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Juan Gelman | Lavín Cerda

JUAN GELMAN 
LA MEMORIA Y LA MELANCOLÍA

Por Hernán Lavín Cerda


 

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Alguien nos despierta en medio de la noche para decirnos lo mismo de siempre: “Los poetas como Juan Gelman no mueren. Únicamente resucitan, aunque tal vez ellos no quieran un destino así, puesto que la resurrección podría ser el origen de nuevas o más bien imprevisibles complicaciones”. Entonces, enfundado en una bata aún más azul que el azul de Rubén Darío, enciendo el computador y empiezo a escribir lo que aquellas voces me dictan. He aquí dicho testimonio.

Conocí al poeta y periodista Juan Gelman algunos años antes de conocerlo. Yo vivía casi entre las nubes, arriba y al fondo, en un departamento de la muy bella calle Rosal 374, un tanto parisina y a pocos metros del entrañable y sinuoso cerro Santa Lucía con sus grandes árboles, las bancas de un verde muy oscuro, aquel Castillo en lo alto y sus flores azules, rubendarianas, allá en el centro de Santiago de Chile. Hoy es un barrio de artistas: poetas, periodistas, pintores y escritores de diversa índole o temperamento, así como cineastas que tal vez lo saben todo o están a punto de descubrirlo todo. No muy lejos de allí aparece como por encanto el Centro Cultural Gabriela Mistral. Uno puede ir caminando entre algunas librerías y restoranes, la iglesia como una aguja al centro, esa aguja que parece volar desde su torre, y de improviso, allá en el fondo, al dar vuelta una curva, el gran edificio donde ojalá palpiten por mucho tiempo el espíritu y la sabiduría de la inolvidable Gabriela. También hay un cine de arte que no puede faltar. ¿El Biógrafo? Y luego, en un cambio de dirección, aquel bellísimo Parque Forestal de nuestra niñez y juventud, y al fondo, a lo lejos, siempre al fondo, aquel perfil del cerro San Cristóbal con la Inmaculada en lo alto, muy arriba, en la cumbre, y ese funicular que nos sube y nos baja con su toque romántico. A los pies del San Cristóbal se encuentra aún La Chascona, aquella casa donde vivieron Pablo Neruda con Matilde Urrutia. Una casa que sube y baja como el funicular. Así lo siente uno cuando la visita. Hoy es una especie de museo a cargo de la Fundación Neruda. ¿Por qué La Chascona? Porque así le decía Diego Rivera a Matilde, y así aparece en aquel óleo del artista mexicano.

Vuelvo entonces a Juan Gelman y recuerdo que de pronto empecé a recibir sus libros desde Buenos Aires. Yo trabajaba en la sección de Literatura Iberoamericana, dentro de la Biblioteca Nacional, y luego en el diario “Las noticias de Última Hora”, un vespertino que en aquel entonces era dirigido por José Tohá, quien integró años después el gabinete ministerial del Presidente Salvador Allende. Tohá llegó, incluso, a ser Vicepresidente de la República por un corto periodo. Gelman también ejercía el periodismo en Argentina.

Estábamos en comunicación. Tanto él como yo hacíamos periodismo y también literatura. Nuestro ombligo común y materno fue la otra voz, como diría Rubén Darío o Gabriela Mistral, o más recientemente Octavio Paz, quien publicó casi al final de su vida aquel deslumbrante libro de ensayos titulado La otra voz. Poesía y fin de siglo, en octubre de 1990. No resisto a la tentación y reproduzco un pequeño fragmento de dicha obra: “Hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores”.

