“¿Perderse (o encontrarse)?” I
COMPILADO: 21 escritores argentinos responden una misma pregunta en este Compilado propuesto y organizado por Rolando Revagliatti.
Se divide en dos entregas. En esta primera se recopilan las respuestas de 10 autores.
“¿EN LOS UNIVERSOS DE QUÉ ARTISTAS TE AGRADARÍA PERDERTE (O ENCONTRARTE)? O BIEN, ¿A QUÉ ARTISTAS ELEGIRÍAS PARA QUE TE INCLUYERAN EN CUÁLES DE SUS OBRAS COMO PERSONAJE O DE ALGÚN OTRO MODO?”

1: ALEJANDRO CESARIO
Una de las primeras obras que me aparecen a la memoria son los libros de Henry Miller, hubiera sido muy hermoso ser parte de esos momentos, poder vivir algunos de sus viajes, compartir esos instantes de tanta bohemia, de tanto teatro, ya sea en París como en los Estados Unidos. Hay un libro de su autoría, “Pesadilla de aire acondicionado”, donde Miller recorre parte del país del norte en automóvil, ser parte de ese recorrido hubiera sido fascinante.
Siguiendo con ese momento, el poder estar en Francia, precisamente en “París era una fiesta”, título de un libro de Ernest Hemingway, todos esos años, fueron espléndidos para la poesía.
Otro momento pudo haber sido el vivir la pertenencia al grupo “Cobra”, un movimiento artístico fundado en París en 1948 y disuelto a los pocos años, pero de una pureza e intensidad muy fuertes, tanto en la pintura como en la poesía. El nombre del grupo surge de las tres ciudades de donde eran sus fundadores: Copenhague, Bruselas y Ámsterdam. Este movimiento editó diez números de su propia revista, llamada Cobra, haber estado en esos números y ser parte de esos encuentros hubiera sido maravilloso. Hugo Claus (uno de los integrantes del grupo, más conocido por sus novelas y sus pinturas que por su poesía), generó un mundo lleno de historias escritas con gran emoción, el habitar su literatura (como lector) me dio un mundo increíble, me trasladó a sus fantasías y a su lenguaje.
Otro tris que me hubiera gustado pertenecer o ser parte es el del surrealismo (me refiero principalmente al del surrealismo francés, el de André Bretón, aunque valoro mucho el surrealismo de esos años en la Argentina, con Enrique Molina y Aldo Pellegrini), no sólo por su riqueza poética, sino por todo lo que significó ese movimiento tan fuerte, de tanta poesía y belleza. Me parece un momento donde “la palabra” era la protagonista, como debe de ocurrir en la poesía.
Por estos lados de la tierra, pienso en Atahualpa Yupanqui, ser parte, estar a su lado debe de haber sido de un gran valor, tanto desde lo musical como desde lo poético, no son muchos los que hacen canciones y poesías al mismo tiempo, la riqueza de toda su obra hace que uno quisiera haberlo acompañado en su periplo.
Claro que no puedo dejar de pensar en Borges, en Juan Filloy, haber podido estar en sus mundos no sólo como lector hubiera significado una gran alegría, además de una infinita riqueza personal.

