Milcíades Arévalo
ELLA NO VOLVIÓ
Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra
que ocupas y estercolas…
Miguel Hernández
Llevábamos caminando un rato bien largo. Yo iba montado en un caballo de palo y desde allí miraba a Aurora toda, con su pelo endrino, su figura magra, su vientre abultado, el pañolón. ¿Quién era yo? Un niño que corría detrás de su madre para no perderse, que la veía cruzar el puente de un río de aguas torrentosas y un pueblo bruno.
El Cruce de los Vientos no era nada sino una calle larga y empedrada, con sus tiendas de cara al río para que todo el que pasara por allí pudiera fijarse en los que pasaban en ese momento por la calle, es decir Aurora y yo, mirando la gente de allí toda orgullosa de su calle larga que era el pueblo. Aurora no mirando hacia ninguna parte sino pensando en sus pensamientos y yo mirando a todos partes, conociendo por primera vez esa calle larga que era un pueblo, sin darle crédito a las risas de contento que salían de las tiendas sino a la voz del viento que cruzaba con nosotros el pueblo...
Pero el pueblo ya no fue más pueblo cuando cruzamos la línea del ferrocarril y llegamos donde mi abuela. Mi sonrisa apenas le llegaba a la altura de la cadera. Mi abuela no dejaba de mirarme desde sus antiparras, como queriéndome decir “este chico es un demonio”, mientras mi madre se quejaba de las hambres que nos golpeaban desde el día que mi padre se fue a vender espantapájaros para poder darnos de comer.
Mi madre le contó a mi abuela que me iba a enviar donde unos parientes para que les ayudara en las cosas que los niños no saben hacer. Sencillamente, mi madre me iba a regalar sin que yo me diera cuenta. Todo el mundo podía decir mentiras, menos mi madre, eso era lo que creía yo, pero las madres saben decir mentiras sin que uno las note.
Mi abuela me regaló una moneda de 10 centavos y me advirtió que era de la buena suerte y que si yo la cuidaba en menos de 10 años tendría mucha plata y me podría comprar dos vacas. Le dije que sí para que no estuviera y seguí con mi madre para la estación del tren a esperar a mis parientes.
No habían llegado todavía. Aurora decidió que nos devolviéramos para la casa y yo continué montado en mi caballo de palo. Me era casi imposible alcanzar a Aurora porque caminaba muy rápido, pero cuando finalmente la alcancé le mostré un pajarito que encontré por el camino. Le pregunté por qué no volaba. Y le pregunté también qué era la muerte. Aurora continuó caminando, sin responderme mayor cosa, ¿para qué decirme cosas bien tristes?
Ya habíamos recorrido la mitad del camino cuando vi venir a mis parientes, envueltos en las sombras del atardecer.
-Aurora, esos que vienen allá parecen ser mis parientes -le dije con temor a equivocarme porque ya era bien tarde, o mejor, el sol ya se estaba escondiendo detrás de los montes lejanos y temí por mi madre y también por mí.
-¡La vas a pasar muy bien! –me dijo como si con eso se me quitara la tristeza. Le di un beso y me quedé mirando el camino por donde iba mi madre, tratando de aprovechar el sol que se veía morir detrás de la cordillera. El cielo se oscurecía cada vez más rápido que el vestido de Aurora, pero aun así la veía alejarse de mí, perderse entre las sombras como yo de ella, rumbo a la estación donde bien pronto fueron las siete. Cuando el tren partió, mi madre comenzó a ser un recuerdo más entre mis recuerdos...
Sería media noche cuando llegamos a un pueblo de paso. No había dónde quedarnos, pero una anciana que parecía de cal nos acomodó en una habitación donde había muchas personas acostadas en el piso. Todos debían estar muy cansados porque se iban quedando dormidos mientras conversaban, uno detrás de otro. Al día siguiente vendría el obispo a bendecir la planta eléctrica del municipio, el panóptico, el colegio de señoritas y el cuartel de la policía. Por eso se fueron durmiendo presto: querían estar lúcidos y frescos para asistir al día siguiente a todos los oficios religiosos. Eso pensé muchos años después porque esa noche no pude pensar nada, ni mucho menos dormir porque habían dejado la luz encendida para que no se robaran ninguna cosa. Toda la noche me quedé mirándolos dormir, a unos con la boca abierta, mostrando sus muelas podridas, sus dientes de oro, los pelos de sus barbas. Otros con los pies descalzos, sucios, llenos de sabañones y niguas, harapientos la mayoría. Un niño en un rincón jugaba con una araña. Una pareja de recién casados, jadeaba para adentro, tratando de acoplarse sin desatar sospechas. Los demás roncando. Todos parecían unos muertos muy particulares. En fin... El resto de la noche me quedé oyendo pasar la voz del viento por entre las hendijas de las ventanas, los susurros de los enamorados debajo de las cobijas, el rebuzno de los burros en el corral. Todo eso lo oí, hasta la llegada silenciosa del alba y de los buenos días.
