a creer que todo es absurdo.

Marta, sin responder, se retira con determinación hacia su alcoba. Al despertar en la mañana, el niño mira a su alrededor buscando su cachorro. No lo ve en la habitación, se levanta y va a buscarlo por la casa. Nada. Entra en la cocina, el padre lee los diarios. Pregunta por su perrito.

—Habla con tu madre.

Adolfito busca a su madre y la encuentra frente al tocador de tres espejos peinándose. El niño la mira a través de una de las lunas del espejo, le pregunta si ha visto a su cachorro. Desde otra luna, su madre lo mira y le dice que debe contarle algo: que no hay ningún cachorro.

Has dormido mucho y mientras dormías soñabas. Soñabas que íbamos al parque, que era domingo, que había un festival, que comías un helado de chocolate con chispas de menta, que había un señor con muchos cachorros. Soñaste que dabas un paseo en la carreta de los caballos, que por la tarde rifaban un perrito y soñaste que te habías ganado uno color té claro.

El niño se apartó de la luna en que hablaba la madre. Y buscó al padre en la cocina, mirando el salpicado de la leche dejado por el cachorro en el suelo. Dijo:

—Hola, papá, anoche soñé que íbamos al parque y que me dormía sobre el prado, y soñé que ese sueño era verdad…