Parra y Neruda | Lavín Cerda

Parra y Neruda

 

Del libro Confesiones del Lobo Sapiens. Diálogos con Hernán Lavín Cerda. 

Por Mario Meléndez y Gerardo Miranda

 


Te diré que ellos mantenían una especie de tertulia a la que yo nunca asistí, por desgracia. Se efectuaba en aquella casa que está a los pies del cerro de San Cristóbal y que hoy es muy visitada por la gente no sólo de Chile. Todo eso pertenece a la Fundación Pablo Neruda. Es un lugar de culto, sí, de peregrinación cotidiana. Su nombre, la Chascona, surge a partir de una pintura de Matilde Urrutia con dos cabezas de cabelleras ensortijadas y, a su modo, envidiables. A partir de aquel óleo de Diego Rivera, Neruda empieza a ver a Matilde Urrutia como la Chascona. Dicen que es el primero que así la llama, quién sabe, todos eran muy imaginativos y fabuladores. Hay quien dice que fue Diego Rivera el que empieza a mencionar a Matilde como la Chascona: “Y tú, Chascona, ¿cómo estás?” La verdad es que dicha palabra fue y es todavía muy común en Chile; alude a una persona despeinada que tiene mucha cabellera. Bueno, allí en la Chascona se celebraban aquellas tertulias memorables y había un grupo, como suele suceder, de gente muy admiradora de Neruda: sus amigos o discípulos más cercanos. Algunos escribían poesía y narrativa. No pocos de ellos, como suele ocurrir, queriéndolo o no, conscientemente o no, eran más papistas que el Papa, así es, más nerudianos que el propio Neruda. Se reunían allí al atardecer y leían sus textos. Recuerdo que a una de esas reuniones llegó Nicanor Parra con algunos poemas de factura un tanto insólita y fue leyéndolos sin mucho énfasis. Casi al término de la lectura, Pablo Neruda se puso de pie y empezó a moverse con lentitud y en diagonal. Años después supe que cuando al autor de Residencia en la tierra le interesaba mucho algo, se ponía de pie y empezaba a caminar como una especie de lobo estepario. Cuando acabó la sesión de lectura y todos empezaron a abandonar la terraza de la Chascona, Neruda se acercó a Parra y le dijo a media voz: “Mira, Nicanor, ¿por qué no te quedas aquí algunos minutos? Debo decirte algo importante”. Poco a poco abandonaron la casa los otros amigos que después criticarían a Parra diciéndole ¿cómo te atreviste a leer esas cosas que tú dices que son poesía? Sin embargo, Neruda se quedó junto a Nicanor para preguntarle: “¿Desde cuándo estás escribiendo esto? Los poemas que leías antes es otra cosa, sin duda, otro tono, sí, otra onda”. La verdad (como ha dicho después Nicanor Parra) es que hace algún tiempo publiqué Cancionero sin nombre (1937), y casi de inmediato tuve una reacción muy crítica ante ese libro. Yo tenía una formación garcilorquiana, y lo más que pude hacer fue introducir una que otra imagen surrealista. Bueno, ya había algo de surrealismo en el propio García Lorca. Sin embargo, experimenté una profunda convulsión porque me di cuenta que mi verdadero camino iba en otra dirección muy distinta. Ya el libro estaba publicado y le dije al editor Carlos George Nascimento que interrumpiera la venta y la circulación del volumen. (Nascimento, de origen portugués, era dueño de la editorial de mayor prestigio en Santiago de Chile. Todo queríamos publicar nuestros libros en Nascimento). Recuerdo que lo fui a ver y le dije: “Me arrepiento de Cancionero sin nombre y quisiera pedirle que lo retire de circulación ahora mismo”. “¡Pero cómo se le ocurre tamaña locura, usted se ha vuelto profundamente loco!”, respondió muy molesto el editor. “Hemos invertido dinero en la publicación de su obra que a mí me parece muy buena”. “Le agradezco que piense así”, insistió el antipoeta. “Puede ser que los poemas tengan una buena factura, pues a mí se me da bien la poesía medida y con rima, pero por esa ruta voy a terminar escribiendo algo muy parecido a Federico García Lorca o a Oscar Castro (quien fue y es un gran poeta chileno en esa dirección); pero la verdad es que palpitan en mí otros tonos muy distintos. La discusión se alargó y nadie sabe muy bien cómo acaba esa historia. Pero lo cierto es que Nicanor Parra y sus amigos más cercanos hicieron lo imposible hasta retirar de las principales librerías de Santiago los ejemplares de Cancionero sin nombre. Parra se sumergió entonces en un largo silencio, aunque no dejó de escribir y buscar otros caminos. Reapareció en 1954, quince años después, con su volumen Poemas y antipoemas, con los cuales se inaugura un camino nuevo no sólo para la poesía chilena. Envía tres manuscritos al premio literario que otorgaba el Sindicato de Escritores de Valparaíso. Los tres van con distintos pseudónimos y obtiene el primero, el segundo y el tercer lugar. Lo que pasa es que Nicanor ha fraccionado el mismo libro en tres partes. En fin. Toda una célebre historia de aperturas no sólo para la poesía que se escribía en aquel país austral de Latinoamérica. Volvamos al principio de la historia en esa casa que aún existe a los pies del cerro San Cristóbal de Santiago de Chile. El fantasma de carne y hueso de Pablo Neruda reaparece para decirle: “Mira, Nicanor, sospecho que si continúas por este nuevo camino, algo muy importante va a suceder en las entrañas de nuestra poesía”. Y así fue, indudablemente, así fue.

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