Inventario Narradoras siglo XX

Inventario de narradoras ecuatorianas del siglo XX

Por Carmen Alemany Bay

 (Universidad de Alicante- España)

 

La narrativa ecuatoriana escrita por mujeres no tuvo muchas representantes en los comienzos del siglo pasado, pero en las décadas de los ochenta y noventa, al igual que en los países de larga tradición en la escritura femenina, el número se ha incrementado de forma notable, por lo que también podríamos hablar de un boom de narradoras en Ecuador.

                Una de las primeras fue Elysa Ayala González (1879-1956). Desde  comienzos del siglo XX dio a conocer sus relatos en periódicos de Argentina, Chile, Uruguay, Cuba, Estados Unidos y España. Sus cuentos supusieron la superación del costumbrismo, tan habitual en su tiempo, y, además, algunas de sus historias se acercaron a la situación en la que vivían los campesinos de la costa ecuatoriana, contribuyendo de esta forma a la visualización de una problemática latente en el país. Sin
embargo, la escritora más conocida a partir de los años treinta será Mary Corylé (1901-1978), seudónimo de Mª Ramona Cordero y León. Es autora de relatos de corte realista recogidos en
La pancha (1933), Pobre Chapita -del mismo año-, Mundo pequeño (1948) y Gleba (1952). Le seguirá Nela Martínez (1914-2004), activista política que reivindicó los derechos de la mujer y defensora de los indígenas y de los trabajadores. Publicó varios relatos en antologías y en ellos prevalece la reivindicación social y política como principales vértices de la ficción. Con sus aportaciones, la narrativa escrita por mujeres en Ecuador pasó de tener un carácter realista a contaminarse de un realismo de corte social. En la década de los ochenta publicó la novela Los guandos (1982), escrita por Joaquín Gallegos Lara y finalizada por ella. Por otra parte, la ciudad empezará adquirir protagonismo en los relatos de Zoila María Castro (1917), Urbe (1949).

                Tendremos que esperar algunos años hasta que aparezcan nuevas voces, las de las autoras nacidas en los años treinta, y que darán a conocer su obra a partir de los sesenta. Sin duda, la más destacada y la que ha tenido mayor proyección es Alicia Yáñez Cossío (1929) con novelas como Bruna, soroche y los tíos (1972), Yo vendo unos ojos negros (1979), Más allá de las islas (1981), La cofradía del Mullo del vestido de la Virgen Pipona (1985), La casa del sano placer (1989), El Cristo feo (1995), Aprendiendo a morir (1997), Y amarle pude... (2000) y Sé que viene a matarme (2001); así como los libros de relatos El beso y otras fricciones (1974), Retratos cubanos (1998) y El viaje de la abuela (1999). Sus temas, siempre tratados desde una perspectiva realista, van de la crónica familiar a la prostitución, pasando por la novela histórica y la policial. En su escritura combina con agudeza los registros populares con los cultos y destaca la forma de delinear a los personajes femeninos.

En esta misma generación se incluyen nombres como el de Eugenia Vitieri (1930), autora que se abrió a la literatura con la publicación de los libros de relatos El anillo y otros cuentos (1955) y Doce cuentos (1962), hasta que en 1969 publicó una novela de corte social, A noventa millas, solamente. En la década de los setenta vería la luz un nuevo libro de cuentos, Los zapatos y los sueños (1977), y en los ochenta la novela Las alcobas negras (1983) que versa sobre la dignidad de la mujer a través del tema de la prostitución.

Se suma a este el nombre de Lupe Rumazo (1935), ecuatoriana residente en Venezuela que en la década de los sesenta editó el libro de relatos Sílabas de la tierra (1964) para ofrecernos, ya en los setenta, una obra singular en la que confluyen novela y elegía, epístola y diario: Carta larga sin final (1978). Aquí relatará una historia espiritual en la que vida y muerte interactúan en un discurso de gran calibre intelectual y que se erige hacia la experimentalidad; a ésta se suma la novela Peste blanca, peste negra (1988). Cerramos este elenco de autoras que publicaron fundamentalmente en los años setenta con Fabiola Solís de King (1936) y sus libros de cuentos Al otro lado del muro (1978) y Mundo aparte y otros mundos (1983), ambos de corte experimental.

