Luis Fernando Cueto

                    Las voces de los muertos en la novela Ese Camino Existe [1]

Por Mario Wong

Escritor peruano, París, Francia

  

« Les hommes qui se battent entre eux sont non seulement des ordures et des aveugles, mais en plus des imbéciles, car ils se trompent d’ennemi, la pire chose qui puisse, selon le président Mao, arriver à un bon soldat. Ils ne se rendent pas compte que la planète en a ras les tropiques de leurs bêtises, que Mère Nature ne reconnaît plus ses enfants, une progéniture qu’elle aurait aimée turbulente, qu’elle a découverte assasine, et qu’elle ne supporte plus suicidaire ou matricide. »

Jean-Bernard Pouy [2]

 

A María, a quien conocí en el Pto. de Chimbote y, también, para mi amigo « Clark-Chimbote », 

quien me pasó la novela de L.F. Cueto.

 

En esta novela Luis Fernando Cueto aborda la violencia política, con todas sus secuelas de horrror (violaciones, torturas, crímenes, desapariciones …), que vivió el Perú durante la década de los 80s; son estas historias -de los bandos en conflicto y de las víctimas de la violencia desatada-, que se entrecruzan en el vórtice del huracán de la guerra que iniciara el P. C. P.-« Sendero Luminoso » en la región de Ayacucho (incluye Apurimac y Huancavelica), ya en el periodo de la intervención de las FF.AA., y que sumergiese a todo el país en lo que se ha denominado la guerra sucia. Esta guerra, como si fuese la guerra del fin del mundo, recorre las páginas de Ese camino existe.

 

1.- Poética narrativa de la guerra interna, visión « perspectivistica posmoderna », polifónica, y « mesianismo escatológico »

La poética narrativa de esta novela da cuenta, pienso, del único dios que reina en la guerra: El horror. Éste es visto a través de la mirada de la sola persona que intenta guardar la cordura -en medio de las oleadas de delirio mortífero, que despliegan los contendientes en esta guerra; unos, para construir la « Jerusalén Celeste » y, los otros, en « defensa de la patria »; las víctimas se hallan en el fuego cruzado de ambos, que no escatiman en el uso de la violencia cruel -, la mirada del infante « Cubo ». En ciertos momentos, esta mirada es la del vacío, la de la pérdida del sentido de la vida y la locura. Es también una mirada magnetizada, por el despliegue del horror y la muerte, que se concentra en el « Centro de Operaciones » del Estadio de Huanta, base militar de los marinos, y en el calvero de Mayoc -que se ubica, en la novela, en el límite del Dpto. de Ayacucho con Huancavelica-, un bosque de tunas donde entierran a los desaparecidos, víctimas de la tortura, en presencia de las aves carroñeras.

     Si bien el infante « Cubo » no puede escapar (como muchos jóvenes de ambos bandos) a la realidad de la guerra, es alguien que « no sirve para la guerra »; « eres un cobarde »-le repite dos veces, en los capítulos finales de la novela, el capitán « Escorpión », porque no es capaz de dispararle en la sien a un prisionero. El erotismo bloqueado, por las experiencias frustrantes de su niñez, aparecería desde el inicio como una clave de su comportamiento; él no participa en la violación de la camarada « Úrsula » y se enamora, posteriormente, de Perpetua Cori, una chica del pueblo de Chungui que busca a su hijo, Américo Parihuana, secuestrado por una columna senderista.

     En medio del horror de la guerra, después que el camarada « Facundo » retoma Chungui, asesinando a Perpetua y a otros pobladores indefensos, al enterrar su cuerpo el infante « Cubo » promete encontrar a su hijo Américo, quien ha sido incorporado ya a la fuerza de apoyo de Sendero Luminoso, en « Nueva Jerusalén ». Américo Parihuana junto con nativa y otros pobladores de Chungui fueron secuestrados por la columna del camarada « Rodrigo » y la camarada « Lucrecia », cuando meses antes irrumpió en el poblado andino. Aparece aquí, que ese camino, de lo indestructible en el ser humano, existe; es como la línea de fuga frente al horror; como si lo salvase el sentimiento del amor por ella (y la esperanza en un mundo diferente) al salvar a su hijo Américo; ahí está también el amor de éste por Nativa. Cito, seguido, su diálogo con el camarada « Braulio » (ambos se hallan prisioneros en el Estadio de Huanta, después de que los sinchis, los yana uma, invadiesen la « base de apoyo » senderista en la ceja de selva del Dpto. de Apurimac):

     « -¿Quieres que te diga una cosa? -preguntó Braulio, casi al oído de Américo.