Ya era bien entrada la mañana cuando salimos de la posada, pues nada teníamos que hacer allí. Éramos unos pasajeros ocasionales que habían llegado la noche anterior a una estación de paso, a un pueblo sin nombre.
-¡Llegó el Obispo! ¡Llegó el Obispo! -graznó la manada de ancianas rezanderas y los noveleros corrieron a a la estación a recibirlo batiendo cañas de maíz y tambores. El tren parecía un demonio y un ángel también, con su larga melena de humo negro y sus relucientes letras de bronce: Ferrocarriles Nacionales de Colombia.
Cuando el señor Obispo descendió del tren, fue como si por primera vez en su vida pisara la tierra, el polvo, el barro. Yo me quedé con los ojos puestos en su gorrita purpurina a punto de caérsele, en el crucifijo de oro que le colgaba del cuello y que era más grande que todos los pecados juntos, en los hilos dorados de sus ropajes, tan diferente al de los demás feligreses. Y ese olor casi celeste de su cuerpo. Y el tamaño de su barriga, más grande que la de una vaca.
-Confiteor Deo Omnipotentes... –dijo lanzando a diestra y siniestra bendiciones de todos los tamaños. El cielo lucía su resplandor y mi alma entera pedía a gritos la gracia. ¿Cuál gracia? La gracia, en todo caso. Y llenos de ella nos fuimos detrás del padre santo, del padrón mayor, con el corazón henchido de bondad, los ojos puestos en la contemplación de ese ser sin mácula, transparente.
En pleno trance, en el mismo momento que el sacristán comenzó a tocar las campanas para anunciar la llegada del santo varón a las puertas de la iglesia aldeana, los acólitos soltaron una bandada de palomas, que empezaron a revolotear dentro de la iglesia, batiendo sus alas como palmoteos de cientos de ángeles. Poco después del sermón, desaparecieron por un hueco del tejado, dejando a los feligreses envueltos una constelación de plumas.
La ceremonia religiosa duró tanto que el Obispo comenzó a bostezar con renovado aliento, pausa que aprovecharon el Cura Párroco, el señor Alcalde, el Personero Municipal, el Procurador, las damas de la Congregación de María y las demás personalidades del pueblo, para ofrecerle un asado de ternera y otras viandas muy acordes con su voraz apetito. Todo eso se alcanzó a oír por el altavoz de la parroquia.
Como nosotros no íbamos para ese pueblo perdulario, sino para una montaña donde ululaba el viento, nos fuimos alejando de las pompas de este mundo y del asado de ternera. El lugar para dónde íbamos se llamaba Ventaquemada y por allí había pasado Simón Bolívar en su caballo Blanco. Eso decía en una piedra a la orilla del camino: Por aquí pasó Bolívar.
Por todas partes por donde pasábamos la gente salía a saludarnos, a preguntar por las comadres, a compartir alguna arepa, a ofrecernos su casa para que pasáramos la noche. La noche parecía transparente y las estrellas inundaban el cielo. Eran tantas emociones al mismo tiempo que no podía cerrar los ojos, atento a todo cuanto ocurría allí. Esa noche nos acostamos tan pronto llegamos a Ventaquemada, porque no había con qué alumbrarnos, y también porque teníamos que madrugar a recoger la cosecha. Nunca volví a tener una noche como esa: monte, luciérnagas, una luna muy grande acaballada sobre un techo de una montaña y todos los ruidos y todas las voces de la tierra. Pero al llegar la mañana todo cambió…
Desayunaba yo en rincón del corredor, sentadito en una tronca al lado de los obreros que habían madrugado a la minga. El sol venía mordiendo el alero de la casa y mi caldo de papas, calientico sobre mis rodillas, pero un hombre apareció en el patio, tapándome el paisaje con la ruana. Alargó el pescuezo, miró hacia la cocina como buscando alguna cara conocida en medio de tanto humero y dijo a modo de saludo:
-¡Buenos días les dé mi Dios!!
-Siga para adentro su merced que hay para todos dijo la cocinera.
El hombre en vez de entrar a la cocina se sentó a mi lado, en la tronca del corredor, mirándome sin decir nada, pero queriéndome decir algo, hasta que no aguantó más y dijo con voz recia para que todos lo oyeran:
-¡Pobrecito Argiro!
-¿Por qué dice eso, don Ananías? -le preguntó la señora y se le quedó mirando como a una mosca de mal agüero.
- Lo que va a sufrir en la vida no está escrito en ninguna parte. ¡Se le murió la madre!
