Gabo en mi memoria | JL Díaz Granados

                GABO EN MI MEMORIA 

Por JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS


 

El día anterior recibí una nota escueta de Alquimia Peña, el ángel guardián de García Márquez en Cuba -en Colombia es Margarita Márquez- en la que me decía que el Premio Nobel nos esperaba a almorzar el jueves 2 de agosto de 2001 -con mi familia y Álvaro Castillo Granada, “nuestro libroviejero”-, para lo cual Raúl (Chuchi), un compañero muy querido por todos nosotros, nos pasaría recoger a la 1 y 30 p.m. En caso de que el Raúl tuviese un inconveniente, tomaríamos un taxi y le ordenaríamos al chofer la dirección exacta de la casa de Gabito.

 A la hora fijada llegamos a la bella mansión donde aparcaban dos automóviles. Mary, la simpática ama de llaves, nos recibe con el cariño de siempre, sobre todo cuando vio aparecer a mi hija Carolina, “hermosa, grandísima”, pues el año anterior la había visto llegar pálida y enferma de cistitis. 

Antes de cruzar el umbral apareció Mercedes, amable y sonriente, vestida con un traje color rojo encendido -blusa y pantalón holgados-, quien exclama al vernos: ¡Llegaron los intelectuales! Ya en la sala nos ofrecen bebidas. Todos piden refrescos. Yo pido whisky. 

Mercedes me indica un bar muy bien surtido y balbucea un “self service…”. En el momento en que estoy sirviendo hielo y luego el whisky “Ballantines” entra Gabo y me pilla infraganti ante las carcajadas generales. Gabo celebra el episodio y nos saluda con efusividad. Viste camisa y pantalón de kaki, color verde claro. (Yo digo: “Verde pálido” y él “verde árbol” y se ríe de su ocurrencia). 

Sentados, hablamos generalidades, conversa algunas cosas con Álvaro Castillo y luego nos referimos todos al valor de los manuscritos literarios y ediciones príncipes. Mercedes nos descubre su hobby: comprar primeras ediciones de los libros de su marido y libros curiosos referentes a él. Se arma un animado diálogo entre Gabito y Mercedes sobre precios de manuscritos, anécdotas de remates y subastas y se nos informa que una edición de Cien años de soledad se vendió en 10 mil dólares en París, en tanto que una de Madame Bovary lo fue en 5 mil. (El comprador fue Mario Vargas Llosa). 

Le regalaron a su médico -“el mejor médico del mundo en su especialidad, y no quiso cobrarme, pero Rodrigo descubrió que en su consultorio cuelgan cuadros, retratos y homenajes de y a Joyce-, un ejemplar de la primera edición norteamericana de Dublineses, publicada en 1918, que costó 3 mil dólares”. 

Gladys se sienta junto a Mercedes y encienden sus cigarrillos. La primera fuma “Hollywood” con filter; la segunda “Camel” sin filtro. Yo bebo mi whisky a sorbos lentos y la conversación se deriva a la política. Gabo, tradicionalmente optimista con el proceso de paz de Colombia, nos expresa su desencanto. “Eso no va para ninguna parte. Se lo llevó el diablo…”. (Estamos hablando en agosto de 2001). 

Al poco rato llega Alquimia, luego de dudar los anfitriones de su llegada. “¿Se habrá confundido?”, pregunta Gabo. Mercedes nos comenta: “Es que teníamos planeado invitarlos a almorzar a un restaurante muy exquisito que hay por acá cerca, pero a última hora compré unos pescados tan ricos que decidí cocinarlos. Son unos pargos magníficos”. Pensaba que Alquimia había ido directo al restaurante. 

La charla continuó amena. Le extiendo a Gabo tres libros: “Son los más recientes trabajos de mi hijo Federico…”. Le hago entrega de un ejemplar forrado en celofán de Inventario a contraluz, antología de la nueva poesía colombiana, Poemas a la patria y Poemas a Dios.Comienza a hojear con mucha atención este último. Repasaba el índice y comenzó diciendo: “Pero... ¿es una antología colombiana o universal?”. Y él mismo se responde: “A ver, a ver, San Francisco de Asís… Ah no, sí es colombiana...”. Nos reímos, pero luego continúa leyendo el índice, muy serio. Frunce el ceño y comienza a hablar como para sí mismo: “¡Qué bueno…!... ¡Qué cosa tan buena! ¡Qué bueno!”. Me mira entusiasmado y comenta: “Oye, ¡esto está sumamente bueno! ¡Aquí está la verdadera poesía mística, que es excelente!”. Siguió repasando, mientras yo caía en cuenta que Gabo es uno de los mayores conocedores de la poesía mística de todos los tiempos, pero en especial la del Siglo de Oro español. Alzó la vista y me preguntó: “¿Cómo era que se llamaba nuestro famoso místico?”. “Antonio Llanos”, le digo. “Antonio Llanos”, repite Gabo y agrega: “¿Sabes? Él no era mal poeta. Cuando se enamoraba y escribía un soneto de amor le resultaba bueno. Pero cuando le daba por meterse a místico sí era malísimo…”. 

Deja el libro y toma el del Poemas a la patria. Lo hojea por encima, mira el índice y comenta: “Bueno, los poemas están bien… Lo que está mal es la patria”. 

Mercedes nos invita a pasar a la mesa: una tabla redonda en un comedor amplio y espléndido con vista a una larga y ancha piscina llena de ondas frescas azules. En la mesa hay siete puestos con dos platos y dos cubiertos. De entrada comemos la ensalada consistente en hojas de col con aceite de olivas, vinagre y sal, que Carolina alaba en voz alta para asombro de todos. 

En un carrito nos traen un delicioso pargo asado, acompañado con papas sudadas. Mercedes nos sirve y mientras comemos continuamos hablando de temas variados, especialmente de nuestra familia, tema recurrente, infaltable en todos nuestros encuentros. 

* * *

JL: Acabo de terminar una novela en la cual el hijo del protagonista se llama Gabriel.

Álvaro Castillo: ¿Y es por Gabo?

JL: No. Acabo de caer en la cuenta de que es inconsciente. En mi novela anterior, Ómphalos, el hijo se llama Rodrigo.

Gabo (muy serio), mira a Mercedes y luego, sonriente, dice:

-Fíjense, esto es como una caja de cositerías. (Hace un gesto con los dedos, como de florecimiento y dice fascinado):

-Comienzan a salir las cosas, van saliendo historias, fantasías, cosas.

 * * *

 Cuando sirven los helados de vainilla y chocolate (Alquimia y yo pedimos dulce de toronja con queso holandés), Gabo va a la cocina a hablar por teléfono. Y todos esperamos pacientemente a que regrese a comenzar a comer el postre. 

Regresa a los pocos minutos, hablamos de política. Le recuerdo su asilo en la Embajada de México en 1981 y la anécdota del presidente Turbay Ayala cuando lo condecoraron con la Legión de Honor, Orden de la Gran Cruz, y “no la cintica que le colgaron a García Márquez”. Gabo se queda expectante. El cuento tiene que tener algún final. “Al día siguiente, prosigo, te otorgaron el Nobel”… Risa general. 

En esas se abre la puerta de la calle y aparece entre exclamaciones afectuosas y de júbilo el general William Gálvez, uno de los llamados históricos, biógrafo de Camilo Cienfuegos, quien se acaba de enterar por el Granma de la presencia de Gabo en Cuba. Nos sentamos y Gabo nos presenta “El poeta, primo hermano mío… Después viene toda una “primacía…”. 

Le digo a Gálvez, señalando a Gladys que está sentada a su lado: “Ella es mi esposa. Su hijo mayor se llama William Gálvez…”. El general hace un gesto de feliz asombro… Es un hombre de tez rosada y cabello blanco, muy jovial, muy simpático. Cuenta historias, comenta de esto y de aquello, narra anécdotas amenas, ante un Gabo que lo escucha entre devoto y divertido. Luego, el general se levanta como Pedro por su casa, va a la cocina y regresa con un vaso de cerveza. Sus dos nietos saludan a Carolina de beso y a nosotros de mano. Luego se van corriendo a la piscina, incluida Carolina, se arrojan (con ropa y todo) al agua de un azul más claro que el amanecer. 

Mercedes intenta en vano encender un “Camel”, pero el encendedor no quiere prender. Gabo le dice: “Mejor, estás ganando un segundo de vida…” “Por favor, Gladys, préstame tu encendedor”, dice Mercedes impaciente. 

Tomamos café y volvemos a la sala. 