Doña Graciela Cerda D’Amico me envió hace muchos años algunos libros de mi biblioteca santiaguina. Mi madre era pianista y muy sensible: lloraba a la menor provocación o sin ella, cuando interpretaba a Chopin o a Mozart en aquel piano de color caoba, allá en la calle Bellavista, de Santiago de Chile.  Entre aquellos volúmenes venían algunos que me envió desde  Argentina el propio Gelman. Por ejemplo, Violín y otras cuestiones, publicado por Ediciones Gleizer, Buenos Aires, 1956. Ahora lo tengo en mis manos y reproduzco algunas líneas del prólogo escrito por Raúl González Tuñón, otro poeta muy valorado en aquel tiempo: “Integran este libro poemas de clima porteño, entrañable, que tocan el barro y rozan la nube, pero entre los cuales no faltan aquellos que son un toque de solidaridad con los dolores y las esperanzas de otros pueblos. Un mundo de sucesos, corrientes o extraños, seres, imágenes, ilusiones, júbilo, drama, amor y lucha, en el que gira el mágico caballo de la calesita, y otros poemas muy bien logrados como ‘Crepúsculo distinto’, ‘Oración de un desocupado’ y tantos otros, sin que ni uno solo de los que forman el libro escape al sello personal, la sorpresiva trouvaille, el vuelo de la imaginación y la profunda sencillez de lo cotidiano… Y siempre la vida, su exaltación, su defensa, que es la defensa de la poesía, porque él lo dice: ‘La poesía es una manera de vivir…’ Y siempre el canto, hasta en un pañuelo, porque hasta ‘en un pañuelo la primavera canta’. Y un fondo musical reiterado de violines alegres y melancólicos, delicados y varoniles. ¡Singulares violines! Sin duda, el autor no toca el violín de verdad, y si lo toca lo hará muy mal, como ocurrió con el hoy célebre aduanero Rousseau, descubierto por el impagable Guillaume Apollinaire. Pintaba los domingos, tocaba el violín a menudo. Los vecinos protestaban por esto; la posteridad lo considera uno de los más grandes pintores… El ‘douanier’ no sabía que su verdadera vocación era la pintura. Pero Juan Gelman sabe muy bien que la suya es la poesía, ‘la manía de cantar’. ‘Jamás la poesía de la tierra se extingue’, dijo John Keats, y dijo una gran verdad. A cada generación, en cualquier lugar del mundo, surge un nuevo poeta para probarlo”.


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Imágenes de su vida y su obra se cruzan y se multiplican a través del ritmo habitualmente sinuoso de la memoria. Desde el fondo del espíritu y con algunas lágrimas en los anteojos,  reproduzco algunas líneas de otro poeta bonaerense que también compartió su exilio en México y que hoy vive en Buenos Aires. Me refiero a Jorge Boccanera, quien leyó un lúcido texto como motivo de la entrega a Juan Gelman del nombramiento de Ciudadano Ilustre de Buenos Aires: “Quizá los jóvenes también se acerquen a esta poesía atraídos por el olor de la cocina, ese hervidero de palabras donde el poeta ha logrado juntar los místicos españoles con el Martín Fierro, la palabra de poetas sefaradíes con las letras de tango, y a César Vallejo con ‘la pulpera de Santa Lucía’. Pero lo que no quieren perderse es el salón de los espejos porque allí la voz de Gelman asume los rostros, los gestos, la mirada de sus poetas inventados: Sydney West, Yamanokuchi Ando, Eliezer Ben Jonon, José Galván, Julio Grecco y John Wendell, entre otros. Ahora los jóvenes se han ido y Juan ve pasar bajo sus párpados imágenes de una ciudad en la que creció, amó y padeció. Pasan los rostros de su hijo Marcelo, de Rodolfo Walsh y los miles de desaparecidos y muertos por la dictadura y que no vamos a olvidar. El inquilino de la soledad, el poeta que hizo de su errancia un amparo, camina por la calle del misterio y es ciudadano de todos nosotros, quiero decir: ciudadano de un sentimiento… Su obra dará cuenta, por siempre, de nuestros fervores, dolores y esperanzas”.

Es muy difícil contener la emoción cuando viajo por las pocas páginas de su libro El juego en que andamos, publicado en Buenos Aires en 1959, y donde se reúnen textos que van de 1956 a 1958. También lo pude rescatar, gracias a mi madre, de mi biblioteca en Santiago de Chile, allá en la casa verde de Asunción 221, no muy lejos del cerro San Cristóbal. Es una edición muy modesta de sólo 37 páginas. El volumen se cierra con un texto esencial: “A mí me han hecho los hombres que andan bajo el cielo del mundo/ buscan el brillo de la madrugada/ cuidan la vida como un fuego.// Me han enseñado a defender la luz que canta conmovida/ me han traído una esperanza que no basta soñar/ y por esa esperanza conozco a mis hermanos.// Entonces río contemplando mi apellido, mi rostro en el espejo/ yo sé que no me pertenecen/ en ellos ustedes agitan un pañuelo/ alargan una mano por la que no estoy solo.// En ustedes mi muerte termina de morir./ Años futuros que habremos preparado/ conservarán mi dulce creencia en la ternura,/ la asamblea del mundo será un niño reunido”.

