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Santiago Espinosa


Santiago Espinosa
(Bogotá, Colombia, 1985). Poeta, ensayista y crítico. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad de los Andes. Actualmente es profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá donde coordina la Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diversas publicaciones de su país y del exterior. Fue jefe de redacción del periódico La Hoja de Bogotá hasta su desaparición, en 2008. Escribe habitualmente para La Opera de Colombia y el Museo de Arte Moderno de Bogotá. En 2010 publicó Los ecos, su primer libro de poemas. Lo lejano, su segundo libro, fue publicado en Ecuador por El Ángel Editor en Junio de 2015. En mayo la editorial Valparaíso de Granada, España, publicó su libro Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos.



De Los Ecos



El otro


Pasa un hombre

el niño

que fue

lo mira

con rabia.






La casa ilusoria


Como un árbol

que se abre camino en la mitad del mar,

la casa, su olvidado lenguaje de peldaños,

de redes y vacíos luminosos,

nació en el sueño del arquitecto.


“Una casa”, se dijo,

“huella de la vida,

que tenga por rostro

la prudencia del anónimo…”

“Que interprete la montaña

sin cortes sin remedos.”

“Pura y aislada como la hoguera.”


Y de la casa surgieron moradores.

Sus altos muros

fueron perdiendo la extrañeza,

cuando por el pasillo circularon las visitas

haciendo de los rincones escondites,

refugios,

donde la hombría pudo llorar las deudas

de rejas para dentro

y habría de llegar el sexo

a la lengua de los niños.


Sonaron los estruendos de cada noticiero.

El abandono

en las caídas del fútbol.

También hubo películas dobladas

que hablaban del África,

de una aridez distinta

a la que comenzó en los muslos

y terminó en el trazo de los rostros.


Fueron muchos los recuerdos

que se robó la mansarda.

La capa adusta del abuelo,

Caracoles de ecos prófugos.

Los niños jugando a la guerra

con sombreros de copa

o emprendiendo la caza del Mohán

en la selva imaginada.

Mientras tanto, en la noche, los otros

oían a su conciencia traquear en la madera,

dando sus primeros pasos.


En medio de los aromas del melón, siempre distintos,

viendo la luz colarse en los vitrales,

por la ventana entró el sonido

de un antiguo clarinete,

poblando la casa de fantasmas

y de barcos que se hunden.


Con el adiós de los nardos, creciendo en la portada,

quizás solo hubo tiempo de mirarse a los ojos

para estrellar las copas de cara a la montaña.

Hubo tiempo de alzarlas

y volver a brindar por los ausentes.


La obra estaba completa.


Para Guiseppe Volpini.






El Carnicero


La materia

“diáspora de estrella”,

es para Don Orlando

kilos

peso tibio entre las manos.

Y el tiempo, del negro al blanco,

le zumba al oído

como moscas en la tarde.


Entre lomos, caderas,

blancos puñados de grasa,

pasan los días de Don Orlando.

Por eso alza las carnes al hombro

sin pensar en los cortejos.

Lee los mensajes de las fibras

sin detenerse en augurios.


No hubo pudor cuando

besó a su hijo entre placentas.

Cuando lo tuvo en los brazos,

y en los ojos del uno y del otro

la misma bruma,

sus manos, sin saberlo,

imitaron la balanza romana.


Las vísceras del hijo se velaron,

al ver la luz por el cuchillo de otros.

Don Orlando no hace conjeturas,

su madre le enseñó que era malo especular.

Y sin embargo

no olvida la bendición

antes de hacer los cortes.

Hay que lavarse bien las manos

sin importar el precio del jabón.



 


Tintas frescas


Ah y es de nuevo la mañana.

José Manuel Arango


Interrumpiendo el sueño

con rumores y presagios

pasa la moto del periódico.


Implacable –es su trabajo-

va esquivando botellas, pétalos,

las ruinas de una noche larga.

Lleva en su carga

el día que comienza.

Las palabras

con sus muertos

a cuestas.







Distante cercanía


Te veo de frente

padre,

sentado en el bar de los sesenta,

y busco tus pasos rectos

en las huellas de la nieve.

Las nuevas de un joven

que hablaba del progreso

-Whisky, algo de soda-,

y leía las revistas de vanguardia.