2: CLAUDIO FERRARI
Alonso Quijano es el Quijote, y también Pierre Menard de alguna manera lo es, y en esta confesión, también quisiera serlo yo. Así seríamos los cuatro, creados a imagen y semejanza de esa prefiguración llamada Cervantes: personajes que surgiríamos, en un enigma atemporal, de un único y misterioso personaje llamado Borges. Pertenecer a la dinastía de Emma Zunz o Funes o Benjamín Otárola o Rosendo Juárez o Beatriz Viterbo también me tienta. No me creo especial por querer integrar esa lista que me garantizaría la hazaña de la inmortalidad. Para Borges, siempre y cuando él mismo no haya sido el personaje de otro escritor, crearlos fue inevitable, y que le hubiese sido inevitable crearme, aunque sea en una breve mención, habría transformado mi vida. Sugiero personajes con características complejas y diversas, y por eso tan fascinantes: sin la pretensión de suponer si puede el Arte modificar la vida, acepto halagado y sin merecerlo, que habría modificado la mía. El Arte es siempre un espejo ante el cual, a veces, hay quien mira; cuando refleja suele mostrar complacido al curioso: raramente vemos como somos. Cuando se determina que una obra es un clásico universal -o sea algo parecido a la admisión de un Dios-, sucede que esa obra se ha legitimado de manera casi unánime, sea en la época que sea. Tomo el caso de Hamlet, personaje al que me hubiera encantado acompañar, no como esos que pretenden avisparlo de locuras, sino para darle la razón, porque razón tenía: el fantasma de su padre existió y seguirá existiendo: cambian las miradas e interpretaciones de la tragedia, pero coinciden teatristas, críticos, lectores y público en que hay allí algo que se ha organizado y que trasciende generaciones, conflictos y circunstancias, logrando el poeta el milagro de que lo sucesivo se haga también simultáneo. Hay en esa obra, otra vez aparentemente, múltiples temperamentos: el íntimo de Shakespeare, el de su tiempo, el de todos los personajes (principales y secundarios, todos fundamentales para que la trama se lleve a cabo), los de la historia y los temas que trata, los de cada uno de los espectadores que la vieron, los de quienes la actuaron, leído o incluso la ignoran, pero conocen su prestigio. De este modo estas peculiaridades difusas de la tragedia son desde hace siglos aceptadas haciéndola imprescindible, pero nada de esto sería posible sin la actitud enrevesada y certera de Hamlet, tal como Menard, ambos con la infinita grandeza de sus obstinaciones.

3: DANIEL FERMANI
En el universo de David Lynch. Son muchos los artistas a los que admiro, muchos de los cuales releo las obras, y sigo descubriendo tesoros, misterios que me seducen y me despiertan amor. Sin embargo, si pudiera elegir a un creador para trabajar con él, o al menos para que me incluyera –aún como un extra- en cualquiera de sus obras, no escogería a un escritor, sino al director de cine David Lynch.
No sabría explicar de manera totalmente coherente por qué las películas de este genio del cine me seducen de manera tal que no puedo dejar de pensar en ellas, por qué sus imágenes quedan grabadas en mi mente, sus músicas, sus personajes, sus escenas. Lynch penetra mi inconsciente y se convierte en mi inconsciente, establece un diálogo con las partes más recónditas de mi mente y las coloniza, las vuelve suyas; mis propios sueños se convierten en películas realizadas por él. Hay algo de drogadicción en mi mente -y por lo tanto en todo mi ser- respecto de las creaciones de David Lynch, algo que me atrapa sin duda desde el placer, pero desde un placer alucinógeno, marginal en cierto modo, algo que excede lo meramente intelectual, es algo sensorial y a la vez profundamente psíquico. No puedo escapar de su imaginería, pero, es más: no quiero escapar nunca, ni permitiría que nadie me expulsara de ese universo.
Yo hubiera puesto toda mi literatura al servicio del trabajo de Lynch, aun sabiendo que mi literatura puede no ser en absoluto del tipo del material que él podría utilizar para sus filmes. Pero si por alguna combinación del espacio-tiempo hubiese tenido ocasión de aproximarme a su fábrica de pesadillas, le hubiese ofrecido mis servicios incondicionales y gratuitos para participar de cualquier manera en su trabajo.
Parecería un servilismo total, y no lo es. Se hubiese tratado de hacer algo, de colaborar como fuere posible, con una de las mentes más brillantes de la historia del cine y por lo tanto del arte. David Lynch es el cine, ha sido capaz de llevar esta manifestación artística a la vanguardia que en algunas ramas del arte llegó con casi un siglo de retraso. Y lo suyo no es Surrealismo, ni Realismo Mágico, ni Simbolismo, etc., es todo eso, pero es otra cosa, es la verdadera contemporaneidad en el cine, lo que no pueden hacer ni los efectos especiales, ni la digitalización ni la IA. Frente a sus creaciones, el resto del cine, con muy pocas excepciones, parece una pantomima de intentos fallidos por encontrar otro lenguaje, otra clave, otro anatema que supere la imagen bidimensional.
Sin duda, con total certeza y convicción, elijo a David Lynch como el maestro con quien hubiera querido trabajar.