     -Qué…

     -Ella no quería que tú mueras. Ella hubiese dado su vida a cambio de que tú siguieras viviendo…

     -¿Por qué dices eso? -se extraño Américo.

     -Porque es así -respondió Braulio-. Las personas están dispuestas a cualquier sacrificio cuando aman. » (Ob. Cit., Cap. XII, pp. 398-399).

 

     La « Partie Maudite », categoría bataillíana, se manifiesta en la « violencia ciega » de ambos contendientes y en toda la irracionalidad que irrumpe, subitamente, y que altera completamente la vida de las comunidades andinas. Es significativo el monólogo, en delirio (como si fuese la única forma de dar cuenta, narrativamente, de todo ese caos; no hay que olvidar el sobrenombre por el cual llaman al infante en esta guerra), de « Cubo »: … « Josaca corre, trastabilla en la grama mojada, cae, chapotea en el lodazal, y la cabeza prendida de su mano, ¿sabes por qué le dicen rincón de muerte a este lugar?, siempre haces preguntas estúpidas, Cubo, aquí la gente se anda matando por las puras huevas, desde hace miles de años, desde que el mundo es mundo, yo nunca he enterrado una cabeza sola, mi comandante, la sangre corre por el río, Josaca se levanta, el uniforme empapado de lodo, los ojos locos bailoteando en la cara negra, ¿y dónde pusisté el resto del cuerpo, so huevón?, le juro que estaba todo completo, mi comandante, la sangre corre por el río, cae al agua y se expande una onda roja de orilla a orilla, regresa al centro dando tumbos, se embravece, forma un remolino furioso, no sé qué ha pasado, jefe, yo sólo cortaba y las extremidades salían volando por la ventana, es difícil manejar una sierra eléctrica, jefe, imbécil, otro que se fue a la mierda, haz algo, Cubo, tú eres el enterrador oficial, como le estaba diciendo mi comandante, no acostumbro a enterrar cabezas solas, los gallinazos no me lo perdonarían, ellos se dan cuenta de todo, tú eres un pichón huerfano, Cubo, sabes como hago mi trabajo, ahora me he quedado solo, Cobra ya no sirve para esto, en Lima dijeron que estaba cuerdo, se convierte en rata y ya no sabe lo que hace, en fin, si completaran el cuerpo la cosa sería diferente, mi comandante. » (Ob. Cit., Cap. XII, pp. 400-402). El comandante « Bulldozer », en ese delirio, aparece como el padre; esta daría pie a más de una lectura lacaníana sobre la « ley del padre » (el « Super yo », el padre tiránico).

     Hay una vertiente arguediana en Ese camino existe, que proviene de Todas las sangres y de El zorro de arriba y el zorro de abajo; del Perú en su multiplicidad « perspectivistica posmoderna », polifónica, étnica y racial, explosiva, en los tiempos de la guerra interna. La expresión mesiánica escatológica no deja de estar presente; menciono sólo dos personajes, el infante Salomón y el recluta Mapache (el segundo, después de muerto el primero, hereda el pequeño libro de pasta azul de El Nuevo Testamento, que perteneció al primero; lo llevaba en el  bolsillo izquierdo como protegiéndole el corazón). Cito: … « Ordenanza regresará corriendo como un corderito, soplará su quena y todo se llenará de sonidos, de un huayno pegajoso que hará bailar a los muertos, todos brotarán de la tierra y desfilarán con una vela en la mano, Perpetua irá adelante, sácate el velo para verte los ojos chinos, el primero de noviembre todos los muertos salen en procesión, Cubo, es hora de enterrar al niño, en mi pueblo era día de fiesta, bailabamos con los resucitados, Salomón vendrá con un enorme libro bajo el brazo, ese no es el Nuevo Testamento, no seas cojudo, Cubo, es el Libro de Todos los Muertos, aquí están registrados todos los que estiran la pata, ahora yo soy como San Pedro, yo voy leyendo los nombres y los muertos se van levantando de uno en uno, así de fácil, se paran en fila y esperan a ver qué pasa, ¿no te dije?, estaba escrito que al tercer día resucitarían, ya no te preocupes por tanto muerto, morirán y resucitarán, es fácil ¿no? , todos deben irse cantando alabanzas al Señor,… » (Ob. Cit., Cap. XII, pp. 404-405).