Era tu nariz el trazo de la mía:

no había porque temerle a la sangre

cuando la sangre corre.


Entrabas a la casa, lejano.

Hacías sonar las puertas con tu andar tortuoso.

Sabíamos, padre, que algo tenías de perseguido

que a tu espalda la curvaban

los múltiples adioses.

Entrabas, con tu bastón de roble,

y en los pasillos

por el biombo chinesco

un suave olor de eucalipto impregnaba la casa.

Allí aprendimos que hay parte de daño,

parte de asceta

tras el digno silencio de los árboles.


Acreedores. Bancos. Tipos de sombra adusta.

Pero siempre hubo tiempo para entrar al cuarto,

a oscuras,

y dejar un billete doloroso

en la mesa de noche.

Hubo para comprar los discos

-un rincón para no huir más-

lejos del ruido y los escombros.


Y así, mirándote sin verte.

Sabiendo de ti por la música

que lenta

llegaba del estudio, respirándote,

nos enteramos de un mundo

que era menos cansado.

Pues era la historia un hacer fila, ¿recuerdas?

y no este fatigar entre difuntos.


Ahora, a la distancia, hojeo los libros

de segunda mano. Durrell, Stendahl,

y tus subrayados a tres tintas.

Así supe de tu amor por el paisaje,

que te gustaba el erotismo

sin ninguna culpa. Que aquello que te rondaba

era también un cuerpo.


Y el libro abierto, rumoreando a solas.

Cruzan tus sueños a caballo

dejando en los rincones de la casa

algo de niebla,

algo de los aplausos que ellos, tus amigos,

te supieron aplazar.

Padre, no era esta tierra de cálculo

un lugar para ti, y quizás no era para nadie.

Mas nunca olvidaste al niño de los campos,

eras uno con la noche

cabalgando en Santander.

Te negaste a desmontar las bestias

cuando tus piernas lo quisieron.



No hubo muchos abrazos. Sólo una distante cercanía.

Pero decirte que el café sigue humeante en la cocina,

como la hoguera que un ángel prolonga

y las vidas alimentan.

Que tus nudillos rotundos

siguen golpeando a mi puerta,

con un pocillo, la sonrisa de siempre,

y apagas cada una de las luces.

Tu, padre, y el verde olor del accidente,

sus calmantes de eucalipto.


Decirte que era duro.

Que tus caídas nos dolían hasta los huesos

pero había que mantener la dureza.

Envidio tus ejemplos de silencio.

La odiosa calma que no heredé.


No hubo muchos abrazos. Tampoco tragos compartidos.

Y sin embargo, lo sé,

habremos de asomarnos a la misma música

mientras se hilvana la vida en paralelo.

¿No oyes los barcos, su aviso en los parlantes?

¿El amplio mar y los pájaros que vuelan al reencuentro?

Tu con tus planos, la placas tectónicas. Yo y mis cuadernos,

pero oigámosla, padre, una vez más,

antes de que una tierra sin palabras, menos geológica,

blandamente nos reúna.






Cuchilladas


… y el viento podría

con otra sal enrojecer los ojos…

Guiseppe Ungaretti



Podría tu nombre

iluminar otros ojos

la lluvia, su escándalo lejano

en los sucios ventanales,

traer algo distinto

a las derrotas.

Pero escucha, detente.

Ahora el niño que fuiste

deja en la mesa los juguetes

y mira el verde en las montañas

detenidamente.


Va por la calle, la furia de tu urgencia

escoge sus caminos. Míralo

haciéndose a tus propias expresiones.

Escogiendo las canciones, los libros de segunda.

Va con la madre y su saco nuevo, a rayas.


Zapatos de otra era, uno detrás de otro.

Su golpe de segundos

por los parques, los cuartos al blanco,

y un suave rumor que se teje en los huesos.


El árbol se hizo a sus anillos.

Cambió la moda, cambiaron los tiranos.

Sonoro pasó el siglo en su barco de ebriedades

y otro cráneo adornó el anaquel.


Podría ser otra casa,

la abuela no haber muerto tan temprano.

Podría ser otro mar

el que sacude desde el fondo.

Pero persiste, no se doblega.

Ahora un hombre se afeita ante el espejo

en completa soledad.


Dibuja a su padre a cuchilladas.
 

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