Mabel Pagano

            Mabel Pagano
Nació en Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, el 6 de mayo de 1945.

Ha publicado diecinueve novelas, entre ellas El país del suicidio, La calle del agua, Lorenza Reynafé o Quiroga la barranca de la tragedia, Malaventura, Luisa Martel de los Ríos, la fundadora, Martina, montonera del Zonda, Felicitas Guerrero de Álzaga, Último encuentro de Fanny Navarro y Gary Cooper, El amor es atroz, Clara Oliva, el abismo de la espera, Esclava del Señor y Manuela Sáenz, la señora de Paita. Dos biografías noveladas Eterna (Vida de Eva Perón) y El Museo, mi casa (Historia del Museo de Alta Gracia). Dos biografías, Alejandro Magno y John F. Kennedy. Nueve libros de cuentos, entre los que figuran: El cuarto intermedio, Enero es un largo lunes, Trabajo a Reglamento, Lo peor ya pasó, Siete por uno siete y Tristes cuentos algo crueles. Tres volúmenes de cuentos infantiles: Los chicos que hicieron la historia, Cartas con historia y Cartas y cuentos con historia. Y una novela juvenil: Panchito López, la última batalla. Participó, además, en veinticuatro antologías, una de ellas Escritoras argentinas contemporáneas, publicada en Estados Unidos y otra Cuentos inéditos II, editada en España.

Ha ganado cien premios literarios. Los más importantes: Concurso de Cuentos Editorial Atlántida, Fundación Fortabat, Premio Internacional de Novela El Cid Editor, Premio EMECÉ, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Municipal de la Ciudad de Córdoba, Fondo nacional de las Artes y Gobierno de San Luis.

Por su trayectoria literaria recibió distinciones de la Cámara de Senadores y la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires y del Municipio de Lanús.        


    


EL SECRETO

Estoy asombrado de mí mismo. De estar todavía aquí, como suspendido entre espejos  mostrándome una imagen que no parece la mía, sino el  vacío de un contorno que apenas puede contenerme.  Mis pensamientos se precipitan hacia distintos caminos, todos igualmente absurdos e inútiles, ya que cada uno me devuelve con rigurosa puntualidad al lugar en que me encuentro, a esa figura tendida en el suelo, inmersa en una quietud absoluta, en un silencio que de tan intenso, ni siquiera me acerca el más leve presagio. Estoy aquí, en este sitio que me parece inubicable en el espacio, a una hora, igualmente imprecisa en el tiempo y  dándome cuenta, mientras tropiezo con el descreimiento propio del eterno inocente y dando la cara a una realidad que sólo puedo concebir incompleta, que acabo de convertirme en un asesino. De la manera más increíble, tal vez decidida en un momento, pero absolutamente insospechada en el conjunto de las horas que precedieron al hecho. Me pregunto cómo pudo suceder esto, que  yo, el  buen  chico  de  toda la vida,  haya podido matar. Convertir  en una ausencia definitiva  a alguien que ha trocado bruscamente su verticalidad, por ese alargue de su figura sobre la alfombra, con el abandono del que sabe que ya no tiene retorno.

Tanto como por hacer algo que no requiera de una energía que parece haberme olvidado, me interno en el desconcierto de querer averiguar qué siento, o al menos qué debería sentir. Nunca maté a nadie antes y tampoco he hablado con alguien que lo haya hecho. Quizás si esta hubiera sido una misión por encargo, ahora estaría satisfecho de haber cumplido con el mandato. También me conformaría tener la certeza de que fue  en defensa propia, si su última mirada y la pasividad de su cuerpo, como impedido de dar forma a una agresión que respondiera al peligro cierto que yo significaba, no hubieran intentado darme a entender que mi presencia allí era una especie de delirio, algo así como un acto desaforado que sólo podía ser posible en una imaginación delirante. Es verdad que mi víctima no había insinuado siquiera una pregunta que significara la salvación, o al menos que detuviera la amenaza que circulaba su cabeza desde antes del ataque. Tampoco tuvo la oportunidad de defenderse, dado que yo no le hice acusación alguna. Y es que no tuvimos ocasión, porque el tiempo transcurrido desde que me abrió la puerta y la sorpresa le redondeó los ojos hasta que  empezó a resbalarse hasta llegar a mis pies, se nos deslizó muy rápido, ajeno a la intención de ambos, primero, en la mirada que nos mantuvo fijos, intercambiando asombro e indagación, luego, en los pasos que dimos hacia el centro del cuarto y por fin, cuando volvimos a enfrentarnos ya con la certeza de que lo inevitable estaba instalado entre los dos.