      Otra citación, para insistir -y concluir esta parte- en lo de la visión perspectivistica y el sobrenombre del infante:

     « Cobra tiene un collar de ojos, Shogún tiene un collar de orejas, alrededor del mundo hay una cadena tejida de calaveras, de las cabezas que escaparon de sus cuerpos, por qué tienes ese nombre tan cojudo, Cubo, cuántas caras tiene una guerra, un hombre puede tener mil caras pero una sola cabeza, te dije que lo encontraría, Perpetua, en alguna parte del planeta tenía que estar, detrás de un árbol, debajo de una piedra, en el ala de un gallinazo, ahora puedo ir a verte, sacar las lajas blancas, tu madre era una puta, Cubo, en pocas palabras, en buen cristiano, tu padre la mató por puta, te quedaste solo, tierno pajarillo, pichón de gallinazo, aprendiste a rezar solito, en las noches frías y negras del puericultorio, líbranos de todo mal, Señor, que no sueñe con esa mujer desnuda, con ese hombre de verga enorme y rostro invisible, que no escuche esos gritos de placer, y no nos dejes caer en la tentación, esos gritos de horror, no me mates, hazlo por tu hijito, él no tiene la culpa de nada, que no mire esos fogonazos incendiando el dormitorio, la sangre mojándome los pies, Santa María, madre de Dios, los ojos saltones mirándome asustados y arrechos, no podía dormir, mamá, … » (pp. 410-411).

 

2.- Nombres: encapuchados que actúan en la sombra, N.N., las voces de los muertos

Esta guerra del fin del mundo es la guerra de un desencuentro fatal; podría inscribirse en la historia universal de la infamia: ahí estan las columnas senderistas del camarada « Rodrigo » y la camarada « Lucrecia » y la del camarada « Facundo » perdidos en el laberinto del crimen; asesinando a los « principales » y secuestrando a los jóvenes, los primeros, y masacrando la población restante de Chungui, el segundo. También, por el lado de los « defensores de la patria », la tropa del capitán « Shogún » sembrando el terror a su paso (en la persecución de los primeros),  en un delirio de locura que lo lleva al abismo. El mundo se ha salido de su eje, y el tiempo y el espacio se alteran brutalmente; los seres humanos que viven la guerra, el caos en que discurren sus vidas, son fiel testimonio de la tormenta desatada. Las víctimas son ínnombrables; los hombres de los comandos especiales, encapuchados, actúan en la sombra y cubren el rostro, de quienes secuestran, con un trapo negro; el anonimato total. De la parte del secuestro y tortura del locutor de radio Maravilla (que acaba de desvanecerse a causa de que su cuerpo desnudo es sometido a la picana eléctrica),  cito seguido:

« -¿Ya volviste, hijito? -preguntó el comandante con voz aflautada-. ¿Sabes dónde estás, papacito?

-Estoy en el Estadio de Huanta… -suspiró el locutor.

-¿Qué dices? -preguntó Bulldozer, con voz afectada, al tiempo que acercaba su oído a los labios del locutor-. No te escucho bien, hijito.

     Entonces, el locutor abrió bien los ojos, jadeó un poco y, tomando todo el aire que pudo, espetó con firmeza:

-Estoy en un campo de concentración -dijo-, y tú eres el jefe aquí, asesino de mierda…

-¿Qué has dicho? -se sorprendió el comandante. Retrocedió un par de pasos y se llevó las manos a la cabeza.

-¡Asesino! -volvió a gritar el locutor-. ¡Asesino concha de tu madre!

     Bulldozer montó en ira; alzó la mano y descargó un furibundo puñetazo en la cara del locutor. El tipo cayó al suelo con todo y silleta, y, amarrado a ella, quedó doblado en ángulo recto. Encorajinado, la cara convertida en un amasijo de arrugas, el comandante miraba a su hombres con los ojos desorbitados. (…), al cabo de un corto rato, Bulldozer posó su mirada punzante en Garganta de Lata:

-Tú eres el único que me entiende, Garganta -dijo con voz grave-. He tratado de ser considerado con este hijo de puta y mira cómo se porta. Ahora me doy cuenta que nada se saca siendo bueno. Ya no quiero volver a verlo. Te lo dejo en tus manos, tú ya sabes lo que tienes que hacer en estos casos. » (Ob. Cit., pp. 371-372).

     Parecería que nada ni nadie pudiese detener a esa máquina del terror.

