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Sylvia Miranda

Sylvia Miranda (Lima, 1966). Es doctora en Filología por la Universidad Complutense de Madrid y reside en España desde 1991. Su primer poemario Como todos anduve en el invierno (Lluvia Editores, Lima, 1990), se publicó con prólogo de su maestro, el poeta Wáshington Delgado. También en poesía, ha publicado Zita y otros poemas (Catriel, Madrid, 2001); Poema del tigre y el mar (Centro de Arte Moderno, Madrid, 2004, con un grabado de Sylvain Mâlet) y La foudre demain (La Rochelle, Les Arêtes Editions, 2013. Con pinturas de Sylvie Lobato). Otros poemas suyos están recogidos en antologías de poesía peruana e iberoamericana. Su tesis, y otros libros de ensayo y crítica literaria testimonian sus investigaciones sobre la ciudad de Lima y la poesía de vanguardia peruana.

Ha recibido el “Premio Tomás Luis de Victoria” (Salamanca, 1994), por su poemario Zita y el “Premio Novela Corta del Banco Central de Reserva del Perú” (Lima, 1996), por Memorias de Manú (BCRP. Lima, 1997).



De Tiempo de sol, Buenos-Aires /Madrid, Hueso de jibia, 2014.

 

Ángel de invierno

 

Aquí,

en el décimo primer piso de una torre del mundo,

un ángel

como tantos que caminaron por el tiempo,

un simple ángel – tú –,

hace su vida cotidiana,

toma café y mira hondamente al vacío.

Se calienta las manos con su cigarrillo,

piensa en todo,

tirita.

Al descuido, coge su cartera,

asoma la nariz por la ventana,

despliega las alas,

parte.

 

Sólo un ángel puede entrar así al mercado de las bestias. 

 

 

 

 

Ángeles de Wasserburg 

 

Dos jóvenes ángeles dentro de un viejo simca celeste

miran la hoguera nocturna en medio del bosque de Wasserburg.

Por el baile de los hombres adivinan la música

mas no bajarán a unírseles.

Apartadas miran fascinadas las humanas danzas.

¡Qué interés habría en acercarse!

Hay noches en que los ángeles

se pueden pasar de la pueril humanidad,

hacer oídos sordos a ese reír animal,

ignorar ese fuego que pronto se hará ceniza

o la seducción -bastante dudosa-

de la forma deseable de una sombra.

 

Les basta el verano, las voces del río,

la expectación de las hojas, la respiración de los pétalos,

el musgo, la paciencia.

Unas vacaciones en la otra margen. 

 

 

 

Del manatí y la culebra 

 

De vuelta a la estación primera

al lugar y al invierno

como un fantasma sobre las frescas cenizas

apartado de los irrisorios helechos

volcado a las viejas estafetas.

 

El mensaje vuelve a ser enviado

desde la pequeña constelación de icnitas

la luz vuelve a ser la de una página votiva

la indignidad de este peregrinaje se acentúa con los años

la carne enmohece y recuerda ferozmente el apetito

todo verdor se repite

se es joven una vez y a cada instante

llenamos las noches y las madrugadas con esta certeza

burlados los relojes se está en el sueño

marcando la hora del acontecimiento

a la diagonal del manatí y la culebra

al minuto del agua tibia y la mariposa única.

 

Duermo exactamente

como la primera vez y como mañana.

¿Para qué hemos dado tantas vueltas?

Cierro los ojos y deshago la historia. 

 

 

 

En la ciudad  

¿Quién me ama en esta ciudad desconocida?

Antonio Gamoneda 

 

Había pasado medianoche y todo seguía vivo. Las noches sin sueño. Algunas luces apagadas, otras encendidas y el calor sofocante.

En el balcón ella mira a sus vecinos –¿los suyos?-. El cielo sin estrellas de la ciudad.

No veía calles, ni mares, ni bosques, sólo edificios, balcones abiertos, toldos recogidos, risas extrañas, emisiones televisivas, música de discoteca.

No estaba feliz pero tampoco triste. No codiciaba pero tampoco era indiferente. Veía, oía, sentía un horrible calor, una hoguera circular y luminosa. Lo que pensaba no importa, lo que sentía está desasido en miles de extraordinarios fragmentos.

El mundo estaba allí, tal vez la llamaba, pero su respuesta habría sido incomprendida, como la de un civilizado entre los primitivos, y desperdiciar así la primera noche suya, sobre ese nuevo balcón, en esa nueva ciudad. 

 

 

 

Canto a la mañana caníbal de Madrid 

 

Se puede vivir sin pensar...

Julio Cortázar

 

 Como si se pudiese vivir sin pensar un día, amanece Madrid sin pensamientos, radiante en este invierno de losa azul soluble sobre la mañana única, rayonada de sol, que como un río se desploma sobre los coches maravillosos y multicolores que se deslizan por las grandes avenidas, sobre las fachadas informes de casas y comercios de corridos colores luminosos. En cualquier esquina de la ciudad, en el más anodino rincón, el sol a esta hora irrumpe en hecatombes de luz, tempestades de luz, violencias de luz que todo lo electrizan.

 

Uno olvida, uno puede olvidar un instante, entregarse al placer, nadar en el mar de la luz. Un Madrid donde las voces se apagan y una sola voz lejana y viva llama desde antiguas orgías de luz, abiertas cópulas de primavera en pleno invierno, como diamantes extraños en desiertos sin fin por los que enloquecemos liberados, mostrando garras y fauces relucientes, desatando deseos de estrellamiento en luces inmarcesibles, liberando naves que van a hundirse irremediablemente en la luz, a la velocidad neurótica del pájaro agorero que vuelve para anunciar cada siglo el mismo augurio: se puede vivir sin pensar un día, vivir a la manera caníbal, hasta el ardor y la luz. 

 

 

 

Hacer & esperar 

 

Hacer está bien visto. Esperar no siempre. Hacer es producir, esperar a veces. Hacer es generoso, esperar no lo parece, pero a largo plazo ¿quién sabe? Andando el tiempo, escribir es menos hacer y más esperar. Hay quienes parece que están vencidos, pero es falso, sólo cambian de estrategia: Esperan. ¿Qué esperan? Esperan lo innombrable, la ofensa, el odio, el delito, el límite, la locura, tu rostro abofeteado más allá de la noche.

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