En su libro de entrevistas Los poetas comunicantes (Biblioteca de Marcha, Montevideo, 1972), que reúne a Roberto Fernández Retamar, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Carlos María Gutiérrez, Roque Dalton, Idea Vilariño, Gonzalo Rojas, Eliseo Diego, y Jorge Enrique Adoum, Mario Benedetti sostiene un extenso diálogo con Juan Gelman. Corre el mes de julio de 1971 en Buenos Aires. “No sé si recordás que una vez escribí un trabajo sobre Vallejo y Neruda, y sus dos modos de influir”, dice Benedetti. “Allí sostenía que en la actual poesía latinoamericana había dos familias de poetas: la familia Vallejo y la familia Neruda. ¿Vos te ves inserto en alguna de esas familias?” Y Gelman responde: “Claro que recuerdo ese trabajo. Y me veo inserto en la familia Vallejo, quien me influyó profundamente en lo personal y también en mi poesía. Y creo que vos tenés razón cuando decís en tu trabajo que mientras la influencia de Neruda es aplastante, ahogadora, la de Vallejo es liberadora. Siento que por lo menos a mí me pasó eso con Vallejo. Me parece que también tenés razón cuando atribuís esa diferencia a los distintos órdenes de poesía que hacen Neruda y Vallejo. La poesía de Vallejo parece menos rica que la de Neruda,  pero es sin duda mucho más honda, más humana, más ceñida. La de Neruda es una poesía muy sensual, pero en muchos trechos muy liviana. Hay una gran riqueza de palabras, que por lo demás él repite. Hay una sensualidad de la palabra. Él debe ser un tipo así. Pero desde luego me quedo con Vallejo”.

Ahora estoy en la UNEAC, Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Hace un calor húmedo y de los mil demonios porque estamos en el mes de julio. Agosto está a punto de aparecer en el aire. Nicolás Guillén dirige la UNEAC y nos extiende la invitación para permanecer en La Habana. También me obsequia algunos libros. Entre ellos está Cólera buey, que se publicó en diciembre de 1965. El diseño del pequeño volumen es obra de Fayad Jamís, quien además de artista plástico es y se nos fue y seguirá siendo un poeta notable. Tuve algunos diálogos inolvidables con él en la Ciudad de México. Me obsequió en la Habana su obra poética completa, con una fraternal dedicatoria y un precioso dibujo a pluma-fuente. Todo eso se quedó en Santiago de Chile y desapareció sin reaparecer nunca. Poco después, Fayad enfermó de gravedad y un mal día desapareció físicamente de este mundo. Le costaba mucho creer que fuese posible avanzar hacia un socialismo donde desaparecieran todas las desigualdades e incluso la presencia del Estado en su fase superior, algún día, como afirmaban algunos clásicos del pensamiento marxista. No creía que fuera posible la desaparición de las desigualdades de toda índole entre los seres humanos. “De cualquier modo, si así ocurre --nos dijo alguna--, pienso que yo no estaré ahí para verlo. Mi salud no camina de un modo saludable como un buen reloj suizo, mi querido Hernán, y pienso que jamás desaparecerá la presencia omnipotente del Estado, como pensaban algunos socialistas utópicos y no sólo utópicos que así ocurriría más allá del horizonte”. Mis últimos diálogos con Fayad Jamís se dieron en la Ciudad de México y poco después de nuestro arribo a esta capital que no deja de expandirse tentacularmente, con todo lo que ello significa.