Después de desayunar les contó lo que había ocurrido en la casa de mi madre. Dos cabras que estaban rumiando en la huerta, levantaron la cabeza y me miraron con tristeza. El gato dio un brinco y atrapó una mariposa. No entendí lo que quiso decir el tal Ananías, porque rebuznó un burro en la vecindad y todos los parientes salieron despavoridos a buscar ropas limpias y a llorar hasta que no me aguanté más y les pregunté por qué lloraban.
-¡Su madre se murió! --dijeron en coro.
El sol se vino detrás de nosotros, persiguiéndonos, alumbrando la tierra entera, hasta el mismo sitio de donde habíamos partido días atrás. Al llegar al Cruce de los Vientos, nos sentamos en las bancas del parque a esperar, qué sé yo, que el tiempo pasara, que la vida siguiera igual, pero había algo que impedía que las cosas fueran así.
Las campanadas de la iglesia sonaron cada vez más tristes. Los pájaros debían estar por ahí, ocultos entre los árboles, igual que mis hermanos. Y yo mucho más oculto que todos, sin saber qué esperaba. Poco después vi venir el cortejo fúnebre. Todo el mundo estaba triste y rezaba como un enjambre de moscas. Yo no rezaba ni lloraba. No creí necesario hacerlo. Me sentía lejos de todo. Mi madre iba dentro del ataúd como si fuera de paseo con nosotros. Era una muerta sin muerte. Iba dentro del ataúd, diferente a nosotros. Yo deseaba verla porque ella también debía sentirse diferente de nosotros estando muerta.
El sepulturero levantó la tapa del ataúd para que todos vieran el rostro de mi madre por última vez. Yo también me empiné y la vi, el rostro enjuto, la nariz recta, la placidez de un sueño, como si morir fuera igual a soñar. Después la metieron en el hoyo recién abierto en la tierra y la sepultaron.
El cementerio quedaba a un lado de la línea del Ferrocarril del Nordeste, pero esa tarde no pasó ningún tren o no lo oí. De haberlo oído, tal vez yo hubiera sido feliz.
Nueve días después del entierro, vinieron unos parientes lejanos a darnos el pésame, pero ya era muy tarde como para ponernos a llorar de nuevo. Sólo estábamos Arcelia, mi hermano Josefo y yo éramos los únicos que esperábamos que mi madre regresara por algo que se le había olvidado, hasta que todos los días fueron iguales y ella no volvió.

copyright Mara, 2023
MILCÍADES ARÉVALO. Nació en El Cruce de los Vientos (1943). Fotógrafo, Cuentista, dramaturgo, Editor, Gestor Cultural, librero y director de la revista cultural Puesto de Combate, fundada en 1972. Entre sus libros publicados se destacan: A la orilla del trópico (Relatos, 1978), Ciudad sin fábulas (Cuentos, 1981), El oficio de la Adoración (Cuentos, 1988-2004), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995), Cenizas en la Ducha (Novela, 2001), Las otras muertes (Cuentos, 2016), Manzanitas verdes al desayuno (Cuentos eróticos, 2009), El vendedor de Espantapájaros (Cuentos Juveniles, 2019), El Reflejo del agua en el desierto (Cuentos, 2024). Tiene varios libros inéditos, entre ellos la obra de teatro: El Jardín Subterráneo, 1985, Galería de la memoria (ensayos), y La Lío y otras mujeres (Guión cinematográfico). Sus cuentos, crónicas, entrevistas y ensayos figuran en diferentes periódicos de Colombia y en revistas como Puro Cuento (Argentina), dirigida por Mempo Giardinelli; Casa de las Américas (Cuba) dirigida por Roberto Fernández Retamar, Plural (México) dirigida por Jaime Labastida, Aurora Boreal (Dinamarca) dirigida por Guillermo Camacho) y en diferentes las antologías de cuentos: Colombie a chuer ouvert, anthologie de la nouvelle latino-americaine (Francia) de Olver Gilberto de León; Racconti dal mundo (Italia) de Danilo Manera
Ha sido Jurado de cuento, novela, teatro y poesía en más de cien eventos de esta naturaleza. Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: "Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda", Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); "Viaje por la Literatura Colombiana", realizado por el Banco de la República (1984); "Primer Encuentro Iberoamericano de Teatro" (Madrid, 1985), con presentación de su obra "El Jardín Subterráneo" en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo. Realizador del 1o, 2º y 3º "Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios" en la Feria del Libro de Bogotá, durante los años 1988, 1989 y 1990. "Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe", invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989).
Ha sido ganador del Concurso de Cuento Gobernación del Quindío (1981. 1982) Concurso Testimonio de Pasto (1984) Concurso de Novela Ciudad de Pereira (1985 – 1991), Beca Francisco de Paula Santander de Colcultura (1995). Durante su vida ha sido marinero, vendedor de libros, publicista, conferencista de literatura colombiana, editor de libros, corrector de estilo, periodista cultural, fotógrafo y dramaturgo. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital.