
En este libro (no) de los Salmos. Ese NO escande todo el poemario, como una señalética gráfica que se interpone al orden del discurso para crear así poesía, y bifurcarse o irse del plano de la tradición o de la doxa. Un NO en posición parentética, como quien indica que en esa negación y entre signos, sólo es posible esta colección de no himnos, de no oraciones para hacer de la negatividad un triunfo.
No de los salmos, el salterio entonces será pagano pero no tanto, mezcla especies o subespecies poéticas y discursivas, pero juega con seriedad con el tono posible de las cantos no de alabanzas, con las no imprecaciones, con lo no lamentos, con las no acciones de gracias ni comunitarias ni individuales.
Las escrituras lo indican, luego del libro de Job vienen los salmos, como quien nos señala que Susana Szwarc ya emprendió en sí el derrotero de Job y ahora salma. Pero como en el enigma bíblico, a quién adjudicar estos no salmos apartados pues de la tradición hebrea o davídica pero invocando austeramente ese legado.
Es ancestral el canto que invoca Szwarc en este libro, el más difícil de sus textos. Como si un aliento antes que nada sumerio, babilónico o asirio encumbrara los versos y les diera esa pátina dorada que Proust decía, tomando ese color de los cuadros flamencos, esa pátina dorada homogénea y única que se imprime a toda una obra y le da una uniformidad de obra maestra.
No de los salmos en la tradición que Szwarc recoge como hebrea, casi craquelando la lengua en su dicción bíblica. Este libro no de los salmos se abre con un pliegue, casi deleuziano, doblar la hoja, ajarla, hacerle muescas, orejas, plegar el hilo del discurso o sin más, como tanto le gusta a Susana, cortarlo en su mejor momento como si en ese gesto se fundara una salmodia propia.
Craquelar la lengua; no orar, plegar más bien, que la letra salga entrecortada, como si a la voz se le infligiera un rarísimo melisma, un balanceo cortate que es son poético y plegaria, o no.
Plegar plegaria.
La letra debe leerse entrecortada como con el aliento en el medio; como si el salmista hubiese emprendido el camino de meter en cada sílaba la lágrima. Pero, cómo no ahogarse si el sintagma se quiebra, si el verso es verso a condición de su rotura constante, dónde hay emanación o largo aliento si Susana interpone ese no que indica que allí no, a salvedad de ese no como presupuesto es que que es posible la poesía. Sólo en la concomitancia del verbo con el canto, los términos se avecinan, se aglutina por temor a tanto corte: allí donde ojo es vecino de hoja y vid, de vida y aja de hojea.
Si la voz craquela, el verso criquea restos en la boca, qué hace la boca en la imprecación, qué articulación merece, parece preguntarse este conjunto de poemas, los más difíciles de Susana luego de haber pasado por las hazañas de un Job.
Hasta parece que escribiera con el deseo de que el lápiz se rompa por la punta, no hay notas que salgan de mi minas demasiado afiladas, hay que escribir doce Susana con lo que queda, cuando ya no le queda punta al lápiz o se ha quebrado, ahí emprenden su canto estos no salmos.
Viene a decirnos Susana que la soga no se hilva, los no salmos son letra descascarada, letras que se sueltan en el aire para desmarcarse de la frase. Entonces, de nuevo, nos preguntamos, dónde está lo poético si el discurso en sus hilos ha sido abolido, si el sintagma implosiona, si la frase se craquela, si las palabras nudos en la boca. A veces, casi a modo de señuelo, la voz intenta una desiderata como quien dijera en la tradición antigua una doxología o una bendición: Leer Llaves de la memoria p 17
En la poesía hebrea se sabe que los salmos son más que un himno, son casi el estado emocional de todo un pueblo: concisión, rotura y elipsis, renunciar a completar los nexos. entre ideas para que las palabras sueltas, en su engarce alterado,encuentren en el oyente lo que el poeta expresamente no consignó en el texto. Aquí vienen muy mezclados los cantos con las lamentaciones, los himnos con las oraciones, los poemas de inscripción con los versos sapienciales, las letras contemplativas con las voces sapienciales, las súplicas con los cánticos de una doctrina que Swarcz se inventa y nos inventa: en esa modulación hasta hay graznidos, cercas de las moras, lenguas gansando para que puje el habla o el pan se destrence.
Al estirarla sobre una mesa, como quien hace el pan, la masa verbal se desgrana, en esa fragmentación, en los hiatos de esa masa que no leva todavía, la letra hace hueco: “Llama más la letra se rompe se deshace se resbala de la mesa, pan” La letra eclosiona en sus adentros. Szwarc lo pide como ruegan los salmistas: “Que la letra atesore su pasar de largo”. Hay gestos desparramados en este poemario como quien regala simulacros: la letra craquelada, la letra estirada sobre una mesa como quien amasa el pan y lo desgaja, algo que en la boca ocupa el lugar donde se habla y se articula: porque siempre hay salmodia y salterio. Susana escribe como quien vitupera, pero con un terrón (yo diría más bien con un terror) de azúcar en la boca.
Canciones no de amor para indicar que si la poesía no está en el verso, en el sintagma, en la sílaba sagrada; si la poesía ha desaparecido de la letra, entonces en sus signos como flecos, algo anida. Swarcz escribe con las diéresis, las comas, los dos puntos, los signos de pregunta: punto y coma, el que no se escondió (se embroma)
Escribir es embromar, entonces. Es en el acto de plagar donde la letra se esconde. La poesía vive pues del escamoteo de esa letra, que se desmarca, se mueve se oculta, se mete entre paréntesis, se corta, se moja, se amasa hasta su desaparición misma y cuando se pretende en un acto de absoluta imposibilidad volver a juntar en sus pedazos, flaquea.
La pretensión de estos no salmos es el rescate de la letra escondida, la letra del todo escamoteada: hay pedacitos de letra arrugadas que de deshacen en sonidos: “la idea cae en el vaso que se resbala se golpea en las ramas y se parte en pedacitos como de lluvias como de letras llenas de cielo.
Hacia el final, la salmodista ya no impreca ni implora, ya hizo del pliegue un embrujo que “a-som-bra”, que “ta-jea”. Lo que fue alguna vez un no canto se ha vuelto pura trepidación. Como Barthleby la salmista no enmudece pero esboza, ante lo poético: preferiría no anotar, no mirar. Es disidente esa voz que hacia el final, como quien está terminando un canto antifonal (“una y otra vez y otra más”) decide sólo en los pliegues desplegar. Sólo en los cortes, hay poesía que por ende es no salmo, no alabanza, no himno, no lamento.
Barraban
Pero al final, como un sulfuro, un amasijo de signos y un relato y un deseo y un himno, claramente entrecortados: “Que las asadoras de castañas no mueran cada vez”.
Poemas de El libro (no) de los Salmos
Selección de la autora
Plegar
Aclara: se leerá la letra
entrecortada.
La cabeza ida y vuelta
nos miramos
ida y vuelta suspiramos.
Sostenemos el sombrero
la respiración.
¿Cómo no ahogarse?
Parecieran hablar
los ojos
pero no todos juntos sino
uno por vez.
Pasar
de ojo de hoja de lengua.
Sacar
una
poner otra
del/en
el Libro.
¿Libro iría
siempre con mayúscula?
Sería un centeno un sustantivo
colectivo (sería)
un plural aunque tú
singular.
Si moviéramos las hojas
las aguas.
Como la vid
vida. ¿Cuál vida?
Bebamos agua de los mares
que se vuelva
dulce.
En composición
Insiste:
Siempre guardo algún terrón
de azúcar
en la boca
para repartirlo en días de diluvio.
La escondida
Lo mismo, ¿es lo mismo o es distinto?
En lo mismo: ¿cuántas veces
tuvimos que comer
a la luz de las velas?
¿Cuántas veces
con el cuchillo en la mano
tuvimos que recortar el cielo
sus letras azules?
En lo distinto: el cuchicheo y nuestras voces
cambiantes como zapatos usados
prestados
donados rotos
para trozar más.
Que cada cual tenga su par.
Los pies sobre una mano
Los pies podrían caminar sobre una mano.
(Descalzos –siempre- esos pies.)
¿Podrían conversar manos, codos,
pies, rodillas, frente?
-Sh, escuchá, ya están conversando.
-No dejan de hablar.
-Nunca.
-Nunca es imposible.
-Entonces, ¿la sombra toca
a su contrario? ¿Lo acaricia?
Conversaciones por todas partes. Con-
versaciones a través de las rejas, de las mesas,
de los libros.
Cuchicheos que alcanzan –por esa mano
o esos pies- al sol.
Y no dejes de decir sombra: en ella
algo
majestuoso todavía
replica. Rebalsa.
La sombra es hoy el sombrerero
que espanta las moscas, los miedos.
Atraviesa las paredes, las hunde
en la flor.
Pero se mueve
adentro- afuera –adentro-afuera
de nuestras sílabas. A-
som-bra.
Nos hace sostener una conversación
tartamuda. Solo así,
podremos hablar de la otra
sombra , la que nos avanza
con el hambre a pedazos.
Compartido.
Las formas torcidas del cuerpo
Del árbol de castañas de Schiele
Sch Sch
arrancan un rayo de sol sobre pichones
frutales.
El rayo se había posado, pisado la piedra
que chirrió como una puerta
torcida. (Adentro había letras, una letra dentro
de otra dentro de otra hacían castañear los dientes
sin filo). Sch Sch.
¡Ah! Si la vendedora de fósforos no hubiera
sabido del calor del uno (un fósforo), no habría
muerto de frío. El rayo sobre los ojos castaños
los cabellos castaños. Brillos
ante la partida de sol.
La asadora de castañas tiembla. ¿Por qué
siempre un ruido antes del temblor? Me pregunta
-con los ojos- . Traspasa
su estertor el vidrio.
(Podría haberte esperado
en la calle
conversar con la asadora
decirnos
cabés en mis brazos
saltar juntas hacer
malabares con castañas
turnarnos para usar el abrigo
volver a saltar para no
morirnos hasta aquí)
Que las asadoras de castañas
no mueran cada vez.