4: DANIEL GAYOSO
A mi edad ya no quisiera perderme en ningún universo, salvo -y por unos días- en el de alguna novela que asuma y pague “el precio de ser uno mismo” (Silvio Rodríguez).
Pero en otras épocas supe del extravío en poéticas de la aflicción como la de los crepuscolari italianos (en especial Sergio Corazzini), esa línea cuyo trazo siguieron -en su decurso francés y simbolista- nuestro Francisco López Merino. El tono menor, “las pobres tristezas comunes” de quien llega a decir: “Io non sono un poeta” sino “un piccolo fanciullo que piange” que “avvenise di pregare cosí come canta e come dorme”.
Simultáneamente, este modo de la aflicción se cruzó -de cruce y cruza- con la desgarrada imaginería de Alejandra Pizarnik, la de los grandes poemas finales. De ambos surgió otro perderme más original, más propio; casi el mío, existencial. El simbolismo de tono menor, la impronta surrealista y, por añadidura, una forma poética resistida: la del poema en prosa, que en Buma se renueva y esplende. Nada tan adverso al objetivismo dominante en los 80s y 90s; nada tan destinado a ser excluido.
En tercer lugar, la trama. ¿Cuál elegiría para que reine en ella la función poética? Porque ésta y no otra define qué es un poema.
Entonces surgió la necesidad narrativa: referir la vida en su acontecer fundándola como yo la vivía, sin intrusiones, libre. Así la teoría de Edgar Allan Poe sobre el cuento fue muy bienvenida: había que persuadir de una manera eficaz e inapelable: sugestionando. Vencer, aunque sólo durase una breve lectura.
Finalmente, René Magritte y el Borges poeta me ayudaron a alzar un tanto la mirada de mi circunstancia y poner los ojos en la condición humana, en lo inefable y universal de su aquí y ahora.
Así, y no de otro modo, me he perdido y encontrado la mayor parte de esta vida... “¿Personaje de otros poetas y artistas?” No; me desagrada esa idea. Si apenas soy el mío, al que me abrazo.

5: DANIEL RAFALOVICH
La pregunta es suficientemente amplia, pero en realidad elijo quedarme por aquí. Admiro la narrativa de Juan José Saer. Todo: novelas, cuentos, ensayos. También me gusta su poesía. En varias de sus novelas y cuentos aparece la ciudad de Santa Fe y la zona de la costa cercana a la ciudad. Bien: me gustaría ser un personaje secundario, un observador en muchas de esas narraciones.
La Santa Fe que aparece allí es, para mí, fantasmagórica. Aparecen lugares muy concretos que conozco, algunos que recuerdo vagamente de mi infancia: la vieja Terminal de Ómnibus (cuando no existían los coches de dos pisos); la antigua costanera que llevaba a la playa; las zonas aledañas a la costanera, esa zona norte en la que hoy vivo y que en tiempos de “La vuelta completa” era una zona mayormente de quintas, campitos y casas aisladas. Calle San Martín mucho antes de ser peatonal, los cafés y bares reconocibles y que ya no existen. La época anterior a la construcción del Túnel Subfluvial, cuando se cruzaba el río en balsa para llegar a Paraná. En fin. Sitios, ambientes, que están en mi memoria o que creo que están, aunque en verdad conozco por referencias. En esa Santa Fe me gustaría estar: la ciudad del Instituto de Cine, de Paco Urondo, de los miles de estudiantes de provincias que vivían aquí, de la vieja cancha de Unión, de las industrias (como la Fiat) que desaparecieron. Me gustaría ser un observador, un personaje que hace lo que en el cine se llama un “cameo” en algunas narraciones de Saer.

6: EMMANUEL CASSANESE
En el universo de Roberto Bolaño, específicamente en las novelas “Los detectives salvajes” y “2666”, ya que ambas plantean personajes que por ausentes en las largas páginas de las novelas nos mantienen en vilo, no nos resulta pesada su lectura, y nos quema por dentro saber qué ágalma esconden. Estoy hablando de Cesárea Tinarejo en “Los detectives salvajes” y Beno Von Archimboldi en “2666”. Un grupo de poetas recorren todo México y todo el libro en busca de la poeta Tinarejo y un grupo de literatos van por los rastros de Archimboldi por Europa. La lectura me hizo investigar y perseguir estos personajes con la misma pasión que Bolaño. Particularmente “2666”, que contiene cinco libros en uno, más de 1100 páginas; es tanto el querer saber de ese personaje que su recorrido, aún largo, se hace devorándolo. Y aun así no se los encuentra, en ambas novelas. Pero qué belleza ese recorrido.
¿A qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?
A Leopoldo Marechal en su “Adán Buenosayres”. Ese grupo de amigos que pasan varias horas recorriendo los límites de Saavedra, las aventuras que atraviesan, las conversaciones filosóficas, los amores contrariados, Santos Vega, y la extraordinaria expedición a Cacodelphia!! Un personaje más de ese grupo de amigos o pensarlo con mis propios amigos, con los cuales hemos tenido aventuras como las de Adán!
Creo que en ambas elecciones el recorrido es el eje central, me hizo acordar a Ítaca de Kavafis, también!

7: GERARDO DAVID CURIÁ
En el mundo hay un jardín donde materia y luz son una. Más allá del prisma de Newton, la sabiduría de los ojos de Monet reveló la música que vive en los tonos de las flores y del agua.
En su paciente trabajo de artista, junto a su casa, creó un camino central amplio, adornado con arcos donde pudieran trepar las rosas y otras plantas florales. A ambos lados de ese sendero, sembró parterres con gran variedad de flores, como capuchinas, tulipanes, amapolas, peonías, narcisos, margaritas… Flores exóticas y flores humildes. En sus cuidados les donó una equilibrada libertad al permitirles que las pinceladas de colores de sus pétalos se mezclasen en un azar exquisito.
No era suficiente. Entonces tomó en sus manos las aguas de un pequeño brazo del río Epte, el Ru, las desvió y con ellas dibujó los trazos de un estanque, al que sembró de nenúfares. Luego lo rodeó de bambúes, sauces llorones, lirios blancos y glicinas, que diseminaron claroscuros, donde se matizaban las mudanzas en los tonos del cielo reflejados al borde de esa espesa vegetación acuática que navegaba la corriente del estanque.
Allí tendió un puente de madera para que cruzase esa armonía cromática en las diversas horas del sol o de la luna.
Tuvo el cuidado de elegir una variedad de plantas muy vasta para que, en todas las estaciones del año, el jardín estuviese florecido.
Al fin, pinceló su obra sobre la tela, arte de su arte.
Yo, que soy un humilde poeta del sur del mundo, siempre sueño con perderme en los senderos bocetados que florecen de color en la obra de Monet y, a veces, logro encontrarme en esa música de la luz en la materia viva del jardín de los nenúfares.

8: JONIO GONZÁLEZ
Cuando la planicie deja de ser normalidad para convertirse en excepción.
Cuando el mar deja de ser metáfora de furia para serlo de calma.
Cuando las casas de piedra contienen los recuerdos de otros que ahora son los tuyos.
Un país ha dejado de ser; otro se llena de sonidos nuevos que al mismo tiempo son ecos que proceden de un tiempo no vivido y sin embargo recordado. Otros cielos y los mismos pájaros que hacen sus nidos en una infancia que es la propia y diversa, que habla con idénticas palabras y distinto aliento.
Las construcciones de los paisajes de Modest Urgell cobran un significado que jamás imaginaste, pero reconoces de inmediato. Estás delante de una puerta que nunca abriste, la abres para entrar en tu casa y no es tu casa sino los recuerdos de un tiempo que no fue tuyo, que no viviste y vive a través de ti. O espera vivir a través de ti. Porque hablaste en esos rincones, viviste en esos rincones, bajo esos techos, hiciste de ellos tu único universo, alguien hizo de ellos su único universo, y el ruido te ensordece, y es silencio, y pensamiento, "la bóveda entera del cielo" imaginado por Rilke. Sólo estás unido a quienes te acompañan, a los que te esperan. Ni dentro ni fuera de la casa. Porque no hay dentro ni fuera. Porque deseo y existencia son lo mismo. El deseo de volver a una montaña desde cuya cima divisas el mar, de volver a la orilla de un río cuya superficie se pierde a la altura de tus pies. Y mar y río son lo mismo, la misma agua incapaz de reflejar al que eres, al que fuiste. O reflejando a otro que vuelve a la montaña, a otro que regresa al mismo río sin saber que un día perderá mar y río, como un día te perdiste en los azules de Fader, en los senderos de Turner, buscando esos mismos senderos del monte grande por los que te perdiste de niño.
¿Buscando a quién?
Y estás otra vez delante de la misma puerta, de la misma masía de Urgell, buscando la nieve de Mefrèn que cubrió la playa tan cerca de tu calle, la nieve de la que te hablaron, la nieve de la que sabes que te hablaron cuando la viste en un cuadro. De la que sabes que te hablaron cuando imaginaste que te hablaron de ella, cubriendo la playa, tan cerca de tu casa, por esas callejas que has recorrido en otra parte, entre los girasoles de Van Gogh camino del Ebro, entre los amarillos mesetarios de Rico, de Caneja, buscando otra casa cuyo barro destruyó el tiempo, cuyo barro cubrió la misma nieve, y con él el nido en la misma torre de iglesia que palpaste sin verla.
La misma puerta, de otra casa, de todas las casas. Ninguna tuya, pero en cuyos rincones te recogiste para esperar lo que no se ha ido y nunca llegará.