Durante nuestro viaje de regreso a Chile, el avión se rige por un itinerario de locos, puesto que el bloqueo aéreo existe y hay que dar la vuelta al mundo, poco menos, para llegar desde La Habana a Santiago. A la ida hacia Cuba en un avión de Scandinavian Airlines, la geografía se nos fue volviendo un tanto esquizoide: cruce del Atlántico y aterrizaje en Monrovia, África, sí, allá en Liberia. De allí al aeropuerto de Shannon en Irlanda del Norte, y de ahí a Ottawa y finalmente a La Habana. ¡Un itinerario de locos por aquel bloqueo aéreo, como ustedes pueden ver! ¿Se imaginan por dónde hubiera tenido que volar el Santo Padre en su viaje a La Habana si hubiera tenido que viajar en aquellos años del bloqueo aéreo? Hoy las cosas han mejorado mucho en este sentido, por fortuna. A la vuelta, rumbo a Santiago de Chile, ese fin del mundo, no el único, por supuesto, me voy leyendo en el aire Cólera buey, aquel libro de Juan Gelman. “¿Cómo lo conseguiste? --me preguntó alguna vez acá en México--. Es una edición muy difícil de encontrar”. “El poema con el que se abre tu libro es también muy difícil de olvidar”, le digo a media voz. “Son de esos textos que se escriben de una sola vez, en un arranque verbal y con un buen juego de cintura. Salen a flote de una sola vez, cachondamente, o no salen nunca, ¿no es así?” “Sin duda que así fue”, me dice con una sonrisa un tanto melancólica. “O te salen de una sola vez, con su temperatura en lo alto, o ya no te salen nunca, sí, jamás de los jamases”.

Aún voy en aquel vuelo mientras la isla de Cuba desaparece allá abajo, no de un momento a otro, flotando entre las aguas del Caribe. Empiezo a leer el poema “Ofelia” a media voz: “esta Ofelia no es la prisionera de su propia voluntad/ ella sigue a su cuerpo/ espléndido como un golpe de vino en medio de los hombres/ su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de Italia pasa por buenos aires/ ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y ciudades de besos/ hermosas libres con su sombra a repartir con los amantes mundiales/ ofelia por tus pechos pasa como un temblor de caballadas a medianoche por Florencia/ tus pechos altos duros come il palazzo vecchio/ una tarde del verano de 1957/ iba yo por Florencia rodeado por tus pechos sin saberlo/ era igual la delicia la turbación el miedo/ las sombras empezaban a andar por las callejas con un olor desconocido/ algo como tus pechos después de haber amado/ eras oscura ofelia para entonces y enormemente triste/ una adivinación una catástrofe/ un oleaje de olvido después de la ternura/ una especie de culpa sin castigo/ de furia en paz con su gran guerra/ andabas por Florencia con tus pechos yendo viniendo por las sombras/ con saudade de mí seguramente/ tu hombro izquierdo digamos/ lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas en el crepúsculo y ellas venían a mi sangre/ o era un temblor como un presagio/ gracias te sean dadas ojos míos/ yo les beso las manos bésoles muy los pies/ gracias narices mías muchas gracias oídos con que escucho los ruidos de la Ofelia/ antes apenas era una ciudad de Italia/ sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón”.


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En su libro Poesía hispanoamericana 1960-1970 (antología a través de un certamen continental), Editorial Siglo XXI, México, 1972, el ensayista y poeta Saúl Yurkiévich, quien fuera maestro universitario en París y un gran amigo de Julio Cortázar, señala con precisión algunas características que también son comunes a la escritura poética de Juan Gelman. La estética emergente que domina el panorama continental de nuestra poesía en esos años es la siguiente: “Crisis del idealismo romántico, pasaje de los nerudeanos a los vallejeanos, conciencia crítica, desgarrada, desacralización humorística, irrupción de la actualidad, transición entre el psicologismo y el sociologismo, agresividad, libertad de expresión, avance del coloquialismo y del prosaísmo, pluralidad formal y estilística, discontinuidad, inestabilidad, ruptura, apertura, cosmopolitismo, tales son en sucinta  recorrida los rasgos comunes, las líneas de fuerza de la poesía que se hace hoy en América”.

