
SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO RELOJES Y OTROS POEMAS
JADER RIVERA MONJE
RELOJES
Organizar, cuantificar, controlar,
predisponer de la vida y de la muerte.
Para eso sirven los relojes.
Había relojes a la hora del almuerzo,
sopa de relojes la sopa de las doce en punto;
postre de relojes y jugo de relojes,
y siesta de relojes en una cama de relojes
que no pasaba de la una y media.
¿Y en el sexo? ¿Había relojes en el sexo?
Un reloj enorme era tu sexo a la hora de ir a la cama,
manecillas de relojes tus brazos,
y números del tiempo
los ojos que a las once en punto se cerraban.
El cuerpo era la extensión de un reloj mecánico
que sonaba su tictac circular a través de la sangre
y no dejaba que la vida fluyera.
¿Hubo un tiempo sin relojes?
¿Hubo un tiempo en el que el ritmo de la vida
lo marcaba el pulso de la sangre,
la diástole y la sístole de la luz y la sombra?
Tal vez, tal vez se comía cuando se tenía hambre,
y se dormía cuando se tenía sueño,
y el amor era un regusto sin horarios,
y la vida era un pasar de astros y cometas.
Pero ahora solo hay relojes,
relojes y su tictac eterno en la sopa del mediodía,
a la hora de cruzar la calle,
a la hora de ir a la cama y dormir, aunque no haya sueño.
APARTAMENTO 605
Yo vivo en el 605.
Es un cubo blanco.
Yo soy un autómata que suda,
algo parecido a un hombre.
Una mujer prepara el almuerzo.
Es de luz la pierna de pollo,
la cebolla
y el caldero donde vierte el agua.
Y de luz, digo, de rescoldo
sus manos,
sus cinco dedos largos,
y el anillo de casada
donde el sol del mediodía enloquece.
Ella está en el cubo blanco conmigo
y con nosotros el sol enloquecido.
Y estamos todos en una ciudad
de cubos repetidos al infinito;
estamos como en la película El Cubo [1]
de Vincenzo Natali:
A ver, quién sale primero
y no se muere.
Estamos todos en esta ciudad:
mis padres, mis primos, mis tíos,
el abuelo que pasó a mejor vida,
la novia, la mujer de al lado,
el hombre de al lado y de más allá,
y más hombres y más mujeres,
y más hijos e hijos de los hijos
y nietos de los nietos estamos
en esta ciudad
enloquecida, rabiosa, delirante,
con un río a la izquierda
y las doce del día a la derecha,
y el grito de los autos
y la nube que no se atreve a pasar por el cielo
y espera agazapada, a lo lejos,
tras el pico azul de la montaña.
Yo vivo en el 605.
Es un cubo blanco.
Yo soy un autómata que suda,
algo parecido a un hombre.
Yo recuerdo la película
de Vincenzo Natali:
A ver, quién sale primero
y no se muere.
EL CUBO
Te hablo de un cubo blanco
en cuyo interior había un hombre blanco:
blancas manos, blancos ojos,
cuerpo blanco.
Y de una ciudad resplandeciente
cuyas calles, paredes,
iglesias y tiendas eran blancas.
Y en el centro de esa ciudad
estaba el cubo,
y en el cubo el hombre blanco,
en cuyo pecho
persistía la hierba verde
y cierto olor a flor de naranjo.
Te hablo de un sueño que tuve
de una ciudad donde todo era blanco.
Y había un reloj blanco
que se deba prisa por llegar a la noche
y siempre andaba aprisa para llegar
a ninguna parte.
Te hablo de un cubo
multiplicado por millares,
antiséptico, inmaculado, resplandeciente,
ajeno a la vida.
Y de un hombre por igual multiplicado,
inmóvil en lo blanco,
que soñaba con el verde de los bosques,
con una sola hierba verde,
con el olor de una pequeña flor de naranjo.
UN DÍA HERMOSO
En este día hermoso también se muere.
El sol parpadea en las hojas del iguá.
Un viento tibio y húmedo,
herido de resinas y agua de río,
cruza los rostros y mece los cabellos.
Camino con paso firme.
El corazón inflamado de optimismo.
Todo parece estar en su sitio.
La mañana asciende por las paredes de las casas.
En el bulevar con escultura de bronce,
deportistas rubicundos me saludan.
Nada menciona ni evoca la muerte.
Hasta yo me creo eterno.
Nunca me había sentido tan a gusto en este cuerpo.
Pero en un día como estos también se muere.
Hallo a mis pies una golondrina con las alas rotas.
Cabecea y lanza su último suspiro.
Yo me quedo con el cadáver en la mano.
Miro a mi alrededor:
Los cuerpos de los deportistas exudan fortaleza.
Tienen un olor a fuerza brutal de vida que permanece.
El sol alcanza su plenitud y reverbera.
Solo el viento, enloquecido sin razón alguna,
da una vuelta en torno a la cabeza de los árboles,
se va, regresa, viene hasta mi mano
y le cierra, conmovido, los ojos a la golondrina.
UNA MUJER CORTÁNDOSE LAS UÑAS
Una mujer cortándose las uñas en la ventana,
¿en qué piensa?
¿Recuerda acaso cuando era lobo, cordero,
gato o garza posada sobre el árbol del tiempo?
¿Recuerda acaso la brisa en sus plumas
y ese horizonte lejano y gris donde mañana
se abrirían sus alas?
O tal vez simplemente piensa en la hierba.
Ella sentada al lado de su madre,
mientras su madre le dice:
“No dejes de cortarte las uñas, muchacha,
para que algún día te quieran.”
¿Qué piensa?
Yo paso bajo la ventana y ella me mira.
Alza la vista como si levantara con sus párpados el cielo.
Me sonríe y luego vuelve a sus uñas.
Yo creo que piensa en su novio
bajo la arcada verde del viejo árbol;
o solamente en el árbol
donde acaso él la besaría.
O tal vez no piensa en nada.
Tal vez solo se corta las uñas y suspira.
Se corta las uñas y se siente bien
sin novio,
sin ser cordero o lobo o gato o garza.
Tal vez está bien así.
Sin hombre quien la mire.
Sin nada.
Como la perfumada flor
que quiere estar solita en su propio patio.
LA SERPIENTE DEL PARAÍSO
La serpiente del Paraíso
¡Pobrecita!
Siempre arrastrándose,
siempre pisada su cabeza
por la pata de la Virgen.
Y ella que nada tuvo que ver
con ese asunto de la manzana y Eva,
condenada a vivir oculta
entre los matorrales,
en los grandes bosques
pulposos de humedad
y hojas descompuestas.
Yo la miro pasar y siento
un pavor indescriptible
y una misericordia sincera.
Pasa, pasa, compañera de infortunio.
Aléjate en paz.
También yo he sido desterrado
del Paraíso
por culpa de las malas lenguas.
LOS FEOS
Esta es la ciudad de los feos.
No hay que buscar mucho para encontrarlos.
Abundan por todas partes.
Vamos a un restaurante
y ahí no más hay una muchacha fea,
diligente, sudorosa,
con lápiz y libreta en mano.
Tengo un amigo que dice:
“Aunque no lo creas, amo a esa mujer.
Ya quisiera tenerla en casa.”
Mi amigo, por supuesto,
también es feo.
Hay más feos de lo que uno supone.
Feos abundan en las construcciones,
sucios y vulgares, rechiflan al vernos pasar;
feos en los gimnasios queriendo ser lindos;
feos en las oficinas posando de gerentes,
feos conduciendo buses y trenes,
feos limpiando casas,
feos paseando perros feos,
feos regando un cultivo rojo de tomates
en un balcón donde se asoma un gato feo,
feos en las farmacias,
feos en los hospitales,
feos en los cementerios abriendo tumbas
o metiendo ataúdes en las bóvedas.
Me quedo pensativo y preocupado.
De pronto,
pasa una mujer muy linda con su perro.
Le digo a mi amigo:
por fin una mujer linda en esta ciudad de feos.
Me dice: sí, tiene grandes las tetas.
Yo me le quedo mirando y le reprocho.
Tras de feo, vulgar –le digo.
Él ríe a carcajadas y me putea.
Deambulamos todo el día mirando gentes.
Caminando por aquí, descansando por allá.
Y nos vamos al anochecer para la casa.
Nos recibe nuestra madre fea,
nuestra novia fea,
nuestras hermanas feas, nuestros tíos feos.
“¡Qué feos están!”
Nos dicen apenas si cruzamos la puerta.
“¡Además de feos, vagos!”
Y luego, sin más reproches,
nos alimentan, nos abrazan, nos miman.
Nosotros nos sentimos tan queridos,
tan amados,
que nos quedamos mirando el rostro
de los que tienen nuestra sangre,
de los que son con nosotros vida, corazón y nervios
y empezamos a sospechar que en esta ciudad
la gente es linda, en verdad linda hasta los huesos.
[1] El Cubo es una película canadiense de terror, suspenso y ciencia ficción. Fue filmada por Vicenzo Natali en 1997. En ella, un grupo de mujeres y hombres se encuentran encerrados en un cubo. Cada vez que intentan salir caen, inexorablemente, en otro cubo. En el intento siempre muere alguien de forma violenta.