                Será a mediados de los ochenta y fundamentalmente en la década de los noventa -coincidiendo con el llamado “boom hispánico femenino”- cuando un nutrido grupo de narradoras, nacidas a partir de los años cuarenta, comenzarán a tener un notable protagonismo en la narrativa ecuatoriana. La también poeta Sonia Manzano (1947) publicó en 1994 la novela Y ni abras la puerta todavía –zarzuela ligera sin divisiones aparentes-, desde un tono realista, y con ribetes poéticos, abordará temas relacionados con la problemática femenina. Argentina Chiriboga (1940), narradora y poeta, ha publicado las novelas Bajo la piel de los tambores (1991) y Jonatás y Manuela (1994) en las que reivindica a la mujer negra en Ecuador y su importancia en la historia e intrahistoria de su país.

Gilda Holst (1952) será otro de los nombres más destacados por los cuentos incluidos en Más sin nombre que nunca (1989) y Turba de signos (1995) que se caracterizan por sus finales abiertos, por sus descripciones precisas, por diálogos directos en los que el humor también sirve para engrandecer el valor de la anécdota, lo que no es óbice para que entre los textos fluya lo simbólico. A comienzos del siglo XXI publicó la novela Dar con ella (2001) en la que recurre, como tema hegemónico, a la opresión de la mujer, contenido al que también acudió en publicaciones anteriores.

                Otras voces de esta misma generación optarán por la publicación de libros de relatos. Liliana Miraglia (1952) publicó en el 89 La vida que parece y en 1996 Un close up prolongado, libro este último compuesto por quince relatos en los que prevalece la técnica visual para abordar la soledad. En general, su estilo es sugerente, insinuante, desconcertante y desafiante, salpicado asimismo por ribetes propios de la posmodernidad. Por su parte, Libertad Regalado (1953) ofreció en 1993 Las palabras sumergidas, textos repletos de humor e ironía; en cambio, Jennie Carrasco Molina (1955), que ha destacado también como poeta, publicó en 1995 La diosa en el espejo, libro en el que incide en la problemática de la mujer y en ocasiones se aproxima a reflexiones sobre la literatura. Rosalía Arteaga Serrano (1956), quien fue vicepresidenta y presidenta de la República entre 1996 y 1997, es autora de los libros de cuentos Gente (1983) y Jerónimo (1999).

            Hacia lo fantástico, lo gótico, e incluso lo mitológico se erigen los relatos de Elsy Santillán Flor (1957): De mariposas, espejos y sueños (1987), De espantos y minucias (1992) y Furtivas vibraciones olvidadas (1993). Arminta Buenaño (1958) editó en 1985 los relatos La mansión de los sueños y La otra piel en 1992, siendo sus temas preferenciales el maltrato de la mujer, el despertar de la sexualidad y la pobreza. Sobre la violencia, la soledad y el machismo giran los relatos de Mª Carmen Garcés (1958), Mírame a los ojos, de 1995, que tienen como protagonistas a mujeres que luchan día a día por la supervivencia cotidiana. En esta misma línea de reivindicación cercana al feminismo estarían los relatos de Martha Rodríguez (1959) y Livina Santos (1959). La primera de ellas, en Nada más el futuro (1997), abarca el citado tema con hondura y solidez, sin menospreciar ciertos tintes posmodernos. Por su parte, Livina Santos (1959), en los veinte relatos de Una noche frente al espejo (1989), recurre a la problemática de las mujeres y a las condiciones a las que han estado sometidas, lo cotidiano en sus textos roza por momentos lo existencial siempre con un lenguaje directo que en ocasiones se distorsiona para que lo dicho sea lo contrario a lo propuesto. Desde una visión social que cuenta con las coartadas de lo cotidiano se crean los libros de relatos de Mª Eugenia Paz y Miño (1959): Siempre nunca (1980), Golpe a golpe (1986) y El uso de la nada (1992).