Y a todo esto, ¿qué habrá sido no sólo del espíritu de Juan Gelman? ¿En dónde está? ¿Será cierto, como decían los antiguos, que los poetas no mueren nunca, jamás de los jamases? ¿O tal vez no ha nacido todavía y sólo es cosa de tiempo? Me parece estar viéndolo con su cabellera larga y sus ojos que no pueden ocultar esa melancolía que viene del sur, ah el sur, allá en el corazón de Buenos Aires. Piazollescamente lo digo una vez más: ¿Qué se hicieron al fin Julio Cortázar, el inolvidable cronopio, y Juan Gelman, ese otro cronopio no menos inolvidable? Lo cierto es que uno al fin va quedándose como una plaza vacía donde ya nadie canta, tal vez nadie sueña, nadie es capaz de sonreír, al menos, en lo que hubiera podido ser un ataque de risa ingobernable. ¿Qué se hizo el ángel de Astor Piazzolla en aquellos crepúsculos de Buenos Aires?

Vuelvo a recordar al poeta Jorge Boccanera, quien vivió algunos años en México. Ha leído muy bien a Gelman desde aquel tiempo que a menudo suena como la suma de muchos tiempos: “Estoy al tanto del recorrido de su obra cada vez más leída, traducida y estudiada a nivel internacional; pero de todo aquello que irradia su palabra, llaman poderosamente la atención estos jóvenes que llenan los espacios donde lee Juan y se acercan a conversar con él y le arriman poemas, cartas, dibujos. Siempre es así. Por ejemplo, la semana pasada, cuando los organizadores del Festival Latinoamericano de Poesía debieron colocar pantallas para quienes se habían quedado fuera de la sala cuando leía Gelman. Esos pibes y pibas repiten en voz baja los poemas de Juan cuando Juan lee, y se suben a la respiración entrecortada de los versos como si para sus adentros entonaran un rap. Entran a una aventura de vida y palabra, y viajan, bailan, caminan, navegan, se emocionan entre símbolos y personajes: el gallo cantor, la esperanza como un niño ilegal contra la sombra, galaxias amarradas a una cucharita de café, los oleajes que viajan en las cartas de amor, el caballo de la calesita suelto en una calle de Villa Crespo, el sol que protege a los desamparados, los consejos del viejo león del zoo, los retratos de la mujer que se parecía a la palabra nunca. Encaramados en las ramas del sentimiento amoroso, en los techos de la bronca, en los pararrayos de las imágenes, en la mirada piadosa del poeta, los jóvenes atisban un fraseo de tango entre los ruidos de una ciudad. Ese Gotán que Gelman viene mascullando desde hace 40 años. Costura orillera, lengua de reojo, de soslayo, entonada entre lo dramático y la parodia eludiendo el lugar común, la frase hecha, el óxido de la nostalgia. Calle larga donde desfila Lepera del brazo de Apollinaire, y San Juan de la Cruz practica un contrapunto con Homero Manzi. En esta cuerda de oralidad callejera caminan en puntas de pie los personajes del tango: fraseos gardelianos, onomatopeyas, términos lunfardos, refranes y locuciones populares, porque sabés: “Mi corazón tenía más hambre que piojo de peluca”. De seguro, a esos jóvenes los convoca el vértigo del poema que se precipita hacia un remate inesperado, el relampagueo de las imágenes, el juego de los sonidos, la sorpresa constante, el sentido chocando en cada esquina de la lógica, el disloque de las palabras en libertad, el paisaje de los sueños, la enumeración caótica, el ritmo telegráfico, el primer llanto de las palabras recién inventadas”.

Sospecho que ha llegado la hora de partir, más bien de despedirse, por ahora. Dejemos que el poeta Juan Gelman descanse en paz. Que el bandoneón y los violines también descansen en paz, aunque sea por un atardecer o más bien una noche de luna llena en Buenos Aires. ¿Alcanzas a oír la música inigualable de Astor Piazzolla? ¿Escuchas desde lejos la voz del polaco Roberto Goyeneche? Adiós Nonino, parece decir Piazzolla desde el fondo de su bandoneón cada vez más insondable. Tristango, Amelitango, Movimiento Continuo, Chin Chin, Biyuya, Undertango, Libertango. Dejémoslo que duerma y descanse en paz, ahora y siempre. Aunque nunca deberíamos olvidar que los verdaderos artistas de la palabra como Juan Gelman no se mueren nunca, jamás de los jamases. Únicamente van cerrando los ojos y de súbito, con provocación o sin ella, re-su-ci-tan. Eso es todo, por el momento. ¿Sefiní?    

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