9: JORGE DIPRÉ
Existen tantos escenarios como relatos en los que me habría gustado habitar. No sé si con el deseo profundo de ser uno de los personajes imaginados por sus autores, pero de algo estoy seguro: me hubiese asustado en la cueva donde Tom Sawyer y Becky Thatcher se encuentran con el indio Joe. Y también me hubiese enamorado locamente de ella, al punto de desafiar a Tom, a Huck y a toda esa pandilla maravillosa, para quedarme con su amor.
Casualidad o Causalidad, el libro de Mark Twain que me habían regalado era de tamaño tabloide, ilustrado con unas delicadas acuarelas. Aún lo recuerdo, y creo que lo conservé para regalárselos a mis hijos. Lo menciono porque fue decisivo en mi proceso de aprendizaje de la lectura: la impronta de la imagen visual, de las historietas, cuando aún no había comenzado con la palabra escrita. A instancias de mi madre, yo “leía” y le contaba las historias, aunque no supiera leer los textos ni los globos que los acompañaban. Interpretaba el argumento guiado por el soporte gráfico: leía la historia sin leerla. Mérito indiscutible de los dibujantes.
Años después, otro escenario que me fascinó —y que he revisitado en múltiples ocasiones— fue el de Robinson Crusoe. Pero si debo mencionar una historia infaltable en la que realmente hubiese querido tener el privilegio mágico de estar presente, inmerso no como personaje ni como narrador, sino como testigo omnisciente y sensible, esa sería la que Ray Bradbury tituló El maravilloso traje de helado de crema.
Ahora, si pienso directamente en un universo, sin dudas elegiría el que plantea Vladímir Nabókov en su vasta obra, dentro de la cual me pierdo, especialmente cada vez que releo Ada or Ardor. Me maravilla su trabajo narrativo, donde recurre sin pruritos a recursos poéticos y a esa —para mí inconcebible— transmigración entre las lenguas en las que escribió, leyó y tradujo, las cuales siempre se hacen presentes de algún modo, muchas veces a través de la sonoridad —recordemos el inicio de Lo-Li-Ta o las variantes fónicas y de traducción en Ada or Ardor. Ha sido una inspiración para algunos de mis relatos inéditos y, en cierta medida, me ha mostrado un horizonte probable para mi escritura, aunque distinto, ya que hasta hace poco cargaba con el complejo de ser un lector de prosa que escribe mayormente poesía.
Podría mencionar otros autores y obras que han sido claves para mi propio imaginario creativo, como la poesía de Poe —El cuervo— en una intersección inverosímil pero desafiante con Nicanor Parra y Drummond de Andrade… Pero esa es otra historia, para otro momento…

10: JORGE PABLO YAKONCICK
En cine, me gustaría que Andréi Tarkovsky me incluyera en “Stalker”.
En novela, que Melville me sentara en una mesa de la posada El Chorro de la Ballena.
En música estoy hecho, porque Pablo Socolsky compuso un tema inspirado en mi libro “Historias inauditas”, tema titulado como dicho libro (ignoro si algún día lo incluirá en un disco).
En pintura, haber inspirado algún personaje de Caravaggio o un sátiro de Rembrandt.
En poesía, que Dante me incluyera en el círculo del infierno que me haya ganado; o que Homero me embarcara en una de las naos prontas a partir a Troya.
En escultura, inspirar el Perseo de Cellini, la vena o un tendón del Moisés de Miguel Ángel...

junio 2024. Copyright Flavia Revagliatti
Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com - Más de 1400 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos