Ángela María Dávila



            Ángela María Dávila
   (Humacao, 1944 – Río Grande, 2003)

También conocida como Anjela María Dávila, es una poeta y declamadora puertorriqueña considerada por muchos como el más destacado miembro de la Generación del 60 y, en particular, del colectivo literario "Guajana". Su poesía pone de manifiesto la presencia y la voz fuertes de una mujer afro-caribeña que asume plenamente su experiencia como sujeto erótico. Entre sus influencias poéticas se encuentran Julia de Burgos, Clara Lair, Sylvia Rexach y Sor Juana Inés de la Cruz. Uno de sus más destacados poemas, "¿Será la rosa?", es incorporado por el escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez en su obra teatral Quíntuples.

 

 

 

 

Y ASÍ VOY...

 

Y así voy, como roca

sonriéndome estática como en muecas de piedra.

Como un túnel gigante que ni siquiera guarda

la esperanza de un eco.

Inmóvil.

Mirándome en un río turbio de remolinos.

Sin dedos y sin manos, sin ojos y sin pasos,

sin latidos, sin yo.

Toda de túnel y en espirales locos de suspiros.

Reseca...

Ya sin río.

Ni tan siquiera río, ya sin charca,

derrotados los rumbos, sin riberas.

Y así estoy, desgajada,

sin raíces que prendan en la arena;

estática,

tratando de apresar mares extraños

y arroparlos de espera...

Ni eso queda.

Y sin ojos, sin dedos, sin manos, y sin pasos,

sin latidos, sin yo.

Toda de túnel.

 

 

 

 

POEMA

 

Para mi nombre quiero

sepultureros grises y tajantes.

Es más:

no quiero nombre,

que me lo lleve el mar lavándolo

en mi arena.

Que me lo arrastre el mar,

y que yo sienta

que estoy allá la intacta,

la sin nombre.

Que estoy allá, con vibración del golpe

de la ola.

Con mi sabor de sal,

con mi sabor de espuma,

temblante con sabor de verde mar.

A solas con mi piel y con mis valles,

con mis ojos adentro, con mis cuencas,

con mis playas ardientes,

recorrida en bandadas de murmullos,

desnombrada.

Sólo está el mar latente,

palpitándome amor de ola y arrullos...

 

 

 

 

ACABO DE MORIR

 

acabo de morir,

y que mi muerte

sirva de grito hondo a mi garganta,

y que me arda la sal de tanto tiempo

prendida y afuegada.

acabo de morir, y que mi muerte

se empuje ronca y fuerte por mis manos,

que la piel de mis venas se haga arterias,

que se encrespe naciéndome en mi sangre.

la muerte me llegó, así, de golpe

revoleándome pieles ya gastadas,

naciéndome en  las ansias de anuevarme.

pobre en mí, por mis surcos

me levanta una aurora tambaleante;

por mis pasos perdidos,

por mi huella ingastable,

se me encauza la muerte a garrotazos

volcándome la vida.

¡vida yo!      

con la aurora latiéndome en los pasos.

hoy me llego hasta mí,

caída en esta sal de no sé dónde

ni cuándo, ni por qué

toda de heridas.

me repta hasta mi siempre, entre todos

mis siempres,

esta oscuridad rara,

tan extraña y vacía,

tan ajena de mí, tan hondamente

mía;

enamorándome.

vengo a decir que soy

y no soy nada.

ya todo se ha cansado de mí:

el odio se ha cansado desde siempre,

el amor se ha cansado desde ahora.

ya se cansó la brisa largamente,

ya se cansó la entrega,

ya se canso mi cruz y mi cintura.

todo es cansancio y nada.

la oscuridad extraña desde todas

mis venas, ajenamente mía...

enamorándome.

 

Homenaje al ombligo, 1966, José María Lima y Ángela María Dávila


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