                Con hemos visto, las anteriores narradoras se inclinan fundamentalmente por la escritura de relatos, otras, siempre en menor medida, optarán por la novela para ficcionalizar sus inquietudes. Es el caso de Denise Rosales (1954) que cuenta con una sola novela, Los vértices del triángulo (1994), y el de Natasha Salguero (1958), autora de  Azulinaciones (1999), un texto en el que se mezclan varios estilos y diversas voces que se funden en una serie de objetivos que giran en torno al relato de las experiencias de la mujer, desde la libertad sexual hasta sus desilusiones.

                Este notable grupo de narradoras sin duda fue un acicate para que otras más jóvenes se animaran a seguir engrosando las filas de la narrativa femenina ecuatoriana. Nos referimos a las nacidas en la década de los sesenta. Leonor Barquerizo Díaz Granados (1960), con el libro de cuentos Solo quería entender (1999), se acerca al género fantástico donde el temor y el miedo producen reacciones imprevisibles. En cambio, Marcela Vintimilla Carrión (1961) plantea la problemática del sujeto y el lenguaje en los relatos de Cualquier cosa me invento para ver (1989), y Carolina Andrade (1962) planteará reivindicaciones feministas, de corte psicológico, en los libros de cuentos Detrás de sí (1994) y De luto (1998). En ellos la muerte, la ausencia, la pérdida y la soledad también serán temas recurrentes.

Lucrecia Maldonado (1962), con los relatos No es el amor quien muere (1994) y Mi sombra te ha de hacer falta (1998), contará historias con un lenguaje fresco y coloquial para recrearse en el olvido y la soledad, el amor y la desesperanza. Otros nombres se suman a éste como el de Viviana Cordero (1964) con las novelas El paraíso de Ariana (1994) y El teatro de los monstruos (2000) y Un pobre tan, ¿qué hace? (2001), de resaltar es la impronta cinematográfica que se hace consistente en sus textos, no en vano la autora ha dirigido y escrito guiones para películas.


Fundamentalmente al cultivo del relato se dedicará Ruth Patricia Rodríguez (1966) con Algo más que un sueño (1988), Desde el barro azul -del mismo año- y El balcón de los colores (1994), y también la novela, Al filo de Clepsidra (1996); Mª Gabriela Alemán (1968) acudirá al género fantástico en sus libros En el país rosado (1994), Maldito corazón (1996) y Zoom (1997). Martha Chávez (1967) atiende a la nostalgia y al desarraigo en Precisando el sentido (1999), Uno de estos tristes días virtuales (2003) y la novela La memoria corre a mil (2008). Asimismo, Yanna Hadatty (1969), en Que haceres postergados (1998), demostrará un buen manejo de la intriga y en el remate de los cuentos a través de historias sugerentes, a veces construidas en forma de collage, en donde la palabra literaria y su sentido cobran una especial significación.


Una de las autoras más destacadas de la última narrativa ecuatoriana es Solange Rodríguez Pappe (1976) que tiene en su haber los libros de cuentos

 Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas (2010).


La narrativa ecuatoriana escrita por mujeres a lo largo del siglo XX, y parte de este siglo recién iniciado, ha tenido una progresión inusitada. Si en la primera mitad de siglo fueron pocas las representantes, en las últimas décadas han logrado equipararse a la producción de otros países latinoamericanos. Sin embargo hay peculiaridades que convendría reseñar como el hecho de que fundamentalmente la producción narrativa se restringe en la mayoría de ocasiones al cultivo del cuento, siendo una de las temáticas principales la reivindicación de la mujer como sujeto y su problemática que ello supone. No asistimos, en cambio, a la presencia de una narrativa metaficcional y autorreferencial  que apueste por la trasgresión del texto, quizá sea este un camino que se abra en un futuro próximo.

 

 

 


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