     El asesinato a sangre fría de « Ordenanza » -de un tiro de pistola en la sien, que le disparó « Bulldozer », después de que lo traicionase el recluta « Zancudo », por haber ayudado a escapar un prisionero del Estadio de Huanta-, un adolescente que fue cogido en una redada, en las horas del toque de queda, y convertido en traductor (porque hablaba quechua), conmueve profundamente al infante « Cubo »; escucha su voz como si para él esa voz saliese « de debajo de la tierra. Era como si Ordenanza hablara con una voz neutra, una mezcla de los timbres de muchas voces, un susurro que tenía el dejo de Perpetua, de la camarada Úrsula, de Ronsoco, del chico de la zapatería de Huamanga y de un niño desconocido que lloraba. Apúrate Cubo, si llega la noche los gallinazos bajarán a devorarte, dijo la voz. Entonces, el infante arqueó las cejas y dibujó un gesto de asombro en su rostro, como si recien acabara de llegar al bosque de tunas. Posó su mirada en los ojos de Mapache y le cogió la mano. Se incorporó pesadamente y, abrazado al recluta, recorrió de vuelta el callejón espinado. » (Ob. Cit., p. 340). Todo esto ocurre después de enterrar a « Ordenanza » en el calvero de tunas, donde se hallan otras tumbas, las de los sin nombre, las de muchos de los N.N. de la región ayacuchana.

     Releo y transcribo, ahora, todo el pasaje, más adelante, cuando el infante « Cubo », ante el comentario de un prisionero, al ver otro adolescente secuestrado (sin  nombre) -por confusión (el teniente « Chacal » creyó que era el hijo del locutor de radio Maravilla)-, en el Estadio de Huanta, se entera del nombre de otro prisionero, se llamaba Simón, y fue torturado a muerte en el « Centro de Operaciones »:

« -Lo van a matar…-alcanzó a resollar

-¿Qué dices?-se detuvo en seco el  infante.

-Es una criatura -jadeó el detenido-. No va aguantar la entinada.

-Nunca se sabe… -dijo Cubo, con un hilo de voz-. Hay que rogar que no pase nada…

-No va a aguantar, jefe -volvió a acotar el detenido-. Si ni el Simón, que era hombre maduro, aguantó la última vez…

     Cubo volvió a correr. Sentía una profunda desazón en el estómago. Su nombre era Simón. El hombre que había enterrado hace pocas horas, en la madrugada, se llamaba Simón. Y eso era distinto. Ya no se trataba de una cifra, de un número, sino de una historia. Y no coprendía por qué la carga que había sobrellevado ligera hasta ese momento, de pronto se volvía insoportable en su conciencia. Simón. Era como si el cadáver, desde el fondo de la tierra, reclamara un lugar entre los vivos. Como si pidiera trascender a la muerte. Que avisen de su deceso a su esposa, a sus hijos, a sus compañeros, pronto. Llegó hasta la carpa acezando y se despidió con un fuerte abrazo del detenido. Éste se quedó de una pieza, desarmado, con una mezcla de susto y asombro.

-Simón, Pedro, es la misma persona -desvarió Cubo al separarse-. Está escrito en la Biblia. Todos somos una sola persona. Y una persona es una multitud.

     El hombre se quedó demudado en la entrada de la carpa, viendo a Cubo correr de regreso al Centro de Operaciones, pensando muy seriamente que esa pequeña muestra de afecto y esas palabras misteriosas del infante respondían a un repentino ataque de una especie de locura. » (Ob. Cit., Cap. XI, pp. 355-356).

     La escritura tiene indiscutiblemente, en esta parte de la novela (y en todo lo que sigue) visos catárticos.

 

3.-Una guerra cruenta, implacable, que no dice su nombre: Pedro Rojas ha muerto, « su cadáver estaba lleno de mundo »

Se trata de una guerra cruenta, implacable, que no dice su nombre. Me explico. El terror reina; el miedo de las poblaciones concernidas, sin saber por qué, y sometidas a la tortura y la muerte; ahí esta el « Centro de Operaciones » del Estadio de Huanta; « Bulldozer » (y sus acólitos), actuando como un demiurgo siniestro, de lo inmundo, en ese konzetrationsläger  (como los torturadores de la Escuela Mecánica Militar en Buenos Aires, en los periodos más terribles de las dictaduras del cono sur del subcontinente americano), torturando, sofisticadamente, y haciendo desaparecer miles de gentes; cito largamente: 

     « De regreso, Ordenanza enfiló sus pasos sobre el camellón de sacos de arena, y ya se aprestaba a iniciar el descenso, cuando una voz altisonante lo dejó congelado:  Papel de viento, lo han matado: ¡Pasa!  »

     La voz era impostada, con un sonido áspero y grueso, y cada palabra estaba modulada con una intensidad exagerada, con el evidente propósito de crear un ambiente tenso y expectante. El comandante alzó la cara hacia su ayudante y, en un gesto de interrogación, abrió las manos y le enseño las palmas. El muchacho, sin mirar atrás, volvió a señalar hacia la ubicación de la antena. Dudó unos segundos para descender y, cuando por fin se animó a dar el primer paso sobre el escalón de arena compacta, la voz lo sobrecogió de nuevo:  Pluma de carne lo han matado: ¡Pasa! ¡Avisa a los compañeros pronto! 