Álvaro Castillo le pregunta a Gabo: ¿Cómo y cuándo se conocieron con Neruda? Gabo le responde: “Fue en Perpiñac (o Perpignac) a finales de los 60”. Duda un poco y prosigue: “Estábamos con Miguel Otero Silva tomando unos vinos y luego él me dijo: ven, acompáñame al puerto a esperar a Neruda… Ahí nos conocimos. Estaba con Matilde… Luego nos vimos muchísimas veces. En Barcelona y todavía estaba vivo Franco. Recuerdo que un día estábamos en un evento social y Neruda estaba ahí conmigo y un hombre que estaba de espaldas comenzó a recitar en voz alta “¡El general Franco en los infiernos!”. Y comenzó a putear a Franco…”. Suelta la risa. 

Gálvez interviene: “¿Y cómo habla de (Nicolás) Guillén en sus memorias?”. Mercedes interrumpe: “Sí, en Confieso que he vivido. Es un libro muy malo… Ni siquiera habla de su esposa anterior que tanto lo ayudó… “La Hormiga”... 

Gabito dice: “Bueno, es que él escribió los primeros capítulos de sus memorias, pero el resto lo escribieron Otero Silva y Matilde”. 

Gálvez: “Nicolás me dijo que él había estado enamorado de la hermana de Neruda, Laura, y que eso no se lo perdonó nunca Pablo, tú sabes cómo era de celoso, como buen chileno…”. 

Álvaro apunta con sorna: “¡Pero sería el único enamorado de Laura, porque esa vieja era horrorosa…!”. 

Todos reímos de buena gana. 

Gabo dice que quisiera comprar ejemplares de la primera edición de La hojarasca. Nos refiere la historia del misterioso editor judío -Samuel Lisman Baum- que se desaparece y deja los libros dentro de un depósito. Le cuento -como por cuarta vez- la historia que me contaron en Bogotá, de que S.L.B., siglas de la editorial, eran las iniciales de Sofía y Luis Baquero, hermanos del dirigente comunista Rafael Baquero Herrera, financistas de aquella aventura editorial, un poco clandestina, bajo la dictadura de Rojas Pinilla. Gabo vuelve, por enésima vez, a negar esta versión.

Va al estudio y al cabo de diez largos minutos, escucho su voz detrás de las persianas de madera de una puerta blanca, junto al bar de la sala. Me llama por mi nombre. “¿Qué fecha me dices que era?”. “15 de julio de 1955”, repito. Al rato sale sonriente: “Le puse la fecha que me dijiste… Tenía el hueco. Yo había dejado el espacio en blanco”. Se sentó y comenzó a relatar una extensa historia sobre cómo fue ese primer viaje a Europa, en que el avión de Bogotá lo había dejado y él tuvo tiempo para embarcarse en uno que iba a Medellín mientras reparaban el primero en Barranquilla. De ahí partió a las Azores, luego a Lisboa, más luego a Madrid y finalmente a París, todo ello en medio de una “perra” (borrachera) de tres días con sus noches en compañía de un joven de 20 años, llamado Fernando Gómez Agudelo, que se dirigía a Alemania para comprar los equipos para montar la televisión en Colombia”. Le pregunto: “¿Cuando tú viajaste a Europa ya habías publicado La hojarasca?“. ¡Claro!”, me dice. Después duda. Le pregunto: “¿Tú llevaste ejemplares de La hojarasca a Europa?” Gabo se ríe con sorna: “¡Nooo! ¡Qué vá! ¿Cuándo me fui yo para Europa?”. “El 15 de julio de 1955”, le digo. Al ver el tono de seguridad en que le doy la fecha, me pregunta: “¿Y por qué estás tan seguro?”. “Primero, porque ese es el día de mi cumpleaños -le respondo-. Y segundo, porque esa fecha fue corroborada por Yiyo en sus muchas investigaciones y me lo dijo una tarde en “Oma”. Gabo sonríe incrédulo y se levanta. “Espérate y lo busco en el computador… Ahí tengo todo”. 

Se habló de aviones, de accidentes aéreos, del pánico al avión, de su miedo cuando viaja en avión con Mercedes, sus dos hijos y la totalidad de sus nietos. “Si se cae este avión, se acaba la familia y nos vamos todos al carajo”, dice riendo. 


 Fragmentos del libro Gabo en mi memoria de José Luis Díaz -Granados.

Ediciones B., Bogotá, 2013

 

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