Juan Domingo Argüelles



            Juan Domingo Argüelles

Chetumal, Quintana Roo, 1958. Poeta, ensayista, editor y crítico literario. Entre otros volúmenes de poesía ha publicado: Como el mar que regresa (1990), A la salud de los enfermos (1995), Cuando escribía poemas (2005) y Contra el aire y el cielo (2006). Ha obtenido los siguientes premios: Nacional de Poesía Efraín Huerta (1987), Gilberto Owen (1992) y Nacional de Poesía de Aguascalientes (1995). En 2004 reunió su obra poética de dos décadas en el volumen Todas las aguas del relámpago (México, UNAM). En 2009, la Editorial Renacimiento, de Sevilla, España, publicó su antología poética de cinco lustros La travesía: Antología ultramarina (1982-2007)







MAR DE LA INFANCIA

Para Adela Argüelles Aguilar, mi querida madre

Ancho mar de la infancia,
ancho como el dolor y la distancia
que separan mi errar y mi vagancia
de la tierra nativa;
ancho como el vaivén olas arriba
que nos lleva y nos trae a la deriva.
Ancho mar que comienza
interminablemente su defensa:
trinchera de la sal: arena inmensa
donde el sol se derrama
y resplandece dulce en cada rama
del manglar que se vuelve miel y flama.
Ancho mar bajo un cielo
azul y frágil como un desconsuelo
a punto del vapor y del deshielo.
Ancho mar que me nombra
cuando junto a sus olas veo mi sombra
proyectada en su verde sed de alfombra.
Ancho mar como el viaje
que emprendí como un rito de pasaje
llevando sólo el mar por equipaje.
Ancho mar que veía
impaciente o sereno en su bahía
y que nunca ha olvidado el alma mía.
Ancho mar que regresa
una vez y otra vez: termina, empieza,
y siempre recomienza su proeza.
Ancho mar, ancho nido
que dotó a mi existencia de sentido
y me prohibió la afrenta del olvido.

Chetumal, 18 de noviembre de 2011




EL PIEDRAOJO

Para mi padre: Antonio Domingo Espinosa

En un frasco de vidrio lleno de arena
mi padre guardaba el piedraojo.
No era uno, en realidad. En esa playa encarcelada
había quince o quizá veinte
de distinto tamaño, pálidos unos,
tornasolados otros. Con cierta ceremonia,
con ritual esmerado, mágico y prodigioso,
mi padre abría el frasco y sacaba uno,
lo ponía en la palma de su mano, lo observaba
contra la luz del sol, lo limpiaba de sombras
y de arenas, me levantaba el párpado
y debajo de él ponía a caminar al piedraojo.

La basura invisible, la partícula ínfima
que el pañuelo o los dedos no encontraban,
el piedraojo las devoraba en un instante.
Caracola brevísima, el piedraojo
fue el zahir de mi infancia. Era un objeto vivo,
de ahí que no pudiera prescindir de la arena.

Ni la gente más culta, ni la más erudita,
conoce el piedraojo. Cuando se los describo, dicen
no haber visto algo igual ni entre sus fantasías.
Pero este objeto mágico existe y está vivo.
De su cárcel de arena sale de vez en cuando
y nos limpia los ojos y le da más fulgor a la mirada.

Ciudad de México, 16 de abril de 2011



MI CASA

Para Rosy y mis hijos Claudina y Juan

Ésta es mi casa.
Piedra por piedra fue levantándose
donde no había ninguna traza.

Donde ahora está, no había nada:
hierbas tan solo,
y el viento frío en la madrugada.

Después, un cuarto solo
―cuatro por cuatro―,
porque el amor no necesita tanto.

Ésta es mi casa.
Con los hijos creció, pero no es grande.
Es el amor lo que la expande.

Lo que sí tiene es libros, muchos libros
que se han ido llamando uno al otro,
y son más que los sueños
porque incluso los sueños
tienen derecho a irse
en busca de otros sueños.

Ésta es mi casa.
Abro la puerta y el aire pasa,
y en el jardín la primavera
puebla de pasionarias la enredadera.

Durará más que nuestras vidas,
pero los dos que la habitamos
desde el primer instante, y que la vimos
transformarse y crecer,
aquí seguimos,
y somos, en esencia,
lo que fuimos.


Fragmentario parcial. Juan Domingo Argüelles
YA NO SUEÑO DESPIERTO

Ya no sueño despierto.
Las veces que lo hacía siempre surgía alguien
para ponerme en mi lugar. Alguien que me decía
que la luz de la nada era maravillosa
pero mucho mejor la de la realidad.

Ya no sueño siquiera cuando duermo,
pues siempre al despertarme
lo primero que veo son mis ojos
que me miran profundo y me censuran
el deseo siquiera de soñar.

Y pensar que algún día las cosas fueron otras.
Hoy como el mar que vuelve,
el que está de regreso cree que algo valioso
se lleva y algo deja. Escombros deposita, 
como si fuera oro, sobre la arena, 
y se retira acaso con espuma.
Es todo lo que deja y lo que lleva:
ruinas de lo soñado, 
escorias del desastre de despertar.



AHUÁCATL

Hay monumentos y figuras donde Seloyocsim enseña con orgullo sus atributos: dos piedras como frutos del árbol del ahuácatl.
BENAVENTE, Historia

Nada más querrás ver después de contemplar
a Seloyocsim. Tal decían las crónicas
de los conquistadores españoles.

Seloyocsim, deidad dual prehispánica,
representa, a la vez, el gozo, la alegría,
y la fertilidad de la tierra amantísima.

Seloyocsim, alegre, riega el valle de México,
y hace que las pitahayas florezcan incendiadas
y que el nopal dé tunas y que el maguey dé quiotes.

Seloyocsim, seloyocsim, lo llamas,
y él acude entre llamas mientras tú más lo llamas,
y apaga de un chisguete ceremonial el fuego.

Nada querrás tener más en tus manos
que el peso conceptual de Seloyocsim
abriéndose camino entre el jilote.

Si lo buscas, lo encuentras. Seloyocsim está
en tanto tú lo invoques. Nada te faltará:
Seloyocsim te da completo el goce.



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