     Bulldozer llamó con la mano al muchacho y, cuando éste, después de una alocada carrera, se le puso enfrente, le gruño en la cara:

     -¿Te acuerdas cómo se llamaba el chuto de mierda que se llevaron la última noche? 

     Temblando de miedo, Ordenanza buscó entre las hojas de su tablilla y, muy pronto, se detuvo a leer en una de ellas:

     -Pedro Yupanqui…-dijo.

     Pero no pudo acabar de decir completo el nombre del campesino; la voz nuevamente lo paralizó:  Palo en el que han colgado su madero, lo han matado: ¡Lo han matado al pie de su dedo grande! ¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!.  El locutor hizo una pausa y en el aire se escuchó como un carraspeo y una respiración dificultosa, estragada, que mantuvo en vilo a los oyentes. Lentamente, con cierto temor, como queriendo sacudirse de esa pesada tensión que lo envolvía, Ordenanza sacudió las piernas y dio un paso; sin embargo, después de un agudo chirrido, la voz prosiguió:  Pedro Rojas, así, después de muerto, se levantó, besó su catafalco ensangrentado, lloró por Huanta y volvió a escribir con el dedo en el aire: ¡Vivan los compañeros! ¡Pedro Rojas! Su cadáver estaba lleno de mundo…  (Ob. Cit., Cap. IX, pp. 268-269).

     Las referencias vallejíanas, sobre todo a los textos poéticos de la guerra civil española ( el poema « Masa » …) y romualdíanas se hallan actualizadas, eficazmente recreadas aquí, para dar cuenta de esta etapa sombría que vivió el país; se recurre a la poesía para decir lo que no se puede decir, ante tanto dolor al que es sometida la vie nuée[3].

     Pero también existe la esperanza. Hay en toda la novela, en sus historias, una cierta « simetría narrativa »: en los amores del infante « Cubo » y de Perpetua Cori y la del hijo de ésta, Américo Parihuana, con Nativa (ambas mujeres cantan y, también, mueren en esta guerra; en las dos sus cantos, una de ellas compone, son una suerte de despedidas de amor); también esta la fuga del estudiante que propicia « Ordenanza » y el salto del camión militar de Américo, al que impulsa « Cubo ». Cito, para concluir, esta parte final:

    « Américo Parihuana se incorporó y, sin mirar atrás, avanzó con pasos rígidos hacia el filo de la carrocería. El portatropas había aumentado la velocidad y corría raudo por el camino firme y parejo. El viento golpeteaba la cara del muchacho, le sacudía los  cabellos y lo hacía parpadear. El infante seguía a su lado, de pie, hundiéndole los dedos en el brazo. El resplandor de la luna había amenguado y, más allá del camino que iban dejando rezagado, los cerros plomizos se ocultaban en la penumbra. Américo ladeo la cara y miró al infante. Encontró una indoblegable y ferrea determinación brillando en sus ojos. Enderezó la cara y miró hacia abajo, a la superficie de cascajo. Ahora sentía la respiración de Cubo en su nuca, su mano que le soltaba el brazo y se asentaba en su espalda. Atrás, nadie decía ni hacía nada, y solamente el agitado y pedregoso jadeo del infante cortaba el silencio total. Era como un clamor, como si el infante gritara por última vez con voz imperiosa: ¡Salta! ¡Salta!; entonces, el hijo de Perpetua Cori cerró los ojos y saltó a la noche, a la esperanza. » (Ob. Cit., Cap. XII, pp. 411-412).

     Así, encuentro yo, que la narrativa del horror de la guerra en Ese camino existe -última novela de L. F. Cueto, que mereciera el « Premio Internacional Copé de Oro »- tiene en la base una sólida « estética de la resistencia ».  



[1] Luis Fernando Cueto Chavarría, Ese camino existe, Lima, Ed. Copé, Premio Copé Intern. 2011, 2012.

[2] J-B Pouy, 1280 âmes, L’Isle-d’Espagnac (France), Éds. Baleine, Prix du roman noir, 2000, pp. 134-135.

[3] Ver Giorgio Agamben, État d’exception. Homo Sacer, París, Éds. du Seuil, 2003; y, también, Rocio Silva Santisteban, El factor asco. Basurización simbólica y discursos autoritariosen el Perú contemporáneo, Lima, Red para el desarrollo de las CC.SS. en el Perú, 2008, p. 102.  


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