El viajero de Quito [1]

Por Rafael Conte [2]


Quito es una ciudad tan extraña que puede albergar toda clase de misterios, a los que el qui­teño Javier Vásconez (1946) acude como las moscas a la miel, que vuelven una y otra vez con desolada y desoladora insistencia. Descendiente de próceres —su padre era diplomático y escri­tor y su madre de una gran familia de la colo­nia— es un gran viajero por Europa, Estados Unidos y toda América y un escritor de culto en su país donde ha recibido varios premios y ha si­do objeto de numerosas críticas (véase una colec­ción de ellas en El exilio interminable, Paradiso, Quito, 2002). Ecuador es un nombre ajeno, creado por la geografía de una situación, no es algo real, sino un “imagina­rio” repleto de montañas y volcanes que resume su his­toria colonial en su capital con un leve y simbólico “pa­necillo”, coronado por una imagen encadenada sobre un minúsculo globo terrá­queo, que domina los ba­rrios de la Merced y San Francisco, llenos de iglesias barrocas, el mercado de Otavalo más allá, o el Mu­seo del Oro al comienzo del barrio moderno.


                Vásconez es autor de dos novelas importantes, El viajero de Praga (1996) y La sombra del apostador (1999), de las que la prime­ra, de inspiración claramen­te germánica, es una especie de obra maestra y de una se­rie de relatos recogidos en diversos títulos Ciudad leja­na (1982), El hombre de la mirada oblicua (1989), Café concert (1994), Un extraño en el puerto (1998) e Invita­dos de honor (2002), donde abundan las piezas magis­trales, así como una serie de novelas cortas, entre las que destacan El secreto (1996) y esta reciente El re­torno de las moscas. En verdad, Vásconez es un quiteño que ama y odia respectivamente a su ciu­dad, por lo que busca desesperadamente un exi­lio que siempre roza con los dedos, pero que siempre se le escapa. Nunca escribe de otro lugar, siempre trata de Quito, sus personajes hablan y viven en ella, o vuelven irremisiblemente, y aunque tratan de ella, la dotan de mar o de un puerto tan imaginarios como lo es el país del que surgen, un país – y una capital – que odia y ama a la vez pues vuelve a ellas continuamente.


                Amén de las citadas El viajero de Praga y La sombra del apostador, no es posible desconocer la obra aparentemente “menor” de Javier Vásco­nez, que empezó tardíamente como cuentista, recopilando primero sus relatos “anacrónicos” del pasado quiteño, pero que le permitieron ob­tener sus primeros premios, y que han dado pa­so después a cuatro libros de cuentos y novelas cortas, donde hay algunas pequeñas obras verda­deramente maestras. Su “imaginario” literario se ha plasmado en homenajes tanto irónicos co­mo tiernos —y hasta lascivos, pues su sensuali­dad es evidente—, como los recogidos en Invita­dos de honor a Colette, Kafka, Nabokov, Conrad y Faulkner. (¡Admirable “Thecla Teresina”!, por ejemplo) y que desemboca ahora en esta novela corta, El retorno de las moscas, donde el autor cambia de inspiración y vuelve sus ojos hacia la novela de espionaje, la de John Le Carré y la novela bri­tánica, como dice expre­samente en la nota final (sin olvidar otro crimen impor­tante y puramente ecuatoria­no, el de la novela corta El se­creto, cuya extensión hace que algunos la consideren como una novela normal, donde explora el interior de un verdadero asesino).


                Esta oscilación entre la novela larga, la corta y el cuento y el relato breve es una característica central en la obra de Vásconez, que culmina hoy con esta narra­ción verdaderamente “inter­media”, que es una suerte de “clonación” de algunas cé­lebres novelas de John Le Carré, donde presenta al célebre personaje del espía George Smiley —y hasta le enfrenta con su propio au­tor en un precioso pasaje— ya jubilado y que va a Quito encargado de una nueva mi­sión. Un espía doble, soviéti­co y de los americanos a la vez, es hallado muerto en un parque quiteño y Smiley de­be investigar en su pasado, recordando el suyo y las malhadadas aventuras con su esposa (y hasta se evoca a Haydon y a Karla) hasta resolver el ca­so que al final resulta ser un delito pasional y pri­vado, que sin embargo le proporciona un texto precioso. Pues también en Quito, y a Quito, las moscas (que proceden de un sueño de Smiley) retornan irremediablemente. Como la literatura, a la que la suya vuelve sin parar una y otra vez.



[1] Publicado en el diario El País, España, 28 enero 2006 y en  http://22.otrolunes.com/unos-escriben/el-viajero-de-quito/

 [2] (Zaragoza, 1935 - Madrid, 2009) fue un relevante crítico literario, periodista y escritor español.

 

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