Pienso que  ante la realidad del hecho, yo debería sentir algo; lástima, tal vez, por este ser cuya distancia ha comenzado a darle una rigidez que ahuyenta hasta la última posibilidad de que mi acto no hubiera sido definitivo. Sin embargo no. La compasión no llega, ni siquiera ante la contemplación de ese gesto que la muerte parece haber congelado en su cara, como de incredulidad, de no hacerse a la idea de que sea yo, justamente yo, quien  entregue su vida a la nada. Lo que sí me acomete, es una duda incómoda, para la que no había tenido espacio cuando decidí la visita. Porque ¿existía realmente una decisión de su parte de arrebatarme lo que es mío? Bueno, lo que yo creo que es mío, con la sinrazón habitual de quien nunca analizó en profundidad de quién son los seres y las cosas que uno considera de su propiedad. Detenido en su expresión desierta, recordé que unos instantes previos al ataque las aletas de su nariz se dilataron levemente y una de sus manos se adelantó hacia mí; también había entreabierto los labios, como para  decir algo que al fin calló. Medito sobre la posibilidad de haber demorado un poco más la decisión de venir. Hasta tener otras evidencias al menos. Pero las sombras de la duda y el arrepentimiento pasan por mí tan ligeras como la de la compasión. Es como si no pudiera detenerme en una idea, tan luego yo, que he sido siempre tan consecuente en dar vueltas y vueltas a los pensamiento más obsesivos. Como al del engaño, por ejemplo, con el que convivo desde hace unos cuantos meses y que ahora se me figura casi como una herida improbable.

Tanto  por hacer algo hasta que pueda decidir con claridad los pasos a seguir, me acerco a la ventana. La poca distancia que debo salvar, me cuesta un gran esfuerzo y noto que mis pasos son pesados, como si cargara con el cuerpo que, según verifico, sigue tendido en el mismo sitio, ahora a mis espaldas. La calle está solitaria y una neblina opaca ha comenzado a tragarse los perfiles de los edificios. El espacio que tengo ante los ojos se interrumpe en recodos agónicos, que las sombras ganaron para sí.  Tan sólo alguna luz desgarra brevemente los planos de grises y después desaparece, como si se tratara de la leve llama de un fósforo expuesta a la intemperie. Bajo un cielo espeso, oscuras hilachas de nubes fugitivas, flotan muy cerca de los vidrios. Al apoyar la frente en ellos, me doy cuenta de que estoy transpirando y que tengo calor, como si me rodearan los fuegos de un verano repentino.

La sensación de estar solo en el mundo me hace sentir como protegido por cierta impunidad; sin embargo, una mirada hacia la puerta y la inquietud que de golpe  sobresalta mi aliento, me demuestran que todo sigue allí, en el mismo lugar en que estaba cuando llegué. La línea de luz aparece casi simultáneamente con el ruido de las puertas del ascensor al abrirse. Mi respiración se interrumpe por un segundo y cuando el suspiro que le adeudo al ruido de alguien entrando en otra puerta me abarca el pecho, mis pensamientos comienzan a hilarse. Debo mantener la calma, nadie sabe que soy un asesino. Sólo yo y mi víctima, a la que rodeo con los ojos, únicamente para comprobar la presencia de la muerte. Así que, me digo, le digo, ahora también tenemos un secreto en común. Además del amor que veníamos compartiendo. El fantasma de la infidelidad, instalado en mi vida a partir de un suceso imprevisto y que me enfrentó con la necesaria obligación de empezar a ser desdichado, agitó sus límites difusos frente a mis ojos, interrumpiendo las líneas del cadáver tendido en el suelo. Sólo para torturarme volví a la duda de que si aquello que aparecía como una evidencia era, había sido, la verdad. Yo fui a esa casa buscando una respuesta que me regresara al mundo feliz de mis mentiras y antes de que lograra saber, si es que acaso había algo que saber, se me disparó la muerte con todo el silencio. Eso no está mal, me tranquilizo. El silencio y yo somos viejos amigos. El apareció siempre en el momento más oportuno, para cerrar mi boca, para cerrar mis ojos, para hacer el ademán preciso que cerrara la boca y los ojos de los demás.

