Literatura‎ > ‎

Poesía argentina | Luis Benítez

Eterna discordia: Buenos Aires vs el interior argentino 

“La literatura del interior de la Argentina” no existe


Por Luis Benítez [1]


 

 Parece que los hijos de la reina del Plata

heredaron coronita y el resto del país el estigma

del desencuentro decimonónico.

(Rubén Vedovaldi, en su trabajo 200 años de poesía ¿argentina?)

 

 

No es solamente una cuestión de términos 

Las presentes reflexiones se refieren al conflicto existente entre la difusión que alcanzan los autores residentes en la ciudad de Buenos Aires y los que desarrollan sus obras fuera de ella, en el territorio nacional. Apuntan no tanto a exponer el problema –por todos conocido en el país, aunque no falta quien lo niega- sino a aventurar algunas posibilidades para revertir una situación tan prolongada como injusta.

Fueron inspiradas por la lectura de un interesante trabajo realizado por el poeta santafesino Rubén Vedovaldi, publicado repetidamente en Internet desde setiembre de 2010, titulado 200 años de poesía ¿argentina? (ver versión completa en el blog del poeta cordobés Alejandro Schmidt: http://romanticismoyverdad.blogspot.com). El texto de Vedovaldi recibió mis críticas en algunos aspectos particulares –no así en lo referente a lo general- relacionados con el análisis de la antología editada por Alfaguara y realizada por el licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, Jorge Monteleone [2]. Entre otros muy pertinentes planteos, señala el poeta Vedovaldi en el citado trabajo, que el material poético antologado por la obra de Monteleone: a) “parece poesía de Buenos Aires y…de paso y en mucha menor medida, poesía del resto del país”; y añade con igual justeza, a mi juicio, que: b) “resto llama el porteñocéntrico todavía hoy a las otras provincias, ‘el resto del país’, repiten los meteorólogos capitalinos, aún cuando capital y provincia de Bs. As. sumen un tercio de toda la población del país y el  mal llamado resto somos dos tercios. ¿Dos tercios restantes o dos tercios sumantes? En las otras provincias habitamos no menos de veintiocho millones de contribuyentes postergados”; y agrega Vedovaldi: c) “de los ciento noventa y ocho autores incluidos: ¿Cuántos son de Buenos Aires o siendo de otras provincias se fueron a vivir, publicar y morir en Buenos Aires y cuántos autores hay de ese mal llamado resto del país o país del interior? Parece que los hijos de la reina del Plata heredaron coronita y el resto del país el estigma del desencuentro decimonónico”.

Con absoluta precisión, según leo, el poeta santafesino resume en estos breves párrafos el problema en cuestión y buena parte de sus consecuencias. Dejando de lado la referencia a lo pergeñado por Monteleone para centrarnos en lo expresado al respecto por Vedovaldi, encontramos que:

a) Las recopilaciones de la prosa y el verso nacionales brindan notoriamente mayor presencia, mucha mayor presencia, remarcamos, a cuanto se escribe y edita desde la Capital Federal, en desmedro  de lo producido con igual o superior mérito literario más allá de los límites de la metrópoli.

b) El “resto del país” supera en número de habitantes a razón de dos tercios a uno a la Capital Federal, sumados los pobladores de ésta a todos los de la enorme Provincia de Buenos Aires (aproximadamente, del tamaño de Italia) para lograr esa proporción; sin embargo, los recursos asignados a la mayoría notoria de los habitantes de la Argentina, específicamente en lo referente a cultura, no guardan la misma proporción, del mismo modo que organismos nacionales cuya misión es fomentar el conjunto de la producción cultural tienen su sede en el mismo casco antiguo de la Ciudad de Buenos Aires y sus recursos no se destinan mayoritariamente -2 tercios, recalco- a la difusión del arte y la literatura producidos por la mayoría de los argentinos, que viven, insisto, fuera de la Capital Federal.

c) Es un clásico de las recopilaciones de poesía y prosa argentinas encontrarnos con autores que nacieron en alguna provincia, sí, pero que viven desde hace décadas en Buenos Aires y se integraron claramente al ambiente cultural porteño, “el que tiene coronita”, como bien señala Vedovaldi; sin embargo, ello no es obstáculo para que sean exhibidos en esas publicaciones como “representantes” de sus provincias, como si se tratara de llenar un tácito cupo de provincianos bajo cada título apelando a los que están más a mano. De esa forma, no sólo el autor originariamente provinciano integrado desde hace décadas a la “ciudad con coronita” sirve para ilustrar ilusoriamente lo que se hace en su provincia, sino que se convierte –siempre tácitamente- en el referente directo de ella. En contra de esta práctica, se evidencian dos aspectos: el primero, que el autor/la autora en cuestión participa activamente de estilos y tendencias que ya poco y nada tienen que ver con lo que simultáneamente se está buscando y escribiendo en su lejana provincia –si de ilustrar realidades actuales se trata-, mientras que el segundo asunto es más grave: con su exclusiva presencia se deja de lado al mayor número de autores de su provincia, como si el referido trasplantado a Capital Federal los representara en algo. Estamos, entonces, ante una “literatura del interior” –término por otra parte muy censurable en sí mismo, como ya veremos- creada por la Ciudad de Buenos Aires para su mejor uso y conveniencia, en base a autores que ya le pertenecen a su ambiente literario desde hace mucho. Una interesante y utilitaria fantasmagoría, como bien se observa. Interesante, porque aunque es un completo absurdo, logró, logra y seguramente logrará convencer a muchos lectores. Y utilitaria, porque al tratarse de “representantes de las provincias argentinas” definitivamente integrados a los estilos y modas literarias porteñas –lo que en sí mismo, no tiene nada de malo, desde luego, salvo porque se lo reputa como “representante de tal y cual provincia”- su inclusión bajo esos rótulos buscados bloqueará definitivamente, en el conjunto, la posible intrusión de otros estilos y otras búsquedas estéticas que pudieran lesionar el canon oficial de las letras argentinas, que privilegia a sus canonizados y reconoce a sus integrados.

 

 

Categorías imposibles 

Curiosamente no fue un autor latinoamericano, sino la organizadora de una prestigiosa feria del libro internacional, décadas atrás, la primera voz en alzarse para cuestionar públicamente que se separara en categorías tales como “literatura” –así a secas- a lo escrito por autores europeos y norteamericanos, de la “literatura latinoamericana”, la “africana”, etc. La revoltosa miembro del Comité Organizador argumentó que aquello era una forma nada encubierta de la discriminación  y llamativamente, a partir del año siguiente dejó de pertenecer definitivamente a esa comisión ejecutiva. La añeja anécdota nos introduce en un interesante aspecto, pues muestra cómo Buenos Aires y su aparato legitimador de escritores obra trasladando a escala interna aquello mismo que sufre en muchas de sus presentaciones externas. Cuando se señala “literatura latinoamericana” no se está inocentemente demarcando pertenencia u origen  –este es el argumento  favorito para  defenderse de toda imputación de discriminación- si a lo escrito en los países centrales se lo denomina simultánea y simplemente “literatura”.  Ello es evidente. Lo que no resulta tan evidente, es que el mismo mecanismo se repite cuando se habla a escala local de “literatura” nacional y de “literatura del interior”. ¿Cuál es la razón para hacer esta innecesaria diferencia? ¿Tiene algún sentido? Sí lo tiene, lo que no significa que sea aceptable. Se esgrimirá para librarse de la sospecha de discriminación exactamente el mismo argumento que se emplea a escala internacional con las letras provenientes de países periféricos: la inocente -y “hasta imprescindible” se agregará incluso, para reforzar lo insostenible- necesidad de determinar origen y procedencia, olvidando que esa inocente e imprescindible necesidad no es tal, en el mismo registro, cuando se habla de, por ejemplo, “poesía universal”: ya sabemos de qué se trata ésta, no hace falta aclarar nada.

Lo cierto es que la “literatura latinoamericana”, a escala mundial, así como  la “literatura del interior”, a escala nacional, no pueden existir por sí mismas como categorías, son absurdas, porque dichas categorías no tienen razón de ser en un mundo que se precia de su globalización. Curiosa estratagema: estamos integrados globalmente para ciertas cosas, pero en lo que respecta a otras, se busca marcar claramente las diferencias... no vaya a ser que alguien, inadvertidamente, se confunda y permita que los unos se mezclen con los otros. Lo correcto, definitivamente, a escala local, sería llamar al conjunto de la literatura argentina... precisamente, literatura argentina, se haya escrito en Avenida del Libertador y Tagle, Capital Federal, o en cualquier otro punto de los tres millones y pico de kilómetros cuadrados de este amplio país.

Como esa otra estupidez -lisa y llana- de denominar a la literatura escrita por mujeres “literatura femenina”, el llamar “literatura del interior” a una parte de la literatura argentina –la mayoritaria- es algo que va mucho más allá de una simple cuestión de términos. Ya sabemos que las palabras dicen muchas cosas, y todas a la vez.

 

 

Escepticismo y una estrategia posible 

Soy francamente escéptico en todo lo referente a que alguna vez, desde Buenos Aires, se proyecte una corriente de legitimación  que ponga medios, aparatos y sensibilidades al servicio de denominar “literatura argentina” a todo lo que se escribe en nuestro país y obrar en consecuencia. No creo que editoriales, compiladores, estudiosos, etc. vayan a hacer algo ni lejanamente parecido, por la sencilla razón de que ello le quitaría la base misma al sostén de un canon oficial, que consagra a unos y desconoce a otros; un canon que elige, argumentando en su defensa que sobre estas puntuales cuestiones se debe realizar exclusivamente un juicio “estético”, no moral y mucho menos, político. El poder –y el poder literario es una de las formas del poder- lo que menos quiere es que se hable de él y sus características, porque cuanto menos se habla de él, precisamente, “más puede”. Claro que al prohibir en la materia otro juicio que no sea el estético, quien así argumenta esconde a sabiendas que el juicio estético no es una entelequia que flota inmaculada en el aire y sobre la historia –ninguna de las construcciones culturales lo es- sino que establece lo que es y lo que debe ser, como la moral y la política, sobre la base de unas premisas anteriores, que anteceden  a la formulación del juicio estético. Esto es, que alguien establece qué es lo estético y qué no lo es, a priori.

Contra estas prerrogativas de la ciudad-pulpo, se alza un factor antes no imaginable: es el hecho de que la globalización impulsada por Internet le permite a cualquier autor argentino proyectar sus trabajos fuera de ese ámbito acotado a sabiendas por Buenos Aires y su estructura canonizante; de hecho, su irrupción logró llevarse puestas las barreras impuestas desde las revistas y los suplementos culturales de los diarios de mayor difusión nacional. Hoy, cuando desde las universidades del exterior se busca estudiar la poesía nacional, el trabajo de campo no se reduce al material impreso, sino que es parte de la búsqueda el indagar en el material presente en el espacio virtual. Por ello, para el autor argentino, sea cual sea el sitio desde donde escribe, es un imperativo tener presencia en Internet, en las numerosas revistas y blogs que se ocupan de nuestro género. El nivel de la poesía escrita fuera y dentro de la Capital Federal obliga a que sus autores presten la mayor atención a su adecuada difusión; esto no sólo es una posibilidad: prácticamente es un deber del buen autor nacional, habida cuenta de que descuidar este aspecto lo único que acarreará será un empobrecimiento de la muestra de nuestra poesía ante el mundo, si va a reducirse exclusivamente a lo que quiere mostrar de ella el aparato institucional, que crea una “literatura del interior” a escala de su conveniencia estética, política y social, una “literatura del interior”, como gusta llamarla, que poco o nada tiene que ver con lo que se escribe en la mayor parte de la República Argentina.




[1] 
Poeta, narrador y ensayista nacido en Buenos Aires en 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York; de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia); del Advisory Board de Poetry Press (La India), de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina, de la Asociación de Poetas Argentinos (APOA) y del PEN Club Argentina. Ha recibido varios premios nacionales e internacionales por su obra literaria. Sus 36 libros de poesía, ensayo y narrativa han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. 

[2]  200 años de poesía argentina (Ed. Alfaguara, Buenos Aires, 2010, 1.008 págs., ISBN 978-987-04-1401-8).

 

Comments