Tratando de apartar de mí la indeseable sensación del desamparo de quien se sabe solo, comienzo a mirar la habitación, tratando de evitar la traición de cualquier espejo, volviendo al miedo recurrente que me persigue desde chico, de intuir que a partir de esa superficie que nos reproduce, puede avanzar no aquel que vemos reflejado, sino el que llevamos verdaderamente adentro. No logro enredar mi atención en los objetos que me rodean, que sólo son obstáculos donde se activan las preguntas dolorosas. ¿Era éste el lugar de los encuentros? ¿Cuántas veces vino aquí? ¿Se besaron en ese sillón? ¿O en aquel otro, quizás?  Me muerdo los labios; mis ojos vuelven a la silueta inmóvil y al recorrerla se me instala una curiosidad amarga: ¿qué fue de ese cuerpo lo que encendió la pasión cuya idea me atormentaba desde hacía meses? El pelo, los ojos, la boca, las manos? Todo junto, me contesto con el solapado rencor del convencimiento, mientras tengo la sensación de estar recibiendo azotes de mi propia mano. Doy una vuelta completa alrededor del cadáver; durante unos instantes me ahoga el deseo de quitar la ropa que lo cubre, de verlo entero, de sentir esa piel, de cortarlo en pedazos finalmente. Respiro hondo para desalojar la agitación que me arrincona y cruzo la vereda de mis pensamientos, aferrándome a la idea inicial. Nadie sabe aún que soy un asesino. Nadie sospechará de mí, porque a ninguno he contado mis dudas y mis celos. Ni a los amigos más íntimos. Para todos, nuestra pareja es perfecta. Seguirá siendo perfecta y acaso vas a llorar mucho su ausencia,  pero lo harás a solas, cuando nadie pueda verte ni oírte. Sonrío, con algo del cinismo que estrené hace algunos meses, al darme cuenta de que no eras feliz, pero en vez de asumir mi derrota y de preguntarme el alcance de mi propia culpa en ella, sin hablar sobre posibles intrusos, cuya sola mención me hubiera humillado,  te condené a continuar viviendo conmigo, porque las promesas se cumplen y los pactos se respetan. Además, no hay que hacer sufrir a tanta gente ¿no te parece?  Y  siempre es mejor evitar los escándalos ¿no creés? El recuerdo de tu sonrisa amarga y aquella mirada de miedo expectante, como de animal en la trampa, es tan doloroso que sacudo la cabeza para alejarlo y metiendo las manos en los bolsillos comienzo a pasearme rodeando el cuerpo yacente y diciéndome, mientras dirijo mi recelo al teléfono, temiendo que en cualquier momento comience a sonar y volviéndome hacia la puerta, con la angustia de que una llave gire de pronto en su cerradura, ahora hay que pensar en abandonar este lugar y rápido. Bueno, me repito la orden, salgamos de una vez entonces, pero antes, una nueva mirada, otro recorrido. Nada se me cayó, nada he tocado. Sólo hay que tener cuidado de aquí en más y pronto estaré en la calle, aseguro, mientras saco el pañuelo para apoyarlo en el picaporte. Abro la puerta muy despacio y  observo el pasillo; está desierto. Antes de salir vuelvo los ojos a mi víctima. Me invade una sensación inexplicable de tristeza, como si lamentara dejarla tan sola. Soy un idiota, murmuro mientras, al cabo de la mirada final, salgo y cierro detrás de mí. Sé que es fundamental cuidar todos los detalles, de modo que también aprieto con el pañuelo el botón del ascensor. Lo escucho subir. De golpe, me estremece la idea de que haya alguien en él. Hay que correr el riesgo, pienso y siento como en mi garganta un poco de saliva se transforma en una roca. El ascensor se detiene; espero unos instantes y luego abro la puerta: nadie en su interior, aunque el sobresalto de verme en el espejo me sacude entero. Sé que si me enfrento, terminaré tragado por ese otro que está ahí, por eso, le doy la espalda rápidamente y presiono, también con el pañuelo, el botón de la planta baja. Por un momento, una ráfaga de locura se apodera de mi mente. Imagino la entrada llena de curiosos, la sirena del coche policial atronando entre parpadeos de luces rojas y enseguida, dos anillos de metal en torno a mis muñecas. Pero nada de eso ocurre. No hay nadie en el hall del edificio, ni tampoco en la calle, borrosa de niebla, que veo a través de las puertas de vidrio. Giro el picaporte y guardo el pañuelo antes de salir. Domino el deseo de mirar hacia todos lados y también el de correr para alejarme pronto de allí. Me alegro de no haber llevado el coche y aparto la idea de hacer señas al primer taxi que pase. Es una noche horrible, pienso, mientras busco inútilmente el cielo; enseguida me levanto las solapas del saco y hundo las manos en los bolsillos, sintiendo que me pesa mucho el secreto que comparto con quien se quedó allá arriba, sobre la alfombra. Todo el desamparo del mundo se me cae encima cuando pienso en que nunca sabré  realmente si había otro secreto, el que compartían ellos dos. Respiro hondo e intento recomponerme, pensando que ya no hay peligro. Que todo volverá a ser como antes. Gracias a mi esfuerzo de creer que todo será como antes. Apretando los dientes, miro hacia la esquina y empiezo a alejarme, convencido de que a veces, para tranquilizar los nervios, no hay nada mejor que una buena caminata.